El masculinismo en Quebec;
fenómeno local y global

Diane Lamoureux 1

A escala internacional, la reputación de Quebec descansa, usualmente más, sobre la importancia de su movimiento feminista y sobre sus políticas públicas de igualdad entre las mujeres y los hombres. No obstante, en el curso de los cinco últimos años, ha habido un desarrollo espectacular del movimiento masculinista. Pienso explorar la significación de ese movimiento teniendo en cuenta su carácter simultáneo de política del resentimiento y de backlash [contra reacción] antifeminista y abordar las posturas alrededor de las cuales se desarrolla. Sin embargo, para comprenderlo mejor, me parece necesario incluir el contexto internacional en el cual este movimiento pudo crecer, teniendo en cuenta, principalmente, dos factores: la influencia de las políticas de la Onu y los consensos internacionales sobre la igualdad entre las mujeres y los hombres y el desarrollo del (neo)liberalismo a escala internacional y local. Ante todo, sin embargo, es importante explicar lo que entiendo por masculinistas. Se trata de un movimiento social que toma la defensa de los “hombres en aflicción”, aflicción que se imputa a las mujeres y, más particularmente, a las feministas. Considerando que el feminismo llegó demasiado lejos y que reconstituyó un matriarcado castrante para los hombres (Trottier, 2007), el masculinismo reivindica una especie de orgullo machista de fuerte componente misógino. Postulando una guerra de los sexos, que por otra parte habrían iniciado las feministas, llama a los hombres a tomar venganza y a regresar a los “buenos viejos tiempos” de antes del feminismo (Dallaire, 2001).

Estamos lejos, pues, con el masculinismo (Blais y Dupuis-Déri, 2008), de las diversas corrientes de estudio sobre la masculinidad que surgieron, también, en estos últimos años. En vez de buscar nuevos modelos de masculinidad compatibles con la igualdad entre las mujeres y los hombres, los masculinistas pretenden, más bien, encontrar chivos expiatorios de las angustias masculinas bien reales, que por otra parte dan prueba de que, en una sociedad que predica la igualdad entre las mujeres y los hombres, no sólo las mujeres sino también los hombres deben transformarse.

Un cambio de contexto

Volvamos algunos años atrás. En 1975, la Onu establecía el mecanismo de un año internacional de la mujer que, ante la amplitud de los problemas planteados, iba a transformarse en década. Estamos aún en una época en la cual el Estado benefactor no tiene demasiada mala publicidad y donde varios países de Europa y Norteamérica se comprometieron en un proceso de transformación importante del estatuto personal de las mujeres en sus sociedades, yendo en el sentido de la igualdad civil. De ahí resultaron dos grandes consecuencias para las mujeres de estos países. Por una parte, hay transformaciones importantes del estatuto jurídico de las mujeres casadas, así como de las instituciones de la familia, el matrimonio y el divorcio, que se inscriben en un proceso de extensión a las mujeres de la individuación liberal. Por otro lado, varios Estados establecen numerosos servicios que contemplan encargarse de las personas dependientes, esto tiene como efecto descargar parcialmente a las mujeres que, antes, asumían gratuitamente esas tareas en el marco privado de la familia, lo mismo que permitir a algunas mujeres tener acceso a empleos remunerados vinculados a esas tareas. En Quebec, este proceso integró en la revolución tranquila y se desarrolló, grosso modo, durante el periodo 1960-1980.

A escala internacional, el hecho de que la primera conferencia sobre las mujeres bajo el patrocinio de la Onu se celebre en México y, más aún, que la tercera tenga lugar en Nairobi, viene a acreditar la idea de que las posturas feministas no son cuestiones de uso exclusivo de las sociedades de tradición más o menos liberal de la Europa Occidental y de Norteamérica, sino que conciernen al conjunto de la humanidad. Si la universalización del feminismo no es siempre evidente y la solidaridad feminista puede resultar difícil, no es menos cierto que se desarrolló un movimiento feminista que no se puede reducir a un imperialismo occidental y que se inscribía en las posturas de cada uno de los contextos locales en los cuales operaba (Morgan, 1984; Narayan, 1997) y que la iniciativa de Quebec de la Marcha Mundial de las Mujeres del año 2000 encontró eco en todos los continentes.

Sin embargo, a partir de la conferencia de Beijing de 1995, se pueden tener en cuenta modulaciones importantes, tanto en el discurso de la Onu como en las fuerzas políticas que se interesan en las posturas feministas. Lo que domina en el periodo 1975-1995 es el discurso de la discriminación sistémica contra las mujeres, discriminación cuyas manifestaciones concretas variaban de una situación social a otra y a la voluntad de las luchas feministas que se desarrollaban, pero que se percibía como un sistema social que estructuraba a las distintas sociedades. A partir de la conferencia de Beijing en 1995, lo que domina es el lenguaje de las desigualdades de género. A primera vista, nada parece modificado puesto que uno de los efectos más usuales de la discriminación es producir y reproducir desigualdades sociales. Pero, si se le observa más de cerca, un elemento importante desaparece: ¡el sistema social! Las desigualdades de género son reducidas a estadísticas, que se pueden constituir con ayuda del análisis diferencial según el sexo o los distintos dispositivos de la gender mainstreaming [“transversalización del género”]2. Además, los task forces [grupos de trabajo] gubernamentales de promoción de las mujeres dan paso, cada vez más, a las oficinas de la igualdad. Aquí, todavía, en la superficie nada parece modificado: las personas que trabajan en estas oficinas de la igualdad o que son responsables en ellas son, a menudo, las mismas que laboraban antes en la promoción de las mujeres y, por regla general, entrevén siempre su trabajo desde una perspectiva feminista. Sin embargo, el truco ilusionista que consiste en transformar un sistema de dominación social en desigualdades estadística, conduce tranquilamente a la idea de que a veces son las mujeres y a veces son los hombres las/los que son víctimas de desigualdades, por una parte, y transforma una postura cualitativa (un sistema social de dominación) en una postura cuantitativa (sobre las ventajas más o menos importantes para uno u otro sexo3).

Tal variación tiene una explicación doble. Primeramente, si las conferencias de la Onu de Copenhague y Nairobi reunieron organismos gubernamentales de promoción de las mujeres, representantes gubernamentales y la burocracia femenina de la Onu (las femócratas), así como grupos feministas –en forum off [“fuera de foro”], pero teniendo a pesar de todo una cierta incidencia sobre las declaraciones de la conferencia oficial–, en Beijing emergen nuevos actores y los antiguos se animan: el lobby [grupo de presión] de las iglesias (cristianas, judías y musulmanas) está cada vez más presente y pesa en las decisiones de la conferencia, sobre todo tomando en consideración que puede contar con el apoyo de varios gobiernos conservadores en materia de situación de las mujeres (un conservadurismo que no se encuentra solamente en los países musulmanes). En segundo lugar, el (neo)liberalismo ha hecho progresos fulgurantes a escala internacional, haciendo suyo el mantra de la Señora Thatcher: “there is no such thing as society” [“no hay ninguna cosa tal como la sociedad”], lo que contribuye a una privatización de las posturas sociales y a una variación de las políticas públicas del welfare [programa de asistencia social] hacia el workfare [programa asistencial de trabajo fomentado por el gobierno].

En Quebec, estas transformaciones encontraron un doble eco. Por una parte, el Consejo del Estatuto de la Mujer quiso controlar él mismo su propia transformación tomando la iniciativa de su conversión en Consejo de la Igualdad. Si el proyecto no tuvo éxito es porque hubo una movilización masiva de los grupos de mujeres para denigrar la transformación, mientras que los grupos masculinistas y los grupos de hombres más moderados lo respaldaban (Foucault, 2008). Por otra parte, desde mediados de los años noventa, el (neo)liberalismo inspira las políticas gubernamentales, sin distinción de partidos y esto tiene repercusiones no solamente en lo que se refiere al papel del Estado, sino también en lo que se refiere a la evolución de las ideas.

Mi propósito en este texto es triple. En primer lugar, quiero mostrar cómo el masculinismo se nutre con estos cambios a escala internacional que tienden a descalificar al feminismo, inscribiéndose muy bien en la ideología del “post-feminismo”. A continuación, me propongo trazar la genealogía en el fértil terreno antifeminista que se reestructuró en Quebec a partir de la revolución tranquila y que es conducida por una ideología reaccionaria/conservadora. Finalmente, consideraré el masculinismo como una política del resentimiento. Para llegar a ello, expondré las posturas planteadas por los grupos masculinistas y su utilización de la escena político-mediática.

Del antifeminismo al masculinismo

Si se examinan los debates del año 2007 en Quebec, podría cuestionarse la utilidad de interesarse en el desarrollo del masculinismo, puesto que se asistió a una celebración cuasi unánime de la igualdad entre las mujeres y los hombres. Ésta constituirá una valor fundamental de la sociedad quebequense, valor que sería necesario defender, principalmente, contra las/os inmigrantes que no habrían alcanzado tal fase de evolución humana.

En efecto, durante el otoño, varias personas y grupos testifican ante la Comisión Bouchard-Taylor sobre las prácticas de acomodamiento razonable4 destacando hasta qué punto la igualdad de las mujeres y hombres constituye un valor fundamental de la sociedad quebequense. Algunos meses antes, en plena campaña electoral, el partido que presentaba el menor número de mujeres candidatas, el Acción Democrática de Quebec (Adq), había fustigado algunas prácticas de compromiso de la diversidad etno-cultural haciendo hincapié en el hecho de que la igualdad entre las mujeres y los hombres constituía un valor fundamental de la sociedad quebequense. En septiembre de 2007, el Consejo del Estatuto de la Mujer depositaba un dictamen que recomendaba al Gobierno de Quebec enmendar la Carta de los Derechos de la Persona a fin de que la igualdad entre las mujeres y los hombres no pueda comprometerse en nombre de la libertad de religión. En octubre de 2007, en su proyecto de ley sobre la identidad quebequense, Pauline Marois, dirigente del Partido Quebequense, también requería modificar la Carta de los Derechos para hacer prevalecer la igualdad entre las mujeres y los hombres. En diciembre de 2007, el gobierno del Partido Liberal de Quebec anunciaba su intención de modificar la Carta de los Derechos de la Persona para añadir a los principios de interpretación el predominio de la igualdad entre las mujeres y los hombres sobre otros derechos igualmente reconocidos por la Carta.

No obstante, tal discurso encubre mal algunos retrocesos de las mujeres y de las feministas en la sociedad quebequense. Más particularmente, con el ascenso político de un determinado conservadurismo, protegiéndose en la defensa de la identidad nacional, se desarrolla todo un haz de posiciones antifeministas en el cual el masculinismo es la franja probablemente más radical. Lo que distingue este antifeminismo de aquel que prevalecía en el periodo de entreguerras en los medios nacionalistas conservadores, cuando la Iglesia católica era la punta de lanza de la oposición al derecho de voto, a la educación y al trabajo remunerado de las mujeres –actividades susceptibles de alejarlas de su vocación social de madres– es, por una parte, su secularización y, por otra, su compromiso con el principio de igualdad entre los sexos.

Ciertamente, los debates del otoño de 2007 entorno a la Comisión Bouchard-Taylor pusieron de manifiesto que la corriente retrógrada no había desaparecido completamente de Quebec después de la revolución tranquila, como lo atestiguan las voluntades de restablecer la enseñanza religiosa católica en las escuelas públicas o las diversas intervenciones públicas de Monseñor Ouellet, arzobispo de Quebec5. Sin embargo, la jerarquía católica, por medio de declaraciones de la Conferencia de Obispos Católicos de Quebec, pretendió mantener distancia ante tales posiciones. El movimiento de oposición a la libertad de aborto recibe el apoyo de algunos sectores de la Iglesia Católica, pero una buena parte de su estructura institucional se basa más bien en las iglesias evangélicas. En cuanto a la cuestión de los derechos de los homosexuales, las estructuras oficiales de la Iglesia Católica expresaron su reprobación frente al discurso homofóbico del Cardenal Ratzinger, cuando que era Presidente de la Congregación por la Doctrina de la Fe, sin por ello llegar a aceptar el casamiento por la iglesia de parejas del mismo sexo. Al contrario, los medios nacionalistas conservadores, que hacen hincapié en el “nosotros” quebequense y en una identidad de fuerte anclaje etno-cultural, van viento en popa desde mediados de los años noventa y no dudan, como Lucien Bouchard durante la campaña relativa al referéndum de 1995, en lamentarse del escaso número de “bebés blancos” que nacen en Quebec. Del mismo modo, el partido Adq se hizo portavoz de los “verdaderos valores familiares”, un concepto retomado de la corriente (neo)conservadora estadounidense, en la campaña electoral de abril de 2007, oponiéndose, sesgadamente, a los guarderías, preconizando una asignación para los padres con el fin de dejarles la elección de los métodos de resguardo de las/os niñas/os pequeñas/os y no dudando en recurrir a argumentos homofóbicos. Otros nacionalistas conservadores entraron en guerra contra el gay pride [desfile gay] (Chevrier, 2002) y las feministas extremistas (Trottier, 2007).

De la misma manera –y retomando, en este sentido, elementos enunciados por el cardenal Ratzinger en su adoctrinamiento sobre las relaciones entre los hombres y las mujeres– este antifeminismo no se opone frontalmente a la igualdad entre las mujeres y los hombres, de ahí la desconcertante unanimidad sobre este tema en el panorama político quebequense. Aquí se habla, más bien, de la complementariedad entre las mujeres y los hombres, lo que, aparentemente, no es formalmente jerárquico. Es posible ver aquí una consecuencia del impacto del feminismo en la transformación de las mentalidades en Quebec, pero también del predominio de las ideas liberales de individuación e igualdad formal entre las personas. Sin embargo, a las feministas se les culpa de todos los daños y se les oponen las tropas conservadores/reaccionarias clásicas de la inutilidad, del efecto perverso y de la amenaza (Hirschman, 1991). Tal fenómeno no es nuevo y se ha mostrado tanto en el movimiento de las Yvettes6, que han sido analizadas como una reacción antifeministas (Tardy, 1993; Lamoureux, 2008), como en la matanza del Politécnico7. Son los argumentos desplegados en ese momento, además de aquellos vinculados al postfeminista, los que encontraremos en el discurso masculinista. En ese sentido, se puede analizar el masculinismo como una radicalización –ideológica y práctica– de este antifeminismo trivializado por los medios de comunicación y un cierto número de personalidades públicas.

Una buena ilustración de estas tesis antifeministas es, quizá, la obra de Trottier, que resume así su propuesta: “el feminismo quebequense que nació en un contexto que la evolución socio-cultural general hizo necesario y comprensible, se deslizó para convertirse en una nueva religión” (2007: 7). Así pues, habla de la triple castración del hombre quebequense (por los “Ingleses”, la Iglesia –de los hombres en vestido– y las mujeres), entrañando la tesis del matriarcado para definir a la sociedad quebequense tradicional, lo que hace, por otro lado, difícilmente comprensible que en tal sociedad matriarcal el feminismo haya podido justificarse. Después, hace de las feministas las herederas de esa triple castración.

Los cuatro grandes pilares del masculinismo

El masculinismo se basa, entonces, en el discurso sobre la inequidad entre los sexos para poner de manifiesto que los hombres quebequenses son víctimas de desigualdades, que el feminismo habría conducido a la sociedad quebequense a una nueva forma de matriarcado cuyo resultado es la castración del varón quebequense al cual sería tiempo de liberar. Para hacerlo, es importante que los hombres, como ocurre con lo que las feministas han hecho desde los años setenta, se organicen políticamente para mostrar los perjuicios sociales que subsisten e intenten restablecer la igualdad entre las mujeres y los hombres.

Para certificar los perjuicios sociales de las que son víctimas los hombres, según ellos, cuatro apuestas son particularmente propuestas por los grupos masculinistas: el suicidio de los hombres jóvenes, la deserción escolar de los adolescentes, los hombres violentos y los padres divorciados despojados de sus hijos. Examinemos, pues, cuáles son los argumentos desplegados y cómo todos estos fenómenos procederían de una dominación feminista, que es importante minar en provecho de una mayor igualdad entre las mujeres y los hombres.

Es un hecho, los hombres jóvenes son más numerosos en morir por suicidio que las mujeres jóvenes. La importancia de la tasa de suicidios en Quebec ha sido juzgada como suficientemente grande para que el Gobierno consagre a ello diversos servicios, en una lógica totalmente foucauldiana de gestión de las poblaciones, e instituyera, incluso, una semana de prevención del suicidio. Sin embargo, este género de estadísticas muestra bien los límites inherentes al análisis diferenciado según el sexo: si bien allí se aprende que los hombres jóvenes mueren más a menudo que las jóvenes, no se sabe gran cosa de las poblaciones implicadas y se puede, también, preguntarse si se contrastan datos verdaderamente comparables y si la variable sexo es la más útil para comprender el fenómeno.

En un plano comparativo general, me parece importante tener en cuenta un aspecto ya presente en la obra clásica de Durkheim sobre el tema, a saber, que lo que se puede contabilizar estadísticamente en los intentos de suicidio no es el número de aquellos que causan la muerte, sino solamente el de aquellos en que el suicidio es explícitamente mencionado como causa del deceso. Es decir, como las mujeres tienen mucho menos acceso a las armas de fuego que los hombres (Tabet, 1998), la tasa de fracaso en las tentativas de suicidio es mucho más elevadas entre las jóvenes. Por último, no se tiene en cuenta comportamientos de más fuerte prevalencia entre las mujeres, como la anorexia, que pueden conducir a la muerte sin que ésta sea reportada bajo la rúbrica de suicidio.

Más importante aún, no se tienen en cuenta las categorías de masculinidades dominadas (Connell, 1985) más susceptibles que otras de recurrir al suicidio. Pensemos en los autóctonos o en los jóvenes homosexuales. En este caso, es probable que sean más bien estas características identitarias combinadas con la normatividad de la masculinidad hegemónica, más que la masculinidad como tal, lo que esté en juego cuando se recurre al suicidio. Incluso Trottier, que hace alusión a ello, se empeña sin embargo en minimizar su observación sosteniendo que “muchos de estos hombres ¿no se suicidarían realmente debido al hecho de que, no pudiendo exteriorizar su cólera o su desasosiego en muchos casos, harían de su gesto el acto más violento posible, pero dirigido contra ellos mismos?” (2007: 193)

El discurso masculinista sobre el suicidio es casi silencioso sobre todos estos fenómenos. Por el contrario, es vigorosamente elocuente sobre la aflicción de los hombres jóvenes que desarrollan incertidumbres identitarias porque el desarrollo del feminismo no les ofrece, realmente, modelos positivos masculinos de identificación. Aquí se encuentra una mezcla un poco indigesta de psicología popular y una recuperación del argumento desarrollado por Denise Bombardier (1993) en su arremetida contra el feminismo. Ésta retoma, igualmente, los argumentos desplegados por Badinter (1992) para explicar que, en nuestra época, la identidad masculina es más compleja de construir que la identidad femenina.

Los masculinistas hacen hincapié, de igual manera, en el suicidio de padres divorciados, para poner de manifiesto que viven situaciones de aflicción. Así pues, se puede leer en el sitio internet Fathers 4 Justice que

[…] los padres en situación de separación forman cerca de las tres cuartas partes de los suicidas. Por esta razón, es importante que se nos escuche, a pesar de las políticas no dichas que se imponen en los medios de comunicación bajo la presión evidente de las feministas extremistas que ven en nuestras reivindicaciones una amenaza a sus adquisiciones y a las prerrogativas financieras y políticas de las cuales gozan indebidamente por victimización.

Hay, en la utilización del argumento del suicidio de hombres jóvenes, a la vez, el efecto perverso y la exposición a un riesgo. Del lado del efecto perverso, los masculinistas sostienen que la transformación de los roles sociales sexuales bajo el impacto del feminismo tuvo como efecto una ampliación de posibilidades para las jóvenes y un estrechamiento de horizontes para los jóvenes. En cuanto a poner en peligro, es la posibilidad misma de las relaciones amorosas armoniosas entre hombres y mujeres la que estaría amenazada, puesto que el feminismo conduciría a los hombres a renegar de su naturaleza, naturaleza que parece reducirse a la testosterona. Por ello Dallaire, después de habernos asestado los clichés más desgastados sobre la diferencia de sexos, señala que “la sexualidad y la identidad del varón son intrusivas” y precisa que “la sexualidad masculina es innata, genital, intensa y relacional” (2001: 225), pero que todo esto caería bajo una “naturaleza” contra la cual hombres y mujeres serían impotentes.

El segundo argumento postulado por los masculinistas, es aquel de la deserción escolar de los adolescentes. Aún allí, el problema no es la constatación, estadísticamente comprobable, sino la explicación que se proporciona. Para los masculinistas, la cosa no puede estar más clara: con las escuelas mixtas, el predominio de personal de enseñanza femenino en las escuelas primarias y secundarias y el adoctrinamiento feminista vehiculado por la escuela, es normal que los jóvenes abandonen la escuela. Así pues, para Gélinas, “[uno] se pregunta porque la tasa de deserción es tan elevada en la secundaria (…) puesto que parece que las bases familiares se debilitaron a tal grado que no pueden resistir al primer conflicto serio. Pero, se hará todo para evitar pronunciarse sobre la simple realidad de que, en principio, los padres, la madre en primer lugar [subrayado mío], no supervisan ya a los niños” (2002: 161).

El mayor éxito en la escuela de las jóvenes no es un sólo fenómeno quebequense, se puede constatar en muchos países occidentales (Beaudelot y Establet, 1992). Además, de manera general, el número de jóvenes que completan sus estudios secundarios va en aumento, lo que se inscribe en el fenómeno general de la prolongación de la duración de los estudios. Es evidente, también, que lo que está en tela de juicio en cuanto a la escuela no es lo mismo para las jóvenes y los jóvenes: la ausencia de un título de estudios secundarios es mucho más penalizante para las jóvenes que para los jóvenes en el mercado laboral. No es de sorprenderse, pues, que las jóvenes se cuelguen más al título.

El argumento más perverso es el del predominio, ciertamente, del personal de enseñanza femenino, tildado en su generalidad de feminista, como factor explicativo de la deserción escolar de los jóvenes. Como en muchos empleos relativamente desvaluados, la proporción de mujeres en la enseñanza primaria y secundaria es elevada. Lo mismo pasa con las cajeras, las vendedoras o las secretarias, además. ¡Ninguna facultad de ciencias de la educación en las universidades quebequenses implica númerus clausus contra los hombres! Sin embargo, hay que reconocer que pocos de ellos las frecuentan. En cuanto a suponer que todas las enseñantes serían feministas, eso revela más la fantasía que otra cosa.

De hecho, lo que despunta detrás el argumento de la deserción escolar de los jóvenes, es el espectro del matriarcado. La enseñante todo-poderosa intimidaría a los jóvenes inhibiría sus desempeños escolares. El discurso de la dominación sexual es, pues, revertido en detrimento de los hombres, y todo eso debe ser atribuido a los excesos del feminismo que se infiltra en todos los aspectos de la vida pública y hace estragos.

El tercer argumento postulado por los masculinistas es el de los hombres golpeados. El argumento sirve a dos fines. Primeramente, pretende denunciar las campañas gubernamentales de prevención de la violencia conyugal, señalando que en ellas la presentación de los hechos es sesgada, puesto que ahí sólo se presentan casos donde un hombre violenta a una mujer. En segundo lugar, sirve para exponer la disparidad en los recursos que son asignados a los hombres y a las mujeres, en ese ámbito. Dos puntos importantes son hábilmente pasados en silencio: el machismo mata, en la medida en que la violencia machista ha dejado una estela de numerosas víctimas, que no es el caso de las feministas; en segundo lugar, la violación –sea la víctima masculina o femenina– los perpetradores son varones, lo que no hace, necesariamente, violadores a todos los hombres.

Al respecto, la manera en que proceden los masculinista es doble. Por una parte, denuncian los estudios feministas u otros que atribuyen la violencia esencialmente a los hombres, subrayando que las feministas juegan en el tablero de la victimización para obtener dinero y políticas públicas en ese ámbito. Por otra parte, montan sobre alfileres algunos estudios que calculan una prevalencia similar de los casos de violencia conyugal para los hombres y las mujeres. Así, el estudio de Denis Laroche (2007: 20), acogido favorablemente por los sitios masculinistas que incluyen en ellos su hipervínculo8, afirma ciertamente la bidireccionalidad de la violencia y una prevalencia global similar. El autor precisa, no obstante, que los datos a partir de los que él trabaja, los de la encuesta social general, presentan dos lagunas: no piden a las personas, que dicen haber sufrido violencia, que precisen si ellas la han ejercido; no preguntan, tampoco, si las personas que sufrieron violencia provocaron o detonaron la situación. Concluye, entonces, que “esos datos sólo proporcionan una imagen muy parcial de las circunstancias y del contexto”. En conclusión, menciona, de igual manera, que cerca del 75% de las mujeres víctimas de violencia en esa investigación quedaron con graves secuelas físicas o psíquicas, que no es el caso de los hombres (Laroche, 2007: 104).

¿Qué se puede deducir de ese tipo de estadísticas? Me parece que es menos una distribución igual de la violencia entre los sexos de lo que aquí se habla, y es más una menor pasividad de las mujeres en un contexto de violencia lo que puede impulsarles a responder. Sin embargo, los estudios sobre la gravedad de las secuelas muestran que, generalmente, los hombres predominan. Ciertamente, no se pueden excluir los comportamientos violentos en algunas mujeres, pero me parece que estos comportamientos son menos socialmente significativos y no descansan sobre las mismas relaciones sociales de dominación que la violencia masculina.

El cuarto y principal argumento invocado por los masculinistas es el de los padres divorciados privados de sus niños. Es el argumento principal de un grupo como Fathers 4 Justice y es, también, el que se presta a la más grande mediatización, como cuando un miembro del grupo se subió a la estructura del puente Jacques-Cartier para desplegar una banderola “Papá te ama” negándose, al mismo tiempo, a descender de la estructura y recurriendo al chantaje del suicidio, bloqueando así esta vía principal de acceso a la isla de Montreal durante cerca de un día.

Así pues, se puede leer, en el sitio de Fathers 4 Justice una carta abierta al Primer Ministro Jean Charest, firmada por un tal Daniel Laforest, en la que enuncia, principalmente, dos argumentos. El primero, es la destrucción de la imagen del padre en la sociedad quebequense puesto que “[Hay] un aspecto de nuestra sociedad que no nos hace honor como pueblo, es la destrucción de la imagen del hombre y del padre que el gobierno, los medios de comunicación y algunos movimientos anti-hombres no cesa (sic) de propagar en la población”. Tal argumento incorpora parcialmente la idea de que Quebec sería una sociedad matriarcal. El segundo, que asocia lucha contra la violencia masculina y privación de derechos parentales se enuncia como sigue: “[…] 125,000 padres quebequenses (sic) no tienen derecho a vivir con sus hijos, que 300,000 son también privados de su padre, que la publicidad mentirosa del gobierno sobre la violencia es tan importante en las mujeres que en los hombres”.

Por otra parte, un documento de Fathers 4 Justice referente a la situación de los padres en 2006, retoma el tema del vínculo entre violencia conyugal y privación de derechos parentales luego de un divorcio, denuncia la desproporción de medios concedidos a los grupos de mujeres y a los grupos de hombres por el Gobierno, enuncia que “la tutela de un infante es el atributo fundamental de la autoridad parental” y demanda “la abolición de la política en materia de violencia que vuelve a Quebec un estado policiaco”. Es interesante notar el desplazamiento del amor parental, en la acción del puente Jacques-Cartier, a la autoridad parental en el documento del grupo.

Que la cuestión sea el control es bastante evidente al mirar la película In nomime patris referente a los grupos de padres que reivindican la tutela de sus hijos. Si la película empieza con imágenes de padres expresando su tristeza y su desasosiego, el discurso de los grupos de defensa de los padres es, aquí, de autoridad y de control. En este punto, incluso, la parcialidad del sistema judicial a favor de las madres, la idea de que ellas forjaran deliberadamente falsas acusaciones de violencia y de abuso sexual para obtener la tutela de sus hijos, figuran en la argumentación de los representantes de los grupos de hombres. Pero, al compás de las cuestiones estos desarrollan una argumentación antifeminista, cuando no sencillamente misógina, y alegan ideas de autoridad paternal y de jerarquía social para justificar sus objetivos.

No obstante, como lo señala Dulac (1994: 86), “el discurso de los grupos de padres separados y divorciados está, también, fuertemente impregnado de la idea de que los hombres son víctimas”. Un poco más adelante, él señala que esta utilización de la victimización de los hombres no es consustancial a la situación de los padres separados, dado que “es el término que reaparece cuando la legitimidad del poder varonil es puesta en entredicho” (: 87). Esta temática reaparece ampliamente, entonces, en el discurso de grupos masculinistas en lo que en lo que a la violencia doméstica se refiere, los abusos sexuales hacia los niños y el aborto, ámbitos todos, según ellos, donde las mujeres son invencibles.

Esto se inscribe bastante bien en la lógica de las políticas del resentimiento que denuncia Wendy Brown. A partir de Nietzsche, ella define el resentimiento como adoptando tres formas: “produce un afecto (coraje, razón) que supera la herida; produce un chivo expiatorio responsable del sufrimiento; y produce un lugar de venganza que desplaza el sufrimiento (un lugar que inflige el sufrimiento regresando el sufrimiento sufrido)” (1995: 68, en traducción libre).

Conclusión

El discurso masculinista se difundió ampliamente en Quebec en el curso de los últimos años, apuntalándose en tres fenómenos de importancia desigual. En primer lugar, invocando el discurso de las desigualdades entre los sexo, para destacar que los hombres podían ser víctimas también. A continuación, utilizando en espectro del matriarcado para incorporarse al discurso conservador sobre los valores. Por último, apoyándose en la idea, ampliamente vehiculada por los medios de comunicación, de que vivíamos una era post-feminista y que los grupos feminista detentaban demasiado poder en la sociedad.

Por otra parte, el movimiento masculinista se manifiesta relativamente poco en la escena pública, pero tiene fuerte presencia en el planeta internet. Ciertamente, se han podido ver acciones espectaculares como el bloqueo del puente Jacques-Cartier, o el envío de cartas a feministas y grupos de mujeres que las amenazaban con “proseguir el trabajo de Marc Lépine”9 o, incluso, la utilización de la violencia para forzar la entrada a reuniones feministas, pero el trabajo de estos grupos es a menudo muy discreto. En las comisiones parlamentarias, prefieren confiarse en los que piensan es necesario también ocuparse de los problemas específicos de los hombres, pero que no se definen necesariamente masculinistas10, lo que presenta una faceta más “respetable” del movimiento. Sin embargo, en internet se encuentra una lógica de sitios que se reenvían unos a otros y que retoman la misma letanía y hacen referencia a los mismos datos o estudios, según una lógica circular y clásicamente ideológica. Se beneficia igualmente de algunas complicidades mediáticas puesto que, desde el Politécnico en 1989, los medios de comunicación abundan en cronistas que se oponen al movimiento feminista, a su muy grande influencia política y a los fondos públicos consagrados a las mujeres, temas privilegiados del masculinismo.

Aún así, desde hace algunos años se volvió casi respetable fustigar a las “feministas extremistas” que serían la causa de un nuevo matriarcado en la sociedad quebequense y el discurso masculinista se hace escuchar, desde entonces, enriqueciéndose con la cientificidad que confieren títulos tan diversos como psicólogo, sociólogo, filósofo o politólogo. Lo que es notable en esta producción, es su carácter circular: siempre son las mismas estadísticas citadas e Yvon Dallaire parece ser figura de padre fundador y de referencia obligada. A este respecto, el tratamiento mediático ofrecido al discurso masculinista es sintomático puesto que pretende darle una credibilidad estableciendo un paralelismo entre feminismo y machismo, por una lado, y sugiriendo que el masculinismo es el único discurso posible para el desconcierto que podrían conocer los hombres, por otro lado.

Lo que resultó ser más importante para los masculinistas, es ciertamente el pasaje de un discurso sobre la opresión de las mujeres o la dominación masculina a un discurso sobre la desigualdad entre los géneros. En el primer caso, la relación entre poder y jerarquía está claramente establecidas. En el segundo caso, como lo mencioné más arriba, se abre la puerta a la idea de que las desigualdades benefician a veces a unos, a veces a otros, según una lógica estadística y no social. Me parece que se justifica decir, a partir de Susan Faludi (1991: xx), que se trata de un claro ejemplo de un fenómeno de backlash [contra reacción], motivado no por el hecho de que las mujeres hayan llegado a la igualdad sino por el temor de que ellas lleguen allí.

Este discurso sobre las desigualdades de género sirve, a continuación, para alimentar el discurso sobre el matriarcado quebequense. El tema del matriarcado está presente en el imaginario quebequense desde hace algunos siglos y se apoya en la idea de la ausencia de los padres. Al inicio, tenía por objeto describir las situaciones donde la madre dirigía a la familia, de hecho, puesto que los padres debían ausentarse durante largos períodos por razones de trabajo (los que hacían la trata de pieles en tiempos de la colonia a los trabajadores forestales). En la actualidad, sirve para describir a las familias matrifocales a causa de las separaciones y divorcios. En los dos casos, hay confusión entre lo privado y lo público; ciertamente, las mujeres ejercen un amplio poder en la esfera privada, pero no pasa lo mismo en la esfera pública 11. Sin embargo, este argumento del matriarcado es retomado por algunos conservadores como el Adq y Mathieu Bock-Côte 12, que no rechaza totalmente los progresos feministas, pero que hace hincapié en el hecho de que las feministas fueron demasiado lejos y que es hora de defender los “verdaderos valores familiares”.

Finalmente, este discurso prolifera sobre un fondo de post-feminismo. De manera general, se puede definir el post-feminismo como aquel que sostiene que había, efectivamente, desigualdades entre las mujeres y los hombres que era necesario corregir, pero que ya se hizo el trabajo y que ahora el movimiento feminista no tiene razón de ser puesto que logró sus objetivos. En los medios de comunicación masivos, tal discurso se difunde ampliamente. En los sitios de internet, esto permite la asociación cuasi automática de feministas con extremistas, cuando no se habla hasta de feministas nazis.

Es evidente que tal discurso no está presente solamente en Quebec. Fathers 4 Justice es una organización internacional, como lo muestra bien el documental In nomine patris. De igual manera, el discurso del post-feminismo se debilita en casi la totalidad de los países del Norte político. Más aún, se ha notado en estos últimos años una aproximación, en estos mismos países, entre el discurso (neo)liberal y el discurso (neo)conservador y el desarrollo de fuerzas políticas que articulan estas dos agendas, tal como ocurre con el Adq en Quebec, como con el Partido Republicano en los Estados Unidos, el de los hermanos Kascynski en Polonia, el Partido Popular en España o, incluso, la “Union pour un Mouvement Populaire” (UMP) en Francia, sólo por citar algunos.

Bibliografía

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Sitios internet consultados

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http://masculinisme.blog-city.com
http://entregars.com
http://www.fathers-4-justice.org
http://www.coalitiondeshommes.org/memoire
http://www.lapresrupture.org


1 Traducción: María Eugenia Ríos Marín.

2 Se puede remitir al número 44 (2008) de la revista Les Cahiers du genre [Los cuadernos de género] para un análisis de las políticas de la gender mainstreaming [“transversalización del género”] en Europa.

3 La Onu y los gobiernos nunca se han metido en la queer theory [teoría queer] y continúan, entonces, percibiendo la sexuación como binaria.

4 Comisión formada por el Gobierno a fin de investigar sobre las prácticas de compromisos razonables en materia de relación entre los distintos grupos etno-culturales, que amplió su mandato para englobar aspectos de la “identidad” quebequense. Esta comisión está co-presidida por Gérard Bouchard y Charles Taylor, de ahí también su nombre de Comisión Bouchard-Taylor.

5 Este primado de la Iglesia Católica canadiense, por otra parte, reincidió haciéndose el promotor de las Jornadas Eucarísticas que se llevaron a cabo con motivo del 400 Aniversario de la fundación de la ciudad de Quebec, en junio de 2008.

6 Cuando la campaña refrendaria de 1980, Lise Payette, quien era Ministra responsable de la Condición Femenina y figura importante a favor del “sí” denunció los estereotipos sexistas presentes en algunos manuales escolares y equiparó a la esposa del dirigente a favor del “no”, Madeleine Ryan, con una Yvette (nombre del personaje femenino que encarna todos esos estereotipos). En respuesta, mujeres liberales organizaron el movimiento de las Yvettes, que resultó constituir la principal fuerza movilizadora a favor del “no”.

7 El 6 de diciembre de 1989, un hombre armado (Marc Lépine) irrumpió en la Escuela Politécnica de Montreal, separó a los hombres de las mujeres y asesinó a 14 mujeres. El asesino dejó una carta donde indica claramente sus intenciones antifeministas y misóginas, acusando a las feministas de haber arruinado su vida. No obstante, en el debate público que siguió a estos acontecimientos, las feministas, que denunciaban el carácter antifeminista del gesto, fueron acusadas de utilizar este incidente para revigorizar un movimiento que perdía velocidad (Côté, 1990).

8 Estaría vinculado a los grupos masculinistas y aprovecharía su situación en la Oficina de estadísticas de Quebec para popularizar la tesis de la prevalencia de la violencia en los dos sexos.

9 En 2004, varias feministas y grupos de mujeres recibieron cartas de amenaza de un individuo que decía ser la reencarnación de Marc Lépine. Tras un procedimiento judicial, el individuo fue condenado en 2005.

10 Así pues, Gilles Rondeau, autor de un informe para el Ministro de Salud y Servicios Sociales (2004), demanda la adjudicación de recursos dedicados a la “miseria” de los hombres, apoyándose en el discurso sobre la desigualdad entre los sexos. Y, en el dossier de abril de 2006, consagrado al masculinismo, la revista Châtelaine habla de los “duros” y de los “blandos”.

11 Sería demasiado largo deconstruir el argumento del matriarcado quebequense. Se puede consultar mi obra de 2001 para un examen menos resumido.

12 Estudiante del doctorado en sociología de la Université du Québec à Montréal (Uqam) que quiere ser la encarnación del pensamiento conservador.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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