Cruzar la frontera:
la migración internacional como rito de construcción de la masculinidad en jóvenes de Guanajuato

María Guadalupe Huacuz Elías1
Anabella Barragán Solís2

 

La migración de importantes grupos poblacionales de trabajadores mexicanos ha sido un proceso dinámico y constante que genera una serie de cambios tanto en el individuo como entre las personas que conforman la unidad doméstica, la comunidad y la región. En el año 2001, el Consejo Nacional de Población y Vivienda (CONAPO), señaló que el estado de Guanajuato ocupaba el cuarto lugar en magnitud de población nacida en México que vive en Estados Unidos de Norteamérica y que un 63% de los trabajadores temporales, que regresan de Estados Unidos, radican en Guanajuato. Estos datos indican la trascendencia del fenómeno migratorio para ese Estado, algunas de sus consecuencias son: pérdida de la fuerza laboral activa; abandono o renta de las tierras de cultivo; incremento del trabajo y responsabilidades para las personas que se quedan al cuidado de la familia; problemas de violencia de género, entre los que destacan: abandono temporal o definitivo de la pareja, las y los hijas/os, violencia física, sexual y patrimonial hacia las mujeres, niñas y niños que permanecen en las comunidades.

      En este trabajo queremos presentar el proceso migratorio como fenómeno colectivo y heterogéneo, y señalar que los grupos de migrantes están conformados por individuos que viven sus vidas particulares de manera diversa dependiendo de su situación de género, posición en la unidad doméstica, diferencia generacional, situación conyugal y redes sociales en el país de origen y de destino. Consideramos necesario puntualizar que las vidas de estas personas se mantiene en el tiempo-espacio de lo que Rouse (citado por D’Aubeterre, 1991) denomina el “circuito migratorio transnacional”3.

Algunas notas sobre el método y el grupo de estudio

Entre los años 2001 y 2002 realizamos una investigación sobre el contexto de la migración internacional y su relación con la violencia de género, intrafamiliar y conyugal en los cinco municipios del Estado de Guanajuato con mayor porcentaje de migrantes internacionales, dicho estudio se desarrolló con varios hombres y mujeres de los municipios de Santiago Maravatío, Huanímaro, Manuel Doblado, Tarimóro y Romita4.

      Para este trabajo seleccionamos sólo los resultados de entrevistas en profundidad realizadas a 18 hombres migrantes. Las entrevistas se aplicaron tanto en espacios públicos (Casas de la Cultura, Centros de Salud, Presidencia Municipal) como privados (hogares de los entrevistados), fueron grabadas en cinta magnetofónica y transcritas.

      El grupo de estudio tiene las siguientes características generales: sobre la edad, los informantes se encuentran en un rango de 21 a 62 años (lo que nos permitió construir relatos de su visión generacional y su historia de vida). La mayoría han migrado de una a quince veces, hay quienes más de 20, con estancias de entre dos meses a 25 años en EEUU. Las actividades que han desempeñado: dos tercios laboran en actividades agrícolas y jardinería, y el tercio restante en actividades relacionadas con la industria de la construcción (albañilería principalmente). Sobre el grado de escolaridad: la mitad no concluyeron la educación primaria, la cuarta parte terminó su instrucción primaria, sólo uno cursó la escuela secundaría y tres señalaron que no contaban con instrucción escolar. Respecto a las condiciones de vivienda: la mayoría tiene casa propia, habitada por cinco o más personas, los grupos domésticos están integrados por la pareja, las y los hijas/os, cuñadas y/o cuñados, hermanas y/o hermanos y suegros; queremos señalar que para fines de la investigación la conformación de la unidad doméstica fue básica debido a que “los otros” en la familia, son “los ojos” cuya mirada solidaria con el migrante funciona como vigilante de la ética y honra familiar fincada en las mujeres.

Entre el imaginario y la realidad: representación de las causas de la migración

Si, como señala Kirk (1970), el mito nos permite comprender la estructura de la sociedad, sus valores, normas y hábitos, ¿no convendría analizar la estructura simbólica de la primera migración masculina como reproducción de un mito de bienestar individual y social que se encarna en los ritos de construcción de la masculinidad? Los migrantes con quienes platicamos coinciden en que cada vez es más frecuente que la “Ruta Migratoria” se inicie durante la adolescencia o la juventud (Brofman: 1998, Rodríguez: 2001).

      Las causas que obligan el inicio del proceso migratorio expresadas por los entrevistados son la búsqueda de satisfactores económicos para la sobrevivencia y el mejoramiento de sus condiciones de vida y las de su familia; desempeñar cabalmente el rol de proveedores de la familia construido por los estereotipos de género, la búsqueda de nuevos horizontes y la necesidad de mantener la imagen de poder y el prestigio en la unidad doméstica y la comunidad (como los míticos héroes que “arriesgan la vida” en otras tierras). A la pregunta “¿por qué decidió irse para Estados Unidos?” los entrevistados responden dependiendo de su edad y situación conyugal. La experiencia de un hombre maduro, casado es resumida en el siguiente relato:

Como yo ya no tuve la oportunidad de seguir estudiando, por lo mismo que mis papás ya no podían pagar los estudios y aquí en México trabajando no haces nada, y con un certificado de secundaria no alcanzas un trabajo donde te puedas sostener y no te queda otra más que trabajar afuera, en lo que se ofrezca, aquí no alcanza para hacer algo y si piensas en un futuro pues, hay que arriesgar la vida, y pues, a uno no le queda otra cosa más que ir a Estados Unidos, para hacer algo, porque aquí no se hace nada.

      Un joven soltero, por su parte, señaló:

Pues sobre lo mismo que nos vamos todos, por la cosa de la pobreza, a ver si hay un cambio de vida… a la aventura, todo el día andaba con la yunta o cuidando chivas, o cuidando a mis hermanitos… dije: “mejor me voy”.

      Las consecuencias negativas de la migración masculina son presentadas (de manera sensacionalista por cierto) por los medios de comunicación, se conocen a través de la tradición oral de las comunidades expulsoras o a partir de una experiencia vivida en el espacio transnacional. La pobreza, las redes sociales (generalmente masculinas), las redes familiares y la búsqueda de una mejor calidad de vida, son factores detonantes para la decisión, en el relato de los jóvenes se apunta, además, la posibilidad de trascendencia y un escape a asumir las responsabilidades del padre ausente. Independientemente de la edad y el estado civil del sujeto, la migración es una decisión personal, unilateral, en la que rara vez se consulta a los demás integrantes de la familia. Algunos de los entrevistados señalaron que “a las mujeres no se les consulta”, sino que “se les informa de la decisión de abandonar la comunidad”:

[…] no le pide su opinión [a la pareja] uno nomás dice me voy y me voy y ella aunque diga que no, ya está uno ya pa’ irse (Huacuz y Barragán, 2003: 66).

Migración y masculinidad: “la herencia social migratoria”

La mayoría de los relatos obtenidos durante el trabajo de campo muestran lo que denominamos la “herencia social migratoria”, situación fundamentada en la construcción de la identidad masculina y confrontada con la experiencia de “los otros” (abuelos, padres, hermanos) que ya han incursionado en el trabajo –generalmente ilegal– en Estados Unidos. Algunos informantes señalaron que tienen parientes o paisanos ya “emigrados”, con estancia legal, éstos integran las redes sociales que les facilitan la residencia en aquel país.
Los adultos mayores se refieren a un proceso migratorio solitario y árido, pero con apoyo de los programas estatales que promovían la migración:

Mi papá migró por allá cuando tenía 18 años, pero nomás por un año. Él se llamaba Dionisio y trabajó en el “traquer” que son las vías, entró aquí por Texas, y se fue trabajando, que andaba haciendo vías, hasta por allá por el Paso y luego a Chicago… nomás duró poquito, luego se vino para acá, no duró años, como un año me platicaba.

      Mientras que actualmente los jóvenes han podido establecer redes de relación que les permiten la estancia en casa de algún familiar o paisano:

La primera vez va uno a ciegas o va uno a ver a dónde llega, uno anda con miedo, la segunda vez ya llega uno a donde se quedó la primera vez, va uno con más seguridad, antes era la cosa que se largaba uno solo a donde cayera, y ahora ya no, ahora la persona con quien va lo están esperando.

      En estas comunidades la primera migración masculina también constituye un “rito de construcción de la masculinidad”, un rito que como lo apunta Kirk (1970) es “[…] un acto rutinario de propiciación y sacrificio que tienden a ser ritos de paso, estos comportan aislamiento, regresión a un estado natural, combate, pruebas, etc.”, que en palabras de Gadamer (1997) es “una forma de actuar […] La dimensión en que se realiza lo ritual es siempre un comportamiento colectivo, los modos de comportamiento ritual no refieren al individuo ni tampoco a las diferencias entre un individuo y otro, sino a la colectividad formada por todos los que, juntos acometen la acción ritual. La comunidad cultural no se debe sentir en modo alguno como espectadora, ella misma forma parte del acto”. Sobre este asunto, Elizabeth Badinter (1992) señala que en el sistema patriarcal los hombres han usado diferentes métodos para conseguir que los niños y los adolescentes se conviertan en hombres, en “verdaderos hombres”, por ejemplo, mediante los ritos de iniciación cuyo objetivo es el de cambiar el status y la identidad del iniciado.

      La mayoría de especialistas del rito coinciden en que el análisis del mismo permite reconocer no sólo la estructura social, sino también la posible estructura social; es en este tenor que afirmamos que en estas comunidades la primera migración de los jóvenes (como ritual iniciático y de paso) está claramente vinculada a la construcción de la identidad masculina. Durante el “circuito migratorio transnacional” se identifican fácilmente las tres fases que apuntó Víctor Turner (1970) en los ritos de paso: 1) separación del individuo de uno de sus estatus sociales previos; 2) el limen o fase del umbral; 3) la reagrupación del individuo en un nuevo estatus. Badinter agregará el matiz de género a estas tres etapas en los ritos iniciáticos para los niños y adolescentes: “la separación de la madre y el mundo femenino; el ingreso a un mundo desconocido y el sometimiento a más pruebas dramáticas y públicas” (1992). En las siguientes líneas describimos algunas analogías entre las fases de los ritos de paso y la migración masculina de jóvenes hacia los Estados Unidos.

La separación del individuo de uno de sus status sociales previos: cuando los jóvenes se van

De acuerdo con los entrevistados, lo primero (preparación para el rito) que hay que tener para irse al “norte” es dinero, se van los que ahorran suficiente para el viaje o se endeudan con los parientes o vecinos. Para los jóvenes la migración es una aventura; la mayoría sabe que “el rito” les permitirá ingresar al mundo de los adultos (del poder y del prestigio), de los “jefes de familia” proveedores, en la mayoría de los casos “controladores a distancia”. A la pregunta de “¿por qué se van?” uno de los entrevistados respondió:

Muchos se aprovechan del cambio de vida que hay en el joven, que no piensa, por su ignorancia sobre la escuela, que no tienen estudios y se van, se van a los que les gusta vivir… a los que les gusta aventurarse.

      En esta región, para los jóvenes, la posibilidad de migrar es la herencia masculina de generaciones, significa continuar los pasos del abuelo, el padre, el hermano mayor, el tío, el amigo, el compadre, el vecino; para ellos la migración es la única posibilidad de trascender individual y colectivamente, una decisión de vida y muerte, “una expulsión para llegar al paraíso”, también es una aventura, un elemento lúdico, es el momento de la entropía que desestabiliza la estructura familiar y comunitaria.


En cambio, para los hombres casados, el proceso migratorio adquiere otro sentido. La responsabilidad de ser el principal proveedor de la familia entrecruzado con las condiciones estructurales de pobreza, el deterioro del campo y/o el desempleo detonan el proceso migratorio. En las respuestas de los hombres casados podemos reconstruir un relato que da cuenta de las diferencias entre dos estatus civiles:

[Cuando se llega el momento de la partida] Sientes temor, se siente horriblísimo, va uno que se quiere ir y no se quiere ir, hombre, tener que dejar uno su gente, su mujer, los niños… las primeras veces se va uno contento, me iba bien contento, estaba solo, soltero, no me importaba nada.

      En el simbólico de los hombres maduros, la decisión de migrar constituye un ritual de separación de los seres queridos, de ruptura con su espacio-tiempo comunitario cotidiano, un episodio en el que cada vez más les pesa arriesgar la integridad física y la vida en virtud de un mandato social que estructura las relaciones de género: proveer de bienes y servicios a la familia.

El limen o fase del umbral: el viaje de destino o la ilusión viaja hacia el norte

De acuerdo con Turner (1970) esta fase es un estado experimentado durante un rito de paso en el que el individuo se encuentra separado de su estatus anterior, pero sin pertenecer completamente al nuevo estatus (en liminalidad); lo reconocemos como el espacio-tiempo del rito. En los sentimientos contradictorios que acompañan el relato del proceso migratorio predominan aquellos que los hombres, por razones de género rara vez se permitirían mencionar en público como: temor y soledad, tristeza, miedo (por la noche a los animales del desierto o al hecho de cruzar el río) y desesperación por la incertidumbre de no saber bien su destino o por la posibilidad de perder la vida:

Yo siento tristeza y a la vez emoción… va uno con el temor de la migración, no sabe uno si va a pasar o no, trae uno miedecillo, ya en la noche nomás la desesperación siente uno, antes de entrar [a Estados Unidos] siente uno desesperación, ¿a qué horas voy a llegar? Y luego tanto dinero, si le alcanza o no…
[…] me andaba ahogando en el río, me agarró el río, anda uno como loco, ya mero, pensé, tengo que salir pa’ fuera, y me agarré de un leño.

      La relación masculinidad y violencia es fácilmente detectada durante el viaje. Los jóvenes “inexpertos” son presa de los “coyotes”. Algunos de los entrevistados señalan que estas personas les piden cantidades de dinero extra por el cruce de la frontera, con el pretexto de proporcionarles alimentos o bebidas por las que pagan mucho más de su costo real, en ocasiones nunca llegan a recibir lo prometido. Los “coyotes” y las patrullas fronterizas son figuras centrales del rito de paso (literalmente), constituyen la figura de los nuevos “sacerdotes” encargados de imponer los obstáculos que los jóvenes deberán salvar para conseguir “hacerse hombres” o “más hombres” y de facilitar las condiciones para ello:

Brincando la cerca de alambre, teníamos que pasar por arriba, luego no pasaba uno porque la emigración lo agarraba, diario, diario, era cosa de casi todos los días
[…] nomás la desesperación siente uno, mientras uno empieza a trabajar… anda pidiendo que lo dejen quedar unos días, o anda uno pidiendo trabajo a los conocidos, así se la pasa uno… cada uno se las arregla por su cuenta […]

      De esta forma, los migrantes comienzan a confrontar su subjetividad y percibir su nueva identidad, su estatus como humano y su visión sobre la masculinidad hegemónica aprendida en su comunidad, se confrontan con otros hombres, los que tienen la riqueza, los blancos, que poseen la hegemonía lingüística, que los maltratan y discriminan. Sobre su experiencia, uno de los migrantes señaló:

La regla es que unas (compañías) te pagan el tiempo, y tiempo y medio pasando de 40 horas, según la regla es que te deben de pagar, y hay otras compañías que no lo pagan y esas te están robando, y como no hay trabajo en otra parte no te queda otra más que aguantarte allí, estar trabajando allí.

La reagrupación del individuo en el nuevo paso: la comunidad en el imaginario de los emigrantes

En ocasiones, después de varios intentos por cruzar la frontera, la vida cotidiana de los hombres comienza a resultar novedosa, acceden a ciertas comodidades, algunos envían remesas y otros ahorran, el trabajo será la principal fuente de su estructura identitaria: sobre su situación laboral uno de los informantes comentó:

Ya sale uno bien cansado del trabajo, bien cansado, yo como trabajo en la ladrillera, si quiero ganar un peso más tengo que hacer unas dos piezas más para que me pueda ganar un centavo más. Si mi cuerpo aguantara todo el día, yo lo haría, no saldría ni a descansar.

      También las diversiones son parte fundamental de su estancia en el país del norte; el dinero también es útil para divertirse, para ir a fiestas y beber cervezas o licor. Los primeros migrantes apuntan sobre los beneficios obtenidos en la vida cotidiana:

Allá teníamos buenas cobijas y la ropa también más o menos bien y acá en ese tiempo no teníamos ni cama, ni nada, acá dormíamos en veces en el suelo, en ese tiempo no había colchones, no había lo que hay ahora…

      De acuerdo con los informantes de la tercera edad, actualmente los ingresos de los emigrantes frecuentemente se destinan a los hábitos de consumo de alcohol y drogas, en ocasiones, el nuevo poder adquisitivo coadyuva a procurar el acceso que se llega a traducir en el abuso de dichas substancias:

Los muchachos que van para allá han trasportado eso de que andan pelones y marihuanos… por allá eso sí, se vende mucha droga, y cuando vienen acá ya vienen así. Se van bien y allá se descomponen, entonces le entran a eso… yo creo que porque se juntan y entonces los otros les dicen… mira que yo con esto me siento bien… los engañan y ya después que le empiezan, luego ya tratan de enseñar a otros, y hasta a sus mismos primos, es que hay mucha droga allá, aquí también la hay, nomás que aquí no hay dinero pa’ comprarla, y allá si trabajan y tienen dinero para comprar la droga.

      Los entrevistados indicaron que la escasa información sobre los riesgos y formas de prevención de las infecciones de transmisión sexual (ITS), la apertura a nuevas prácticas sexuales mediatizadas por el uso de alcohol y drogas, así como la bisexualidad y el fácil acceso al sexo comercial, son algunas de las causas que provocan una mayor presencia de SIDA y otras infecciones entre migrantes mexicanos.

      Sin embargo, consideramos que la problemática de la sexualidad y la construcción de la masculinidad en contextos de migración rural e indígena relacionada con los riesgos de la salud es un tema para profundizar. Las concepciones que los emigrantes tienen son complejas y contradictorias, además, se encuentran mediatizadas tanto por las creencias religiosas (que condicionan la concepción de la sexualidad a la función de la reproducción y a la práctica de la heterosexualidad obligatoria que constituyen el ideal de la familia y la fidelidad dentro del matrimonio) como por la división genérica de los comportamientos sexuales, elementos que se encuentran relacionados con la vulnerabilidad para la adquisición de infecciones de transmisión sexual.

      En este contexto los entrevistados enfatizan en la represión de algunos placeres como parte del compromiso, en tanto que proveedores, para lograr el envío de remesas a la comunidad:

Tienes que aguantarte las ganas de andar en los bailes y todo… estás como si estuvieras preso, pues si sales a las calles no haces nada, no te queda otra más que trabajar todo el día y llegar a tu casa a hacer de comer y al otro día trabajar otra vez, y pues eso es lo que tienes que sufrir para hacer algo, y aquí aunque trabajes y trabajes no haces nada, prefieres mejor un poco más de sacrificio para hacer algo en la vida.

      Las remesas se envían a la familia, y son las mujeres las que “simbólicamente” administran el dinero (ya que lo destinan a las prioridades que el emigrante ha establecido previamente), se invierte en la manutención de las y los parientes, en la construcción de la casa (testimonio fehaciente del progreso individual y familiar del emigrante), en la adquisición de aparatos electrodomésticos o enseres cuya ostentación reafirma el prestigio social del grupo doméstico y sitúa en una escala superior al emigrante frente a los otros hombres de la comunidad.

      No es raro que haya conflictos con la pareja al regreso del emigrante; entre los motivos de discusión más comunes se encuentra una supuesta mala administración de las remesas o “despilfarro” de los recursos por parte de la mujer. Aunque, debemos subrayar que son comunes los testimonios de emigrantes que no envían remesas con regularidad o definitivamente las dejan de enviar, dado que ya han formado una nueva familia en Estados Unidos. También es común que, a pesar de vivir largos periodos de tiempo fuera de México, algunos emigrantes finalmente regresen “a morir en su tierra”, luego de hasta 25 años de ausencia. En estos casos regresan como “extraños añorados” a su antigua familia, siempre esperándolos a pesar del tiempo y la distancia.

      Como en la mayoría de las comunidades de tradición migrante en nuestro país, los hombres que regresan lo hacen durante las fiestas familiares y/o comunitarias, cargados de regalos para la familia o, si pudieron ahorrar, arriban a la comunidad en sus propias camionetas, en tanto mayor sea el regalo, superiores son los honores y el prestigio del emigrante, es por esto que algunas veces piden camionetas prestadas a los paisanos del otro lado “pa’ que crean que les fue bien”, o hacer alarde de sus dólares en la cantina, o en la fiesta familiar, o con donaciones para la remodelación de la plaza o la iglesia del pueblo.

      Los migrantes “exitosos” son los que pudieron hacerse de cosas materiales en EEUU., los “hombres respetados”, el ejemplo a seguir:

[…] últimamente de que ya estuve viviendo en Chicago, estoy pagando una casa y ahí vivo con mis hijos y estamos contentos, mis otros hijos también han tratado de comprarse su casita […]

Para la reflexión

Hasta este punto hemos querido concluir con algunas reflexiones sobre la ambivalencia del fenómeno migratorio, el “relato a voces” o mito de la migración masculina integra una multiplicidad de interrogantes, problemáticas y experiencias tanto estructurales como individuales. En los relatos-discursos encontramos las vidas de personajes reales, vidas particulares que se pierden en la historia del proceso, pero que hacen posible comprender que el trabajo, la actividad eminentemente humana, no es sólo de lo que vivimos, sino que, como señala Menéndez (1987), “en la mayoría de los casos es a través de él que se evidencian las más negativas relaciones de control social, de explotación y alienación”.

A pesar de lo anterior, el bienestar individual y colectivo a través de la migración se constituye como un “mito5”, en el sentido que apunta Max Muller (1983): “como una historia contada que no tiene autor, ni creador, sino solamente narradores”. El mito del progreso por medio de la migración no tiene otro emisor que la sociedad misma, los oyentes que escuchan el relato mítico reciben un mensaje que no viene de ninguna parte, pero que todas y todos escuchamos.

      Los estudios clásicos sobre las causas de la migración masculina han valuado las razones históricas y/o económicas como los factores detonadores del proceso. Sin embargo, son pocos los trabajos que enfatizan en la teoría de género para indagar sobre la relación entre factores impulsores de la migración y aspectos de construcción de la subjetividad masculina: poder, honor, prestigio, heroísmo, desafío, entre otros. En este trabajo, subrayamos brevemente algunos puntos que podrían procurarse para reflexiones posteriores en Guanajuato y otros contextos nacionales.

Bibliografía

Alvárez, Diana Leticia (2000). Caracterización de los flujos migratorios laborales entre México y los estados Unidos, de personas residentes en Guanajuato. México: Coespo.

Badineter, Elizabeth (1992). XY. La identidad masculina. España: Alianza Editorial.

Bohannan, Paul (1993). Antropología Lecturas. España: McGraw Hill.

Crosthwaite, Luis Humberto (2002). Instrucciones para cruzar la frontera. Planeta. México.

Dilthey, Wilheim (1990). Teoría de las concepciones del mundo. México: Cnca/Alianza Editorial.

Gadamer, Georg (1997). Mito y Razón. España: Paidós.

Huacuz, María Guadalupe y Anabella Barragán Solís (2003). Diluyendo las fronteras: género, migración internacional y violencia conyugal en Guanajuato. México: Gobierno del Estado de Guanajuato/Instituto de la Mujer Guanajuatense.

Kirk, G. S. (1970). El mito. Barcelona, España: Paidós Ibérica.

Menéndez, Eduardo (1987). “Trabajo y significación subjetiva, continuidad cultural, determinación económica y negatividad”. Cuicuilco, 19, octubre-diciembre (: 19-25).

Muller, Max (1983). La antropología. México: Ediciones Menzajero.

Rodríguez, Gabriela y Benno de Keijzer, (2002). La noche se hizo para los hombres. México: Population Council-Edamex.

Ruck, Carl (2000). En: Thomas Barfield (ed.), Diccionario de Antropología. México: Siglo xxi.


1 Especialista en Estudios de la Mujer por el Colmex, Candidata a doctora en Antropología Social por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, consultora de Instituciones y fundaciones nacionales y extranjeras.

2 Profesora investigadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, antropóloga física y maestra en Antropología Social.

3 Este concepto originalmente desarrollado por Rouse (1991) se refiere a la continua circulación de personas, dinero, bienes e información mediante la cual los asentamientos de emigrantes en ambos lados de la frontera aparecen tan fuertemente vinculados que constituyen una sola comunidad.

4 María Guadalupe Huacuz y Anabella Barragán (2003), Diluyendo las Fronteras: Género Migración Internacional y Violencia Conyugal en Guanajuato, Instituto de la Mujer Guanajuatense, México. Los fragmentos de relatos expuestos en este artículo son parte del trabajo de campo, algunos no incluidos en el documento original.

5 La palabra viene del griego antiguo muthus “relato” o “historia”, es una narración que se alimenta de la narración de relatos, algunos fantásticos e imposibles (Ruck, 2000, p. 358).

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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