Migración y globalización: presentación

Marie-France Labrecque 1 , 2

Introducción

Los estudios que vinculan los procesos de migración y globalización son, ciertamente, numerosos. Más escasos son aquellos que, como este número temático, abordan uno y otro proceso desde una perspectiva de género. En esta introducción intentaremos situar la migración en el contexto de la globalización y del transnacionalismo tratando, al mismo tiempo, sobre el sentido de cada uno de estos conceptos. Las cuestiones de perspectivas, enfoques y métodos serán, también, centrales en nuestra discusión, cuyo objetivo último es situar y presentar los artículos reunidos en este número.

      La mayor parte de estos artículos tratan sobre México. Por eso es interesante contextualizar la migración en este país. Inicialmente, se observó un importante crecimiento urbano como resultado de la migración de poblaciones rurales hacia las ciudades como México o Puebla, entre 1950 y 1970. Era la época de las políticas de industrialización por substitución de importaciones emitidas, por otra parte, en un espíritu de independencia nacional (Loera de la Rosa, 2004: 243); la población rural encontraba fácil emplearse, entonces, en los sectores no sólo de la industria sino también de servicios (sobre todo las mujeres). En esta época, más precisamente entre 1942 y 1964, la migración internacional se efectuaba, esencialmente, en el marco del Programa Bracero. Este programa se asentaba en un acuerdo bilateral entre México y Estados Unidos y tenía el objetivo de proporcionar mano de obra temporal que podía trabajar en las granjas de los estados del sur (Fussell, 2004).

      Mientras tanto, se observa un cambio radical de orientación en México cuando las políticas de industrialización por substitución de importaciones ceden el paso a una adhesión a los modelos que privilegian la exportación. En la misma época, en los Estados Unidos, se asiste a la transformación de un sistema de producción fordista en un sistema post-fordista más flexible que se apoya en la relocalización de las industrias que perdieron su ventaja comparativa. La instalación de estas industrias en la frontera entre México y los Estados Unidos y su reestructuración según el modelo de maquiladoras se inscribe en esta esfera de influencia (Peña, 2005: 286).

      Un movimiento de migración, interna también ésta, de poblaciones urbanas hacia otros centros urbanos, más concretamente a partir de grandes ciudades hacia otras grandes ciudades o ciudades medianas, se producirá en un segundo tiempo. Por ejemplo, entre 1995 y 2000, un 48.7 % de los flujos migratorios en México tuvieron a las ciudades como punto de partida y punto de llegada, a la vez. Por su parte, la migración rural hacia la ciudad no representaba más que el 18.3 % en 2000 (Conapo, 2004a: 29). La migración interna contribuyó a intensificar el proceso de urbanización en México, de la misma manera que lo ha diversificado en el curso de las últimas décadas (Conapo, 2004b). La migración internacional, más concretamente la de poblaciones rurales empobrecidas hacia Estados Unidos, también se intensificó a finales del siglo xx y a principios del siglo xxi, paralelamente a la migración interna. Según Fernando Lozano Ascencio, la migración interna y la migración internacional de los mexicanos están vinculadas, de hecho, una a la otra en el sentido de que los migrantes internacionales tendrían, en una amplia mayoría, una experiencia de migración interna previa (2002: 98). La reestructuración económica que siguió a la crisis produjo un fortalecimiento de la tendencia tradicional a la migración de los trabajadores rurales hacia Estados Unidos, de tal manera que se considera que la quinta parte de la fuerza de trabajo mexicana está trabajando en este país (Arteaga García, 2005: 755). Los ingresos generados por este trabajo son importantes y México es el líder mundial de transferencias monetarias. En realidad, se trata de la segunda fuente externa de ingresos de la economía mexicana (Arteaga García, 2005: 755; Klooster, 2005: 324).

      Las lecturas posibles de los procesos de migración son incontables. Van desde las más conservadoras a las más radicales. Entre estas últimas, se encuentra la posición de Arteaga García (2005: 754) que, frente al fracaso de la agricultura, considera la intensificación actual de la migración como el resultado de una guerra económica y social contra los pobres. Ya sean conservadores o radicales, los enfoques dominantes sobre los procesos de migración se entretienen, sobre todo, en los factores estructurales que los delimitan. De manera general, los artículos reunidos en este número proponen más bien una consideración del sujeto migrante (o actor social) que de la migración como tal. Ciertamente, este sujeto se enfrenta con la coyuntura, pero la vive a una escala totalmente diferente, la de lo cotidiano, y despliega aquí su agencia en el marco de lo que Adler llamaría “la agenda del migrante” (2000). Es un enfoque al cual, por otra parte, se adheriría un investigador como Barkin (2005: 64) quien afirma que los campesinos que se dedican a la migración saben gestionar sistemas sociales y productivos complejos y son defensores de su identidad.

      Los enfoques de la migración no son solamente múltiples; están en plena efervescencia a la vez, en la medida en que hay diversos tipos de migración y en que cada una de ellas puede ser vista bajo distintas escalas. Todas las disciplinas de las ciencias sociales y humanas, sin hablar de las otras, son interpeladas al respecto en grados diversos. Efectivamente, los procesos de la migración replantean las ideas recibidas tanto sobre los conceptos como sobre los métodos con los cuales trabajamos. Es importante, entonces, antes de abordar los artículos reunidos aquí, discutir un poco sobre estos distintos conceptos y métodos.

Globalización, neoliberalismo, transnacionalismo – ¿y el género?

Tomando en cuenta el tema de este número, en primer lugar y ante todo hay que precisar lo que entendemos por globalización y, especialmente, plantearse la cuestión de ¿por qué es interesante estudiar la migración en un contexto de globalización y además en una perspectiva de género? Según Valentine Moghadam (2000), por ejemplo, una de las características más preponderantes de la globalización corresponde a una integración cada vez más grande de los mercados. La reestructuración económica, con sus consecuencias sobre la organización de la producción, tanto a escala global, regional, nacional como de empresa, se encuentra en el centro de la globalización. Ahora más que nunca, la acumulación global descansa lo mismo en las inversiones de capitales, las transferencias de tecnología, los intercambios financieros y el aumento de intercambios comerciales, como en las diferentes maneras en que se despliega la fuerza de trabajo. Una de las condiciones esenciales de la perpetuación del crecimiento económico es la adhesión a una ideología de igualdad de sexos que, en la práctica, se traduce en una mayor integración de las mujeres al mercado laboral. Según Lautier (2006: 52), este tipo de igualdad viene a reactivar la desigualdad entre los sexos de tal manera que la mundialización afecte de forma diferente al trabajo de las mujeres y al de los hombres. Por otra parte, se observa muy bien este proceso especialmente en las maquiladoras de México, verdaderos laboratorios de desarrollo de nuevas desigualdades entre los hombres y las mujeres. En efecto, después de algunas décadas durante las cuales las mujeres fueron reclutadas masivamente como obreras, se asistió a una “desfeminización” o a una “remasculinización” de la fuerza de trabajo (De la O, 2006. En suma, la economía global descansa, en gran medida, en un trabajo estructurado en función del género (gendered) (Moghadam, 2000: 142).

      En efecto, es necesario acordarse de que el género no sólo hace referencia a la construcción de lo femenino y de lo masculino en la sociedad, sino que traspasa el conjunto de procesos sociales y que se le puede encontrar en cualquiera que sea la escala de análisis a la cual se une. De todos los investigadores contemporáneos que emitieron una opinión sobre esta concepción, y para aquellos que se interesan en las masculinidades, como es el caso de la mayoría de los autores de este número, es probablemente el aporte de Connell el más útil aquí.

      Para nuestros fines, consideraremos que el género es “una relación social asimétrica entre los hombres y las mujeres basada en diferencias percibidas de sexo; es, también, una ideología relativa a sus roles, derechos y valores como trabajadores, propietarios, ciudadanos y padres” (Moghadam, 2000: 129). El poder es central en este enfoque. Consideraremos, de igual manera, que el género se construye socialmente en contextos precisos (Allen, 1999: 455). Además, de acuerdo con Connell, el género está definido como un fenómeno colectivo, un aspecto de las instituciones sociales lo mismo que de la vida personal; es, a la vez, interno y externo al Estado (1990: 508) –una posición que es muy significativa en lo que se refiere al estudio de la migración puesto que está condicionada por un conjunto de políticas de consecuencias múltiples. Se puede considerar que estás políticas, incluso si son formuladas en contextos nacionales como en el caso de Estados Unidos, en realidad se emiten –si se juzga la convergencia con otras situaciones nacionales– por lo que se podría llamar, con todos los bemoles que se imponen, el Estado Internacional. Estás políticas son constitutivas de un orden mundial de género, es decir, una disposición particular de hechos políticos, económicos y culturales cuyos contornos son consustanciales a la sociedad contemporánea.

      Inspirándose más o menos en Connell, se puede concebir al Estado Internacional como un conjunto hegemónico de agencias des-territorializadas, que transcienden los diferentes Estados Nación, y que apoyan la expansión del capital mundial regulándolo al mismo tiempo. Del lado de la expansión del capital, se encuentran agencias como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, las corporaciones transnacionales o multinacionales, así como el Gobierno de los Estados Unidos. La regulación de la expansión capitalista está, por su parte, garantizada por instituciones como la Onu, sus innumerables agencias y, cada vez más, por las grandes Ong internacionales.

      La propuesta de Connell es que a este Estado Internacional corresponda un orden mundial de género. Éste último, ciertamente, está imperfectamente configurado y lejos de ser homogéneo; pero se traduce en diferencias significativas en las situaciones respectivas de las mujeres y de los hombres a nivel mundial (2002: 112). Este orden mundial de género se constituyó históricamente en el transcurso de la colonización, el imperialismo y la mundialización (1998: 8). Dicho de otra manera, se nutrió de regímenes de género consustanciales a las sociedades locales a lo largo de la historia. Connell propone, en efecto, distinguir entre el orden mundial de género y los regímenes institucionales y locales de género. Estos conceptos están vinculados a la historia del género que el autor define como el curso de acontecimientos que contribuyen a la producción y a la transformación de las categorías de género (2002: 69). El orden mundial y los regímenes locales de género son configuraciones duraderas, pero son susceptibles de cambio en la medida en que son sostenidas por instituciones que también se estructuran en función del género. Estas instituciones tienen efectos de género cuyas repercusiones se sienten en la vida cotidiana. En la actualidad, la globalización implica, por otra parte, más que nunca interacciones muy complejas entre diversos regímenes sexuales que, ellos mismos, se desarrollan en contextos de rupturas culturales y de profundas desigualdades económicas (Connell, 2000: 462). De ahí resulta una variedad de prácticas y categorías que deben ser estudiadas más de cerca si se quiere comprender el cambio social. Más allá de sus dimensiones estructurales, la migración incluye un conjunto de prácticas, y no solamente de prácticas económicas, que conviene estudiar –lo que hicieron con brío los autores y las autoras de este número.

      Es importante, entonces, dar un lugar privilegiado a la perspectiva de género en los estudios de la migración. Al respecto, Castellanos y Boehm escriben: “Los factores estructurales son importantes, pero estos no pueden explicar por sí solos la variación en las experiencias de la migración de hombres y mujeres en el tiempo, según los grupos étnicos y en las diferentes regiones geográficas” (2008: 5). Es necesario, dicen, dar una dimensión de género a las teorías de la migración, es decir, “examinar las interacciones entre el género y la economía política, incluyendo la formación de clase, los modelos de establecimiento, la formación del Estado, la sexualidad y la raza” (: 6). Los dos autores proponen superar el enfoque descriptivo y documental y explorar la manera en que las construcciones de la feminidad y la masculinidad se transforman según las necesidades de los migrantes, sus esperanzas y sus proyectos, tanto en las comunidades a donde migran como de aquellas de donde provienen. Para esto hace falta tener en cuenta los cambios históricos en las dinámicas de género. Más concretamente, incluso si la migración puede replantear y transformar las construcciones de la feminidad, la masculinidad y la sexualidad, puede, simultáneamente, reforzar tanto los papeles establecidos de género como el patriarcado –como lo mostraremos–, pero, incluso en este caso, de todas maneras se ven cambios (: 5-7).

      Es necesario precisar que hablamos aquí de una globalización neoliberal, lo que distingue al fenómeno contemporáneo que conocemos actualmente de las globalizaciones anteriores. Las estrategias del neoliberalismo consisten en el ejercicio de la libre competencia y de la desregulación que, combinadas, llevan a un alejamiento creciente del Estado de los ámbitos no sólo económicos sino también sociales (Córdoba y García, 1998: 28). Los programas de ajuste estructural han obligado a los Estados a realizar cortes drásticos en los gastos vinculados a la educación, la salud y los servicios sociales, tocando de frente a las mujeres (Falquet, 2008; Sassen, 2006; Molyneux, 2006). En general, se atribuye el viraje de América Latina hacia el neoliberalismo a la imposición de los programas de ajuste estructural que afectaron gravemente a la población de escasos recursos y aumentaron la pobreza, particularmente en el campo, pero también, y cada vez más, en las ciudades. La mayoría de los pobres del medio rural en América Latina son pequeños agricultores, trabajadores agrícolas sin tierra, ganaderos y pescadores artesanales. En lo que concierne a la agricultura de esta región en general, los programas de ajuste estructural y la eliminación de subsidios a la agricultura, sin mejoramiento del acceso al mercado y sin reducción de los costos de operación, fueron nefastos para los pequeños agricultores (Ifad, 2005: 21). Durante este tiempo, los países del Norte continuaron subvencionando ampliamente su propia agricultura (Klooster, 2005: 323).

      En cuanto al género, Mercedes Olivera destaca que el neoliberalismo tiene como consecuencia, en particular, el desarrollo de comportamientos evocadores de una hiper-masculinidad en los hombres, a fin de preservar su identidad. Afirma, por ejemplo, que la integración masiva de mujeres en el mercado laboral destruyó, efectivamente, el modelo tradicional de la división sexual del trabajo, pero sin cambiar el imaginario colectivo (2006: 106). El desarrollo de la hiper-masculinidad puede relacionarse con la masculinidad hegemónica. En un artículo donde responde a las críticas a que dio lugar este concepto, Connell afirma que su característica principal sigue siendo “la combinación de la pluralidad de masculinidades y la jerarquía de las masculinidades” (2005: 846). Pero, en el corazón del concepto se encuentra la idea de que el modelo dominante de masculinidad no es inmutable y que puede ser cuestionado, tanto por las mujeres que resisten al patriarcado como por los hombres portadores de masculinidades alternativas (ídem). Es igualmente importante hacer hincapié, como lo hace Eloy Sánchez en este número, en los efectos de la modernización en la configuración de las masculinidades. Los procesos de migración suministran, sin duda alguna, contextos en los que podrían, eventualmente, desarrollarse estas masculinidades alternativas, como lo sugieren Martínez Corona y Díaz Cervantes en este número, con su concepto de masculinidad crítica.

      Entre todas las categorías sociales afectadas por el neoliberalismo, las mujeres hacen frente a dificultades adicionales, incluso en lo que se refiere a la migración, ya sea que estén entre las personas que migran o que formen parte de las poblaciones “que se quedan”. En resumen, no es tanto la globalización como el neoliberalismo lo que acentuó las asimetrías entre los países y las desigualdades sociales. La feminista peruana, Virginia Vargas, lleva la caracterización un poco más lejos y afirma que el neoliberalismo es un sistema que significa la supremacía del mercado sobre la vida de la gente; dicho de otra manera, estamos en una era de fundamentalismo del mercado (Vargas, 2006).

      El mercado de trabajo, especialmente, se globaliza cada vez más al mismo tiempo que la producción se des-territorializa y se transnacionaliza. De esta dinámica resultan las desigualdades en cuanto a la mano de obra, sea porque es muy abundante en un punto dado o porque es insuficiente en otros puntos o en algunos sectores de la economía. El programa de Trabajadores Agrícolas Temporales en Canadá, del que habla Geneviève Roberge en este número, se inscribe en esta dinámica. Se ha visto, efectivamente, en el curso de estas cuatro últimas décadas, una intensificación de la movilidad y de la circulación de personas. Las direcciones y las inflexiones de esta movilidad no están únicamente determinadas por factores económicos. La constitución de redes sociales y familiares es uno de estos tipos de factores cuyos resultados se vienen a superponer, redirigir y modular los movimientos de población y que le dan toda la complejidad que se le conoce. Esta complejidad se refleja en los debates que rodean los enfoques que abordan la migración en sus dimensiones transnacionales.

      En principio, el enfoque del transnacionalismo resalta una de las contradicciones centrales de la configuración actual del mercado de trabajo. A nivel estructural, no hay límites a la movilidad de la fuerza de trabajo, y la producción puede efectuarse en “no-lugares”, como por ejemplo las zonas francas y las maquiladoras. En realidad, en el punto de partida, las trabajadoras y los trabajadores están en un lugar, un sitio y, como no son seres desencarnados, incluso si se desplazan viven en lugares precisos, es decir, en lo “local”. Aquí se tiene una contradicción fundamental de la transnacionalización de la producción. Así: “Mientras que los migrantes transnacionales participan en los mercados laborales globalizados, deben buscar sus estrategias de supervivencia en los sitios más localizados (y translocalizados) de sus extensas redes de relaciones sociales” (Cravey, 2005: 378). Los debates se sitúan en dar importancia o no a los contextos nacionales en relación con los flujos de migración mismos. Así, Glick Schiller se alza contra lo que llama el “nacionalismo metodológico” en el estudio de la migración. Y escribe: “Los estudios transnacionales han franqueado un paso importante en la reconsideración de la sociedad cuando los investigadores abandonaron la equivalencia que hacían entre el Estado Nación y la sociedad y cuando comenzaron a examinar las relaciones sociales modeladas por los campos sociales transnacionales” (2005: 440). Es necesario, entonces, tener en cuenta los contextos más amplios en los cuales las prácticas transnacionales se desarrollan. A nivel metodológico, este planteamiento evita una descontextualización etnográfica de las “comunidades transnacionales” que consistiría en tratarles como conjuntos culturales intemporales separados de los contextos históricos y geográficos en los cuales emergieron (Smith, 2005: 9). Si el enfoque del transnacionalismo equivale a considerar los contextos más amplios, el enfoque de la translocalidad, que le es complementario, trata sobre “este espacio que trasciende las fronteras y donde se forjan prácticas transnacionales caracterizadas por un complejo fenómeno de interconexión” (: 7).

      En realidad, más allá de los términos utilizados, se plantea claramente la cuestión de las escalas bajo las cuales se puede y se deben examinar los procesos de la migración. Antes de abordar esta cuestión, algunas precisiones se imponen en cuanto a la migración misma.

La migración, las migraciones y las metáforas para hablar de ello

En el contexto de la mundialización, la migración puede definirse como lo que Bruno Lautier llama la circulación de las personas. Para este autor, la mundialización no es “nada más que el hecho de que las cosas que, antes, circulaban poco o sólo en una parte del mundo, se ponen a circular ahora en el mundo entero” (2006: 41). Para este autor, la circulación de personas es una de las cuatro circulaciones mundializadas; las otras tres son las de las mercancías, del dinero y las finanzas, y por último de los signos, símbolos y normas (: 41-46). Ciertamente, todos estos elementos han circulado todo el tiempo. Sin embargo, la novedad reside en el hecho de la aceleración de la circulación, del carácter liberal de la mundialización y de la simultaneidad de las cuatro formas de circulación. La circulación de personas, como veremos en este número, está en gran medida vinculada a la división internacional del trabajo y más concretamente a las modificaciones de esta división y a los cambios en los determinantes del trabajo (: 50).

      De manera minimalista, se puede decir que la migración es un: “movimiento entre lugares” (Rouse, 2002: 160). Sin embargo, no hay que dejarse engañar por esta caracterización, puesto que en estos últimos treinta años, agrega Rouse, inspirándose en Frederic Jameson: “Todos nos hemos desplazado irrevocablemente en una nueva especie de espacio social, que nuestras sensibilidades modernas tienen dificultades para comprender y que [Jameson] llama ‘el hiperespacio posmoderno’” (: 158). De aquí resulta una crisis de representación espacial que aparentemente se puede resolver 1) identificando lo más claramente posible los cambios políticos globales que minaron la verosimilitud de las imágenes existentes y 2) identificando nuevas imágenes, nuevas coordenadas, una serie de nuevos mapas más eficaces para comprender dónde estamos y a dónde vamos (ídem). Ahora bien, siempre según este autor, la clave para esta nueva cartografía se situaría en el examen de la vida cotidiana de la gente y de los materiales en bruto que proporciona este examen. En otros términos, los conceptos clásicos que utilizamos en las ciencias sociales, como particularmente el de “comunidad” o, también, la distinción que hicimos entre “centro” y “periferia” no convienen ya más. Parece más apropiado hablar de “circuito migratorio transnacional” al que, por otra parte, Huacaz Elias y Barragán Solis hacen referencia en este número. Rouse agrega: “[…] el lugar de la supuesta comunidad –sea ésta regional o nacional– no es más que un sitio en el que circuitos trasnacionales organizados de capitales, de trabajo y de comunicación se cruzan los unos con los otros y con los modos de vida locales […]” (: 165).

      La idea de circuito remite a la de “flujo” que también sustenta la perspectiva transnacional. Arturo Escobar (2001: 146) escribe:

Los flujos transnacionales significan que la cultura se vuelve cada vez más desterritorializada. La localidad y las comunidades son producidas por relaciones complejas entre la cultura y el poder que van más allá de los límites locales. Estas condiciones afectan más o menos a todas las comunidades a través del mundo. Nuevas metáforas de movilidad (diáspora, desplazamiento, viaje, desterritorialización, traspaso de fronteras, hibridad, “nomadología”) son privilegiadas en las explicaciones de la cultura y de la identidad.

Ante la multiplicación de las metáforas de movilidad, quizá deberiamos hablar de migraciones en plural porque las formas de la migración son múltiples. Así, Miguel Márquez Covarrubias (2008: 2) escribe:

Las migraciones consideradas ya no como fenómenos de movilidad autosustentadas y tensadas solamente por relaciones socioculturales, sino como procesos más complejos en cuya base operan mecanismos de liberalización, precarización y transnacionalización laborales acordes a los requerimientos de la estructuración capitalista.

Este autor habla de las migraciones forzadas que incluyen no sólo las ocasionadas por la violencia política, étnica, religiosa o los desastres naturales, sino también la que mejora las condiciones socioeconómicas. En este sentido, los estudios de la migración se deben hacer siguiendo la huella de una crítica de la globalización neoliberal. Según Márquez Covarrubias, es necesario abordar la migración como una dinámica de desarrollo y en la perspectiva de una economía política del desarrollo, esto último entendido como un conjunto de estrategias inducidas por los agentes sociales. El autor hace mención aquí de investigaciones que se situarían a diferentes niveles (: 11-12).

Cuestiones de escalas y de niveles

Para presentar las cuestiones de escalas y de niveles, proponemos un pequeño recorrido del lado de la conceptualización del territorio que realiza un investigador mexicano, Gilberto Giménez. Este investigador aborda la importancia del concepto de territorio en el contexto de la globalización y resume el concepto de “región sociocultural” como una herramienta para  trascender la distinción que se estaría inclinado a hacer entre los niveles de análisis de lo local y de lo global. Mientras que algunos piensan que la globalización significa la neutralización de los territorios regionales y nacionales por el mercado global, Giménez afirma por el contrario que los procesos propios de la globalización se basan en centros territoriales perfectamente definidos, como los Estados Unidos, Japón, Europa occidental y que se apoyan siempre en regiones y localidades.

      Los territorios no son, sin embargo, una expresión única de la sociedad; se transforman y evolucionan sin cesar en el contexto de la mundialización geopolítica y geoeconómica (Giménez, 1999: 27). El territorio es el resultado de la apropiación y de la valorización simbólica y económica del espacio. Mientras que el territorio corresponde a la práctica humana, su configuración específica varía según el desarrollo histórico de la sociedad y según la manera en que se organiza el poder. Todo territorio implica un conjunto de tres ingredientes básicos: la apropiación del espacio, el poder y la frontera. Las prácticas de producción territorial por parte de los distintos poderes pueden resumirse en tres tipos de operación: la delimitación de las superficies, lo que crea “mallas”, la implantación de “nudos” y el trazado de “redes”. Las mallas son lo que define los límites, los nudos simbolizan la posición de los actores al seno de un territorio (por ejemplo, un pueblo), y las redes son lo que conecta entre ellos al menos tres puntos o nudos. La jerarquización de las mallas, nudos y redes forma un sistema territorial (: 28).

      Todo territorio implica distintos nichos o escalas: la escala de lo cotidiano (la habitación, por ejemplo), la del barrio, la de la ciudad, la de la región y la del “vasto mundo” –que incluye al Estado Nación, los “conjuntos supranacionales” y los “territorios de la globalización” (: 30). El nivel de la región constituye el límite entre los territorios de lo vivido –los más cercanos– y los territorios abstractos. Los primeros serían los territorios identitarios, espacios de sociabilidad hasta cierto punto comunitarios y de refugio frente a las agresiones externas de todo tipo. Los territorios abstractos, por su parte, están más alejados de lo vivido y de la percepción subjetiva, y corresponden mucho más a las nociones y al ejercicio del poder (las jerarquías), de la administración y de la frontera (: 31).

      Dicho de otra manera, ya no se sabe muy bien lo que pertenece a la globalidad y a la localidad; se sabe solamente que estas dos escalas son de alguna manera medios de visualizar los diferentes procesos económicos contemporáneos. En realidad, estas escalas no tienen existencia propia y tampoco son las únicas que se deben tener en cuenta. Ayudan, únicamente, a entender la complejidad de estos procesos. Por el contrario, la concepción de las escalas (o lo que Tsing, 2000: 120, llama “la ideología de las escalas”), y particularmente de aquellas que hacen referencia a la diferencia entre lo local y lo global, acaba por tener efectos reales en los imaginarios de la gente que imagina, en adelante, las posibilidades de estar mejor en una otra parte que se situaría fuera del territorio vivido y que se volvería cada vez más hacia la migración. Así, para acotar lo que una investigadora como Adler llama la agenda del migrante (2000: 183), habrá que incluir el imaginario entre los factores como la historia familiar, el género, el estatus económico y la personalidad de los migrantes.

      El enfoque de Giménez hace eco a lo que los investigadores a quienes hemos recurrido hasta ahora han propuesto para el caso específico de la migración. Se advierte que Rouse (2002: 159), por ejemplo, se adhiere particularmente a las propuestas de Giménez cuando afirma que:

La migración ha tenido siempre el potencial de replantear las imágenes espaciales recibidas. Esta pone de relieve la naturaleza social del espacio como algo construido y que se reproduce a través de la agencia humana colectiva y, haciéndolo, nos recuerda que, dentro de los límites impuestos por el poder, los ordenamientos espaciales existentes son siempre susceptibles de cambiar.

¿Cuáles son las implicaciones metodológicas de lo que venimos de indicar? Son que es necesario considerar las diferentes escalas bajo las cuales los procesos de la migración se despliegan. Un enfoque según las escalas –recordándose que aquí se trata de metáforas– permite considerar todo, tanto el territorio abstracto, es decir los contextos, como el territorio vivido. Cruzar los procesos de la migración con las escalas del territorio vivido equivale a tener en consideración lo que Rouse llama la experiencia de la migración y necesita la aplicación de un método etnográfico que no termina, por otra parte, de ser redescubierto por los científicos sociales.

      Para los etnógrafos, una agenda de investigación se desarrolló en torno al análisis de la manera en que lo global cruza lo local en las experiencia de los agentes individuales […]. El “campo” de la investigación etnográfica no es un simple lugar geográfico que espera a ser asediado, sino más bien un espacio conceptual cuyos límites son constantemente negociados y construidos por el etnógrafo y los protagonistas (Fitzgerald, 2006: 1-3).

      Molyneux, incluso reconociendo el valor de la etnografía, apela sin embargo a un poco de prudencia: “Los informes etnográficos y los estudios de caso (ejemplos) pueden ser convincentes y penetrantes, pero tratándose de temas de tal importancia y complejidad como el desarrollo y la globalización, plantean la cuestión de manera aún más aguda sobre la forma en que estos estudios deben leerse” (2001: 273). No puede olvidarse que estos estudios corresponden a un momento y un lugar precisos.

      Tratándose de escalas, la mayoría de los autores consultados para esta contextualización coinciden en la necesidad de prestar una renovada atención a lo que se podría llamar la escala de la vida diaria de los migrantes. Así, Moctezuma (2008) afirma: “[…] creemos que un estudio que se inicia con la historia y las actividades de los individuos es la forma más eficiente para comprender las estructuras del transnacionalismo y sus efectos […]”. Además: “Un aspecto clave del transnacionalismo individualista es el reconocimiento de la agencia” (Portes et al., 2003: 14, en Moctezuma, 2008).

      Tomar en consideración diferentes escalas podría, asimismo, formularse según el idioma de la producción/reproducción. Cravey (2005: 378) señala de manera pertinente que: “La escala de la producción fue empujada hacia arriba, mientras que la escala de la reproducción social fue comprimida hacia abajo, hacia las escalas geográficas cada vez más pequeñas. En el sur de Estados Unidos, los mercados globalizados de trabajo reposan sobre cuerpos fuertes y saludables que se producen en otra parte”. Y agrega: “Al mismo tiempo, los regímenes reguladores regional, nacional y transnacional cruzan las políticas locales y regionales de trabajo reforzando de esta manera las diferencias salariales racializadas volviendo la migración transnacional necesaria y rentable” (ídem.). En suma, a nivel metodológico, es importante, entonces, entender los procesos de migración bajo diferentes escalas. De estás últimas, prestemos atención al hogar, la vida cotidiana y el cuerpo.

El hogar, la vida cotidiana y el cuerpo

La cuestión del hogar ocupa un lugar especial en las ciencias sociales.

En las escalas geográficas más pequeñas los hogares son sitios clave de la reproducción social. Los miembros del hogar se esfuerzan por reconciliar las lógicas de producción y de reproducción social de tal manera que diversas fuentes de ingresos y de actividades pueden asegurar la supervivencia del hogar. Para los migrantes transnacionales, que frecuentemente estiran sus hogares sobre largas distancias geográficas y que pueden tener poco acceso a los canales oficiales de seguridades sociales en su morada o en el país de acogida, las geografías de la reproducción social son extremadamente complejas (Cravey, 2005: 377).

      Debe, entonces, preguntarse particularmente sobre la manera en que, con la distancia, se mantienen y se reafirman los vínculos afectivos, y por este mismo hecho, cómo se reproduce la unidad del núcleo familiar (Moctezuma, 2008: 14).

      El hogar puede considerarse como un conjunto jerarquizado, aún cuando este no lo sería más que entre la pareja, los padres y los hijos o, incluso, entre estos últimos según su orden de nacimiento. El hogar, que coincide frecuentemente con la familia, se organiza en torno a divisiones aparentemente naturales como el género y la generación, lo que contribuye a consolidar su fuerza ideológica (Gonzáles de la Rocha, 1994: 14). Estas divisiones contribuyen a estructurar a la sociedad más amplia en la medida en que la familia es legitimada por la Iglesia y el Estado (Young, 2002: 78), lo que, por supuesto, traspasa ampliamente la escala local o, incluso, regional. Dicho de otra manera, el hogar es un sitio fundamental de reproducción de estructuras sociales al mismo tiempo que es perpetuado por estas mismas estructuras. Así pues, aunque se puede, ciertamente, encontrar amor, afecto y solidaridad en el hogar, éste es también el lugar de relaciones complejas, a veces de violencia doméstica, en resumen, de relaciones de poder (González de la Rocha, 1994: 30) históricamente construidas. Este conjunto jerarquizado es, también, susceptible de estar marcado por desigualdades múltiples que se combinan con las otras relaciones jerarquizadas, como las desigualdades económicas entre los hombres y las mujeres y entre los padres y los hijos, en particular. El hogar puede ser el sitio de toda clase de conflictos, pero también de múltiples solidaridades, como por ejemplo cuando, para contrarrestar la pobreza endémica, resultado de las contradicciones de la economía neoliberal, los miembros se despliegan en distintos sectores de actividad productiva para juntar las ganancias obtenidas. Desde los inicios del capitalismo hasta ahora, el hogar constituyó un espacio de repliegue para los hombres y las mujeres cuya integración al mercado de trabajo sufrió altibajos. En este sentido, el hogar constituye una válvula de seguridad para los procesos más amplio, incluidos aquellos que le son propios al neoliberalismo y a la transnacionalización.

      Si el hogar se inscribe en el espacio de lo cotidiano, es justamente porque es concebido como coincidente con la esfera privada, ésta misma asociada a esta parte del proceso de reproducción social que corresponde al mantenimiento y a la renovación de la fuerza de trabajo en lo cotidiano. En efecto, las tareas que están vinculadas a este proceso deben efectuarse día tras día. Se trata de las tareas que corresponden a las necesidades fundamentales del ser humano, es decir, aquellas que en el ámbito cotidiano son definidas como las tareas domésticas. Ahora bien, éstas se asocian en general a las mujeres. Incluso cuando los hombres se encuentran confinados al hogar por cualquier razón, no se consagran instantáneamente a las tareas domésticas. La razón está ligada al hecho de que, como se explicaba más arriba, hay una jerarquía en el hogar y una de las principales es la jerarquía de género, en la cual el hombre es dominante y la mujer es subordinada. Esta jerarquía constituye, a la vez, la causa y el efecto históricos de la jerarquización de lo público y lo privado, uno respecto al otro, y en la cual lo público determina lo privado.

      Esta determinación resulta en una serie de paradojas. Así pues, en América Latina, mientras que las estadística demográficas muestran la deserción o la ausencia del varón, se continúa asumiendo que él es el jefe del hogar y el proveedor (Safa, 1995). El hogar, además de ser el pedestal del capitalismo, y ahora del neoliberalismo, lo es también del patriarcado y del poder que se les vincula. En este sentido, el hogar es una estructura, pero al mismo tiempo es un campo social contingente que se configura de acuerdo a las relaciones que los individuos concretos tienen entre ellos en lo cotidiano. Al respecto, Lefebvre diferenció dos aspectos de lo cotidiano al hablar, por un lado, de la “miseria de lo cotidiano” y, por el otro, de la “grandeza de lo cotidiano”. La miseria está asociada a lo que es repetitivo y a las tareas fastidiosas; generalmente es en general el aspecto que salta a la vista. Mientras que, la grandeza de lo cotidiano, por su parte, se asocia a la continuidad, así como a la apropiación de los cuerpos, del espacio y el tiempo, del deseo… (1968: 72-73). La definición de este aspecto por Lefebvre se anticipa a las afirmaciones hechas más tarde por las feministas que, en el contexto de un cuestionamiento de la dicotomía entre lo privado y lo público, y de la definición misma de lo privado, invitarán a valorar el nuevo espacio transitorio logrado así; este último representaría la intimidad, la posibilidad de escaparse del control social (Morris, 2000). En la mayoría de las clases sociales esta posibilidad sigue siendo lejana, pero su evocación confirma que las fronteras entre las esferas pública y privada son movibles, que hay cierta ambigüedad en su respectiva definición, incluso interpenetración de una por otra.

      En cuanto a las escalas, la continuidad lógica de los procesos que deben tenerse en cuenta se sitúa en el cuerpo. Según Cravey (2005: 378). “En una escala al parecer más pequeña que el hogar, se encuentra el cuerpo como sitio clave de lucha y de resistencia de los migrantes transnacionales […]”. Esta lucha y esta resistencia chocan algunas veces contra el muro de las desigualdades entre los hombres y las mujeres, desigualdades mantenidas a veces por las políticas sociales. Esto se verá en el artículo de Vizcarra Bordi y Vélez Bautista que trata los vínculos entre la migración masculina temporal y los cambios en el ámbito de la reproducción. Su demostración, en la escala de lo cotidiano y de la localidad, converge con las observaciones de Hawthorne (2004: 251), aún si estas últimas se sitúan en el plano estructural más amplio:

Nuestros cuerpos se volvieron globalizados así seamos ricos o pobres. Con los pobres, la prostitución se volvió un sitio principal de opresión […] la mercantilización de las mujeres es la tercera actividad criminal en importancia, después del comercio de armas y de drogas […] Hay una intersección interesante en la economía global entre la movilidad internacional de las elites y el aumento de la disponibilidad de mujeres. […] Los hombres móviles pueden encontrar mujeres donde quiera que se encuentren […]

      Si los vínculos entre la migración y la globalización son evidentes, sus efectos se expresan diferencialmente según se les observe en una escala o en otra, se les aborde según un marco teórico u otro. Pero, en todas partes y siempre, en el centro de los procesos, es decir en la intersección de lo global y lo local, o en la intersección de diferentes escalas, se encuentran los actores sociales, seres humanos que viven experiencias únicas que pueden ser difíciles de entender, pero que siempre nos dan en qué reflexionar. El tema es complejo, pero, cuando se trata de tomar en cuenta las relaciones de género, a pesar de todo comienzan a surgir las constantes, las recurrencias. Al centro de estos procesos se encuentra el cambio social, una materia inagotable, en la cual estamos involucradas/os todas y todos en tanto que implicadas/os en una u otra de las circulaciones propias de la globalización.

Presentación de los artículos de este número

Todos los artículos de este número se inscriben en diversos grados y de distintas maneras en las tendencias que acabamos de describir. En su artículo sobre los jóvenes migrantes de Guanajuato, María Guadalupe Huacuz Elias y Anabella Barragán Solis hacen destacar muy bien el carácter heterogéneo de la migración según diferentes factores. Destacan, sin embargo, que en general, por lo menos en lo que ellas analizaron, la migración constituye una ocasión de reafirmación de la soberanía masculina en la medida en que la migración constituye una instancia de separación de la madre y del mundo femenino que continuará teniendo efectos incluso después del retorno del migrante a su familia y a su comunidad. Uno de los puntos interesantes e innovadores del artículo reside en las afirmaciones hechas sobre la herencia social migratoria, y las autoras utilizan las fases de los ritos de paso como los que propone Victor Turner (1991) para bosquejar los contornos de esta herencia. La analogía que hacen ellas con los ritos de paso hace resaltar que la migración no comienza necesariamente sólo con el viaje, sino más bien con el imaginario del viaje que, por otra parte, tiende a desvanecerse con la edad. Recurrir al modelo de Turner tiene la ventaja de reflejar muy bien el carácter dinámico de los procesos en cuestión y, sobre todo, de los cambios profundos que se producen en los individuos en el contexto de estos procesos.

      El marco general del artículo de Ernesto Hernández Sánchez es el neoliberalismo y, especialmente, la transformación de la agricultura. De igual manera que en las industrias maquiladoras, la industria agrícola se puso al ritmo despiadado del “justo-en-tiempo”. En este sentido, el autor nos ofrece el concepto gráfico de “migración justo-a-tiempo” que se refiere al hecho de que los trabajadores deben probar una gran movilidad en lo referente, en particular, a la cosecha. Siguiendo a los migrantes mixtecos de Oaxaca en Carolina del Norte, el autor reflexiona sobre los cambios de la identidad masculina en contacto con una diversidad de masculinidades en el contexto transnacional. Al utilizar el concepto de masculinidad hegemónica, y al examinar los cambios en el sistema de respeto, en la amistad y en la ciudadanía, el autor muestra cómo surgen los nuevos hombres mixtecos y, sobre todo, cómo se redefine el poder en la comunidad que, de ahora en adelante, hace referencia a esta “nebulosa transnacional”. Ciertamente, las relaciones entre los hombres cambian, pero las desigualdades entre los hombres y las mujeres no se solucionan, al contrario.

      Los trabajadores que participan en el Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales en Canadá constituyen, ahora, un factor importante que permite sobrevivir a la agricultura de este país. Geneviève Roberge establece su enfoque en la división internacional del trabajo y examina los cambios en la construcción y la negociación de la identidad masculina examinando el conjunto del proceso de migración, sea el “antes de”, el “durante” y el “después de”, un enfoque que hace eco al de Huacuz Elias y Barragán Solis en este mismo número. Roberge destaca las múltiples contradicciones vinculadas al proceso de migración como la del mantenimiento de las jerarquías de género, incluso en ausencia de las mujeres, especialmente a través de la obligación que tienen los hombres de dedicarse a las tareas domésticas cuando están en Canadá. Otra contradicción reside en el hecho de que, por ejemplo, estos hombres reafirman la importancia de su papel de proveedores. Aparentemente es la principal motivación para emigrar. Sin embargo, gracias a sus estancias en el extranjero, parece que su poder al interior del hogar se deteriora un poco, lo que pone de manifiesto que el papel de proveedor quizá forma parte más bien de su imaginario que de la realidad. En cualquier caso, y como señala la autora, las relaciones de género están renegociándose.

      Beatriz Martínez Corona y Rufino Díaz Cervantes ponen de manifiesto que las masculinidades hegemónicas están en crisis. Lo hacen examinando la participación de las mujeres en proyectos generadores de ingresos –o microempresas– en el medio rural en el Estado de Puebla. El interés de este artículo reside en el hecho de que sus autores consideran las políticas públicas como factor de cambio. La implicación de las mujeres en las microempresas cuestiona o, por lo menos, matiza el papel de proveedor de los hombres. Estos autores ponen por delante el concepto de masculinidad crítica y mencionan la necesidad de equiparse de herramientas para la construcción de este tipo de masculinidad. Proponen capitalizar el hecho de que los hombres entrevistados –los autores interrogaron a las autoridades municipales que tenían un papel en la aplicación de los programas– consideran a las mujeres como sujetos. Hay, entonces, una determinada aceptación de lo femenino en el espacio público. Esta aceptación sigue siendo, no obstante, frágil y los autores proponen que los programas resultantes de las políticas públicas prevean la inclusión de un proceso de reflexión sobre las relaciones de género tanto para los hombres como para las mujeres.

      Ivonne Vizcarra Bordi y Graciela Vélez Bautista se interesan, por su parte, en las “mujeres que se quedan”. De la misma manera que los autores del artículo anterior, sus observaciones se encuentran vinculadas con las políticas públicas, particularmente, esta vez, con los programas de control natal en los Mazahua en el Estado de México. Grosso modo, las autoras demuestran que un programa como el de Progresa-Oportunidades, que se traduce en múltiples obligaciones para las mujeres que forman parte de él, contribuye a reforzar su subordinación. El examen del aspecto anticonceptivo del programa es particularmente revelador en este sentido: se responsabiliza a las mujeres por este aspecto de su vida reproductiva. Hay, por otra parte, una convergencia interesante entre el programa y las representaciones que los hombres tienen de la reproducción, a saber, que se trata de un espacio femenino. Los hombres pueden continuar haciendo lo que les parezca bien y esto se refuerza en situación de migración, donde adquieren nuevas prácticas de libertad sexual. Las autoras mencionan, de manera estimulante, esta yuxtaposición de nuevas prácticas de los hombres con su concepción tradicional del cuerpo de las mujeres. Incluso, si las relaciones de pareja experimentan cambios en los más jóvenes, las desigualdades entre los hombres y las mujeres son reproducidas.

      Connell (2002) mostró muy bien, en efecto, que a pesar de la soberanía masculina y el patriarcado, hay riesgos inherentes al hecho de ser hombre. Héctor Eloy Sánchez se inscribe directamente en esta postura y examina lo que se podría llamar “las masculinidades riesgosas” en la sierra de Sonora. Él se pregunta si hay predisposiciones en los hombres en cuanto a las conductas de riesgo, especialmente las que conducen a la muerte. Su enfoque es de género puesto que muestra las principales diferencias entre la mortalidad de los hombres y de las mujeres. Las investigaciones sugieren que esta masculinidad riesgosa (como la que le es propia, al parecer, a la cultura mexicana) desempeña un papel principal en la mortalidad. Distinguiendo diferentes grupos de edad en diferentes épocas, entre los años 1930 y 1990 en los hombres, asimismo en una menor medida entre las mujeres, él llega a plantear que el proceso de modernización podría jugar un papel aún más importante que las prácticas vinculadas a la afirmación de la masculinidad. El autor desemboca en el concepto de “modernización defectuosa” como factor que condiciona la muerte de algunas categorías de hombres y de mujeres.

      Si el conjunto de artículos de este número no agota las diferentes lecturas posibles de la migración en el contexto de la globalización, cada uno de ellos contribuye a resaltar la importancia de un enfoque dinámico afianzado en la etnografía y que tiene en cuenta tanto los factores estructurales como la vida cotidiana. Cualquiera que sea la forma que tome la migración, es evidente que no solamente las masculinidades y las feminidades entran en un proceso de cambio, sino que las relaciones entre unas y otras también se modifican, sin que por ello desaparezca verdaderamente la soberanía masculina. En este sentido, la migración forma parte de un conjunto de procesos consustanciales al orden mundial de género que, bajo la globalización, se basa en la reproducción de los regímenes locales de género, exacerbando al mismo tiempo las contradicciones entre estos regímenes.

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1 Université Laval, Canadá.
2 Traducción: María Eugenia Ríos Marín

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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