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¡Serás hombre, hijo mío!
Un estudio transcultural sobre la transmisión de la masculinidad a través de la paternidad en Francia, México, Quebec y Burkina Faso

Guitté Hartog
Ma. Alicia Moreno Salazar
Ma. Victoria Alvarado Herroz 1

Para entender mejor lo que
es importante en una sociedad,
hay que estudiar lo que se transmite,
o no, a los niños y a las niñas
.
Margaret Mead


Resumen


Para entender mejor cómo los varones aprenden a ser hombres, a través de la relación padre-hijo en diversos contextos socioculturales, se realizaron entrevistas a profundidad a 20 padres de México, Quebec, Francia y Burkina Faso. A través de este estudio exploratorio se investiga el proceso de transmisión intergeneracional de las masculinidades, ya que a los padres entrevistados, que tienen al menos un hijo varón, se les preguntó en un primer momento sobre la imagen que habían recibido de su propio padre y, en un segundo tiempo, cómo vivían su paternidad y qué intentaban transmitir o no a sus hijos varones. Los resultados ilustran, como postales, cuatro contextos socioculturales muy contrastados donde, a la vez, se reproducen y se rompen esquemas de una generación a otra. Lo anterior muestra algunos de los elementos de las dinámicas paternales varoniles que resisten a los cambios a pesar de los malestares claramente identificados. La diversidad de los ámbitos presentados permite observar cómo las paternidades se inscriben en contextos socio-histórico-culturales muy diferentes que difícilmente pueden ser generalizados, pero que sirven para identificar algunos de los valores considerados como importantes de transmitir en cada uno de los pueblos estudiados.

Palabras clave: paternidad, masculinidad, transmisión intergeneracional.

Introducción

A través de este artículo se presentarán algunos de los principales resultados de una investigación que ilustran, en contextos culturales muy contrastados, cómo se aprende a ser hombre y padre. Padres del continente africano, europeo, norteamericano y centroamericano toman la palabra para explicar su experiencia como hijos varones que se convirtieron en padres. Frente a la diversidad y la riqueza de la información proporcionada por los participantes, nos contentaremos con describir, casi como postales, lo que nos costó años recopilar. El riesgo de abarcar demasiada información dentro de lo que se puede manejar en un artículo, de generalizar los datos de manera abusiva, de pretender lograr interpretaciones de tipo universal nos hizo reducir nuestra aportación en la presentación de estos cuatro paisajes socioculturales que se nombran a través del testimonio de algunos hombres que los habitan y contribuyen en elaborarlos.

Esta propuesta, poco convencional, no propone un marco teórico o un análisis profundo del discurso de los hombres entrevistados, pero permite ilustrar, a través de diferentes miradas, el fenómeno de la construcción socio-cultural de las masculinidades. Escuchar una diversidad de voces acerca de la experiencia paternal, como hijo y como padre, en contextos moldeados por valores socioculturales diferentes.

¿Cómo han aprendido los padres a ser hombres y qué enseñan, una vez que lo son, a las futuras generaciones de varones?, son las principales preocupaciones que nos llevaron a desarrollar esta investigación.


Estudiar la paternidad

Según Figueroa, Jiménez y Tena (2006: 22) “la perspectiva sociohistórica entiende la paternidad como un fenómeno sociocultural de las relaciones genéricas en un momento histórico, en un marco y en una sociedad específicos”. Es decir, que la paternidad implica un lazo intergeneracional entre personas, que varía según los universos socioculturales y las épocas en las cuales se inscribe. Se trata de un fenómeno universal de socialización por el cual se transmiten mensajes sobre diferentes aspectos de la vida en familia y en sociedad. La figura paterna, tanto su presencia como su ausencia, enseña de diferentes maneras a las hijas y los hijos lo que se puede esperar (o no) de un hombre, de su lugar, de su importancia, etcétera. Estos mensajes sobre la hombría y las relaciones de género son los que nos interesaron recabar en los discursos de los participantes.

Entender lo que un hombre ha recibido como imagen de su propio padre y lo que quiere transmitir (o no) a su hijo varón sirve para comprender mejor, por una parte, cómo los hombres aprenden a ser hombres y, por otra parte, ver cómo ellos contribuyen en su momento a perpetuar o modificar sus saberes acerca de las masculinidades a sus hijos. Estudiar este fenómeno contribuye a entender mejor una sociedad y sus valores. Así, lo que se busca inculcar a las hijas y a los hijos, como padres, es generalmente lo que se considera importante y necesario para poder sobrevivir y desarrollarse en sociedad. La búsqueda de la felicidad, el sentido de responsabilidad, de la abnegación, de la comunicación, del humor, de la organización o de la generosidad, al igual que los roles de género, son herramientas de formación que los padres eligen, de manera consciente o inconsciente, para transmitir a sus hijas e hijos según sus propias capacidades, pero también según lo que juzgan útil para su futuro. Queda claro que lo que es valorado en una época y en una cultura dada no lo es necesariamente en otra. En este sentido, investigando este proceso de socialización es posible captar mejor cómo estos saberes evolucionan de una generación a la otra y varían según los contextos culturales.


Un estudio transcultural y transgeneracional

Estudiar el mismo proceso de transmisión de las masculinidades a través de la relación padre-hijo en sociedades tan contrastadas culturalmente como son México, Quebec, Burkina Faso y Francia permite, a través del análisis de las entrevistas realizadas, percibir las diferencias ligadas a los diversos contextos culturales e identificar los elementos comunes. En efecto, estudiar cómo una misma realidad o una misma problemática es vivida en diversas culturas permite percibir a la vez su constancia a través de semejanzas y su carácter más específico a un cierto contexto, a partir de las diferencias.

Cuando se comparan solamente dos sociedades, resulta difícil identificar las causas de las diferencias y tener la certeza de que no se deben al azar o a un sesgo en el muestreo. Trabajar con cuatro sociedades permite identificar mejor las tendencias comunes y las diferencias locales que son producto del contexto cultural. Esto nos ayuda a evidenciar e identificar tanto las constantes como lo que varía en la manera de abordar una misma realidad. Cuando una misma característica es observada en los cuatro universos estudiados podemos hablar de una constante. Cuando una característica es encontrada solamente en una de estas sociedades es más fácil identificarla como algo que le es propio. El peso de las semejanzas es sumamente importante cuando son encontradas en estas sociedades tan diferentes. En este orden de ideas, elegir universos contrastados evidencia las características de cada una de las ellas, porque “Conociendo al Otro es como uno se conoce a sí mismo”.

Preguntar a los padres cómo era la relación con su propio padre y cómo viven ahora su paternidad con su hijo nos permite entender mejor la herencia cultural transmitida del abuelo al padre, y luego del padre al nieto. Reconstruyendo el linaje paternal queríamos entender mejor los diferentes estilos de paternidad propios de cada generación, y observar los procesos que frenan o permiten cambios a favor de una paternidad más afectuosa y comprometida que dé lugar a modelos parentales que favorezcan una mejor relación entre los géneros.


La propuesta metodológica

Las cuatro sociedades fueron elegidas tanto por el contraste cultural que ofrecían como por el conocimiento que teníamos como investigadoras de esos universos, al haber tenido la oportunidad de visitarlos durante varias estancias para realizar trabajos de campo de investigaciones del mismo tipo (Hartog, 2001). Es importante destacar la colaboración de investigadoras locales para cada uno de los medios culturales estudiados, para realizar las entrevistas, adaptarlas a los diferentes contextos y luego interpretar las informaciones proporcionadas por los participantes.

Todas las entrevistas, es decir las veinte en cada una de las sociedades, fueron realizadas en medios altamente urbanos: París, Quebec, Puebla y Ouagadoudou. Los criterios de inclusión eran que los hombres entrevistados fueran por lo menos padres de un hijo varón y voluntarios para acordar una entrevista en profundidad con la investigadora, que debía grabar y transcribir las entrevistas en su totalidad. Esta estrecha colaboración con las investigadoras locales ha facilitado de manera importante el enriquecimiento de las informaciones obtenidas, así como una mejor interpretación de los resultados.

El hecho de que fuera una mujer la que realizó las entrevistas con los padres, según los hombres interrogados, ha llevado a la confidencia sobre temas que bien pocos de ellos habrían tenido la oportunidad de discutir y de reflexionar en profundidad. Seguramente, la probabilidad de la confidencialidad de los entrevistados es mayor ante una mujer que ante otro hombre; eso ha permitido configurar el cuidado y vigilancia de la virilidad, “la policía de la virilidad”, que existe entre hombres y que, seguramente, les impide abordar con profundidad y sensibilidad algunos temas relacionados con su intimidad. El hecho de que numerosos padres nos agradecieran calurosamente haberles permitido hablar de estos temas una vez terminada la entrevista, nos dio más confianza en la calidad de la relación sostenida entre las investigadoras y los participantes, además nos confirmó la carencia de tribunas para los hombres donde puedan intercambiar sus experiencias relativas a sus realidades afectivas masculinas.

La duración de las entrevistas fue de 1 hora a más de 3 horas 30 minutos y variaba según los deseos de los padres de hablar. Este tiempo de entrevista ha permitido que dejaran caer ciertas máscaras a lo largo del desarrollo de las entrevistas. Hubo casos de hombres que al inicio habían hablado de una relación “correcta” y tranquila con sus padres y que al final de la entrevista denunciaron sus infidelidades, sus intransigencias o sus grandes irresponsabilidades.

La primera parte de las entrevistas se centró en la imagen que los participantes habían conservado de su propio padre y la relación padre-hijo que se había desarrollado entre ellos. La segunda parte se orientó, principalmente, a su experiencia como padre, sobre lo que deseaban transmitir a sus hijos varones, y lo que retomaban o abandonaban de la manera en que su padre los había educado.


Resultados

Francia

Como primera imagen de su padre, la mayoría de los informantes nos habla de su profesión: “Mi padre era albañil, funcionario, obrero o músico, etc.” y de su tipo de personalidad “de temperamento colérico, blando o gentil” que está ligada al tipo de autoridad que ejercían sobre ellos. Los horarios y las cargas laborales parecen dejar pocas horas para que los hijos puedan jugar o convivir con sus padres.


De la relación con la madre, se puede observar una gran diversidad de situaciones descritas por los participantes. Unos hablan de una bonita relación, de amor y ayuda mutua. Otros nos comentan historias de divorcios, de relaciones turbulentas y hasta de violencia. De manera espontánea, las infidelidades paternas son denunciadas, al igual que el alcoholismo y la irresponsabilidad.

Es notable el hecho de que los hijos mencionan, en primer lugar, las enseñanzas que sus padres les han transmitido, un sentido agudo de la justicia social, ayudando a los refugiados, apoyando las luchas de diversos grupos sociales, participando con ellos en las manifestaciones y debatiendo temas políticos. También destaca que los padres de los participantes han insistido sobre la importancia de mantener la etiqueta y los buenos modales, como saber saludar a la gente y tener buenos modales en la mesa. Mientras, como en los otros universos culturales, se insta a que los hijos varones aprendan a valorar el trabajo bien hecho y a ser personas responsables. Pero, en lo que concierne a la sexualidad, los sentimientos amorosos o cómo tratar a las mujeres se observa un gran silencio por parte de los padres.

La gran mayoría de los participantes expresa que nunca, en su niñez o adolescencia, había pensando o soñado convertirse en padre. Pocos dicen que se imaginaban compartir su vida con una pareja, pero sin tener hijos; mientras unos tantos dijeron que sí habían pensado tener hijos, pero no necesariamente formar una pareja estable y menos casarse.

Todos expresan que la llegada de su primer hijo les ha generado una gran emoción, y la mayoría dice no encontrar palabras para describir tal emoción y que eso les ha cambiado mucho, generalmente convirtiéndoles en personas más responsables. La mayoría de ellos dice haberse involucrado en los cuidados de sus hijos cuando eran bebés. Dicen haber cambiado pañales, aunque eso no era siempre su elección. Los padres más jóvenes son los que más han visto salir a su cónyuge para ir a trabajar, se han enfrentado a las demandas de emancipación femenina y se han visto más involucrados en los cuidados cotidianos de sus hijos o hijas que los padres más ancianos de la muestra.

Del cambio intergeneracional, los hombres dicen no tomar a su propio padre como modelo o consejero, ya que lo consideran como de otra época o como un padre demasiado ausente sea por razones de trabajo u otras circunstancias. Hablan de una cierta soledad, de los pocos espacios que tienen para dialogar sobre los problemas y las dificultades que viven como padres. La pareja es generalmente la persona más indicada para compartir sus dudas y buscar apoyo.

México

En México, la cuestión del rol de proveedor parece extremadamente central en la visión que han tenido los hombres entrevistados sobre su padre. En efecto, muchos de ellos ven a su padre como un hombre que trabajó sin descanso para proveer las necesidades de la familia, preocupado por las carencias económicas: “que sale a trabajar muy temprano por la mañana y que regresa por la noche una vez que ya estábamos acostados”. El machismo y el alcoholismo son también imágenes constantes que destacan de manera importante en las entrevistas. Por otro lado, el hecho de que los fines de semana o cuando los hombres regresaban de viaje todo el hogar entraba en un ambiente de convivio, donde nada era descuidado para celebrar el espíritu familiar, forma parte de los buenos recuerdos que los hijos varones tienen de la presencia paterna.

La complementariedad de los papeles tradicionales del padre, jefe del hogar, y de la madre sumisa, pero reina de su casa, parece ser lo que destaca más de las parejas de padres mexicanos. Las grandes ausencias, sus regresos festejados y sus infidelidades son los otros elementos a agregar para complementar el retrato que guardan los participantes de su familia de origen.

En materia de consejos sobre el amor, la sexualidad y las mujeres, los participantes mexicanos parecen haber sido “beneficiados” en comparación con los varones que provienen de los otros universos culturales incluidos en la muestra. En efecto, la guía paterna se hizo presente para la mayoría de los participantes mexicanos. Los consejos proporcionados van esencialmente en dos direcciones. La primera recuerda que el papel del varón caballero es cuidar y proteger a su mujer porque son como niñas o como “flores frágiles”. La segunda orientación va en el sentido de recordar al hombre la importancia de dominar y controlar a su esposa: “Tú eres el que tiene que portar los pantalones, no dejes que tu mujer te mande […]”. Eso sin contar con algunas lecciones de doble moral: “En el hogar respetas a tu mujer, pero fuera eres un hombre libre”, “Hay que saber hacer la diferencia entre las mujeres que son buenas para acostarse y las otras para casarse”.

La gran mayoría de los hombres entrevistados cuentan que se casaron o se volvieron padres por “las circunstancias”. Es decir, que no es algo que planearon. Dicen haberse enamorado o que “de repente” embarazaron a su pareja y decidieron fundar una familia y sentar cabeza. Solamente una minoría de varones expresa que formar una familia era parte de sus aspiraciones desde la niñez.

No todos los padres relatan de la misma manera el nacimiento de sus hijos o de los primeros contactos que tuvieron con ellos. En efecto, podemos notar que los abuelos, en comparación con los padres más jóvenes, tuvieron más hijos que los demás, ven a la paternidad como algo perfectamente normal, en el orden natural de las cosas o expresando que les reconfortaba su capacidad de procrear. Al contrario, el discurso de los padres más jóvenes es mucho más emotivo. Hay que escucharlos hablar del embarazo y del parto de su cónyuge y de esta mezcla de emociones que han sentido al ver nacer a su hijo o al cargarlo por primera vez en sus brazos. Varios hablan de una transformación personal, que les hizo transitar a la vida adulta: “de una gran felicidad indescriptible (comentando que les hacen falta las palabras) a un sentimiento de una enorme responsabilidad que les asusta”. Este involucramiento emotivo que encontramos más en los jóvenes deja presagiar que los nuevos padres pueden vivir su paternidad con más afectividad y sensibilidad de lo que era posible antes.

En cuanto al cambio de los pañales de sus bebés y otros cuidados, los discursos van en dos direcciones opuestas. Una primera mitad, comenta que poco o nada se involucraron en este tipo de cuidados porque consideran que “las mujeres existen para eso, y que ellos tienen que dedicarse al trabajo”. Mientras, toda la otra parte de la muestra, compuesta generalmente de hombres más jóvenes, consideran como un honor, y no como una vergüenza, involucrarse en el cuidado de su bebé y lo ven como una prueba de amor y de compromiso hacia su bebé y a su cónyuge.

Más que en las otras culturas estudiadas, se hizo evidente a través de los discursos que a los padres mexicanos les importaba mucho que sus hijos varones destacaran en el plano profesional, para tener mejores oportunidades que ellos y formar en su momento una familia.

Varios padres nos comentaron que, si volvieran el tiempo atrás, planificarían mejor el nacimiento de sus hijos e hijas. Algunos dicen haberlos tenido demasiado jóvenes para afrontar las dificultades con madurez; otros tuvieron que encargarse de hijos que no habían deseado, después de una aventura. Uno de los arrepentimientos más sentidos es el de no haber pasado suficiente tiempo con ellos, para jugar, para escucharlos… pues estaban demasiado ocupados en realizarse en el plano profesional y en ganar el dinero necesario para asegurar un mejor futuro a su familia. Tener más paciencia, vivir con menos presión y estar más disponible es, generalmente, lo que los hombres habrían querido para vivir su paternidad de manera más serena y disfrutar más la convivencia cotidiana con sus hijos.

La soledad como hombre y padre de familia resulta también ser un tema mencionado varias veces en su discurso. Destaca, en sus testimonios, la dificultad de cuestionar al padre supremo. En los participantes de Quebec y Francia es mucho más común que los hombres interrogados reprochen a su padre su manera de ser y de educarlos, hasta se prometen a sí mismos no reproducir este mismo modelo con sus propios hijos. Pero, también es frecuente que cuando preguntamos a los participantes mexicanos en qué se parecen a su padre respondan: “Como él, exploto”, “Al igual que él, soy alcohólico”, “Como él, no estoy muy presente…” y siempre agregan: “sin quererlo”. El hecho de repetir los patrones de conducta transmitidos por su padre, a pesar de no desearlo, nos habla de las dificultades que encuentran los participantes mexicanos para romper algunos ciclos y dejar así una mejor herencia emocional a sus hijos.

Quebec

Como en los otros universos culturales presentados precedentemente, el trabajo del padre marca las primeras imágenes que los participantes quebequenses recuerdan de su padre. Los hombres en la edad de ser abuelos cuentan cómo trabajaban al lado de su padre en la misma empresa o negocio familiar como uno de los hechos que ha marcado profundamente su interacción con él. Este tipo de convivencia alrededor del trabajo casi no aparece en los relatos de los participantes más jóvenes. Lo que ilustra un elemento importante encontrado en los discursos de los participantes de Quebec.

En efecto, como en ninguno de los otros universos culturales incluidos en esta investigación, se menciona en los discursos recabados el término de brecha generacional, que se refiere al hecho de que los padres y sus hijos crezcan en universos diferentes en numerosos aspectos. Sin querer desarrollar una tesis explicativa exhaustiva, podemos pensar que los vientos de cambio han soplado con mucha intensidad en esta sociedad y que de una generación a la otra se modificó de manera considerable el paisaje sociocultural, lo suficiente para que se tenga la impresión que padres e hijos se han socializados en sociedades diferentes. Este peculiar fenómeno, identificado como la “Revolución tranquila”, fue un proceso histórico que se caracterizó por un conjunto de cambios socioculturales, demográficos y económicos que modificaron de manera radical las maneras de vivir y de pensar de su población. En otras palabras, Quebec, en menos de 30 años, pasó de ser un pueblo esencialmente rural, de familias extremamente numerosas y tradicionales, viviendo bajo una dictadura política y religiosa, a ser una sociedad moderna, con una taza de natalidad de las más baja en el mundo y caracterizada por volverse mucho más laica, libertaria, feminista y diversa que la mayoría de las otras sociedades occidentales (Dumont, 1991; Godin, 1991). Sin ser la única explicación posible, este fenómeno que permitió salir de “la gran oscuridad” (término elegido para nombrar la época precedente a la revolución tranquila) parece reflejarse en un gran número de los testimonios de los participantes quebequenses.

Por ejemplo, los varones entrevistados nos explican que era muy difícil saber cómo sus padres se llevaban realmente como pareja. Nos dicen que “eran demasiado católicos”, eran gente de deber, unidas de por vida en las buenas y en las malas, lo que les impedía demostrar los sentimientos de amor y desamor o expresar el deseo de divorciarse. Podemos suponer que estos temas no eran discutidos de manera abierta, prevaleciendo un ambiente de pudor entre los padres y los hijos, para hablar del amor y de la sexualidad.

El pasado muy católico de Quebec también se refleja en las enseñanzas que los hombres recibieron de su padre. En efecto, los valores judeo-cristianos alrededor del trabajo y del amor al prójimo parecen haber impregnado casi todos los mensajes transmitidos en el contexto familiar. Se otorgaba mucha importancia a formar honestos trabajadores. La guía paternal inculcó la solidaridad con el que tiene menos, la importancia de asumir sus responsabilidades y una gran valoración de la instrucción.

Esta transmisión de preceptos sobre el trabajo y los diferentes valores humanos que ennoblecen al hombre contrasta con el gran silencio que observamos por parte de los padres acerca de los temas del amor, de la sexualidad y de las mujeres, considerados como tabú y bastante delicados: “Estos temas de por sí no se tocaban”.

La mayoría de los hombres entrevistados dicen que no habían planeado ser padre un día. Que sencillamente es algo que se dio. Pero, otra parte de los participantes cuenta que ser padre realmente era su principal proyecto de vida, que no se veían hacer su vida sin un niño o una niña. Parece ser ésta, de las cuatro sociedades estudiadas, donde encontramos más testimonios de un gran involucramiento en el cuidado de los bebés por parte de sus padres. Nos cuentan cómo se levantaban en la noche, cuidaban casi por completo de sus hijas o hijos mientras la madre trabajaba fuera de la casa o se iba de viaje.

Nos hablan de que les tocó vivir una época bien diferente que la de sus padres. Que las relaciones de pareja no son como las de antes; varios de ellos son divorciados, buscan ser padres más presentes y desarrollar lazos afectivos más profundos con sus hijos. Varios de ellos dicen no tener modelos de hombres o un camino preciso que seguir, vivir su masculinidad y paternidad a través de crisis existenciales y de un cierto cansancio.

Tampoco ellos hablan o proporcionan consejos a sus hijos varones sobre el amor, la sexualidad y las mujeres. Dicen no sentirse preparados y que es mejor que los jóvenes descubran estos asuntos por sí mismos a través de sus propias experiencias o que confían en que la escuela y los amigos les brindan las informaciones que necesitan.

Burkina Faso

Más allá del aspecto laboral, la capacidad de relacionarse bien y de tener una cierta influencia social parece ser la imagen del padre, lo que deja más huellas para los participantes de Burkina Faso. Lo que contrasta con los demás universos culturales estudiados ya que el trabajo del padre y sus diversas implicaciones quedaba como lo más destacado del concepto que se tenía de él. A pesar de que la imagen del padre como trabajador tiene su importancia en Burkina Faso, no es central como en las otras sociedades estudiadas. La imagen del hombre social, a quien se le busca para recibir un consejo y que charla bien, destaca más.

El hecho de que la mayoría de las familias sean polígamas refuerza la importancia de saber manejar las relaciones humanas y se refleja también en el tipo de relación de pareja que describen los participantes cuando hablan de sus padres. El contexto de poligamia hace que los hombres interrogados hablen de la relación de su padre con las madres en general, pero también destacan el estatus de su madre en relación con las otras: precisaban si era la primera esposa con sus privilegios, la más amada o la que fue impuesta a su padre, etcétera. La capacidad de proveer a todas las necesidades es también un tema que destaca. El tema de la infidelidad es denunciado, cuando el padre tomó otra esposa sin pedir la autorización a su primera mujer.

El contenido de los testimonios está impregnado del tema del autoritarismo paternal y marital que se obtiene a través de la violencia física. De manera espontánea los participantes cuentan: “Cuando pienso en mi padre, me pongo a temblar” o “Cuando recuerdo a mi padre, está pegándole a una mujer o a un niño”. Se menciona también cómo los padres disciplinaban o no a las mujeres cuando “hacían tonterías” o cómo lograban “charlar bien” con ellas sin necesidad de pegarles.

Esta misma dinámica se repite con los hombres una vez que son padres. En efecto, los participantes nos comentan que “les pegan bien” a sus hijos para disciplinarlos mejor. Y esto se da a pesar de que la primera imagen que guardan de su padre es de terror, de un hombre que les hace temblar de tanto que golpea a los niños, las niñas y las mujeres de la casa. Esto refleja la dificultad de los padres para experimentar nuevos modelos relacionales. A golpes se hicieron hombres fuertes y valiosos y por esta razón repiten la misma receta con sus mujeres e hijos. Un abuelo nos explicó cómo desprecia profundamente a su propio hijo porque no golpea a su mujer y que sus hijos no le temen. Para él su hijo es un fracasado, que no sabe hacerse respetar como hombre.

La mitad de los participantes dicen no haber recibido ninguna enseñanza sobre el tema del amor, de la sexualidad y de las mujeres. La otra parte de la muestra nos cuentan de los consejos formales que recibieron el día de su primer matrimonio. Unos van en el sentido de no pegar a las mujeres; otros, al contrario, dicen que no hay que dejar que una esposa se ponga caprichosa, que hay que enseñarle quién manda, corrigiéndola a golpes para que entienda o tomando otra esposa para que no se ponga muy exigente. También se les dice que no hay que discutir con ellas en público y que hay que satisfacerlas material y sexualmente para que no busquen en otras partes.

La gran mayoría no se imaginaron ser padres cuando fueran grandes. Solamente algunos de los participantes dicen que a veces se lo imaginaron o se quedaron pensando en este tema cuando eran niños o adolescentes. Algunos explican que su primera esposa fue impuesta por su familia y que en varios casos no la amaba. También, los hombres que aceptan una esposa por respeto a la autoridad familiar sienten una presión social importante para buscar otra esposa para demostrar a los demás y a la sociedad que pueden encontrar una mujer por sí mismos, por mérito propio, es decir, sin la ayuda de sus padres.

A pesar de que casi todos los hombres entrevistados coinciden en que en realidad se casan con las mujeres para que ellas se encarguen de la casa y del cuidado de las niñas y de los niños, un poco más de la mitad de los participantes “admiten” haber colaborado en los cuidados de sus bebés. Estas tareas son consideradas como exclusivamente femeninas y denigrantes para los hombres, pero varios de ellos comentan que se han visto obligados a involucrarse en este asunto en contra de su propia voluntad “ya que no había ninguna mujer alrededor disponible para hacerlo y que el bebé estaba realmente muy sucio o tenía mucha hambre”.

En todas las sociedades, a excepción de Burkina Faso, varios padres participantes nos expresan vivir esta experiencia en un clima de soledad. Estos tipos de sentimientos de aislamiento o de crisis de las masculinidades parecen no manifestarse en una sociedad donde las redes de apoyos están muy desarrolladas tanto para los hombres como para las mujeres. Siempre hay alguien que puede ofrecer un consejo o apoyo, el aislamiento no es un problema vivido como en las otras culturas. En efecto, allí las dificultades se afrontan con más calor humano, la carga de la educación de las hijas e hijos está más repartida a través del grupo social de pertenencia y no descansa directamente sobre los hombros de los padres, como es el caso en los otros universos culturales.

En fin, una paternidad con numerosa prole es sumamente valorada socialmente, lo que impide vivir la paternidad como una pérdida de libertad generando numerosas “obligaciones familiares”, como sucede frecuentemente en Occidente. Al contrario, un hombre que no logra tener descendencia no es considerado como un adulto y su existencia no tendrá sentido ya que no deja ninguna huella de su pasaje en la tierra. Cada hijo que nace, sobre todo si es varón, celebra su fertilidad, su potencia sexual y es señal de abundancia. Aunque últimamente las preocupaciones económicas para poder ofrecer salud y educación a sus hijos empiezan a hacer emerger nuevas formas de considerar la procreación y se empieza a hablar poco a poco del “costo” de la crianza de cada niño o niña.

Los participantes de Burkina Faso son también los únicos que expresan no temer que sus hijos “se vuelvan homosexuales”, ya que consideran “que se trata de un problema exclusivamente del hombre blanco”, que sencillamente este “tipo de perversión” no existe en África. La condena social a la homosexualidad o a otro tipo de comportamiento sexual que no este asociado a la reproducción, como la masturbación o el celibato, es tal que sus expresiones quedan casi completamente invisibilizadas. El matrimonio entre dos personas del mismo sexo es percibido como una verdadera aberración, ya que tampoco se concibe que alguna persona o una pareja puedan no querer tener hijos.


En conclusión

Frente a la amplitud del tema estudiado y al tamaño tan reducido de la muestra, no es posible generalizar los resultados obtenidos en esta investigación. También faltaría profundizar y analizar algunos de los puntos presentados. Varios elementos del contexto histórico, de las diversidades culturales y las relaciones intergeneracionales al interior de cada una de las muestras habrían merecido ser descritos con más detalles y precisión. Pero, la presentación de estas cuatro “postales” quiere ilustrar diferentes rostros de la paternidad y de la construcción de las masculinidades. Varios detalles quedan borrosos y no bien definidos. Se trata de una aproximación impresionista y neo-barroca donde los contrastes son los que dan la luminosidad necesaria para captar el espíritu de cada imagen, donde se expresan verdades contradictorias y múltiples que contextualizan los elementos descritos.

Resulta interesante ver no solamente cómo la paternidad se construye a través de diferentes contextos socioculturales, sino también observar cómo los padres ocupan un papel privilegiado en la reproducción o el cuestionamiento de ciertos patrones hegemónicos al definir la hombría en su sociedad a través del proceso de socialización de sus hijos varones.

Creemos, también, que hacen falta más lugares para el diálogo entre personas que provienen de diversos universos culturales sobre el tema de las masculinidades. Poco sabemos de cómo se construyen las masculinidades y las relaciones de género fuera del continente americano y europeo. Claramente, nos falta todavía conocernos más a nosotros mismos y nuestras numerosas subculturas, pero todavía más saber cómo establecer nuevas formas de comunicación, de comparación y de intercambios que nos permitan abrir los horizontes, descubrirnos mutuamente y establecer puentes fuera de un contexto de imperialismo cultural. Para que la diversidad sea una fuente de enriquecimiento, y no de conflicto y discriminación, hay que buscar las oportunidades de encuentros alrededor de temas e intereses comunes. La paternidad es uno de ellos, pero sobre el camino de la igualdad de género, son todavía abundantes los temas que tenemos que discutir y entender mejor.


Bibliografía

DUMONT, F. (1991). La société québécoise après 30 ans de changements. Institut québécois de recherche sur la culture. Quebec, Canadá.

FIGUEROA, J. G., L. JIMÉNEZ y O. TENA (2006). Ser padres, esposos e hijos: prácticas y valoraciones de varones mexicanos. México: El Colegio de México.

GODIN, P. (1991). La révolution tranquille. Tome 1: La fin de la grande noirceur; Tome 2: La difficile recherche de l’égalité. Quebec, Canadá: Boréal Compact.

HARTOG, G. (2001). Représentations sociales des rapports sociaux de sexe à travers les revendications pour atteindre l’égalité, une étude comparative entre le Sénégal, le Québec et le Mexique. Tesis doctoral. Université Laval. Quebec, Canadá.


1 Guitté Hartog, Doctora en Psicología Social, troisgatos@hotmail.com. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

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