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Reflexiones acerca de la Paternidad

Ma. Lucero Jiménez Guzmán 1

La familia mexicana, específicamente, se ha caracterizado
por “tener poco padre, demasiada madre,
abundancia de hermanos y escasez de sexo”
Ponce et al., 1991

 


Resumen


En el artículo se plantean consideraciones generales acerca de las familias y sus transformaciones, así como de la paternidad, desde la perspectiva de la construcción social del género y de los papeles diferenciados para hombres y mujeres. Se analizan elementos acerca del significado e importancia que tiene la paternidad para los varones, de acuerdo con los resultados de investigaciones que se han llevado a cabo recientemente. Se analizan, también, algunas transformaciones en el ejercicio de la paternidad; los cambios en el imaginario social y en las representaciones sociales acerca de los deberes y los derechos de los padres. Se enfatiza en la necesidad de contextualizar los hallazgos, los cambios y el ejercicio de las diversas paternidades de acuerdo a la sociedad y las clases sociales de que se trate. Se plantean elementos que posibilitan transformaciones, pero también se consideran los obstáculos para que se generalicen cambios en el ejercicio de la paternidad, en el mayor involucramiento de los hombres en la crianza de sus hij@s, así como cambios significativos que permitan una real democratización en las relaciones entre los géneros.

Palabras clave: Construcción social del género, familia, paternidad, masculinidades.

 

A manera de introducción

Tanto la maternidad como la paternidad adquieren formas y expresiones diversas de acuerdo con las situaciones históricas concretas en que se desarrollan. Quizá lo que ahora resulta novedoso es que se empiezan a estudiar las formas y experiencias sociales de la paternidad.

Tradicionalmente, de acuerdo a una división desigual, que aparecía como “natural”, el varón tenía la obligación de ser proveedor económico principal o único de su familia, lo cual le confería calidad de protector y máxima autoridad; autoridad que ejercía sobre las mujeres y niños y niñas. Por su parte, la mujer debía realizar el trabajo doméstico y encargarse del cuidado de los hijos y las hijas, confinada al mundo “privado”.

En los últimos años se han dado cambios importantes derivados de la realidad económica y social. La mujer se ha incorporado al mercado laboral, llegándose, inclusive, a lo que se ha dado en llamar la “feminización” de algunos sectores de producción. Los cambios en el sistema productivo y laboral han generado que el papel de proveedor único de los varones haya sido seriamente cuestionado. Esta situación está dando lugar a crisis y transformaciones profundas cuyo análisis no es posible desarrollar aquí, pero que son realmente muy importantes en la vida de las personas, en sus relaciones y en la sociedad en su conjunto.

En el caso específico de México, es un hecho que el papel que las familias habían venido desempeñando por muchas generaciones se ha visto modificado en mayor o menor medida en un período relativamente corto, lo cual está relacionado con la evolución demográfica y con las transformaciones en los procesos de reproducción y organización de la sociedad.

En México se reconoce que existen cambios estructurales que afectan profundamente a las familias del país. La situación económica general ha provocado que muchas familias estén adoptando estrategias tendientes a reducir o mitigar el impacto del desempleo y de los bajos salarios. Estas estrategias de adaptación involucran tanto a la organización interna del grupo familiar, como al reforzamiento de los vínculos de parentesco que dan cuenta de la existencia de una red de comunicación y apoyo entre familias emparentadas, más allá de los muros de la vivienda.

Se reconoce también que, de hecho, se ha incrementado la participación económica de los miembros del hogar, a tal grado que el esquema del jefe como proveedor único, está cediendo terreno frente al reconocimiento cada vez mayor de las actividades económicas desarrolladas por la esposa y los hijos, quienes en algunos casos contribuyen de manera importante a la obtención de ingresos para sostener económicamente el hogar (INEGI, 1999).

Se han dado cambios importantes, pero estos no han sido homogéneos entre grupos ni a lo largo del ciclo de vida de las personas. Lo que sí ha cambiado profundamente es la visión cosificada de la familia como el lugar, el espacio, de la armonía y de la seguridad. Se ha demostrado que, a menudo, más bien constituye un espacio de poder del varón sobre la mujer y que los adultos de ambos sexos ejercen poder sobre los niños y las niñas. Ahora se ha avanzado en el conocimiento acerca de las maneras en que se dan estas experiencias en la vida de las mujeres; en cambio, ha sido bastante menor acerca de cómo los varones entienden su posición al interior de sus familias y menos aún acerca de la perspectiva que tienen los propios infantes (Jackson, 1999).

Con todo, hay que reconocer que se están dando cambios en los estilos de vida, con énfasis en una oportunidad de mayor reflexión que en el pasado, y que esferas como la comprensión del matrimonio y la paternidad se han visto afectadas por transformaciones culturales importantes.

La familia está cambiando, al menos en algunos sectores y sociedades, volviéndose una institución menos jerárquica, más basada en un orden negociado o tal vez como producto obligado de un cuestionamiento de la jerarquía anteriormente vigente. Dentro de ello, los cambios en el ejercicio de la paternidad tienen un lugar fundamental. Parece importante poner énfasis en que, aunque hay tendencia a una democratización de las relaciones, también hay una presión contradictoria por continuar la división del trabajo entre hombres y mujeres, incluyendo la división emocional del trabajo, con las mujeres aún como responsables en gran medida de llevar a cabo el lado emotivo de la relación.
Además, algunos autores son escépticos y no están de acuerdo en referirse acríticamente a una “nueva paternidad”, pues han encontrado en sus estudios que el cuidado de hijos e hijas, y concretamente su crianza, sigue siendo responsabilidad casi única de las mujeres (Ibíd.).

En el caso mexicano, los estudios sobre las familias (De Oliveira, 1995) establecen que, por lo general, el hombre esposo-padre tiene mayor autoridad en el hogar y que esto ocurre sobre todo en sectores populares y en las familias donde las esposas tienen baja escolaridad y no participan en la actividad económica. También se ha documentado que en los sectores medios, cuando las mujeres tienen mayor escolaridad, actividades asalariadas y un proyecto de desarrollo personal, cuestionan en mayor medida la autoridad exclusiva del marido como jefe de hogar; que las decisiones importantes deben ser compartidas y de hecho, participan más activamente en las decisiones sobre tener o no hijos y sobre su educación.

 

La Paternidad. Consideraciones generales

Generalmente, se ha tratado el tema de la paternidad, desde distintas disciplinas, en términos de problema, de ausencia, de consecuencia negativa para mujeres, niños y niñas, en términos de papel o “rol” representado por el varón o como institución, con significaciones legales y sociales y se ha reflexionado poco acerca de su presencia, sobre todo partiendo de la concepción, actitudes, experiencias y expectativas que los varones mismos viven y relatan en este importante proceso.

Me parece pertinente la propuesta de pensar a la paternidad como un proceso que incluye momentos reales y virtuales. Estos procesos no pueden verse fuera de la construcción de la masculinidad. En particular, es importante tratar de comprender y documentar la(s) manera(s) en que se dan los procesos dinámicos de la sexualidad, la salud, la reproducción, como experiencias desde los procesos que permean las diferentes formas de ser padre y el valor que se le atribuye a los hijos y las hijas (Figueroa, 1996). No se es padre sólo por procrear un hijo. La paternidad constituye una práctica que se va aprendiendo y desarrollando. No incluye únicamente el factor económico y la responsabilidad que proveer conlleva, sino que entraña factores de naturaleza emocional y afectiva de la mayor relevancia. Por otra parte, Salguero y Frías (2001) proponen no pensar la paternidad como algo que se inicia con el nacimiento de un hijo o una hija, sino que es todo un proceso que se va generando y construyendo desde la relación de la pareja, su sexualidad, la decisión de procrear o de no hacerlo, el embarazo, el parto y se extiende a la crianza y a las etapas posteriores en el desarrollo de los hijos y las hijas.

Tanto la reproducción social como la biológica de los hombres y de las mujeres son moldeadas por el género a través de configuraciones de prácticas y representaciones concernientes a la masculinidad, la feminidad, la maternidad y la paternidad. Es importante apuntar que estas configuraciones no están en un vacío social, sino que se dan dentro de instituciones sociales, se viven a partir de una clase social y una etnia y son parte de constreñimientos sociales, que a menudo chocan con los deseos, proyectos y aspiraciones individuales. Estos proyectos no son estáticos, cambian con el tiempo, por lo cual, la dimensión del ciclo de vida es fundamental, en general y en particular, para comprender la reproducción, las relaciones de pareja y sexuales y la paternidad de los varones.

Cada vez más se reconoce que las reglas del funcionamiento familiar no son divisiones sexuales de las funciones, pues esta idea, como la de “roles”, se basa en una concepción de divisiones naturales entre los sexos, creyendo que cada uno de ellos tiene por “naturaleza” mayor disposición a realizar una cierta función. Se asume, en cambio, que las relaciones de género son construidas social e históricamente, con especificidades de acuerdo al sector y a la sociedad concreta de que se trate.

En el mundo actual, como plantean diversos autores, Seidler (1987) y Cazés (1996) entre otros, de acuerdo con una ideología aún dominante, lo real y lo pragmático es valorado; lo frío, lo serio, lo intelectual es lo valorado, en contraposición con las emociones, carentes de brillo y de prestigio. Estereotipadamente se establece que lo primero es característica masculina y lo segundo es lo femenino. Así, en nuestra cultura, la autoridad de la madre tiende a estar desjerarquizada si se le compara con la del padre. La propia función de la madre la descalifica para desarrollar la experiencia social necesaria que le permita a sus hijos enfrentar posteriormente el mundo adulto, competitivo, mundo extrafamiliar y público. Existe una correspondencia entre el prestigio adjudicado a cada una de las dicotomías público-privado, intelectual-emocional, doméstico-extradoméstico, con el lugar atribuido a cada sexo en la organización social. Esa distribución de lugares viene a ser un lenguaje descriptivo de las relaciones. Para cada sujeto masculino, como plantea Cazés, la paternidad es el espacio privilegiado de la realización del desideratum (mandato cultural), “la dimensión en la que nos hacemos hombres y somos reconocidos socialmente como tales después de recorrer el aprendizaje de la niñez y de la adolescencia.” (: 4).


La sociedad patriarcal y las relaciones que en ella se dan, porque son las que pueden darse, se estructuran en torno a la figura del padre, a sus facultades, prerrogativas, poderes, obligaciones y privilegios. Por ello, patriarcado (gobierno del padre) y paternidad (calidad de padre) abarcan, en la realidad, prácticas y conceptos estrechamente ligados, que muy a menudo se funden y confunden (Ídem.).

La paternidad es una condición cultural (Laqueur, 1991), conlleva cargas sociales que tienden a ubicar en un mismo plano a la figura masculina con la de autoridad familiar y no se reduce al orden biológico de la fecundación, sino que se construye en función de la crianza y cuidado de los hijos. El significado social de la paternidad es tan poderoso que en un hogar carente de figura paterna, el padre puede llegar a ser evocado de tal manera que su propia ausencia lo hace presente. Esto nos permite suponer que es el poder del género la fuerza cultural que demanda al padre como figura e imagen dominante del grupo familiar. La presencia del padre en el ámbito familiar sugiere una jerarquía en la que el poder parece descansar en la figura masculina.

La vida familiar, como fenómeno autoritario asociado al poder paterno, ha sido explicada como un problema que se gesta en el seno de la propia familia. Se dice que, como consecuencia del aparente carácter natural del poder paterno, que procede de la doble raíz de su posición económica y su fuerza física, jurídicamente legalizado, la educación en la familia nuclear configura una excelente escuela para lograr la conducta específicamente autoritaria en el seno de la sociedad (Horkheimer, 1990).

Algunas consideraciones acerca de
la autoridad del padre y la masculinidad

La autoridad del padre ha representado un lugar simbólico dentro de la familia nuclear, de modo que la paternidad se construye a partir de los lineamientos culturales que indican lo que significa ser hombre y tiende a reflejar los patrones de la masculinidad que definen lo que es “ser un hombre verdadero” de acuerdo a las características que marca el modelo dominante como constitutivas de la masculinidad, como son: un ser inexpresivo, frío, que controla sus emociones, duro, temeroso de parecerse a lo femenino, entre otras. No resulta difícil pensar en la paternidad como una faceta de la masculinidad que se manifiesta como una práctica socialmente condicionada y que tiene que ver con el hecho de que obedece a mensajes sociales sobre lo que debe ser el “hombre” frente a su familia. En el caso mexicano estos mensajes son muy diversos y a menudo contradictorios.

Muchas familias refuerzan activamente ciertos valores. Investigaciones realizadas en varios países (Miedzian, 1995) muestran que al padre lo llega a agobiar cualquier conducta de sus hijos que no sea típicamente masculina. Este tipo de padre viene a reforzar la denominada “mística de la masculinidad”, aunque el modelo no sea violento, o al menos no en forma descontrolada. Este padre no expresa demasiado sus emociones, no llora, está preocupado por el dominio, el poder y la dureza. Con independencia de su conducta, es muy probable que sea cómplice de un lenguaje grosero sobre las mujeres. Puede sentir que un nivel de participación intenso en el cuidado de los hijos no es de hombres. Como consecuencia, es común que los hijos mostrarán, con mucha seguridad, muy poca preocupación por los demás. Este tipo de padres refuerza en sus hijos cualidades que sirven para insensibilizarlos y hacerlos más proclives a cometer o justificar actos violentos. Un padre que, por el contrario, se muestra cariñoso y cercano, que es capaz de manifestar ternura, empatía, lágrimas, tendrá hijos que seguramente serán menos violentos.

Algunos autores pintan un cuadro patético de la vida de los nuevos padres y afirman que aquellos que aún son considerados como depositarios del saber, el poder, el amor, la seguridad, son vistos ahora por su prole como inquietos, desazogados, fatigados, intolerantes, pobres, deprimidos, desconfiados, asustados, asistidos en demanda de reembolsos, de seguros, de créditos, de locaciones, quejándose siempre de su trabajo, de su jefe o de las condiciones imposibles en que deben ejercer su profesión. Para los niños estos padres ya no son los adultos cuya situación se envidia. Cuando se les ama, se les compadece (Nava, 1996).

Considero que es importante tratar de documentar experiencias concretas en el ejercicio de la paternidad, que posibiliten cuestionar o por lo menos relativizar algunos estereotipos sobre el tema.

Dentro del modelo aún dominante, el principio de autoridad paterna proviene además de una atribución genérica, de la manera en que el varón vive su masculinidad, pero además depende de la organización al interior de la familia y, en algunos sectores, el cumplimiento de su papel como proveedor económico sigue siendo factor esencial para que se le considere jefe de la familia, aunque no en todos los casos esto sigue siendo así.

Existen muchos factores que influyen en el hecho de que el varón obtenga reconocimiento y respeto al interior de su familia y estos siguen siendo cruciales en la determinación de la forma de relación que ellos establecen con sus hijos.

Hay muchos casos en que la autoridad del padre se expresa en el papel de educador y orientador de los hijos, en numerosas ocasiones no durante el período de la crianza, que es una parte de la vida que depende mucho más de las mujeres, por el tipo de cuidados que implica la crianza, incluyendo el factor de alimentación y cuidado que se sigue “naturalizando” y, a partir de ciertos elementos corporales de las mujeres, se les siguen asignando estas tareas.

Desde el modelo tradicional dominante (que puede estarse modificando, al menos parcialmente, y en algunos sectores y, por supuesto, no sin contradicciones, avances y retrocesos), la autoridad del padre se basa en un reconocimiento de su masculinidad genérica y biológica, en tanto que él es el padre biológico de sus hijos y en tanto que cumple con los requisitos culturales de la masculinidad. La autoridad externa masculina adulta aparece siempre como necesaria para complementar la formación de los hijos por varias razones. En primer lugar, se necesita una figura masculina, con experiencia en el mundo público, para adiestrar a los varones en el mundo competitivo y ayudarlos a desarrollar su autonomía y agresividad. En segundo lugar, los padres demuestran mayor capacidad para distanciarse emocionalmente de hijos e hijas y ejercer un concepto de disciplina ligado al castigo y a la frustración de sus deseos, tanto de los niños como de las niñas. Este hecho, de acuerdo a la investigación que he realizado, se está transformando en muchos varones, que consideran que así fue la educación que recibieron, pero no la que ellos ejercen como padres en la actualidad y, por supuesto, no lo evalúan como algo deseable.

Lo que sí encontré en mi investigación que continúa prevaleciendo en general, es el hecho de que el padre es quien goza de la libertad de tener una vida propia. La madre, en cambio, en función de una ideología pública y también de requerimientos y necesidades cotidianas, vive limitada en su desarrollo como sujeto autónomo, es decir, como persona capaz de reconocer sus intereses y deseos y, sobre todo, de llevarlos a cabo, sin considerar siempre las necesidades de los otros como prioridad fundamental. Esto no quiere decir, de ninguna manera, que todos los hombres y mujeres lo vivan así, pero sí considero que sigue siendo una representación social dominante en nuestra sociedad.

Las diferencias de jerarquía entre el padre y la madre tienen que ver con la autoridad, y ésta tiene que ver con la manera en que cada uno la experimente y la ejerza, sobre todo en relación con los hijos y las hijas, así como con la manera en que visualizan y definen su capacidad para el ejercicio del poder al interior de la familia. Hay familias en las que las negociaciones que se llevan a cabo en su interior realmente conmueven las estructuras rígidas de los sistemas de relaciones dominantes entre los géneros (Schmukler, 1998). Varias de las investigaciones recientes han documentando diversas formas de negociación y resistencia, así como de cambios en las relaciones familiares y de pareja. Por supuesto esto afecta el ejercicio de la paternidad.

 

Sobre el significado e importancia de la paternidad para los varones. Algunos hallazgos

En diversas investigaciones se muestra que la paternidad constituye un eje central de la identidad masculina, pero que los significados sobre paternidad son múltiples y a veces contradictorios, tanto a nivel social como en la vivencia de cada sujeto. Una premisa fundamental de la que parten algunas investigaciones recientes (Doria et al., 1999) es que la manera en que el hombre vive, percibe y siente su relación de pareja constituye un elemento central para la comprensión de las prácticas y representaciones asociadas a la paternidad. Esto incluye el deseo por los hijos y la manera en que éstos se insertan en el proyecto de vida.

Por ello, es esencial tratar de comprender las dinámicas internas y la organización de la relación de pareja y, también, ubicar el ejercicio de la paternidad en relación con el de la maternidad. Siendo procesos dinámicos, es también esencial comprender los cambios que se están generando tanto en las relaciones de pareja como en el ejercicio de la paternidad y la maternidad.

Diversos estudios muestran que la paternidad constituye una fuente de identidad masculina, aunque esté más ligada al grupo familiar en el caso de los hombres, mientras que para las mujeres la maternidad tiene mayor sustantividad propia. Es decir, para las mujeres tener hijos es fundamental, muchas veces más allá de consolidar una unión en pareja; mientras que para ellos la paternidad va más unida al proyecto familiar en su conjunto.

En el estudio realizado por Fuller (2000) sobre el significado de la paternidad en Perú (coincidiendo con otros estudios realizados en Latinoamérica por De Oliveira, Doria y Muskat, 1999), se muestra que la paternidad es descrita por los varones como una transformación, el paso a un nuevo periodo de la vida que hace que muchos aspectos de ésta se reinterpreten. Al igual que en muchos otros estudios los entrevistados conciben a su paternidad básicamente como responsabilidad. Estos testimonios coinciden plenamente con la investigación empírica que yo llevé a cabo entrevistando a varones sobre estos temas (Jiménez, 2003); sin embargo, algunos sujetos entrevistados por mí definieron el ejercicio de su paternidad como un verdadero disfrute, aunque sin dejar de considerar, también, como una prioridad el tema de la responsabilidad.

La responsabilidad desde la perspectiva de algunos sujetos implica la renuncia a parte de su autonomía individual e implica también un compromiso tanto material como moral y representa la necesidad de un vínculo con la pareja y con el hijo o la hija. Pero, hay que resaltar una conclusión importante de este estudio, en el sentido de que la vivencia se da de manera diferenciada, dependiendo de muchos factores, entre los que destacan el momento del ciclo vital del varón, el tipo de relación que el sujeto tiene con la pareja y el apoyo que puede recibir de sus redes familiares, así como las consecuencias que tenga el nacimiento del hijo o de la hija para su proyecto de vida. En este sentido la investigación de Doria et al. (1999) muestra que, en la actualidad, la paternidad implica la evaluación de múltiples dimensiones en los proyectos de vida para decidir cuándo es el mejor momento para tener hijos y, en esto, resulta para los sujetos de vital importancia la calidad de la relación de pareja y la posibilidad de pensar un futuro compartido. Para ellos, la paternidad imaginada es importante, pero no tiene una fecha. Para las mujeres, según los sujetos que entrevistan, la maternidad si tiene una fecha, por la influencia del “reloj biológico”, por lo que, a menudo, ellos asumen la necesidad de procrear en un momento dado en función de las características y necesidades femeninas. Es claro, entonces, que sigue imperando, a pesar de algunos cambios innegables, una “naturalización” de la maternidad, que se deriva no únicamente del hecho incuestionable de que el embarazo sucede en el cuerpo femenino, sino que se dan prácticas que son interpretadas e incorporadas de acuerdo al género, reproducidas socialmente.

En la investigación de Fuller (1998) resalta la conclusión de que la paternidad es también un campo donde actúan y se reproducen las jerarquías de género, clase y etnia y también generacionales, como plantea Nava, que prevalecen en esa sociedad al igual que en la mexicana. En la medida en que la paternidad es un vínculo netamente social, no basta engendrar. El lazo se establece a través de un reconocimiento público de esta filiación y es común que los varones estén dispuestos a reconocer a los hijos que engendran en una relación socialmente aceptable. En este punto se hace nítida la relación de poder prevaleciente entre varones y mujeres, entre clases y etnias, en donde los varones tienen la posibilidad de decidir si asumen o no su paternidad. Otro elemento que marca la autora como central es la convivencia, la cual se ve muy afectada cuando sobreviene una separación de la pareja y ellos forman otra familia. Para estos varones peruanos es fundamental tener un hijo varón, pues con él garantizan la continuidad de la familia, una nueva generación en el sentido de prestigio y buen nombre. Así se reproducen también las jerarquías de género vigentes en la sociedad que se estudia.

En diversas investigaciones y en la que yo llevé a cabo (Jiménez) se pudo documentar que la figura paterna, sobre todo en algunos sectores sociales, se identifica con aquella que transmite los saberes y cualidades que permiten al hijo insertarse en el espacio público. Los padres presentes y proveedores constituyen una garantía del éxito futuro, mientras los que desertan de sus deberes familiares condenan a la pobreza (Fuller, ídem).

Al igual que Fuller, Viveros (2000) establece que, para los varones de la sociedad colombiana que ella entrevistó, la paternidad está asociada, en primer lugar, a la responsabilidad y el paso de la adolescencia a la adultez. Para ellos, la paternidad también constituye un logro, una realización personal. Les resulta muy importante asegurar a sus hijos un bienestar material del que ellos no gozaron en su infancia e introduce, aunque en un lugar menos importante, la percepción de estos sujetos de que la paternidad representa también la búsqueda deliberada de relaciones más cercanas con sus hijos. En esta investigación también aparece el elemento de la contradicción en las vivencias de estos sujetos, pues, por una parte consideran a la paternidad como algo positivo, que les posibilita poner orden en sus vidas, trascender, dejar huella, pero también es algo negativo, porque les implica la ruptura con su grupo de pares. Se refieren, asimismo, a la noción de temor ante este proceso. Para la autora, los varones colombianos ya se están asumiendo como seres implicados en los procesos reproductivos, lo cual sugiere que se está empezando a romper la asociación de las mujeres con la maternidad y con el control de la sexualidad y la reproducción.

En investigaciones realizadas en México se ha podido comprobar que el ejercicio de la paternidad alberga diferentes expresiones. La paternidad implica un proceso de construcción también de pareja y, por ello, respecto a la crianza de los hijos, hay algunos casos en que los hombres intervienen de manera más solidaria con las mujeres en el cuidado y atención de ellos (Hernández, 1996). En el caso de Brasil (De Oliveira, 1999) pudo constatarse que, para los varones, el deseo de tener hijos remite a un proyecto familiar, a un pacto con una compañera como precondición para la paternidad (planeada o deseada). Algunos de ellos asumen socialmente la condición de pareja, a partir del embarazo, deseado o no, y se casan. En pocos casos encuentran una trayectoria convencional, que lleve del noviazgo al matrimonio y luego a la procreación. Es decir que, en general, en este estudio se muestra que la llegada del hijo o de la hija transforma la unión en matrimonio. Plantean una idea de pareja como complementariedad. La idea de conyugalidad complementaria les es central. Para otros autores (Alatorre y Luna, 2000) la calidad del vínculo emocional con la pareja y la capacidad económica constituyen las dos condiciones que inciden más en la decisión de los varones de tener o no hijos.

Por otra parte, se ha establecido en diversas disciplinas, estudios, investigaciones y en el imaginario colectivo, que los padres tienen una enorme influencia en la formación de los hijos, específicamente en su personalidad. Así, se afirma que la influencia se da como un poder constitutivo de la personalidad e identidad de los hijos y las hijas e influye en su destino; ejerce el poder genérico en todos sus aspectos; en otro sentido puede ser abusador de sus poderes genéricos y generacionales y puede inclusive llegar a la violencia, en sus diversas manifestaciones; también aparece como importante la figura del padre ausente, en diversos niveles de ausencia en donde la madre generalmente es quien queda con la responsabilidad de la familia y la de los hijos y las hijas. Es importante apuntar que esta situación no tiene solamente causas de tipo personal o de decisiones autónomas, sino que proviene de una estructura social y laboral que hace del padre el gran ausente, ya que fundamentalmente se establece que él tiene que proveer un consumo y un confort que lo aleja de su propia familia, dejando a los hijos en manos únicamente de las madres (Nava).

Los varones, además de su condición genérica que es fundamental en la actitud y comportamiento hacia sus hijos e hijas, se ven determinados o influenciados por otros factores en el desempeño de su paternidad. Algunos autores se han referido al problema de los obstáculos de tipo legal (laboral) que enfrentan para dedicar más tiempo a la crianza de sus hijos e hijas y en general para dedicar tiempo a su familia. Eso puede ser más claro en países como México, pero lo es también en los países llamados “desarrollados”, en los que no basta con que existan licencias de paternidad, por ejemplo.

Es una realidad que, en países como Suecia, a pesar de existir éstas, los padres varones las solicitan en casos minoritarios. En entrevistas directas a personas de este país, pude averiguar las razones, entre las que se encuentran no solamente aquellas derivadas de su condición de género masculino, pues es una realidad que aún en esos países, en general, los varones perciben salarios más altos que las mujeres; solicitar tal licencia reduce el salario general de la familia, por lo cual las propias mujeres están de acuerdo en ser ellas, las que ganan menos dinero, quienes soliciten tales licencias. Queda de manifiesto que las condiciones económicas, muy especialmente las laborales, sociales y culturales, son fundamentales para comprender cuáles son y por qué son así los papeles que de acuerdo con su género la persona tiene al interior de su núcleo familiar.

En muchas áreas, instituciones, normas, formas de concebir al mundo, actitudes y comportamientos, formas de socialización de la vida social, continuamente se reproduce la ideología dominante que genera y recrea un modelo de hombre y un modelo de padre también dominante. Aunque resulta necesario matizar o contextualizar algunas afirmaciones, según muchas de las investigaciones realizadas sobre el tema, en general sigue siendo cierto que, al menos en algunos sectores, el padre de familia es aún visto como el que debe ser el jefe, trabajador y proveedor. Es, además, percibido como incompetente en la realización de tareas domésticas entre las que se incluye la crianza y él se siente incómodo entrando en estos terrenos; considera que mostrar cariño a sus hijos e hijas puede restarle autoridad; no piensa que sea importante involucrase en el desarrollo de los bebés y sólo se acerca a los hijos cuando ya han crecido y puede comunicarse verbalmente con ellos.

En el caso mexicano, las diferencias entre el sector rural y urbano en este terreno, y considerando factores de clase y de etnia, probablemente son enormes. En este sentido es relevante el dato aportado por una investigación en la que se reporta que en 186 comunidades rurales solamente entre el 2% y el 5% de los entrevistados consideran deseable el cuidado paterno en la primera infancia (De Keijzer, 2000), mientras que en sectores sociales medios y urbanos esta representación social es muy distinta y además se está modificando tal y como lo planeta Rojas (2006).

Dentro de los resultados de la investigación que yo he realizado destacan testimonios de varones que manifiestan “malestares” muy serios en cuanto a lo que ellos denominan “paternidad impuesta”. Debo sin duda, también, apuntar que en general, a pesar de haber vivido tales experiencias, esos varones específicamente no se han hecho cargo responsablemente de su reproducción y siguen “dejando en las manos femeninas” su propia paternidad, lo cual vendría a corroborar el estereotipo social de que la reproducción es un asunto femenino. Es tan grave este asunto que en algunos de los casos los varones entrevistados que explicitaron tal malestar, también reconocieron abiertamente haber vivido la experiencia en sucesivas ocasiones y con diversas parejas, al punto que en uno de los casos todos sus hijos e hijas, según su propio discurso, le fueron “impuestos” y ante el cuestionamiento de éste hecho su única reacción es afirmar que el “confiaba” en esas mujeres y ellas son las responsables de traicionar esa confianza.

A pesar de los cambios habrá que reconocer que aún para muchos sectores, la valoración de una mujer, su feminidad, está entretejida con su desempeño como madre, esposa, ama de casa, no tanto como ciudadana. Mientras que la valoración del varón se sigue dando justamente en lo contrario: su masculinidad depende de sus logros laborales o públicos y su desempeño como padre o amo de casa no cuenta. Esto tiene enormes repercusiones en todos. La madre sigue teniendo que cumplir a cabalidad con sus funciones para recibir reconocimiento social. Los varones en muchas ocasiones no reciben un juicio social ante su falta de responsabilidad como padres.

En todo caso, hay investigaciones que concluyen que el hombre se identifica menos con la paternidad que la mujer con la maternidad, en el sentido de que, para ellas, aunque no para todas, la maternidad tiene un lugar central en el proyecto de vida y planean su existencia en función de ser madres, mientras que para los varones, en general, los hijos y las hijas aparecen en un futuro, pero no definido, como algo que llega. Sin embargo, debo apuntar que algunos de los sujetos que yo entrevisté sí tuvieron desde adolescentes la convicción de que serían padres e inclusive enfrentaron problemas conyugales muy serios cuando las mujeres desearon posponer o de plano suspender su maternidad.

Un factor de diferenciación en el ejercicio de la paternidad, que se ha señalado en algunos estudios, tiene que ver con el sexo de los hijos (Torres, 2006). Se ha dicho que esto se relaciona directamente con la concepción del varón respecto al mundo, con las diferencias entre los géneros y con el papel que atribuye a la feminidad y a la masculinidad; en todo caso, al educar a sus hijos el varón hace una especie de reproducción de su concepción y percepción del mundo social. También, se apuntan factores de otra naturaleza que influyen en estas relaciones de los padres con los hijos y las hijas, como la armonía o falta de la misma en la relación conyugal o de pareja en general, las expectativas respecto a su propia maternidad, las respuestas de los hijos en la relación con su padre, según las características de la posición en la jerarquía social en términos de escolaridad, posición laboral, ingresos, etnicidad, religión, participación y afiliación política, la edad y la personalidad, entre otras (Nava).

En muchas de las investigaciones realizadas queda en evidencia que se están generando cambios importantes en la manera de ejercer la autoridad sobre los hijos y las hijas. Si bien subsisten modalidades autoritarias, han ido perdiendo legitimidad y se busca una relación más igualitaria en la que impere el diálogo y que sea más cercana. Sin embargo, la crianza de los hijos sigue siendo responsabilidad fundamental de las mujeres.


Algunos elementos de cambio y consideraciones finales

Socialmente se establecen cuáles son los deberes y obligaciones así como los derechos del padre de familia. Estos cambian históricamente y también de acuerdo con el sector social y la sociedad de que se trate. Se modifican también de acuerdo con los cambios sociales y económicos que se van generando en las sociedades concretas y, así como existe un cierto modelo dominante de la masculinidad, existe otro referido a la manera de ser padre. El esquema de la organización familiar se ha ido modificando así, al variar el papel que las mujeres y los hombres tienen al interior de su núcleo familiar, pero creo que de manera más lenta y no lineal. No solamente las mujeres son condicionadas socialmente para ser madres y así adquirir su “plenitud” y “trascendencia”. Al parecer los varones pasan por un proceso similar. Socialmente es fundamental, para adquirir la masculinidad plena y la adultez, ser jefe de familia y ser padre, aunque el significado de lo que esto significa tiene muchas connotaciones, dependiendo de la sociedad y el sector social de que se trate.

Sin embargo, es necesario apuntar lo que señala Pérez Duarte en el sentido de que, al existir una doble moral relacionada con la sexualidad y la reproducción, ésta se da también en la esfera de la maternidad que se vive dentro de una normatividad cerrada y prohibitiva para la mujer, mientras que el varón goza de un referente más permisivo y abierto y esto tiene como una de sus consecuencias que la “paternidad es voluntariamente asumida mientras que la maternidad es impuesta como obligatoria”. Aunque existen casos específicos en los que esta situación no se presenta así, estos no niegan el hecho de que vivimos en un sistema de valores jurídicos y morales en el que las mujeres siguen representando el papel del “otro” (Figueroa et al., 1996).

Se han podido documentar, en distintos grupos estudiados, diferentes actitudes y comportamientos. En algunos casos los varones participan más activamente en la crianza de los hijos y las hijas, en labores consideradas tradicionalmente femeninas. Muchos de ellos ya se involucran afectivamente con sus hijos y comparten plenamente las responsabilidades con sus compañeras; aunque estos grupos conviven en el mismo tiempo con otros grupos de varones que se niegan a participar en el trabajo doméstico y que, además, se muestran distantes y ajenos a los problemas de sus hijos.

En la interpretación de los resultados se establece que no existe una nueva visión masculina de la jefatura familiar, pero si hay cambios significativos derivados de la nueva posición de la mujer, sobre todo en la esfera económica, y que la jefatura familiar conlleva fuertes contradicciones de poder, pues, mientas prevalece en los hombres una valoración de la jefatura familiar como un territorio definitorio de su masculinidad, las compañeras lo redimensionan como lugar de poder compartido, lo que tiende a generar desencuentros significativos al interior de la pareja (Hernández).

Pero –y esto me parece muy importante–, los cambios parciales y recientes en la división del trabajo en muchas unidades domésticas no reflejan simplemente las transformaciones económicas sino también las culturales relacionadas con lo que significa ser hombre. Los varones califican su trabajo en el hogar como “ayudar a la esposa”, es decir, como si no fuese parte de su responsabilidad y, en los hechos, en la mayoría de los hogares mexicanos estas tareas y la crianza de los hijos siguen siendo vistas como responsabilidad de la mujer. Esta visión, además, no es solamente masculina sino que en muchos casos es compartida por las propias mujeres. Los varones en realidad no comparten igualitariamente estas tareas, ni en el discurso ni en los hechos (Gutmann, 1993). El mismo investigador encuentra que la participación activa de los hombres en la crianza de los hijos no significa, necesariamente, que sea mejor o peor la situación de la mujer y que puede ser que la participación más activa por parte de los hombres tenga mayor correlación con factores como la clase social, la época histórica y la generación. La generación a la que se pertenece es vista como crucial por este autor que ubica, también, la prolongada crisis económica como factor importante en el cambio de la incorporación de los hombres a la crianza de los hijos y las hijas y considera que el ser padre en forma activa, consistente y a largo plazo, constituye un componente integral de lo que significa “ser hombre”.

En investigaciones posteriores este autor (Gutmann, 2000) señala que el papel de la mujer en el trabajo remunerado y su participación en movimientos sociales ha dado lugar a cambios en los significados y prácticas sociales asociados con el cuidado de la madre y el padre. Las nociones de paternidad y maternidad no son proyecciones directas de nuestro mundo subjetivo, sino que representan las maneras en que los sujetos elaboran sus vivencias usando como materia las representaciones heredadas de su tradición, los discursos expertos y su propia experiencia. Para este autor, de esta manera queda patente que tanto la maternidad como la paternidad son construcciones simbólicas e históricas.

Los cambios en la economía y en la sociedad, la llamada “modernización” y “democratización” de la sociedad, han traído también consigo la idea de que los padres de familia tienen que ejercer de manera menos autoritaria su poder; deben ser, además de proveedores económicos, buenos compañeros de su pareja y buenos amigos y formadores de sus hijos y de sus hijas.

Las relaciones de los padres con sus hijos son muy variadas. Si bien es cierto que los cambios socioculturales, y en particular en las relaciones entre los géneros, son sumamente complejos y tienen su propio ritmo, no se puede pensar que nada cambia. Lo que podemos tratar de vislumbrar es hacia dónde van esos cambios. De hecho, las investigaciones concretas en sectores específicos, documentan que existen ciertos cambios en los comportamientos masculinos y también nos permiten llamar la atención sobre la necesidad de tener cuidado con generalizar, como hemos establecido antes. En el caso de la relación de los padres con los hijos esto es muy claro. Ciertas investigaciones (Lomnitz y Pérez-Lizaur, 1993) que retoman otros estudiosos del tema establecen, por ejemplo, que la participación de los padres de la élite mexicana en la crianza y formación de los hijos es indirecta y que introducen en los hijos ciertos aspectos del mundo masculino, mientras que autores como Gutmann encuentran que en Santo Domingo (colonia popular de la Ciudad de México) el análisis no es adecuado, pues encuentra que ahí los padres lo son mucho más integralmente a lo largo de toda la vida de sus hijos (Gutmann, 1993).

La enorme pluralidad en el ejercicio de la paternidad en la sociedad actual es abordada por De Keijzer, que elabora una tipología de los padres. En ésta aparece desde el modelo del padre ausente, en el cual la madre es la proveedora total de la familia, al igual que en el caso de embarazos adolescentes en los cuales estos varones no formaron pareja y huyeron del embarazo; el padre migrante, que establece una relación de semi-presencia con sus hijos, en donde regulan la formación de éstos más que ser personajes activos y tratan de imponer embarazos a sus parejas como forma de control; el padre divorciado, de fin de semana, ausente; el padre tradicional, proveedor, que no se siente competente para participar en las tareas del hogar, incluidas la crianza, que si muestra afecto siente que pierde autoridad, y si se acerca sólo es a los varones; hasta el padre que puede definirse como en “construcción” en México que pretende ser más igualitario, a pesar de que puede llegar a ser objeto de burlas y descalificaciones sociales.

Es un hecho que, tradicionalmente, y aún más en países como México, el cuidado y crianza de niños y niñas siempre ha sido considerada una actividad que corresponde realizar, en primer lugar, a las madres o a las mujeres cercanas a los infantes. Es también cierto que durante mucho tiempo no ha sido tema importante en la investigación en Ciencias Sociales un acercamiento a la realidad de los varones como padres, al menos desde su propio punto de vista y siempre se ha documentado preguntando a las mujeres cómo lo viven los varones. No obstante, cada vez hay más autores y autoras que se preocupan por analizar la presencia del padre al interior de la familia y las repercusiones que tal presencia, o muchas veces ausencia, tiene en el núcleo familiar y en la formación de los hijos y las hijas. Y también cada vez más se asume que es importante dar voz a los varones en estos temas.

Parece que en México, al menos en algunos sectores, la presencia de los padres en la formación de los hijos en el período de la crianza se está incrementando. Para algunos, la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado fuera del hogar, entre otros factores, ha contribuido a tales transformaciones.

En las entrevistas que realicé con los varones consideré que, para el análisis de la presencia de los varones como padres, parece necesario tomar en cuenta diversos factores que tienen como punto de partida al sujeto como tal, el momento en su ciclo de vida en que se da su paternidad, con quién se da y en qué fase de su relación de pareja, el deseo y planeación del nacimiento de sus hijos, entre otros.

Además, parece cada día más claro que en el mundo de hoy ser padre rebasa, y a veces no incluye, el ser proveedor económico, al menos de manera única, y que se empiezan a considerar otros factores de relación personal de los padres con los hijos y las hijas, más en el terreno de la afectividad compartida y de lo que recíprocamente se otorgan y reciben los padres y los hijos y las hijas.

Un número aún muy reducido de varones, aunque creciente, tal como lo plantea Cazés (1996) han comenzado a comprender el significado enajenante de los mandatos de la masculinidad y buscan alternativas para concebir y actuar sus masculinidades. Están en una búsqueda que incluye su rechazo al orden genérico establecido y hacen esfuerzos por concebir a las mujeres como seres humanos plenos y por ver a sus hijos e hijas como seres diferentes “a esos pequeños personajes que nuestro mandato nos hace concebir para hacernos hombres, contribuir al mantenimiento de nuestro linaje, transmitir nuestros bienes, controlar a las mujeres y reproducir debidamente los valores patriarcales” (: 6).

En investigaciones recientes realizadas en México se ha comprobado que, si bien la paternidad representa un lugar simbólico de estatus social y de cierto dominio en el grupo familiar, el ejercicio de la paternidad no siempre coincide con las imágenes culturales que así la representan. Derivado de las entrevistas que realicé en esta investigación, se puede afirmar que al respecto existe una gran heterogeneidad, aunque, en general, los varones se involucran de manera importante con sus hijos e hijas en el terreno emocional y no solamente se consideran proveedores económicos.

Me parece pertinente apuntar un hecho que pude documentar en la investigación que realicé y que contradice en mucho el estereotipo sobre el tema. En general, estos sujetos específicos, aún en el caso de ruptura de la pareja, mantienen un vínculo cercano con sus hijos e hijas e, inclusive, un factor esencial de permanencia en el núcleo familiar es la presencia de l@s hij@s, pues estos varones en verdad desean ejercer una paternidad afectiva, cercana, íntima y no únicamente ser proveedores económicos y representantes ante el mundo público. Estos testimonios obligan a insistir en la necesidad de asumir la heterogeneidad existente en éste y en otros muchos temas vinculados a las relaciones de género, así como en la pertinencia de evitar generalizaciones y más bien contextualizar las afirmaciones derivadas de investigaciones específicas.

Para concluir incluyo algunas ideas en términos de acciones y transformaciones concretas que considero necesarias para impulsar formas alternativas de paternidad que puedan ser más democráticas, más horizontales. Estas ideas se derivan en mucho de lo que los sujetos informantes que han practicado nuevas formas de paternidad me han compartido. Destaca entre éstas que ejercer una paternidad adecuada, gratificante, pasa por contar con recursos y tiempo libre. Deben existir condiciones objetivas que posibiliten el disfrute de las relaciones, para que éstas no constituyan un sacrificio. Se requieren condiciones para que tanto mujeres como hombres se sientan bien ejerciendo su paternidad y su maternidad, y en ello una buena relación de pareja, si es que ésta existe, resulta muy importante; que ninguno se sienta excluido o poco calificado para ejercer este importante papel y que no se generen celos por parte de alguno de los miembros de la pareja. En muchos casos el ejercicio cercano, afectivo, de la paternidad, que implica hacer ciertas actividades y dedicar tiempo, por ejemplo, a la crianza, implicaría también un cambio en las percepciones y actitudes de las mujeres, que deberían contar con otras fuentes de realización y poder, fuera del ámbito doméstico, lo cual contribuiría también a que ellas propiciaran en verdad, el involucramiento masculino en la crianza de los hijos y las hijas.

Me parece pertinente terminar dando voz a un sujeto, de esos que podríamos denominar representante de las nuevas paternidades, que aporta elementos muy interesantes a ser considerados en propuestas de cambio. Él afirmó:

[…] podría comentar mi experiencia a partir de la necesidad de apalabrar. Hay que decidirse a hablar con el riesgo de equivocarse, y correlativo a este esfuerzo, uno mayor, dejar hablar y esforzarse por entender desde dónde habla el otro(a), y saber que con ello no pasa nada, no somos enemigos aunque tengamos puntos de vista muy diferentes en algunas cosas. De modo sofisticado dicen algunos autores que no hay posibilidad de construir democracia si no se admite el diálogo en la cultura, considerándolo como un valor y no como un síntoma de debilidad. Eso debe empezar por la pareja, la familia, los amigos, etc. Le echo porras a lo positivo, a sabiendas de que de todas maneras, creo, nunca podremos conocer realmente lo que pasa, ni en nosotros, ni en los otros, pero si no hacemos un esfuerzo, menos aún nos podremos acercar. Apalabrar tiene también una gran virtud: permite “desdramatizar” una cantidad de cosas impresionante, por ejemplo, se piensa, se le interpreta. Una bronca entre familiares, cuando se la nombra en buen plan, al rato resulta hasta chusco el origen del problema. Bueno, otro deleite es poder compartir cosas que gustan, a mí me ha funcionado eso, correr, leer, cantar, montar y hacerlo con la familia. Hay que respetar los gustos de cada quien, y cuando se consigue coincidir, resulta en verdad divertido. También a veces tiene uno sentimientos hostiles, pero no hay que convertirlos en obsesiones o dogmas, más bien hay que bromear […] (R, 56 años, padre de 2 hijas adolescentes).


Bibliografía


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1 Investigadora del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarías y Docente en el Posgrado en Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. ljimenez@servidor.unam.mx

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