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Juan Guillermo Figueroa Perea
El libro de Olivia Tena Cuando los hijos se quedan (Los solteros, las solteras y sus padres ante una nueva forma de vivir en familia) trata sobre hombres y mujeres que a “ciertas edades” siguen viviendo en casa de sus padres. Se trata de personas que cronológicamente han alcanzado la mayoría de edad y que por trabajar extra domésticamente tienen cierta independencia económica respecto a sus progenitores. La expresión de “ciertas edades” es crucial para repensar el ejercicio y negociación de la convivencia ya que entran en juego modelos de paternidad, maternidad y filiación, en especial en momentos en que, al parecer, la sociedad esperaría que ya no residieran ahí, ya que por las edades que tienen se asume que debían haber iniciado un camino independiente o podrían incluso haber formado otro núcleo familiar.
En el primer capítulo la autora analiza qué tipo de referencias tenemos las personas en lo cotidiano para hablar de las personas que no se casan. Se privilegian coloquialmente expresiones como las de “quedados y quedadas” y ésta ya es una valoración de las personas. Sin embargo, lo que Olivia trata de hacer es mostrar que la soltería puede ser una vivencia por opción, no únicamente porque “alguien no tuvo a bien escogerme como pareja o bien que yo no pude hacerlo”. Lo interesante es que Olivia lo trata de mostrar a través de los relatos de las mismas personas, pero sin moralizar la vida de las personas, sino que lleva a cabo una “escucha activa” de sus experiencias. Las personas cuentan y Olivia retoma lo que ellos y ellas le comparten. La autora no valora si está bien o mal lo que cuentan, simplemente lo muestra y después, en el segundo capítulo lo contextualiza, como buena académica. Para ello, comenta de qué tipo de sociedad está hablando. Me parece muy pertinente la descripción de Olivia ya que afirma que es una sociedad de “familias apiñadas”; muchas personas en América Latina y en particular en México, solemos decir que las familias mexicanas son muy unidas. La descripción de Olivia va más allá de decir que son muy unidas; dice que “están apiñadas”. Una de las cosas que ocurre cuando una familia está apiñada es que, a veces, es muy difícil independizarse; hay incluso personas que aunque estén casadas siguen tan atadas a la familia de base que es como si siguieran dentro de la misma. Existe una preciosa canción que canta Mercedes Sosa, en la cual dice: “porque me duele si me quedo, pero muero si me voy”. Es decir, es una eterna ambivalencia la relación que se establece familiarmente y el momento de “tomar distancia”, pero la ambivalencia no es únicamente la de los hijos o la de las hijas, sino la de los propios padres y madres. Por eso, Olivia habla en varios momentos de estrategias de expulsión del hogar, pero al mismo tiempo identifica algunas formas de retención. Es muy frecuente que las personas latinoamericanas critiquen a miembros de otras sociedades argumentando que en ellas son muy distantes las familias, ya que la gente vive sola en mayor medida. Sin embargo, cuando se dice que “vive sola” nuevamente se le está dando una calificación específica a las formas esperadas de convivencia familiar. Pareciera que es malo vivir solos si no se ha formado un núcleo con otra persona, pero la pregunta que habría que hacerse constantemente (y lo hace Olivia a lo largo del libro) es si las personas solteras se quedaron en tal situación porque quisieron quedarse, porque no pudieron salirse, porque no querían estar solos o, bien, porque pueden estar solos incluso viviendo con otras personas. Existe una diferencia importante en el rango de representaciones sociales sobre la soledad en cada caso. Olivia cita a una autora española, quien habla de la reivindicación de la soledad (Carmen Alborch) . En este libro se habla de que la soledad no es un defecto, sino que hay que reivindicar el sentido de estar solo; que, incluso, puede que alguien viva con otras personas y sepa estar solo. Una cosa muy distinta es cuando se vive la soledad por imposición, a cuando es la soledad por opción. En los dos primeros capítulos del libro de Olivia se destacan los mitos culturales sobre el “quedarse o estar soltero” y sobre el tipo de familias que vivimos en México, aunque Olivia cuida de hacer algunas comparaciones con familias en otros contextos, en particular de España y de Francia. En los capítulos tres y cuatro lo que Olivia hace es preguntarse por qué se quedan en casa de sus padres las solteras y los solteros. Para ello va mostrando los distintos argumentos y lógicas que entran en juego en los testimonios encontrados. La autora no llega a decir que las mujeres tienen una lógica distinta porque “son mujeres”, en términos de porque “así nacieron”. Más bien las diferencias se muestran por los roles que socialmente se van aprendiendo en cuanto a ser mujer y en cuanto a ser varón. Esos dos capítulos reconstruyen diferentes respuestas que dan unos y otras para estar en su casa, pero, curiosamente, si socialmente se habla de “quedados” es porque existe al parecer una expectativa inconsciente o muy consciente de que algún día tienen que irse; pareciera que el deber ser y la posición correcta en muchas sociedades (como la nuestra) es el estar casado. Incluso, de una persona viuda o una persona divorciada, se afirma que “por lo menos ya se casaron”. Es decir, a pesar de todo cumplieron el requisito y la expectativa del deber ser que la sociedad pareciera imponer o sugerir de manera recurrente. Después de esto, Olivia trabaja otros dos últimos capítulos, en el primero de los cuales se pregunta quién cuida a quién, cuando dos o más adultos viven bajo el mismo techo, y eso es muy interesante. Si se tienen hijos menores de edad (por ejemplo en la infancia), pareciera más claro quién cuida a quién, pero cuando esos hijos ya no son infantes, en términos de los años que han cumplido, sino que ya son adultos, la pregunta es más pertinente, por compleja. En esa adultez que ambos han alcanzado, la pregunta es ¿quién cuida a quién? En el momento en que se cuestiona esto, también se puede reflexionar sobre cambios en los criterios de autoridad. Es interesante señalar que Olivia no le da la vuelta al tema del poder; las relaciones humanas, aunque sean en la familia o quizás principalmente cuando se dan en familia, son relaciones perneadas por el poder. El último capítulo del libro aborda lo que la autora llama “las luchas calladas por la jefatura familiar”, precisamente porque ya no es tan claro de quién es la autoridad; ya no es del que mantiene económicamente, porque en muchos contextos sucede que es el hijo o la hija los que mantienen a sus padres. Si eso es así, ¿quién adquiere la jefatura familiar o quién la tiene?; como eso no es objeto de una elección, sino de una negociación a veces no tan explícita, lo que Olivia cuida de hacer en ese capítulo es reconstruirlo.
Con esta visión general del contenido del libro, comento algunos de sus aportes más interesantes: por una parte recalco que Olivia es una académica y se anima a dar el paso de la investigación a la difusión, sin restarle calidad o rigor a su argumentación. La autora señala en la introducción del libro “no voy a atorarme en la cuestión académica”. Creo que Olivia tiene la capacidad de reírse de la academia, sin burlarse de la misma. A diferencia de muchos académicos, Olivia se anima a presentar propuestas sobre lo que identifica como necesidades de las personas y se anima a sugerir políticas públicas que compensen algunas cosas que los individuos no podemos hacer en lo doméstico para apoyarnos mutuamente. Es interesante retomar lo propuesto por la autora en los dos últimos párrafos del libro, ya que en el último se pregunta “¿por qué no tratamos de que todo mundo baile, que bailen todos y todas?”. Antes de esto, se interroga sobre por qué no tratamos de disfrutar y de dejarnos acompañar cariñosamente. Olivia es una investigadora de la UNAM y me parece muy sugerente que una académica concluya un libro diciendo: ¿por qué no nos “dejamos acompañar cariñosamente y bailamos un poco”? Tengo la impresión que no es mera cursilería lo que dice Olivia, sino que es una consecuencia lógica de todo lo que ha conversado a lo largo de su obra. Olivia sugiere ciertos acuerdos necesarios en las relaciones cotidianas, para lo que invita a desmitificar la soltería y a pensarla de otra manera; pero al hacerlo también desmitifica la familia. Si los solteros en diferentes edades no se van a ir, entonces son otro tipo de acuerdos los que se necesitan en un contexto familiar. Los múltiples relatos que reconstruye nos ayudan a matizar lo que es una familia, pero también nos ayudan a confirmar lo complejo que es una relación de familia. Algo que llama la atención, como hallazgo de investigación y platicado como objeto de difusión, es que se destaca que “el matrimonio es mejor para los hombres que para las mujeres”. No lo está inventando Olivia, sino que lo está entresacando de los relatos de las personas entrevistadas por ella, pero además comparado con la literatura que conoce. El matrimonio (dice el libro) es bueno para los hombres y lo dice enfáticamente de varias formas, pero a la vez señala que es mejor para los hombres que para las mujeres. Los hombres solteros muestran mayores niveles de estrés que los casados, pero las mujeres solteras muestran menores niveles de estrés que las casadas. Lo que acaba diciendo Olivia es que no es lo mismo el matrimonio para unos y otras; no es nada extraño que entre broma y en serio algunas mujeres afirmen que ellas tienen el “derecho a la viudez”, no como una tragedia, sino como un momento de lucidez y de posibilidad de creación de sus historias personales. Siendo hijo de una querida progenitora con 26 años de viuda, no me imagino las cosas que ha hecho en un cuarto de siglo si hubiera estado casada, al margen de la calidad como persona que le reconozco a mi progenitor; es decir, tiene significado diferente el matrimonio para los hombres y para las mujeres. La cuestión de la autonomía y de las libertades que se ganan o que se pierden en el matrimonio para las personas de ambos sexos pareciera que no son las mismas; el rango de las posibles comodidades tampoco es la misma. Por eso no es nada extraño que según los datos que captan los abogados y los demógrafos, la mayor parte de los divorcios son iniciados por mujeres más que por hombres, ¿será que los hombres no están en desacuerdo con la compañera con la que están viviendo y que no quieren divorciarse? No, al contrario, hay estudios que han demostrado que los hombres prefieren vivir con una compañera con quien no se llevan bien si eso les garantiza cierto apoyo doméstico. En cambio (lo dice el mismo libro de Olivia), ¡qué incomodidad es para muchos varones tener que vivir solos, ya que no únicamente es encargarse de sí mismo, sino de su espacio doméstico! Es interesante, por ejemplo, algo que no menciona Olivia, pero que he escuchado en investigadores de países europeos, se refiere a la práctica y costumbre ampliamente legitimada de que las personas de ambos sexos vivan solas desde muy jóvenes, por lo que se van entrenando para ello. Sin embargo, cuando enviudan o se divorcian son muchas más las mujeres que prefieren seguir viviendo solas, que hombres que acepten hacerlo. Es decir, pareciera que los hombres estamos menos entrenados para estar “nada más con nosotros mismos”. Tengo la impresión de que el libro ayuda mucho a acercarse a verlo más allá de los conceptos y de las explicaciones teóricas; básicamente se va construyendo a través de los testimonios que compartieron las propias personas entrevistadas. Algo que me llamó la atención en el libro es que se reflexiona sobre las dimensiones positivas de la soltería; además de las libertades que destacan las y los entrevistados, se alude a la posibilidad de disfrutar a la madre. Es muy frecuente que las mujeres solteras (y lo he escuchado también en muchas mujeres casadas) nombren a la madre, a la mamá, o a la progenitora, como la “única compañía segura a lo largo de la vida”. Tengo queridas amigas y amigos que han perdido a ese personaje y uno se da cuenta de que lo que se está perdiendo es mucho más que a una mera progenitora biológica; en muchos casos es el parámetro de referencia, la seguridad, la compañía y la confidente. Por lo anterior, no se me hace nada extraña una canción de Joan Manuel Serrat que se llama Llegar a viejo, ya que el autor empieza a relatar algunas de las inquietudes que se presentan cuando alguien llega a viejo. Serrat dice: “si por lo menos el alma no se acobardara, si las piernas respondiesen, si el corazón se entusiasmara…”, y lo va construyendo en una forma poética y muy sentida. Luego, sigue diciendo: “si se llevaran el miedo” y (citado por Olivia) “si nos dejaran lo bailado, para enfrentar el futuro, quizás llegar a viejo sería más llevadero”. Adicionalmente dice que “si el ayer no se olvidara tan fácilmente, si se viviese entre amigos, quizás llegar a viejo sería más soportable”. Finalmente, una de las frases más impresionantes de esa canción, y al mismo tiempo una de las más dolorosas, es la que señala “si fueran poniendo luces en el camino a medida que el corazón se acobarda”, pero más aún “si cuando uno llegara a viejo, no llegara huérfano a vivir ese trago”. Es decir, si se pudiera llegar a viejo acompañado por alguien tan cercano, el proceso sería diferente. Serrat nunca dice si habla de su papá o de su mamá, sino que dice “si por lo menos se llegara a viejo, pero no huérfano, seguramente la vejez sería una cosa mucho más disfrutable”. Cada quien puede especular sobre quién estará hablando Serrat …
Cuando diferentes
personas decimos que convivimos con alguien, ya sea nuestros hijos, padres,
hermanos o nuestra pareja, valdría la pena aprovechar lo planteado
por Olivia en su libro para preguntarse ¿qué es lo que negociamos?
Creo que si lo pusiéramos en el papel más seguido, como
lo hace Olivia en su libro, seguramente la convivencia sería posible,
como ella concluye, en término de “acompañarnos más
cariñosamente”. Cuando convivimos con alguien negociamos espacios y privacidad, y el libro de Olivia lo muestra claramente: hombres solteros que prefieren vivir en el cuarto de servicio con tal de tener un cierto nivel de privacidad o que, además de vivir con los padres para que les aseguren la comodidad doméstica, tienen un departamento donde pueden tener cierta privacidad. Negociamos también expectativas sobre los otros; negociamos disciplina, autoridad y poder cuando convivimos. A la par, negociamos algo que es muy complejo: silencios, tiempos y ritmos en nuestra cotidianidad. Incluso puede que bailemos a ritmos diferentes; ¿qué pasa cuando tenemos que bailar todo el tiempo con alguien que tiene un ritmo diferente para bailar?, pues tenemos que negociar, ya que de otra forma nos dejamos llevar o bien imponemos nuestro ritmo. Negociamos nuestros errores, pero más aún nuestra forma de mostrarlos y reconocerlos; el pequeño problema es que a veces nuestros errores no van acompañados de rectificaciones. A veces, van acompañados de múltiples ocultamientos y justificaciones y a pesar de que nos damos cuenta que el otro lado está ocultando sus errores, tenemos o queremos seguir viviendo con él o con ella. ¿Podría ser distinto? Al convivir con alguien interactúan temperamentos y personalidades; sin embargo, ¿realmente negociamos o usamos el poder para imponer un determinado temperamento o personalidad? ¿Qué diferencia hace ser padre, madre o alguno de los hijos? En el camino también negociamos formas de mostrar afecto; una persona puede ser muy efusiva y la otra no, ¿cómo lo manejamos en la práctica? Negociamos miedos y soledades cuando convivimos y de paso negociamos la historia que compartimos. Tengo la impresión de que, a veces, no nos acordamos que compartimos la historia y las diferentes versiones de la misma no siempre dialogan. Ahora bien, tengo la impresión que detrás de toda convivencia también compartimos y negociamos identidades. Por lo mismo, termino señalando que el libro de Olivia resulta una buena incitación para platicar qué estamos haciendo con las personas con las que frecuentemente convivimos, en tanto hijos o padres de las mismas, pero, incluso, sin limitarnos a pensar en las relaciones de pareja.
1 Comentario al libro de Olivia Tena Cuando los hijos se quedan (Los solteros, las solteras y sus padres ante una nueva forma de vivir en familia), Editorial Grijalbo, México, 2005.
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