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Patricia Ortega Silva
Palabras clave: paternidad,
niños, niñas, discapacidad, diferencias. Introducción Una de las dimensiones que apoyan el proceso de identidad es el género, donde cada persona es socializada a ser mujer o a ser hombre de diversas maneras, por diferentes personas, medios, e instituciones que le permiten aprender, de acuerdo a sus posibilidades y recursos, su identidad. En este sentido, la identidad de género es la elaboración simbólica que cada cultura construye a partir de la categorización de las personas en diferentes sexos. Se nos imponen deseos, costumbres y/o virtudes por el hecho de tener cuerpos diferentes, es decir, nos hacen hombres o mujeres. Entonces, la identidad de los sujetos se construye a partir de la experiencia vivida, su identidad está siempre en interacción con el mundo, situada en espacios definidos por la cultura (Contreras, 2001). El género está definido socialmente; la comprensión de lo que significa ser una mujer o un hombre es un proceso que se da durante el curso de la vida. No nacemos sabiendo lo que se espera de nuestro sexo, sino que lo vamos aprendiendo en nuestra familia y en nuestra comunidad; por ello, esos significados variarán de acuerdo con la cultura, la comunidad, la familia y las relaciones. Solis (1997) sugiere que la familia es vivida y sentida de manera diferente según el género, la edad y el parentesco que los individuos tienen dentro de ella. Estas diferencias determinan sus experiencias objetivas, así como el significado subjetivo que cada uno de ellos atribuye a esas experiencias. Las diferencias físicas entre hombres y mujeres son evidentes, pero las psicológicas tanto el niño como la niña las van aprendiendo a través de su crecimiento, basándose en el sexo al que pertenecen y lo que se espera de él o de ella. A la mujer se le ha orientado hacia la maternidad, por un lado, por su capacidad para la reproducción biológica y, por otro, debido a la herencia cultural que siempre le ha dado, junto con la maternidad, la distinción y valoración en su esencia de mujer. En el caso del hombre, por muchos siglos, la paternidad ha sido símbolo de continuidad consanguínea, de autoridad y sobre todo de virilidad (Chávez, 1987). A este respecto, Lamas (1996) supone que lo que determina la identidad y el comportamiento de género no es el sexo biológico, sino el hecho de haber vivido desde el nacimiento las experiencias, ritos y costumbres atribuidos a cierto género. La asignación y adquisición de una identidad es más importante que la carga genética, hormonal y biológica. La identidad de los sujetos se construye a partir de la experiencia vivida, la cual siempre está en interacción con el mundo, la cultura, la comunidad y la familia. Es decir, todas las personas aprenden su estatus sexual y los comportamientos apropiados a ese estatus. Así, cada sociedad tiene un conjunto de normas por las cuales el sexo humano y la procreación son moldeadas por cuestiones sociales que responden a aspectos convencionales. Las sociedades marcan diferentes clases de comportamiento a los niños y a las niñas. La socialización de las mujeres obliga a que sean obedientes, mientras que los hombres son educados para la autosuficiencia. Las funciones sexuales dependen en gran parte de la estructura familiar. Al asignar ciertos trabajos a los sexos dentro de la sociedad, se determina el trabajo al interior de la familia. Las mujeres realizan trabajos expresivos, emocionales o integrativos; se considera que están para consolar, educar y unir. Los hombres realizan trabajos que requieren fuerza, alejamiento del hogar, que impliquen liderazgo, instrumentos o herramientas, organización y resolución de problemas (Vázquez, 1998). El presente texto aborda el tema de la paternidad desde el punto de vista de varones que viven la situación de tener un hijo o una hija con discapacidad. Al entrevistarlos se buscaba identificar las posibles diferencias en que los padres de niñas y padres de niños con discapacidad aprenden a ser padres, autorreflexionan acerca de ella y la forma de afrontar las implicaciones que surgen en el ambiente social, de salud y familiar. Se utilizó una metodología cualitativa pretendiendo únicamente un acercamiento a ciertos aspectos de la paternidad en un grupo reducido de varones.
Ser padre permite que los hombres comiencen a enfrentarse a cosas nuevas en las que tendrán que asumir cambios que los ayuden a adaptarse a su nuevo papel relacionado con aspectos socioculturales y de complejidad genérica. Uno de esos cambios tendrá que ver con una lucha en la que pueda ganar terreno en ese lugar que se le ha dado casi exclusivamente a la mujer, es decir, la crianza y cuidado de los hijos e hijas, ya que las ocupaciones que se le han asignado como varón lo apartan de actividades que podría realizar él con sus propios hijos e hijas. Sin embargo, en ese momento en que los hombres deben decidir si se quedan conformes con lo que habitualmente se espera de ellos respecto a los hijos e hijas o si empiezan a involucrarse más en ese papel, es cuando puede surgir la pregunta en la que se analiza ¿cómo definen la paternidad? Al respecto, diversos autores señalan que:
En referencia a esto, Parke indica que los padres desempeñan un papel muy importante en cuanto al comportamiento de sus hijos e hijas en el papel sexual que le corresponde a cada uno, ya que, por ejemplo, tratan de animar en sus hijos varones el desarrollo físico e intelectual, mientras que en sus hijas estimulan la feminidad. En los hijos refuerzan las actitudes masculinas y en las hijas las femeninas. Un ejemplo de ello es que les desaniman a usar juguetes que corresponden al sexo opuesto, o bien les animan a usar los de su propio sexo. Algunos hombres pueden desear acercarse y aprender los aspectos relativos a la crianza de los hijos e hijas, pero también existen quienes consideran esto como una pérdida de tiempo en deterioro de su imagen pública (Schmuckler). Por ello, es importante que los padres se permitan reflexionar sobre su propia paternidad, preguntándose sobre sus sentimientos, exponiendo las emociones generadas por el vínculo con el hijo o la hija. Estar en contacto con este aspecto de la vida los ubica en un estado de atención y ello es un componente de la responsabilidad. Un padre es responsable desde el momento en que puede, sabe o quiere establecer contacto interior con su paternidad, con su hijo o hija, con este aspecto que lo constituye como hombre y como persona (Sinay). Valdría la pena considerar a la paternidad como una institución política en la que se desempeñan los mandatos dominantes de género que los hombres asumen como tales, y en los que la paternidad implica (como lo señala Sinay) paternar, proveer y proteger y lo que esta relación comprende de forma particular para cada hombre/padre.
La llegada de un niño o de una niña es en general un acontecimiento familiar muy feliz, las esperanzas son numerosas ya que todos los padres desean que su bebé nazca sano, bonito(a), grande, etcétera, y pueda cubrir las expectativas físicas y psicológicas que se tienen sobre él o ella (Mannoni, 1987). Ahora bien, el hecho de enterarse que su hijo o hija padece alguna discapacidad o problema en el desarrollo es una gran decepción, ya que en muchos casos les es muy difícil abandonar la imagen ideal que se habían creado de él o de ella y mirar de frente la realidad (Johnson, 1990). Este momento puede ser en el que los padres están más sensibles acerca de su capacidad personal y se sienten reprochados y descalificados debido a las reacciones de los demás, por lo cual pueden hacerse reproches a sí mismos o a los demás (Pueshel, 1991). No deben pasarse por alto las reacciones de la familia y de la sociedad en relación a la presencia de un niño o una niña con retardo en el desarrollo, ya que éstas tienen efectos de mucha importancia que pueden afectar tanto a esas familias y sociedad, como a los niños y niñas involucrados (Hutt y Gwyn, 1988; Nuñez, 2003). Autores como Ingalls (1982), Cunningham y Davis (1994) y Álvarez (2001) mencionan algunas de las reacciones que pasan los padres cuando se enteran de que sus hijas e hijos son discapacitados, como las siguientes: a) Fase de shock. En ésta, los padres sufren una conmoción y un bloqueo a la vez que se muestran psicológicamente desorientados, irracionales y confusos. Esto puede durar minutos o días durante los cuales necesitan ayuda y comprensión de parte de especialistas (Psicólogo(a), Trabajadora social, Médicos, Pediatras, Neurólogos, etcétera), familiares, amigos e instituciones que atienden a niños con discapacidad, con el propósito de que se sientan apoyados y puedan asimilar una situación diferente. b) Fase de reacción. Los padres presentan reacciones de enfado, rechazo, resentimiento, incredulidad y sentimientos de pesar, pérdida, ansiedad, culpa y proteccionismo. Y c) Fase de adaptación. Es la etapa de control, en la que los padres han reconstruido lo suficiente la situación como para saber qué hacer y comenzar a actuar sobre los problemas con que se enfrentan. Algunas de estas familias no promueven contactos sociales, incluso evitan el contacto o interacción con grupos pequeños en los que la hija o el hijo con discapacidad queda expuesto. Esto se acentúa debido a que la presencia de la hija o hijo discapacitado no se ajusta al ideal de perfección esperado en la sociedad (Di Gesu, Leunda, Portugheis y Sosa, 1998). Muchas personas se sienten incómodas en presencia de una persona disminuida, ya que su valor como ser humano, su capacidad de pensamiento y sentimientos, se consideran reducidos o ausentes por lo que se considera un extraño en la sociedad (Bowley y Gardner, 2001). Ésta es razón suficiente para que algunos padres no informen de la situación ni siquiera a los familiares. Esos padres se preocupan menos por la discapacidad del niño o niña, que por escuchar críticas de los amigos, así que guardan el secreto para protegerse a ellos mismos más que para lograr un nivel de adaptación por parte del niño o niña (Cruickhank, 2003). Mientras los padres se preocupen de las repercusiones que tendrá sobre ellos la discapacidad de su hijo o hija, serán incapaces de ayudarle y tal vez comiencen a sentir rechazo hacia ellos, pero si comienzan a pensar en cómo afecta a su hijo o hija esta discapacidad, podrán iniciar acciones específicas para ayudarle (Johnson). Sin embargo, la situación varía de una familia a otra y depende también del tipo de discapacidad de que se trate. Todo proceso de adaptación pasa por diferentes situaciones: a) se desarrolla la capacidad de enfrentarse a la realidad, b) se acepta el problema particular del niño o la niña, c) se buscan alternativas terapéuticas y d) se realizan arreglos familiares entre hermanos(as), parientes y conocidos. El enfrentarse a esta situación les permitirá tener comportamientos similares tanto con hijos o hijas que presentan problemas en su desarrollo, como con aquellos niños que tienen un desarrollo normal (Muntaner, 1998). El objetivo de este estudio fue identificar las diferencias en: a) ¿cómo los padres de niñas y de niños discapacitados aprenden a ser padres?, b) ¿cómo se ven a sí mismos ejerciendo la paternidad? y c) ¿cuáles son las implicaciones sociales que afrontan por vivir esta situación?
Este estudio intenta enmarcarse dentro de estudios psicológicos y sociológicos, utilizando una metodología cualitativa que permita comprender el mundo social desde el punto de vista del actor, sin que su opinión haya podido estar predeterminada por categorías específicas en un cuestionario. El estudio pretendió ser de carácter exploratorio en un grupo reducido de hombres, sin pretender hacer generalizaciones a todos los hombres de la ciudad de México. Se entrevistaron ocho varones con las siguientes características: vivían con sus hijos y su pareja; el rango de edad era de 30 a 51 años; 4 de ellos eran padres de niños con discapacidad y los otros 4 eran padres de niñas con discapacidad; 3 tenían un nivel socioeconómico alto (cuatro a seis salarios mínimos o más de seis salarios mínimos) y 5 con nivel socioeconómico bajo (uno a cuatro salarios mínimos). Las características de los niños y las niñas fueron las siguientes: la edad varió entre 3 y 11 años; tres de ellos presentaban problemas de lenguaje, uno tenía déficit de atención, otro retraso psicomotor y déficit de atención, dos presentaban solamente retraso psicomotor y el último presentaba Síndrome de Down.
Cuadro
1
Los padres fueron contactados en las siguientes instituciones: la Clínica Universitaria de Salud Integral (CUSI), ubicada en la Facultad de Estudios Superiores Iztacala; un Centro de Atención Múltiple (CAM), ubicado en Aragón; y la Sala de Intervención y Asesoría Pedagógica (SIAP), ubicada en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Se les pidió su autorización para ser entrevistados. Se utilizó una metodología de tipo cualitativo mediante la aplicación de entrevistas semiestructuradas. Estas entrevistas fueron grabadas y transcritas para realizar un análisis de acuerdo a los siguientes tres ejes: aprendizaje de ser padres, autorreflexión de la paternidad e implicaciones sociales. La idea de llevar a cabo entrevistas era comprender un proceso particular en el cual interviene un conjunto de relaciones dinámicas que se afectan recíprocamente, generando una relación en doble sentido entre el investigador y el objeto de estudio, lo cual generalmente se atribuye a que los campos de estudio tienen un índice elevado de negatricidad, es decir, la capacidad de responder y modificarse al ser impactados por el proceso mismo de la investigación (Rivas y Amuchastegui, 1999). Sin embargo, este estudio pretendió únicamente examinar cómo vive la paternidad un grupo reducido de varones resaltando la variedad de significados que ellos le dan al ejercicio de la paternidad en familias con niños y niñas con discapacidad. Las conclusiones de ninguna manera pretenden generalizarse a todos los varones de México (Ortega, 2002, 2006).
A partir de la información recabada en las entrevistas se describen algunos hallazgos sobre las características del ejercicio de la paternidad de padres de niños y niñas con discapacidad, considerando como referencia tres ejes contemplados en el guión de la entrevista: 1) aprendizaje de ser padre, 2) autorreflexión de su paternidad e 3) implicaciones sociales en relación con sus hijos o hijas con discapacidad.
Las formas en las que se aprende a ser padre son muy diversas, y es algo que en el momento de la llegada de un hijo o hija debe ser afrontado, ya sea que se tenga o no a alguien con quien contar para obtener información o un modelo al cual seguir. Para conocer y entender la manera en la que los padres ejercen su paternidad es importante saber con quiénes convivieron y la manera en la que buscaron la ayuda o información de los diversos medios que existen. Como muchas veces se ha dicho, nuestros padres son nuestros primeros maestros, ya que se adquieren las primeras ideas acerca de cómo comportarse a partir de lo que se ve, de lo que se experimenta y de lo que se dice; todo esto nos llega de ellos. La familia establece el patrón de conductas que seguirán los hijos y las hijas. Las tradiciones, los valores elevados, los intereses y otras actividades más se aprenden en el hogar, de esta manera la conducta del ser humano adulto frente a la sociedad dependerá en gran parte de su experiencia familiar (Ávila, 1990, citado en Pérez, 1999). Esto está permeado por la condición genérica dominante, en el marco del orden sociocultural de género en un contexto específico. Al respecto algunos padres comentaron lo siguiente:
A pesar de que estos padres no mencionaron
que es únicamente con la familia con quienes ellos aprendieron
a ser padres, sí son un elemento constante en su realización
y ejercicio de la paternidad; y en este caso no hay diferencia entre que
sean padres de niños o de niñas, el sexo de los hijos no
implica que ellos aprendan de manera diferente.
A este respecto, Sinay comenta que, cuando son pequeños, los varones no juegan evidentemente con muñecas ni con muñecos, no los alimentan, no los abrigan, no les hacen ni les abastecen la casita, se supone que no son juegos de niños sino de niñitas. Pero, ocurre que gracias a esos juegos las niñas reciben los primeros mensajes acerca de la maternidad y tienen sus primeras aproximaciones y vivencias de ese papel, que será fundamental en su realización como mujeres. Después, a medida que crezcan, seguirán aprendiendo de sus madres, de sus abuelas, amigas, de revistas, de películas, de libros, etc. Por otra parte, los varones con modelos paternos ambivalentes o contradictorios sólo pueden aprender a través del ejercicio de su propia paternidad con sus hijos o hijas. Existen padres que acuden a personas
mayores y más experimentadas para obtener ayuda o información
que sirva para que ellos puedan cuidar de sus hijos e hijas:
La forma en la que la mayoría de los padres mencionan haber aprendido a ser padres está combinada entre que lo han aprendido ellos solos y con ayuda de familiares u otras personas. En este caso tampoco hay una diferencia en los testimonios de los padres de niños y de niñas respecto a la manera y la ayuda que han recibido en su aprendizaje de ser padres. En discursos relacionados particularmente con la definición de paternidad, el modelo tradicional masculino atribuye al varón el dominio sobre el territorio público, externo, sobre el mundo no doméstico. El hombre es quien sabe cómo hacer funcionar ese mundo y quien trae desde ese territorio las provisiones, las noticias, el contacto con todo lo existente. La madre nutre desde dentro y el padre provee desde fuera. De esta manera el papel del padre queda reducido al de productor, proveedor y protector (Sinay). Uno de los varones se atribuye ese papel, ya que hace mención de manera más reiterada a las áreas de protección y de provisión:
El siguiente discurso puede relacionarse, también, con lo señalado por el autor mencionado, debido a que se relaciona la paternidad con la responsabilidad:
Schmukler expresa que en México hay una escasa participación de los varones dentro de las labores domésticas y la crianza de los hijos y las hijas. Su participación, frecuentemente es de ayuda o colaboración en ocasiones particulares como los fines de semana, en las vacaciones o en casos de enfermedad, y con regularidad cuando las esposas desempeñan actividades extra domésticas. Esto parece deberse a que los hombres asignan a las mujeres un papel de dedicación casi exclusiva al hogar y a los hijos y las hijas, ya que consideran que a ellos les corresponde mantener a la familia. Algunos de los padres difieren un poco al respecto, ya que ellos manifiestan, en sus discursos, algunas actividades y actitudes que tienen que ver con la crianza de sus hijas:
La paternidad tiene que ver, también, con situaciones distintas a la responsabilidad económica, como la posibilidad de compartir el tiempo libre con los hijos e hijas. La paternidad adquiere sentido solamente cuando se buscan relaciones cercanas con los hijos e hijas y en el ejercicio de la autoridad a través del amor y no del sometimiento físico o mental de ellos (Fuller).
Fuller indica que la paternidad puede ser vista como una forma de inserción en la sociedad que consolide el proceso de construcción de la identidad masculina y el modelo de autoridad desempeñado por los hombres. No sólo es un producto del entorno sociocultural sino una forma de expresión de la capacidad masculina. La paternidad es percibida y vivida como una posibilidad efectiva de realización personal, como el logro de una trascendencia personal. El varón padre de hoy es un hombre al que se le sugiere relacionarse más con los miembros de la familia y disfrutar del ambiente hogareño, distinto del padre de antaño, cuyos papeles y valores se determinaban por su vida fuera del ámbito doméstico. Uno de los padres hace alusión a la importancia que su papel tiene en la sociedad:
Así mismo, el siguiente discurso hace notar la importancia que tiene para el padre poder cumplir con ese papel, resaltando el discurso religioso sobre la paternidad (dios, padres e hijo):
Como se puede notar en el caso de este padre, quien al parecer considera importante el apoyo que se pueda obtener de la familia, especialmente del padre:
La forma en la que los padres se ven a sí mismos ejerciendo ese papel paterno es sumamente importante, ya que, a partir de ese ejercicio, lograrán averiguar si deben o no cambiar algunos aspectos o actitudes que están tomando ante la situación en la que se encuentran. Ya que, si ellos mismos notan que no está funcionando la manera en la que llevan a cabo ese papel, pueden buscar otras alternativas que les lleven a sentirse mejor realizados en su paternidad. Ahora bien, es importante señalar que la paternidad no sólo se trata de una cuestión de voluntad por parte de los hombres, sino de estructuras sociales, políticas, culturales, económicas y genéricas. Hay hombres que desean y que se proponen ser padres más presentes, afectivos y nutrientes que los que ellos tuvieron, pero no encuentran el modo de realizarlo. Esto se debe a que no pudieron o no supieron aprender un modelo alternativo, ya que tienen profundamente arraigados los patrones tradicionales. La mayoría de los varones adultos de hoy no han tenido, de sus antecesores, modelos de padres intimistas, no los han visto preocupados por su propio ser, no los han visto efectuando balances afectivos, emocionales, sentimentales de sí mismos (Sinay). Esto es justamente lo que un padre de niña revela en su discurso:
La experiencia de la paternidad varía según la inscripción socioeconómica de los varones, la pertenencia generacional, las experiencias primarias, los distintos momentos del ciclo de vida, el sexo y la edad de los hijos y las hijas. La paternidad es representada como una experiencia que se construye en el ejercicio mismo del cuidado, protección y crianza de los hijos y las hijas (Fuller). Esto puede probarse en cuanto al testimonio del primer padre (hablando de los padres de niñas), ya que él mismo menciona la importancia de la edad que tiene y a pesar de que su nivel socioeconómico, comparado con el de otros de los padres, es el mismo, su edad y sus vivencias hacen que su opinión acerca de su paternidad sea muy diferente:
Este discurso se relaciona con lo que Badinter (1993) señala respecto a que los padres que participan activamente en el cuidado y la educación de sus hijos e hijas se dicen más felices de su paternidad que los que se implican poco en ello. A pesar de todo, es necesario tomar en cuenta que la satisfacción paterna depende directamente de la libertad en la elección; ya que en el caso en que hombres y mujeres invierten sus roles, es decir, ella tiene trabajo y él está en paro, la paternidad impuesta tiene consecuencias menos positivas. Muchos padres alguna vez en su vida han tenido temores en cuanto a ser padres, pero algo que puede aumentar ese temor es que se enteren de la posibilidad de que su hijo o hija pueda nacer con algún tipo de problema, no obstante, si ese no es el caso, también se tiene temor con respecto a la salud del niño(a) en el momento del nacimiento. El saber que sus hijos o hijas tienen un problema en el desarrollo, aumenta el temor de los padres porque saben que necesitarán de más cuidados, atención y apoyo terapéutico. Estos temores pueden inspirar a los padres a involucrarse más en la crianza de ellos encaminándolos de manera más eficiente, estableciendo así lazos más fuertes con ellos (Pueshel). Cuando los hombres se van a convertir en padres, entra en juego un conjunto de cuestionamientos, ya que el riesgo de malformaciones congénitas en los(as) hijos(as) aumenta en las mujeres que han pasado de la treintena, y se sabe que también puede influir la edad del padre. Así pues, la decisión de tener un hijo atemoriza a hombres y mujeres (Bell, 1987).
Los padres de niñas o niños con discapacidad son propensos a experimentar un miedo continuo que los lleva a una sobreprotección. Aún suponiendo que el niño o niña esté teniendo buenos progresos, madurando tanto física como psicológicamente, los padres enfrentan continuamente la realidad de las limitaciones de su hijo o hija. Ellos empiezan a hacerse preguntas acerca de qué podría pasar con su hijo o hija cuando ellos ya no vivan para ayudarlo(a) (Hutt y Gwyn, 1988). Estas preguntas se ven reflejadas en los testimonios de padres de un niño y de una niña:
Las implicaciones sociales afectan la manera de actuar de los padres con respecto a sus hijos e hijas, ya que pueden, en ocasiones, estar sólo a la defensiva, por las reacciones que puedan percibir de los demás hacia sus hijas e hijos, y muchas veces confundir algún gesto amable como un gesto de lástima o compasión que para ellos sería algo desagradable; o pueden percibir cualquier comentario respecto del bajo desarrollo de su hija o hijo como una ofensa, etc. Ingalls (1982) refiere que el estigma de tener un hijo o hija con retardo en el desarrollo está desapareciendo poco a poco, la gente ya no suele considerar que una niña o un niño con discapacidad sea señal de una descendencia corrompida, ni un castigo de Dios; además, cada año aumenta la calidad de los servicios que se ponen a la disposición de estas familias. En la actualidad existen servicios completos de diagnóstico en muchas comunidades, y la asesoría está a disposición de la mayoría de los padres que la deseen. Debido a esto, puede notarse que algunos padres no perciben ciertas implicaciones sociales por el hecho de ser padre de un niño con necesidades diferentes. Es importante destacar que las respuestas de estos padres tuvieron que ver con el hecho de que algunos de ellos reportaban recibir asesoría o, al menos, tener información de servicios de educación especial, lo cual les facilitó contemplar la situación de manera no problemática.
Lo mismo ocurre en el caso de padres de niñas (aunque no todos opinan lo mismo):
Una de las preocupaciones actuales de los padres incluyen saber cómo los parientes y vecinos van a aceptar al(a la) niño(a), ya que aún cuando los padres se adapten satisfactoriamente a las características particulares de su hijo o hija, puede suceder que los abuelos o los otros parientes del niño, lo rechacen (Ingalls, 1982). Esto se ve reflejado en lo que dice el padre de una niña con Síndrome de Down:
Los padres reaccionan emocionalmente, no sólo hacia la niña o el niño con discapacidad sino también hacia la percepción y la reacción de la comunidad hacia ese problema. La sociedad tiene muchas actitudes estereotipadas, así como prejuicios sobre el retardo en el desarrollo, y los padres, como miembros de esa sociedad, son afectados por todos ellos (Hutt y Gwyn, 1988). Como se hace notar en el siguiente discurso, el padre estuvo sometido a los prejuicios que recaían sobre su hija:
En el caso de estos padres surgen, frecuentemente, las presiones sociales provenientes de la familia, amigos u otras personas, o al menos eso es lo que ellos perciben; por esta razón muchas de sus reacciones son de aislamiento. Aunque también ocurre (debido tal vez a la poca gravedad del retardo en el desarrollo) que algunos padres no sienten o perciben presión alguna. Bowley y Gardner mencionan que las sociedades del pasado, incluso algunas de la actualidad, excluían o segregaban al disminuido de manera brutal. Cuando las personas con defectos manifiestos sobrevivían a condiciones sociales dolorosas, eran aislados en grandes institutos, por lo general en zonas en las que estuvieran lejos de la vista de los demás. Aunque no se trata concretamente de que los encierren en instituciones, dos de los padres actúan de una manera parecida a como se hacía anteriormente, ya que, como ellos mismos lo comentan, están aislados o no pueden asistir a ciertos lugares:
Cuando un matrimonio se da cuenta de que su hijo o hija requiere de educación especial, se resiste a afrontar la verdad; evita mirar la situación real o distorsiona los hechos para que aparezcan más aceptables. El fuerte choque emocional que les sobreviene les impedirá, durante semanas, aceptar la verdad. No obstante, la situación varía de unas familias a otras, pero todo proceso de adaptación pasa por las mismas fases como: desarrollar la capacidad para enfrentarse a la realidad, aceptar la desventaja mental del hijo o hija y hacer esfuerzos positivos para ayudarle (Johnson). Referente a lo que este autor menciona, hay un caso aquí en el que la madre no aceptaba el problema de su hijo:
En distintas ocasiones de su vida, casi todas las personas se han sentido aisladas, menospreciadas o estigmatizadas en algún modo. Cualquiera que sea la razón de estos sentimientos, la reacción tiende a ser aguda y varía desde una sensación de incapacidad, autocompasión o miedo, hasta la desesperación y la furia.Esto, por supuesto, es algo que también llegan a sentir los padres de niños discapacitados, aún a pesar de que no viven aislados, sino que influyen y son influidos a su vez cuando interactúan con sus otros hijos, sus propios padres, otros miembros de su familia y sus amigos y vecinos (Cunningham y Davis); ello describe muy bien lo que el siguiente padre señala:
Las presiones de grupo, sean reales o simplemente imaginadas por los padres, a menudo fuerzan a la familia a abstenerse de sus contactos sociales normales; tiende a aislarse. Debido a este creciente rechazo y aislamiento social, los padres se van centrando más y más en cada una de las actividades de su hijo o hija (Hutt y Gwyn, 1988). La mayoría de los padres de niños coinciden con esto:
Por otra parte, dos de los padres de niñas mencionaron no enfrentarse a ciertas presiones sociales:
Aunque los padres de estos niños y niñas parecen estar de acuerdo en que reducen sus contactos sociales, o aún pudieran haberles causado sentimientos de culpabilidad o vergüenza (como se ha visto a lo largo de otros apartados de los ejes analíticos originales), se nota que han ido aceptando la condición en la que viven con sus hijos e hijas de manera positiva. Dado que la sociedad otorga grandes honores a la inteligencia y a la habilidad técnica, es difícil que los padres dejen de crearse determinadas expectativas acerca de sus hijos e hijas. Frecuentemente, esperan ser capaces de alcanzar sus metas indirectamente, a través de sus hijos. Por lo cual, para los padres es una enorme decepción el enterarse de que su bebé padece una deficiencia mental, les resulta más difícil abandonar la imagen ideal que se habían creado de él y mirar de frente la realidad (Johnson). A pesar de que los padres de este estudio no expresan estar decepcionados de sus hijos e hijas, las expectativas que ellos tienen hacia los niños y las niñas no son como lo comenta Johnson, sino que ellos esperan cosas más simples (podría decirse, para alguien normal), como el que puedan hablar bien o que sean autosuficientes, es decir, no piensan en algo más a futuro (como realizar una carrera o algo parecido) aunque sus deficiencias no sean graves. Esto ocurre tanto en el caso de los padres de niños:
Como en el caso de los padres de niñas:
Aquí se puede notar una diferencia entre lo que los padres de niños quieren para sus hijos y lo que quieren los padres de niñas (aunque en algunas cosas puedan coincidir), ya que, al parecer, los padres de los niños esperan un poco más de ellos, ya que mencionan la independencia, el éxito y la responsabilidad, como características principales de los niños. Actitudes tales como rechazo, discriminación, aislamiento, agresión física y verbal, sorpresa, admiración, comparación, etcétera, se dan ante las personas que no responden a los valores tradicionalmente aceptados, lo cual, aunado a las diversas concepciones sobre lo “normal” y “anormal”, determinan las respuestas de los grupos sociales hacia personas que no cumplen normas previamente estipuladas. Estas presiones sociales no sólo se reflejan en el ambiente social y familiar, sino también en el ambiente educativo y de políticas públicas.
Las experiencias y lectura de la realidad de los varones sobre la paternidad de “niños” o “niñas” con discapacidad, no sólo se relacionan con aspectos históricos y culturales, sino también con aspectos familiares donde surgen específicamente las relaciones abuelo-padre y padre-niño(a), las cuales influyen en cómo los varones aprendieron a ser padres. Fuller señala que algunos hombres, a pesar de haber sido hijos de padres ausentes, intentan crear un sentido de pertenencia frente a éste, involucrándose en la relación con sus hijos en mayor medida que sus padres. El caso de los padres quienes tuvieron una buena relación con sus papás es congruente con los planteamientos de Yablonsky (1993), los que señalan que sí el padre actúa su rol de manera adecuada, un resultado positivo puede ser un hijo que se convierte en un cariñoso amigo cuando él mismo se vuelva un adulto padre. Con esto puede observarse en la mayoría de los entrevistados que, haya sido positiva o negativa la relación con su propio padre, los padres, generalmente, eligen ser diferentes al modelo paterno que tuvieron. Sin embargo, en este estudio no hay grandes diferencias entre los discursos de los padres de las niñas y los de niños, ya que en la mayoría de ellos se menciona que el aprendizaje de ser padre lo han obtenido a través de familiares, textos, escuelas, otras personas o en base a sus propias experiencias. Rodrigo y Palacios (1998) señalan que para adaptarse al nuevo rol de padre o madre, es beneficiosa y necesaria la ayuda y el apoyo procedentes del contexto social que rodea a los padres, como puede ser el apoyo informal recibido de familiares y amigos o bien el formal procedente de instituciones sociales. Cada familia puede necesitar o valorar más uno u otro dependiendo de sus circunstancias particulares. Referente a la autorreflexión de la propia paternidad, Sinay argumenta que, así como la madre es el primer modelo de mujer que conocerá el hijo o la hija, el padre es quien le transmitirá su primera noción de hombría. Si el hijo es varón, en el padre encontrará el primer reflejo de su identidad sexual. Si es mujer, en él hallará una primera referencia acerca de la diferencia. Por ello es que se entiende que todos los papás de niñas, únicamente, sean los que expresen características como sentirse seguros, contentos, etc., debido a sus edades y vivencias. Y, por su parte, los padres de niños se notan más preocupados e inseguros por la forma en que están desempeñando su paternidad; esto se da, seguramente, porque se interesan en ser un buen modelo para sus hijos, ya que ellos probablemente se convertirán en padres algún día y es posible que la experiencia con sus propios padres sea un buen modelo a seguir para el ejercicio de su propia paternidad. Al hablar de implicaciones sociales, todos los padres de niños señalan no haberlas percibido hacia sus hijos, igual que dos de los papás de niñas. Los otros dos padres de niñas indican haber percibido alguna implicación social (rechazo, señalamiento, falta de aceptación en grupos, no convivencia con otros niños o niñas, etcétera) debido a las características de sus hijas. Los padres entrevistados perciben actitudes de otras personas hacia ellos, que los hacen sentir diferentes de una u otra manera, debido a la situación que están viviendo con sus hijos e hijas con discapacidad. La gente da señas de la impresión que les causa ver o tratar a los niños y niñas con características de desarrollo diferentes, debido a que no están acostumbrados a tratar con personas diferentes a ellos y, por otra parte, no están bien informados acerca de las limitaciones, características y necesidades que tienen este tipo de niños y niñas (Bowley y Gardner). Cabe destacar que los niños y niñas que participaron en este estudio tenían diferentes tipos de discapacidad, lo cual también pudo influir en la manera en que estos padres respondieron, ya que, como lo menciona Álvarez (2001), la forma en que reaccionan los padres de un niño o una niña con discapacidad depende de las creencias personales de su familia acerca de la crianza de niños(as), la edad de su niño o niña y la naturaleza de su impedimento. Con base en lo anterior, es necesario precisar que los padres entrevistados en este estudio no difieren en gran manera en sus discursos respecto a lo que para ellos es la paternidad, así como las implicaciones sociales que enfrentan hacia sus hijos e hijas a pesar de su diferencia de sexo; no obstante, en cuanto a la forma en la que ellos se ven a sí mismos como padres se advierte una diferencia, resaltando una preocupación mayor por parte de los padres de niños, respecto a si estarán realizando lo correcto con sus hijos, ya que las demandas sociales hacia los varones son sumamente complejas; en cambio los padres de niñas se notan más seguros de la manera en la que ejercen su paternidad. Enseñar a los padres patrones de crianza similares para niños y niñas resalta la idea de que ellas son tan capaces como los varones de promover experiencias satisfactorias para los varones en el ejercicio de su paternidad, aún en situaciones como las de los padres aquí citados. Fuller plantea que las actitudes paternas tienen fuertes repercusiones sobre el universo psicológico de hijos e hijas y sobre la constitución temprana de la identidad de género. La experiencia de la paternidad es vivida de manera distinta en función del número de hijos que se tiene, del lugar que ocupen dentro de la familia, del sexo de cada uno de ellos y del contexto sociocultural en el que ejerce la función paterna. Tan sólo en el juego se encuentran diferencias entre lo que hacen la madre y el padre respecto a sus hijos e hijas, por ejemplo: cuando el padre juega con el niño, éste mantiene los ojos más abiertos, es más juguetón y se manifiesta más alegre; el juego de la madre es más didáctico y utiliza más los objetos, mientras que el juego del padre es más vigoroso y estimulante. Sin embargo, los padres prefieren juegos de alzar en el aire para con sus hijos varones y menos juegos físicos con sus hijas (Parke). El padre refuerza los estándares de papel sexual; incluso en situaciones de juego (Pruett) el niño utilizará materiales más grandes, pesados y caros, mientras que las niñas utilizarán muñecas, bolsas, juegos de té, etcétera. El padre no solamente elige diferentes clases de juguetes para sus hijos y para sus hijas, sino que les anima o desanima a jugar aquellos que considera adecuados o inadecuados para sus respectivos sexos. La habilidad del padre como compañero de juegos, sobre todo si son físicamente estimulantes, está más correlacionada con el desarrollo intelectual de los varones que con el de las mujeres. El padre influye sobre el progreso cognitivo de las hijas mediante estimulación verbal, tal como hablarles, halagarlas, alabarlas y mostrándose capaz de responder a sus iniciativas sociales. El padre, más que la madre, tiende a responder a sus hijos de modos estereotipados conforme al sexo y fomentar las actitudes masculinas en sus hijos y las femeninas en sus hijas. Es más probable que destaquen más en los varones la importancia de una carrera y un éxito profesional (Parke). En este sentido, surgen estudios (Rojas, 2006; Torres; Ramos, 2001; entre otros) que analizan la importancia de tener un hijo varón y los cambios de la relación de ellos con sus hijos, resaltando una muy alta valoración a tener al menos un hijo varón, preferentemente el primogénito. Yablonsky señala que todos los padres disfrutan y toleran a sus hijos e hijas, aún cuando no tengan ningún problema en particular. La diferencia, sin embargo, se encuentra en el grado de disfrute y tolerancia. Nadie puede decir si la negación de un padre acerca de la discapacidad de su hijo o hija, es más o menos dolorosa que confrontar la realidad de tener un hijo(a) que no cubra los sueños del padre. Este trastocamiento de las relaciones familiares y, específicamente, las alteraciones de la función paterna, generan prácticas de crianza que no permiten el establecimiento de relaciones familiares que lleven a un buen desarrollo psicológico (Arvelo, 2003).
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México: El Manual Moderno. 1 Facultad de Estudios Superiores Iztacala, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Estudios Superiores Iztacala, Universidad Nacional Autónoma de México, patosi@servidor.unam.mx. 2 El concepto de discapacidad indica la presencia de una condición limitante por problemas esencialmente de tipo físico, mental o ambos, generalmente por enfermedad adquirida o congénita, traumatismo u otro factor ambiental. También incluye una dificultad del individuo para responder a las exigencias de su ambiente. Este término se utiliza para sustituir a muchos otros: deficiente, inválido, minusválido, etcétera. El concepto como tal debe utilizarse como adjetivo y nunca como sustantivo, es decir, no se debe utilizar el término discapacitado, sino de la siguiente manera “una persona con discapacidad” (Sánchez, Cantón y Sevilla, 1997). 3
Uno de los principales
cuestionamientos para quienes trabajan con grupos familiares donde hay
niños o niñas que tienen características particulares
es el criterio de salud/enfermedad y de normalidad/anormalidad. Cuando
surge un deterioro en el funcionamiento intelectual de una persona, su
grupo familiar se define como “sano” opuesto al integrante
definido como “enfermo”, es decir, el criterio de salud/enfermedad
está superpuesto al de normalidad/anormalidad y también
al de adaptación y desadaptación. Dichos términos
constituyen series de relaciones donde los criterios de normalidad y enfermedad
forman parte de categorías absolutas y naturales (Berenstein, 1991).
Frecuentemente, el grupo familiar no percibe el código de valores
desde el cual se da el significado a una conducta como sana/enferma y
el opuesto salud/enfermedad, no cuestiona el código de valores
y lo considera como absoluto, válido y natural. 4 La metodología cualitativa se entiende como una técnica que surge del campo de la investigación científica, la cual busca indagar en la subjetividad, es decir, en la manera en como se relacionan las personas y su ambiente (Álvarez-Gayou, 2005). 5 En un trabajo más a fondo sería interesante realizar un análisis por clase, escolaridad, ocupación laboral, edad, con relación a la complejidad de ser hombre/padre, entre el modelo dominante de la paternidad y la experiencia de algunos cambios vividos. |
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