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Presentación
del Número

Juan Carlos Ramírez Rodríguez
Guitté Hartog 1


Dudar de la propensión natural de los varones a ejercer la violencia parece tan revolucionario como lo fue el hecho de cuestionar el instinto maternal y la envidia del pene por las mujeres en una cierta época. Para abrirse nuevas puertas fue necesario que el feminismo se cuestionara la esencia del eterno femenino, es decir, su natural bondad, complejo de inferioridad y sentido de abnegación. Ahora, para avanzar en el camino de la igualdad, urge que se repiensen las masculinidades fuera de ese orden social patriarcal en el que los varones viven bajo el mandato de afirmar su virilidad, siendo predadores sexuales en potencia, guerreros conquistadores que reafirman su superioridad machista a través de su tendencia natural a oprimir a las mujeres. Esto no nos lleva a negar la realidad de una violencia masculina existente, sino más bien a considerar a los varones no solamente como parte del problema sino también como elemento de la solución. De allí la importancia de disociar la violencia de la hombría y de buscar formas alternativas de conceptualizar las masculinidades fuera del ejercicio de las diferentes formas de violencia.


Tener la osadía de pensar las relaciones de género fuera del marco habitual constituye un reto obligatorio por LA MANZANA que, desde el medio académico, se propone estimular la investigación y la reflexión sobre las masculinidades. Esta tarea nos llevó a dedicar nuestro tercer número al “problema” de la violencia. Pero, resulta algo frustrante, ya que parece que ni siquiera existe un término lexical, una metáfora suficientemente fuerte para lograr nombrar la amplitud, la omnipresencia y la complejidad de ese objeto multifacético que contamina nuestras realidades e imaginarios. “Plaga, virus, malestar, condenación, cáncer social, trastorno emocional”… la violencia se observa en todas partes y, al mismo tiempo, queda invisibilizada, camuflada. Hasta bajo la lupa de las y los especialistas obtenemos una visión bastante parcial, para no decir nebulosa, de lo que sucede en realidad.


Hay que admitir que nuestros conocimientos del fenómeno son todavía escasos, a duras penas diferenciamos algunas de sus formas “simbólicas, emocionales, físicas, sexuales, económicas, legales, políticas…”, que en la realidad nunca se observan aisladas, ya que por lo general se combinan y se ubican de manera diferente según los diversos contextos socioculturales. Habitualmente, la cara más difundida de la violencia se observa en el rostro de una mujer golpeada por un hombre. Pero, tras un golpe, una violación o el asesinato de una mujer y la impunidad con la cual se trata el asunto frente a la justicia, se esconden todas las formas de violencia precedentemente enumeradas. Y una de ellas es pensar que se trata solamente de un problema femenino y que los hombres no tienen que ver en él, ya que no padecen las consecuencias de esta violencia.


El feminismo como movimiento político, social y académico fue pionero en evidenciar y denunciar las diferentes formas de violencia de género ejercida hacia las mujeres. Y solamente desde hace algunos años, a través de los estudios de género que empezaron a analizar a las masculinidades como construcciones sociales, se iniciaron los primeros esfuerzos colectivos por involucrar a los varones como elementos de reflexión tanto en la investigación como en las políticas públicas para prevenir e intervenir en los casos de violencia. “Violencia: ¿el juego del hombre?” fue el tema central de la convocatoria del II Coloquio Internacional de Estudios sobre Varones y Masculinidades y el I Congreso Nacional de la Academia Mexicana de Estudios de Género de los Hombres, que se realizó del 21 al 23 de junio de 2006 en Guadalajara, México. Los trabajos presentados en la reunión y las discusiones a que dieron lugar enriquecieron las distintas perspectivas teóricas, los hallazgos de investigaciones específicas y las metodologías utilizadas para dar cuenta de este fenómeno. Una parte importante de los retos es hacer visible a los varones, su papel en esta práctica, estudiarlos más que inferirlos, reconocerlos y comprender las dinámicas en que se gesta la violencia (Ramírez, 2005); lo que se presenta es un espacio de debate, de análisis y vacíos que demandan investigación.


Vivir en un mundo sin violencia involucra una reforma en profundidad de nuestras relaciones íntimas e interpersonales, del sistema familiar, del mundo laboral y académico, del gobierno, de las políticas sociales y hasta de nuestros sistemas de creencias intelectuales y espirituales, ya que en nombre de la Verdad y de Dios se cometen las peores atrocidades. El mismo lenguaje académico utilizado parece reflejar un clima de guerra entre hombres y mujeres para “acabar” con la violencia: librar la batalla contra las injusticias, combatir y luchar por la igualdad, conquistar nuevos espacios, invasión de la esfera pública, derrota de los símbolos masculinos, romper los esquemas tradicionales… Todavía cuesta trabajo construir un espacio de reflexión intelectual; no sobran las herramientas teóricas y metodológicas para analizar los diferentes parámetros de la violencia y buscar alternativas a su ejercicio. Hace falta inventar otros escenarios alternativos al de la mano dura, imaginar otros tipos de personajes frente a los de las películas pésimas donde los buenos y los malos no son difíciles de diferenciar y son condenados a repetir los mismos papeles hasta que la muerte los separe. En este sentido, disociar la hombría de la violencia y la feminidad de la ternura maternal permite pensar que otras ecuaciones son posibles; soñar en otros escenarios que la ley de la gravedad o de la selva; salir del cinismo complaciente con la injusticia y la explotación humana para explorar otras probabilidades y establecer nuevas coaliciones.


La violencia es una práctica social entreverada en la estructura social, tan añeja como compleja. Si bien ha sido estudiada con amplitud, el enfoque analítico desde la perspectiva de género de los hombres es relativamente reciente y de interés creciente. Los varones son los principales mandatarios y protagonistas de esta práctica, aunque no los únicos, pero sí los que llevan a cabo las acciones más devastadoras y sistemáticas. El acento puesto en el género para observar a los varones que ejercen violencia ha sido motivado, entre otros, por los abundantes estudios acerca de la violencia de que son objeto las mujeres por parte de ellos (Naciones Unidas, 1989, 2006); esto ha generado derivaciones analíticas que van más allá de las propias mujeres como objeto de la violencia.


La sistematización en el estudio de la denominada violencia de género ha contribuido a la generación de un corpus de conocimiento ordenado sobre los tipos, la frecuencia y prevalencia; los efectos y espacios sociales donde se ejerce; los vínculos sociales de quienes intervienen en este fenómeno; las condiciones contextuales que facilitan o frenan la expresión de la violencia como una práctica social legítima; y los servicios y las instituciones responsables de encararla y resolverla. Si bien los avances han sido vertiginosos, los retos siguen siendo mayúsculos (Naciones Unidas, 2006).


En este sentido, es necesario iniciar o profundizar estudios sobre las intersecciones de diversas formas de ejercicio de la violencia, por ejemplo, la que se ejerce contra las mujeres y contra otros hombres y su vínculo con aquellas que tienen un componente étnico, racial y de clase; las variantes de la violencia contra personas que sufren alguna discapacidad o que pertenecen a algún grupo de edad específico, como las personas ancianas (Hearn et al., 2002). La prostitución infantil, que ha generado escándalos en el ámbito mundial, continúa solapada y silenciada en muchas sociedades, por lo que es urgente abordar su relación con la demanda masculina de niñas y de niños que constituye el factor esencial y relevante del desarrollo y expansión de la comercialización sexual de los seres humanos. Sin demanda y complicidad masculina no habrían redes de tráfico de personas, ni redes esclavistas y de turismo sexual; éstos son aspectos de interés creciente, pero poco explorados.


Existen grupos que, por su inclinación sexual, se transforman en blanco de la violencia, como los lésbicos, gays, bisexuales, travestis y transexuales. La homofobia, misoginia y misandria son una continuidad de la violencia asociada a la preferencia sexual que demanda una sistemática investigación desde la perspectiva de los varones, tanto de quienes la ejercen como de quien es víctima de ella.


La violencia hacia migrantes relacionada, casi invariablemente, con la xenofobia, el color de piel y las fuertes raíces socioculturales ha sido, es y será un fenómeno en crecimiento, debido a la movilidad cada vez mayor de grandes grupos de población que no sólo cruzan fronteras de países vecinos, sino que hacen travesías (trans)continentales. De esta manera, la violencia está vinculada al fenómeno de la globalización en términos económicos, culturales y comunicativos.


Los conflictos armados, los genocidios y las guerras civiles impactan de manera diferente sobre los hombres sobrevivientes que se vieron involucrados en ellos. Los varones que participaron y fueron víctimas de las masacres, que violaron o vieron a sus mujeres violadas, que mataron, torturaron o fueron torturados, que fueron forzados o se involucraron voluntariamente como guerrilleros experimentaron situaciones extremas de miedo, de impotencia y de violencia. Se convierten en humanos mutilados con la virilidad exacerbada o lastimada. Estos temas son de actualidad, ya que la historia nos enseña que no aprendemos nada de ella y que se siguen mandado hombres –y ahora cada vez más mujeres– a la guerra. Será que la historia se acuerda más de sus héroes, de los que se cubrieron de gloria o de los muertos, que de los que sobrevivieron sufriendo de choques postraumáticos, enloquecidos por lo que han visto, hecho y perdido. En este sentido, en el campo de estudio sobre las masculinidades hace falta investigaciones para entender los engranajes del dispositivo ideológico, los mecanismos de sobrevivencia y los costos sociales de seguir alimentando el odio-miedo y las políticas de invasión o de opresión a través de las armas. Aliar a los varones en la construcción de una cultura de paz, de la resolución pacífica de conflictos y de una convivencia democrática queda como uno de los retos claves para generar una hombría que no se apoye en el ejercicio del poder o de la violencia, sino más bien en el de poder contribuir a un mejor bienestar humano.


Las y los jóvenes y adolescentes, víctimas de exclusión social, son un sector amplio en el mundo cuya dinámica generacional propende, al menos en una proporción, a incorporar la violencia como un elemento identitario (Anderson y Umberson, 2001; Kersten, 1996; Tillner, 2000) y manifestarla de múltiples formas –porras deportivas, pandillas, movimientos barriales, creencias religiosas, entre otras– (Barker y Loewenstein, 1997; Gerami, 2003; Martino, 2000; Najcevska, 2000; Totten, 2003). ¿Cómo se vinculan y hacen sinergia estas expresiones con otras clases de violencia como las de los militares, empresarios o políticos a favor de una limpieza social? Según Maffessoli (2007) la agresividad y el deseo sexual son parte de la naturaleza humana y de las sociedades y, por lo tanto, más vale orientar el fuego que tratar de apagarlo por completo. Esta fuerza y energía ameritan ser canalizada a través de rituales y de formas de expresiones orientadas, que en lugar de destruir o de manifestarse de manera descontrolada puedan convertirse en una fuerza útil o, al menos, inofensiva, “homeopatizada” según las palabras del sociólogo, que había previsto la revuelta y los “disturbios” de los barrios periféricos franceses. Por un lado, reprimir moralmente toda expresión de fuerza física, de ilusión de sentirse invencible, de ganas de desahogo, de transgresión de las autoridades morales o de energía combativa no resuelve los problemas de fondo: humillación, impotencia, exclusión o intolerancia, que viven los grupos vulnerables en nuestras sociedades, los cuales son víctimas de todas las formas de violencia y que pueden encontrar en el vandalismo, el robo y el secuestro una oportunidad de sobrevivir y de entretenerse en un contexto socioeconómico que les es hostil. Por el otro lado, ofrecer solamente modelos de masculinidades que legitimen la demostración de la fuerza bruta, del riesgo y de la insensibilidad, sin ninguna otra alternativa para poder obtener reconocimiento como varones fomenta el surgimiento de “terroristas” que, como Bush o los pandilleros callejeros, se desquitan de sus frustraciones asesinando, como si se tratará de un juego varonil donde ellos son los héroes.


El abuso sexual sufrido por los chavitos, las violaciones entre hombres, las humillaciones o las golpizas recibidas por el ejercicio de una autoridad masculina, la experiencia de no tener un modelo de hombre al cual identificarse, porque ser o haber tenido padres ausentes, alcohólicos o violentos son sufrimientos masculinos que quedan completamente silenciados o invisibilizados en nuestras sociedades, ya que la invulnerabilidad en la cual son ubicados los del sexo fuerte dificulta que se abran espacios para que esos temas sean tratados y que las víctimas reciban apoyo.


Este panorama de vacíos y desafíos contrasta con la absoluta ausencia de estudios sobre los hombres que no ejercen violencia. ¿Cómo es que éstos han eludido, sorteado, renunciado y construido identidades de género, de masculinidades, en que la violencia no forma parte de ellas? Es necesario conocer a fondo estos procesos (Montoya, 1998) para poder identificar estrategias de mejor convivencia humana, de resolución de conflictos y de activismo pacífico. Por otra parte, los varones no tienen el monopolio del ejercicio de la violencia. Las mujeres la ejercen a su manera hacia los hombres y hacia las propias mujeres. Cómplices, ciegas o caníbales, las féminas participan también de una cultura patriarcal, de donde se puede sacar ventaja de sujetar al otro o a la otra cuando la oportunidad se presente. Los problemas de salud mental, de amargura, de falta de recursos emocionales o de desesperación existen también en las mujeres, ya que la destreza humana no sabe de género, aunque éste último matiza a través de la socialización ciertas experiencias y formas diferentes de expresarla por las mujeres y los hombres.


Los medios de comunicación como la televisión, que por lo general viven de la venta de sus espacios publicitarios cuyos precios dependen directamente de la proporción de su audiencia, proveen al gran público lo que se vende y definen lo que entretiene. La violencia, el sexo y el morbo son parte de ello. De manera general, la televisión tiene un gran poder de alienación particularmente en lo que concierne a los temas de género. La descalificación sistemática de los varones para cuidar a sus hijas o hijos fuera del papel de proveedor, para fijarse en otro aspecto de una mujer que su apariencia física, sin hablar del contenido exclusivamente heterosexista y a veces homofóbico de las publicidades y de la programación, son formas de ejercer la violencia simbólica hacia los varones, haciéndoles pasar por seres primitivos, irresponsables, que se dejan guiar por sus puros instintos primarios.


En este número de LA MANZANA hemos seleccionado algunos artículos que ilustran ciertos aspectos de los varios que constituyen la violencia, sean estos sus diferentes contextos, formas, expresiones y protagonistas.


El trabajo de investigación-acción que lleva a cabo Margarita Ortiz sobre las representaciones sociales de la violencia de los y las jóvenes de zonas de marginación y de alta inseguridad de Ciudad Guatemala, permite de entrar en el universo de las maras, de jóvenes víctimas de todos los abusos (sexuales, físicos, económicos, políticos…) tanto en su hogar como en la calle y que logran pasar de la delincuencia al activismo, hacia los derechos de las niñas y de los niños involucrándose en actividades comunitarias y políticas con ellos. Como sobrevivientes de la violencia, las y los jóvenes desarrollan una mirada lúcida de sus mecanismos y de los daños que provoca. Aprovechan las oportunidades de tener una vida mejor que se les ofrecen y, de victimarios que repiten las ofensas que recibieron, se vuelven actores sociales conscientes de la necesidad de revertir la situación y de ofrecer una mejor protección a las niñas y a los niños de su comunidad. Blancos de las políticas de limpieza social, de esa ideología de mano dura que piensa que eliminado a la “escoria” una sociedad logra acabar con la violencia, estos jóvenes peligran por la falta de visión de las autoridades que no logran mirar la violencia con una actitud responsable, entender sus mecanismos profundos, para elaborar herramientas que se apoyen en el potencial humano en la búsqueda de una mayor felicidad.


El trabajo de investigación “Identidades de género, sexualidad y violencia sexual”, presentado por Joaquina Erviti, Roberto Castro e Itzel A. Sosa-Sánchez ilustra cómo los propios profesionales –como los médicos, profesores y abogados– contribuyen a reproducir un discurso que legitima la naturalización del ejercicio de la violencia sexual como parte de la identidad masculina. La atribución de un deseo sexual incontrolable de los varones y de una fuerza extraordinaria a las piernas de las mujeres para evitar una relación sexual no consentida son los argumentos contradictorios utilizados para justificar una cierta erotización de la violencia sexual y para descalificar los testimonios de las mujeres “supuestamente” violadas que piden justicia. En este artículo se evidencia cómo se enseña a los futuros abogados y médicos a cuestionar la credibilidad de las mujeres ante las denuncias de violación desde una posición de poder y autoridad jurídico legal. Lo que hace pensar que, para intervenir mejor sobre el problema de la violencia, habría un enorme trabajo que hacer a partir de las instituciones educativas que forman a las futuras generaciones de profesionales que intervienen en los casos de violencia para que dejen de ser complices de los abusos sexuales y pueden apoyar a las víctimas en su búsqueda de justicia en lugar de humillarlas en el proceso de denuncia. Un cambio de la cultura jurídica a favor de la igualdad de género en los propios implicados en la gestión de la justicia aparece como fundamental para que estos casos dejen de ser tratados con el cinismo que permite la reprodución de la violencia hacia las mujeres.


Quedándonos en el tema del cinismo en las instituciones educativas, el artículo de Elva Rivera Gómez y Gloria Tirado Villegas analiza cómo en el ambiente universitario se ejerce la violencia simbólica a través del conocimiento científico y del discurso académico. Las autoras calan hondo en la concepción de dominación masculina en la arena de la producción de conocimiento por antonomasia en nuestras sociedades. La Universidad no está exenta de que sus miembros, expuestos a una cultura asentada en el privilegio masculino, reproduzcan y legitimen la subordinación de las mujeres, subestimen los estudios que tratan acerca de ellas e incentiven formas larvadas de violencia simbólica generalmente silenciosa, irreconocible, naturalizada e incluso deseada.


Por su parte, en su artículo, Alicia Estela Pereda Alonso continúa con el análisis de la violencia simbólica a través de los discursos amorosos sobre la pasión y el respeto que circularon en México durante la década de los años treinta. Teniendo fuentes diversas como los boleros, revistas y entrevistas con informantes que vivieron en esta época se logra desenmascarar lo que encubren estos discursos que contribuyen de manera sustantiva a reproducir las condiciones de desigualdad, de asimetría y de subordinación intergenérica. Este tipo de análisis permite indagar cómo, a través de discursos no oficiales, aparentemente no ofensivos como “los hombres deben vivir sus pasiones amorosas” y “lo que se debe hacer para darse a respetar como mujer”, se logran transmitir mensajes de manera sutil que educan sobre las reglas del orden social en vigor.


El poder pedagógico del encanto y del discurso estético a través de la producción de imágenes, de la literatura, de la música, del teatro, del cinema, de la prensa y de la televisión queda como un vasto campo que explorar tanto en el ámbito de la investigación como de los programas de prevención para quien se preocupa por el tema de la violencia y de la igualdad de género. En efecto, más allá del análisis de los estereotipos sexistas, heterosexistas, clasistas, racistas, etc., que contaminan casi toda la producción de los medios de comunicación, el lenguaje artístico tiene un poder de convencer por la seducción, que educa emocionalmente y propone modelos de relaciones humanas. En este sentido, de un lado, los mensajes transmitidos por las obras de arte tienen un gran potencial de ejercer varias formas de violencia simbólica y de alienar a las poblaciones. Pero, del otro lado, la creatividad artística también tiene los recursos para sorprender, proponiendo una dignificación simbólica de la convivencia humana a través de la diversidad, imaginando otras verdades, así como la denunciación de las diferentes formas de violencia.

Alan Greig problematiza sobre el tema de la violencia de los varones contra las mujeres. Los aspectos que discute tienen implicaciones tanto para la compresión del fenómeno como para la intervención y la transformación, no sólo de las relaciones violentas en sí mismas, sino, de manera particular, sobre la política de género en la cual se enmarcan las primeras. Habría que considerar que el uso de conceptos, categorías y perspectivas analíticas no son inocuas y sin lugar a duda impactan cualquier propuesta de trasformación e intervención social.


El artículo de Lourdes Bandeira muestra casos extremos de violencia que terminan en homicidios de mujeres, pero también de otros miembros de la familia, así como de otras personas que no son familiares. La manera como se ha estructurado el patriarcado en nuestras sociedades hace posible que la expresión de la violencia no sea reproducida de manera lineal, sino que es una forma de expresión y su práctica es diversa y sus desenlaces múltiples, pero tienen como base común un elemento de control, de subordinación, de apropiación de la otra, pero también de otros, que llega al aniquilamiento, a la destrucción.


En su artículo “Nuevos posicionamientos de género: varones víctimas de la violencia de sus mujeres” Patricia Trujado Ruiz ilustra cómo los hombres pueden también sufrir, a veces, en relaciones de parejas destructivas. El hecho de que existen varias formas de violencia femeninas puede incomodar cuando es utilizado como un contra-argumento para minimizar o desacreditar el impacto de la violencia masculina ejercida hacia las mujeres. En un momento de la historia donde todavía, por razones de machismo, no se reconocen las consecuencias de la violencia ejercida del “sexo considerado como fuerte” sobre el “sexo considerado como débil” o vulnerable a través de las relaciones íntimas, más controversial es el hecho de que los varones se puedan encontrar en situación de completa desprotección frente a las amenazas y explosiones de ira de su pareja femenina.


Este artículo nos recuerda que la violencia es un ejercicio de poder, que cobra sufrimiento y que se trata de un recurso que se puede utilizar con bastante impunidad, ya que las víctimas –sean mujeres, niños o niñas u hombres– quedan desprotegidas frente al sistema de justicia. Y que, en el proyecto de construir un mundo más justo y sano, no se trata de un concurso para saber quiénes son más víctima o más victimario, sino de crear mecanismos para no tolerar que un ser humano demuestre su poder o sufrimiento lastimando a otro. Además, el trabajo sobre la victimización de los varones abre grandes puertas para poder entender su vulnerabilidad emotiva, sus crisis de celos, su destreza en el desamor o hasta cómo varios de ellos se vuelven victimarios desarrollando una insensibilidad a su propio sufrimiento y al de los demás.


Los asuntos amorosos y las crisis emocionales cuando las parejas entran en conflictos o en procesos de ruptura quedan como un tema subyacente en varios de los artículos, que ameritarían ser más estudiados en el futuro. Las decepciones, la dependencia afectiva, sexual y económica, los engaños, los celos o el simple desamor son sentimientos que provocan emociones fuertes, como el enojo, la desesperación, el rencor o la ira. Cultural y socialmente, los recursos para atender a este tipo de sufrimiento, con un potencial explosivo que puede degenerar en situaciones peligrosas como el suicidio o actos de violencia extrema, son escasos. Se requiere la creación de centros de atención por varones en crisis, una cultura que permita a los hombres y a las mujeres recibir apoyo, sentirse acompañados en los momentos difíciles, ventilar emociones negativas; la creación, también, de mecanismos que permitan a las parejas y a las familias separarse de manera pacífica sin ser juzgadas por todo un aparato social que busca culpables, que percibe como un fracaso toda salida de una relación formal aunque completamente destructiva.


En la elaboración de este número varios temas “obligatorios” no quedaron lo suficiente cubiertos, uno de ellos es, indiscutiblemente, el de las iniciativas para prevenir u ofrecer alternativas a un estilo de vida contaminado por la violencia. Aprovechando el espacio, nos permitimos mencionar de manera breve dos iniciativas que nos aparecen innovadoras y que a nuestros ojos valen la pena de ser difundidas.


Un ejemplo de propuesta interesante es la que elabora el programa de filosofía de la Universidad Laval en Québec, Canadá, que consiste en la incorporación de programas de prácticas filosóficas para niñas y niños en las escuelas primarias. Cuyos objetivos pedagógicos son: desarrollar habilidades de comunicación que permitan enfrentar y resolver los conflictos de manera pacífica, escuchar y dialogar con personas que tienen puntos de vista opuestos sin denigrarlas y, sobre todo, desarrollar habilidades para tratar de entenderse a sí mismas/mismos y a los demás dando sentido a su existencia y a los retos de la convivencia humana. Buscando proporcionar a las niñas y a los niños la posibilidad de poder reflexionar sobre su propia realidad, de tener los elementos básicos para nombrarla y expresarla con el fin de orientar sus acciones más de acuerdo a sus ideales que siguiendo sus instintos primitivos.


Otra de las iniciativas estimulantes para prevenir la violencia es la que elabora el Programa H, promoviendo la equidad de género a través de la promoción de la salud física, sexual y emocional, principalmente en los hombres jóvenes. El material pedagógico compuesto de una serie de manuales y de videos en dibujos animados, elaborado en Amerpor el Instituto Profundo, Salud y Género A. C., Ecos y el Instituto Papai, proporciona herramientas atractivas para elaborar talleres o actividades de reflexión para trabajar temas de masculinidades, como el de la violencia, de las emociones, de la sexualidad y de la paternidad responsable, así como el de la homofobia. La idea es convertir a los varones en aliados en un cambio cultural a favor de una mejor equidad de género apoyándose en su apertura y curiosidad para explorar nuevos caminos y modelos de convivencia diferentes a los preestablecidos por los dictados de una masculinidad hegemónica.


Para concluir, queremos que este tercer número de LA MANZANA, a pesar de sus lagunas, sea una probadita que incite a querer saber más, que estimule la reflexión y la investigación, así como las iniciativas de trabajos sobre y con los varones para prever o intervenir sobre la violencia.


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Materiales pedagógicos

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