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Juan Carlos Ramírez Rodríguez
Guitté Hartog 1
Dudar de la propensión natural de los varones a ejercer la violencia
parece tan revolucionario como lo fue el hecho de cuestionar el instinto
maternal y la envidia del pene por las mujeres en una cierta época.
Para abrirse nuevas puertas fue necesario que el feminismo se cuestionara
la esencia del eterno femenino, es decir, su natural bondad, complejo
de inferioridad y sentido de abnegación. Ahora, para avanzar en
el camino de la igualdad, urge que se repiensen las masculinidades fuera
de ese orden social patriarcal en el que los varones viven bajo el mandato
de afirmar su virilidad, siendo predadores sexuales en potencia, guerreros
conquistadores que reafirman su superioridad machista a través
de su tendencia natural a oprimir a las mujeres. Esto no nos lleva a negar
la realidad de una violencia masculina existente, sino más bien
a considerar a los varones no solamente como parte del problema sino también
como elemento de la solución. De allí la importancia de
disociar la violencia de la hombría y de buscar formas alternativas
de conceptualizar las masculinidades fuera del ejercicio de las diferentes
formas de violencia.
Tener la osadía de pensar las relaciones de género fuera
del marco habitual constituye un reto obligatorio por LA
MANZANA que, desde el medio académico, se propone
estimular la investigación y la reflexión sobre las masculinidades.
Esta tarea nos llevó a dedicar nuestro tercer número al
“problema” de la violencia. Pero, resulta algo frustrante,
ya que parece que ni siquiera existe un término lexical, una metáfora
suficientemente fuerte para lograr nombrar la amplitud, la omnipresencia
y la complejidad de ese objeto multifacético que contamina nuestras
realidades e imaginarios. “Plaga, virus, malestar, condenación,
cáncer social, trastorno emocional”… la violencia se
observa en todas partes y, al mismo tiempo, queda invisibilizada, camuflada.
Hasta bajo la lupa de las y los especialistas obtenemos una visión
bastante parcial, para no decir nebulosa, de lo que sucede en realidad.
Hay que admitir que nuestros conocimientos del fenómeno son todavía
escasos, a duras penas diferenciamos algunas de sus formas “simbólicas,
emocionales, físicas, sexuales, económicas, legales, políticas…”,
que en la realidad nunca se observan aisladas, ya que por lo general se
combinan y se ubican de manera diferente según los diversos contextos
socioculturales. Habitualmente, la cara más difundida de la violencia
se observa en el rostro de una mujer golpeada por un hombre. Pero, tras
un golpe, una violación o el asesinato de una mujer y la impunidad
con la cual se trata el asunto frente a la justicia, se esconden todas
las formas de violencia precedentemente enumeradas. Y una de ellas es
pensar que se trata solamente de un problema femenino y que los hombres
no tienen que ver en él, ya que no padecen las consecuencias de
esta violencia.
El feminismo como movimiento político, social y académico
fue pionero en evidenciar y denunciar las diferentes formas de violencia
de género ejercida hacia las mujeres. Y solamente desde hace algunos
años, a través de los estudios de género que empezaron
a analizar a las masculinidades como construcciones sociales, se iniciaron
los primeros esfuerzos colectivos por involucrar a los varones como elementos
de reflexión tanto en la investigación como en las políticas
públicas para prevenir e intervenir en los casos de violencia.
“Violencia: ¿el juego del hombre?” fue el tema central
de la convocatoria del II Coloquio Internacional de Estudios sobre Varones
y Masculinidades y el I Congreso Nacional de la Academia Mexicana de Estudios
de Género de los Hombres, que se realizó del 21 al 23 de
junio de 2006 en Guadalajara, México. Los trabajos presentados
en la reunión y las discusiones a que dieron lugar enriquecieron
las distintas perspectivas teóricas, los hallazgos de investigaciones
específicas y las metodologías utilizadas para dar cuenta
de este fenómeno. Una parte importante de los retos es hacer visible
a los varones, su papel en esta práctica, estudiarlos más
que inferirlos, reconocerlos y comprender las dinámicas en que
se gesta la violencia (Ramírez, 2005); lo que se presenta es un
espacio de debate, de análisis y vacíos que demandan investigación.
Vivir en un mundo sin violencia involucra una reforma en profundidad de
nuestras relaciones íntimas e interpersonales, del sistema familiar,
del mundo laboral y académico, del gobierno, de las políticas
sociales y hasta de nuestros sistemas de creencias intelectuales y espirituales,
ya que en nombre de la Verdad y de Dios se cometen las peores atrocidades.
El mismo lenguaje académico utilizado parece reflejar un clima
de guerra entre hombres y mujeres para “acabar” con la violencia:
librar la batalla contra las injusticias, combatir y luchar por la igualdad,
conquistar nuevos espacios, invasión de la esfera pública,
derrota de los símbolos masculinos, romper los esquemas tradicionales…
Todavía cuesta trabajo construir un espacio de reflexión
intelectual; no sobran las herramientas teóricas y metodológicas
para analizar los diferentes parámetros de la violencia y buscar
alternativas a su ejercicio. Hace falta inventar otros escenarios alternativos
al de la mano dura, imaginar otros tipos de personajes frente a los de
las películas pésimas donde los buenos y los malos no son
difíciles de diferenciar y son condenados a repetir los mismos
papeles hasta que la muerte los separe. En este sentido, disociar la hombría
de la violencia y la feminidad de la ternura maternal permite pensar que
otras ecuaciones son posibles; soñar en otros escenarios que la
ley de la gravedad o de la selva; salir del cinismo complaciente con la
injusticia y la explotación humana para explorar otras probabilidades
y establecer nuevas coaliciones.
La violencia es una práctica social entreverada en la estructura
social, tan añeja como compleja. Si bien ha sido estudiada con
amplitud, el enfoque analítico desde la perspectiva de género
de los hombres es relativamente reciente y de interés creciente.
Los varones son los principales mandatarios y protagonistas de esta práctica,
aunque no los únicos, pero sí los que llevan a cabo las
acciones más devastadoras y sistemáticas. El acento puesto
en el género para observar a los varones que ejercen violencia
ha sido motivado, entre otros, por los abundantes estudios acerca de la
violencia de que son objeto las mujeres por parte de ellos (Naciones Unidas,
1989, 2006); esto ha generado derivaciones analíticas que van más
allá de las propias mujeres como objeto de la violencia.
La sistematización en el estudio de la denominada violencia de
género ha contribuido a la generación de un corpus de conocimiento
ordenado sobre los tipos, la frecuencia y prevalencia; los efectos y espacios
sociales donde se ejerce; los vínculos sociales de quienes intervienen
en este fenómeno; las condiciones contextuales que facilitan o
frenan la expresión de la violencia como una práctica social
legítima; y los servicios y las instituciones responsables de encararla
y resolverla. Si bien los avances han sido vertiginosos, los retos siguen
siendo mayúsculos (Naciones Unidas, 2006).
En este sentido, es necesario iniciar o profundizar estudios sobre las
intersecciones de diversas formas de ejercicio de la violencia, por ejemplo,
la que se ejerce contra las mujeres y contra otros hombres y su vínculo
con aquellas que tienen un componente étnico, racial y de clase;
las variantes de la violencia contra personas que sufren alguna discapacidad
o que pertenecen a algún grupo de edad específico, como
las personas ancianas (Hearn et al., 2002). La prostitución infantil,
que ha generado escándalos en el ámbito mundial, continúa
solapada y silenciada en muchas sociedades, por lo que es urgente abordar
su relación con la demanda masculina de niñas y de niños
que constituye el factor esencial y relevante del desarrollo y expansión
de la comercialización sexual de los seres humanos. Sin demanda
y complicidad masculina no habrían redes de tráfico de personas,
ni redes esclavistas y de turismo sexual; éstos son aspectos de
interés creciente, pero poco explorados.
Existen grupos que, por su inclinación sexual, se transforman en
blanco de la violencia, como los lésbicos, gays, bisexuales, travestis
y transexuales. La homofobia, misoginia y misandria son una continuidad
de la violencia asociada a la preferencia sexual que demanda una sistemática
investigación desde la perspectiva de los varones, tanto de quienes
la ejercen como de quien es víctima de ella.
La violencia hacia migrantes relacionada, casi invariablemente, con la
xenofobia, el color de piel y las fuertes raíces socioculturales
ha sido, es y será un fenómeno en crecimiento, debido a
la movilidad cada vez mayor de grandes grupos de población que
no sólo cruzan fronteras de países vecinos, sino que hacen
travesías (trans)continentales. De esta manera, la violencia está
vinculada al fenómeno de la globalización en términos
económicos, culturales y comunicativos.
Los conflictos armados, los genocidios y las guerras civiles impactan
de manera diferente sobre los hombres sobrevivientes que se vieron involucrados
en ellos. Los varones que participaron y fueron víctimas de las
masacres, que violaron o vieron a sus mujeres violadas, que mataron, torturaron
o fueron torturados, que fueron forzados o se involucraron voluntariamente
como guerrilleros experimentaron situaciones extremas de miedo, de impotencia
y de violencia. Se convierten en humanos mutilados con la virilidad exacerbada
o lastimada. Estos temas son de actualidad, ya que la historia nos enseña
que no aprendemos nada de ella y que se siguen mandado hombres –y
ahora cada vez más mujeres– a la guerra. Será que
la historia se acuerda más de sus héroes, de los que se
cubrieron de gloria o de los muertos, que de los que sobrevivieron sufriendo
de choques postraumáticos, enloquecidos por lo que han visto, hecho
y perdido. En este sentido, en el campo de estudio sobre las masculinidades
hace falta investigaciones para entender los engranajes del dispositivo
ideológico, los mecanismos de sobrevivencia y los costos sociales
de seguir alimentando el odio-miedo y las políticas de invasión
o de opresión a través de las armas. Aliar a los varones
en la construcción de una cultura de paz, de la resolución
pacífica de conflictos y de una convivencia democrática
queda como uno de los retos claves para generar una hombría que
no se apoye en el ejercicio del poder o de la violencia, sino más
bien en el de poder contribuir a un mejor bienestar humano.
Las y los jóvenes y adolescentes, víctimas de exclusión
social, son un sector amplio en el mundo cuya dinámica generacional
propende, al menos en una proporción, a incorporar la violencia
como un elemento identitario (Anderson y Umberson, 2001; Kersten, 1996;
Tillner, 2000) y manifestarla de múltiples formas –porras
deportivas, pandillas, movimientos barriales, creencias religiosas, entre
otras– (Barker y Loewenstein, 1997; Gerami, 2003; Martino, 2000;
Najcevska, 2000; Totten, 2003). ¿Cómo se vinculan y hacen
sinergia estas expresiones con otras clases de violencia como las de los
militares, empresarios o políticos a favor de una limpieza social?
Según Maffessoli (2007) la agresividad y el deseo sexual son parte
de la naturaleza humana y de las sociedades y, por lo tanto, más
vale orientar el fuego que tratar de apagarlo por completo. Esta fuerza
y energía ameritan ser canalizada a través de rituales y
de formas de expresiones orientadas, que en lugar de destruir o de manifestarse
de manera descontrolada puedan convertirse en una fuerza útil o,
al menos, inofensiva, “homeopatizada” según las palabras
del sociólogo, que había previsto la revuelta y los “disturbios”
de los barrios periféricos franceses. Por un lado, reprimir moralmente
toda expresión de fuerza física, de ilusión de sentirse
invencible, de ganas de desahogo, de transgresión de las autoridades
morales o de energía combativa no resuelve los problemas de fondo:
humillación, impotencia, exclusión o intolerancia, que viven
los grupos vulnerables en nuestras sociedades, los cuales son víctimas
de todas las formas de violencia y que pueden encontrar en el vandalismo,
el robo y el secuestro una oportunidad de sobrevivir y de entretenerse
en un contexto socioeconómico que les es hostil. Por el otro lado,
ofrecer solamente modelos de masculinidades que legitimen la demostración
de la fuerza bruta, del riesgo y de la insensibilidad, sin ninguna otra
alternativa para poder obtener reconocimiento como varones fomenta el
surgimiento de “terroristas” que, como Bush o los pandilleros
callejeros, se desquitan de sus frustraciones asesinando, como si se tratará
de un juego varonil donde ellos son los héroes.
El abuso sexual sufrido por los chavitos, las violaciones entre hombres,
las humillaciones o las golpizas recibidas por el ejercicio de una autoridad
masculina, la experiencia de no tener un modelo de hombre al cual identificarse,
porque ser o haber tenido padres ausentes, alcohólicos o violentos
son sufrimientos masculinos que quedan completamente silenciados o invisibilizados
en nuestras sociedades, ya que la invulnerabilidad en la cual son ubicados
los del sexo fuerte dificulta que se abran espacios para que esos temas
sean tratados y que las víctimas reciban apoyo.
Este panorama de vacíos y desafíos contrasta con la absoluta
ausencia de estudios sobre los hombres que no ejercen violencia. ¿Cómo
es que éstos han eludido, sorteado, renunciado y construido identidades
de género, de masculinidades, en que la violencia no forma parte
de ellas? Es necesario conocer a fondo estos procesos (Montoya, 1998)
para poder identificar estrategias de mejor convivencia humana, de resolución
de conflictos y de activismo pacífico. Por otra parte, los varones
no tienen el monopolio del ejercicio de la violencia. Las mujeres la ejercen
a su manera hacia los hombres y hacia las propias mujeres. Cómplices,
ciegas o caníbales, las féminas participan también
de una cultura patriarcal, de donde se puede sacar ventaja de sujetar
al otro o a la otra cuando la oportunidad se presente. Los problemas de
salud mental, de amargura, de falta de recursos emocionales o de desesperación
existen también en las mujeres, ya que la destreza humana no sabe
de género, aunque éste último matiza a través
de la socialización ciertas experiencias y formas diferentes de
expresarla por las mujeres y los hombres.
Los medios de comunicación como la televisión, que por lo
general viven de la venta de sus espacios publicitarios cuyos precios
dependen directamente de la proporción de su audiencia, proveen
al gran público lo que se vende y definen lo que entretiene. La
violencia, el sexo y el morbo son parte de ello. De manera general, la
televisión tiene un gran poder de alienación particularmente
en lo que concierne a los temas de género. La descalificación
sistemática de los varones para cuidar a sus hijas o hijos fuera
del papel de proveedor, para fijarse en otro aspecto de una mujer que
su apariencia física, sin hablar del contenido exclusivamente heterosexista
y a veces homofóbico de las publicidades y de la programación,
son formas de ejercer la violencia simbólica hacia los varones,
haciéndoles pasar por seres primitivos, irresponsables, que se
dejan guiar por sus puros instintos primarios.
En este número de LA MANZANA
hemos seleccionado algunos artículos que ilustran ciertos aspectos
de los varios que constituyen la violencia, sean estos sus diferentes
contextos, formas, expresiones y protagonistas.
El trabajo de investigación-acción que lleva a cabo Margarita
Ortiz sobre las representaciones sociales de la violencia de los y las
jóvenes de zonas de marginación y de alta inseguridad de
Ciudad Guatemala, permite de entrar en el universo de las maras, de jóvenes
víctimas de todos los abusos (sexuales, físicos, económicos,
políticos…) tanto en su hogar como en la calle y que logran
pasar de la delincuencia al activismo, hacia los derechos de las niñas
y de los niños involucrándose en actividades comunitarias
y políticas con ellos. Como sobrevivientes de la violencia, las
y los jóvenes desarrollan una mirada lúcida de sus mecanismos
y de los daños que provoca. Aprovechan las oportunidades de tener
una vida mejor que se les ofrecen y, de victimarios que repiten las ofensas
que recibieron, se vuelven actores sociales conscientes de la necesidad
de revertir la situación y de ofrecer una mejor protección
a las niñas y a los niños de su comunidad. Blancos de las
políticas de limpieza social, de esa ideología de mano dura
que piensa que eliminado a la “escoria” una sociedad logra
acabar con la violencia, estos jóvenes peligran por la falta de
visión de las autoridades que no logran mirar la violencia con
una actitud responsable, entender sus mecanismos profundos, para elaborar
herramientas que se apoyen en el potencial humano en la búsqueda
de una mayor felicidad.
El trabajo de investigación “Identidades de género,
sexualidad y violencia sexual”, presentado por Joaquina Erviti,
Roberto Castro e Itzel A. Sosa-Sánchez ilustra cómo los
propios profesionales –como los médicos, profesores y abogados–
contribuyen a reproducir un discurso que legitima la naturalización
del ejercicio de la violencia sexual como parte de la identidad masculina.
La atribución de un deseo sexual incontrolable de los varones y
de una fuerza extraordinaria a las piernas de las mujeres para evitar
una relación sexual no consentida son los argumentos contradictorios
utilizados para justificar una cierta erotización de la violencia
sexual y para descalificar los testimonios de las mujeres “supuestamente”
violadas que piden justicia. En este artículo se evidencia cómo
se enseña a los futuros abogados y médicos a cuestionar
la credibilidad de las mujeres ante las denuncias de violación
desde una posición de poder y autoridad jurídico legal.
Lo que hace pensar que, para intervenir mejor sobre el problema de la
violencia, habría un enorme trabajo que hacer a partir de las instituciones
educativas que forman a las futuras generaciones de profesionales que
intervienen en los casos de violencia para que dejen de ser complices
de los abusos sexuales y pueden apoyar a las víctimas en su búsqueda
de justicia en lugar de humillarlas en el proceso de denuncia. Un cambio
de la cultura jurídica a favor de la igualdad de género
en los propios implicados en la gestión de la justicia aparece
como fundamental para que estos casos dejen de ser tratados con el cinismo
que permite la reprodución de la violencia hacia las mujeres.
Quedándonos en el tema del cinismo en las instituciones educativas,
el artículo de Elva Rivera Gómez y Gloria Tirado Villegas
analiza cómo en el ambiente universitario se ejerce la violencia
simbólica a través del conocimiento científico y
del discurso académico. Las autoras calan hondo en la concepción
de dominación masculina en la arena de la producción de
conocimiento por antonomasia en nuestras sociedades. La Universidad no
está exenta de que sus miembros, expuestos a una cultura asentada
en el privilegio masculino, reproduzcan y legitimen la subordinación
de las mujeres, subestimen los estudios que tratan acerca de ellas e incentiven
formas larvadas de violencia simbólica generalmente silenciosa,
irreconocible, naturalizada e incluso deseada.
Por su parte, en su artículo, Alicia Estela Pereda Alonso continúa
con el análisis de la violencia simbólica a través
de los discursos amorosos sobre la pasión y el respeto que circularon
en México durante la década de los años treinta.
Teniendo fuentes diversas como los boleros, revistas y entrevistas con
informantes que vivieron en esta época se logra desenmascarar lo
que encubren estos discursos que contribuyen de manera sustantiva a reproducir
las condiciones de desigualdad, de asimetría y de subordinación
intergenérica. Este tipo de análisis permite indagar cómo,
a través de discursos no oficiales, aparentemente no ofensivos
como “los hombres deben vivir sus pasiones amorosas” y “lo
que se debe hacer para darse a respetar como mujer”, se logran transmitir
mensajes de manera sutil que educan sobre las reglas del orden social
en vigor.
El poder pedagógico del encanto y del discurso estético
a través de la producción de imágenes, de la literatura,
de la música, del teatro, del cinema, de la prensa y de la televisión
queda como un vasto campo que explorar tanto en el ámbito de la
investigación como de los programas de prevención para quien
se preocupa por el tema de la violencia y de la igualdad de género.
En efecto, más allá del análisis de los estereotipos
sexistas, heterosexistas, clasistas, racistas, etc., que contaminan casi
toda la producción de los medios de comunicación, el lenguaje
artístico tiene un poder de convencer por la seducción,
que educa emocionalmente y propone modelos de relaciones humanas. En este
sentido, de un lado, los mensajes transmitidos por las obras de arte tienen
un gran potencial de ejercer varias formas de violencia simbólica
y de alienar a las poblaciones. Pero, del otro lado, la creatividad artística
también tiene los recursos para sorprender, proponiendo una dignificación
simbólica de la convivencia humana a través de la diversidad,
imaginando otras verdades, así como la denunciación de las
diferentes formas de violencia.
Alan
Greig problematiza sobre el tema de la violencia de los varones contra
las mujeres. Los aspectos que discute tienen implicaciones tanto para
la compresión del fenómeno como para la intervención
y la transformación, no sólo de las relaciones violentas
en sí mismas, sino, de manera particular, sobre la política
de género en la cual se enmarcan las primeras. Habría que
considerar que el uso de conceptos, categorías y perspectivas analíticas
no son inocuas y sin lugar a duda impactan cualquier propuesta de trasformación
e intervención social.
El artículo de Lourdes Bandeira muestra casos extremos de violencia
que terminan en homicidios de mujeres, pero también de otros miembros
de la familia, así como de otras personas que no son familiares.
La manera como se ha estructurado el patriarcado en nuestras sociedades
hace posible que la expresión de la violencia no sea reproducida
de manera lineal, sino que es una forma de expresión y su práctica
es diversa y sus desenlaces múltiples, pero tienen como base común
un elemento de control, de subordinación, de apropiación
de la otra, pero también de otros, que llega al aniquilamiento,
a la destrucción.
En su artículo “Nuevos posicionamientos de género:
varones víctimas de la violencia de sus mujeres” Patricia
Trujado Ruiz ilustra cómo los hombres pueden también sufrir,
a veces, en relaciones de parejas destructivas. El hecho de que existen
varias formas de violencia femeninas puede incomodar cuando es utilizado
como un contra-argumento para minimizar o desacreditar el impacto de la
violencia masculina ejercida hacia las mujeres. En un momento de la historia
donde todavía, por razones de machismo, no se reconocen las consecuencias
de la violencia ejercida del “sexo considerado como fuerte”
sobre el “sexo considerado como débil” o vulnerable
a través de las relaciones íntimas, más controversial
es el hecho de que los varones se puedan encontrar en situación
de completa desprotección frente a las amenazas y explosiones de
ira de su pareja femenina.
Este artículo nos recuerda que la violencia es un ejercicio de
poder, que cobra sufrimiento y que se trata de un recurso que se puede
utilizar con bastante impunidad, ya que las víctimas –sean
mujeres, niños o niñas u hombres– quedan desprotegidas
frente al sistema de justicia. Y que, en el proyecto de construir un mundo
más justo y sano, no se trata de un concurso para saber quiénes
son más víctima o más victimario, sino de crear mecanismos
para no tolerar que un ser humano demuestre su poder o sufrimiento lastimando
a otro. Además, el trabajo sobre la victimización de los
varones abre grandes puertas para poder entender su vulnerabilidad emotiva,
sus crisis de celos, su destreza en el desamor o hasta cómo varios
de ellos se vuelven victimarios desarrollando una insensibilidad a su
propio sufrimiento y al de los demás.
Los asuntos amorosos y las crisis emocionales cuando las parejas entran
en conflictos o en procesos de ruptura quedan como un tema subyacente
en varios de los artículos, que ameritarían ser más
estudiados en el futuro. Las decepciones, la dependencia afectiva, sexual
y económica, los engaños, los celos o el simple desamor
son sentimientos que provocan emociones fuertes, como el enojo, la desesperación,
el rencor o la ira. Cultural y socialmente, los recursos para atender
a este tipo de sufrimiento, con un potencial explosivo que puede degenerar
en situaciones peligrosas como el suicidio o actos de violencia extrema,
son escasos. Se requiere la creación de centros de atención
por varones en crisis, una cultura que permita a los hombres y a las mujeres
recibir apoyo, sentirse acompañados en los momentos difíciles,
ventilar emociones negativas; la creación, también, de mecanismos
que permitan a las parejas y a las familias separarse de manera pacífica
sin ser juzgadas por todo un aparato social que busca culpables, que percibe
como un fracaso toda salida de una relación formal aunque completamente
destructiva.
En la elaboración de este número varios temas “obligatorios”
no quedaron lo suficiente cubiertos, uno de ellos es, indiscutiblemente,
el de las iniciativas para prevenir u ofrecer alternativas a un estilo
de vida contaminado por la violencia. Aprovechando el espacio, nos permitimos
mencionar de manera breve dos iniciativas que nos aparecen innovadoras
y que a nuestros ojos valen la pena de ser difundidas.
Un ejemplo de propuesta interesante es la que elabora el programa de filosofía
de la Universidad Laval en Québec, Canadá, que consiste
en la incorporación de programas de prácticas filosóficas
para niñas y niños en las escuelas primarias. Cuyos objetivos
pedagógicos son: desarrollar habilidades de comunicación
que permitan enfrentar y resolver los conflictos de manera pacífica,
escuchar y dialogar con personas que tienen puntos de vista opuestos sin
denigrarlas y, sobre todo, desarrollar habilidades para tratar de entenderse
a sí mismas/mismos y a los demás dando sentido a su existencia
y a los retos de la convivencia humana. Buscando proporcionar a las niñas
y a los niños la posibilidad de poder reflexionar sobre su propia
realidad, de tener los elementos básicos para nombrarla y expresarla
con el fin de orientar sus acciones más de acuerdo a sus ideales
que siguiendo sus instintos primitivos.
Otra de las iniciativas estimulantes para prevenir la violencia es la
que elabora el Programa H, promoviendo la equidad de género a través
de la promoción de la salud física, sexual y emocional,
principalmente en los hombres jóvenes. El material pedagógico
compuesto de una serie de manuales y de videos en dibujos animados, elaborado
en Amerpor el Instituto Profundo, Salud y Género A. C., Ecos y
el Instituto Papai, proporciona herramientas atractivas para elaborar
talleres o actividades de reflexión para trabajar temas de masculinidades,
como el de la violencia, de las emociones, de la sexualidad y de la paternidad
responsable, así como el de la homofobia. La idea es convertir
a los varones en aliados en un cambio cultural a favor de una mejor equidad
de género apoyándose en su apertura y curiosidad para explorar
nuevos caminos y modelos de convivencia diferentes a los preestablecidos
por los dictados de una masculinidad hegemónica.
Para concluir, queremos que este tercer número de LA
MANZANA, a pesar de sus lagunas, sea una probadita que
incite a querer saber más, que estimule la reflexión y la
investigación, así como las iniciativas de trabajos sobre
y con los varones para prever o intervenir sobre la violencia.
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LA PHILOSOPHIE
POUR LES ENFANTS DE L'UNIVERSITÉ LAVAL
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Juan
Carlos Ramírez Rodríguez Profesor Investigador en el
Programa Interdisciplinario de Estudios de Género (PIEGE), Departamento
de Estudios Regionales – INESER, CUCEA, Universidad de Guadalajara.
Periférico Norte 799, Edif. “M” 3er nivel. Zapopan,
Jalisco 45100. México. Tel: (33) 3770-3300 X5261; Fax: (33) 3770-3404;
poscuicuiri@yahoo.com, www.piege.com.mx.
Guitté Hartog,
Profesora Investigadora en la Maestría en Psicología Social.
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 3 Oriente #403,
Centro Histórico, Puebla, Puebla, 72 000. México. Tel/Fax.
(222) 2 32 31 86; troisgatos@hotmail.com |