a a
 



Nuevos Posicionamientos de Género:
Varones Víctimas de la Violencia de sus Mujeres

Patricia Trujano Ruíz1

 

Resumen

En nuestros días, sabemos que la violencia conyugal representa un grave problema en prácticamente todo el mundo. Múltiples organismos públicos y privados arrojan impactantes cifras de muertes o de diversos daños como consecuencia de relaciones altamente destructivas. En este contexto, las mujeres siguen constituyendo sin lugar a dudas la mayor parte de las víctimas contabilizadas. Sin embargo, las últimas investigaciones están sacando a la luz la otra cara de la moneda: cada vez más, los combates son mutuos; pero también, cada vez más varones se convierten en los depositarios de la violencia de sus mujeres. Sus testimonios empiezan a escucharse especialmente en los consultorios psicológicos y en los centros de apoyo civil y, tímidamente, en las agencias gubernamentales. Mostrar algunas estadísticas y asomarse a este fenómeno es nuestro objetivo. Considerando el momento de transición que nos caracteriza, en donde hombres y mujeres parecen reposicionarse como género, y en donde los sistemas de creencias tradicionales respecto de lo femenino y lo masculino paulatinamente se desdibujan, resulta importante detenerse a reflexionar acerca de los nuevos significados y las nuevas relaciones que queremos construir: nuevas feminidades y masculinidades, nuevas maternidades y paternidades. Por ello, y desde una perspectiva de género, intentamos abordar este desconcertante panorama que se convierte a la vez en un nuevo reto para quienes luchamos en contra de la violencia, provenga de quien provenga, repasando diversos factores psicológicos y sociales con la intención de proveer posibles explicaciones que nos permitan orientarnos hacia la tan deseada equidad.

 

Abstract

In our days, we know that the domestic violence represents a serious problem in practically all the world. Many private and public organisms show impressive numbers of deaths or diverse damages as a result of highly destructive relations. In this context, the women continue constituting most of the victims without doubt. However, the last investigations are bringing to light the other side: more and more, the combats are mutual; but also, more and more men become the deposit takers of the violence of their women. Their testimonies begin to be listened specially with the psychologists and the civil support centers, and shyly, in the governmental agencies. To show some statistics to this phenomenon is our objective. Considering the moment of transition that characterizes us, in where men and women seem to replace themselves like gender, and in where the systems of traditional beliefs respect to feminine and the masculine thing gradually become blurred, it’s important to stop reflecting about the new meanings and the new relations that we want to construct: new feminities and masculinities, new maternities and paternities. For that reason, and from a gender perspective, we tried to approach this amazing panorama that becomes a new challenge for those who fight against violence, whoever it comes from reviewing diverse psychological and social factors with the intention to provide possible explanations that allow us to be oriented towards so wished fairness.


Introducción

[…] Al consultorio llega puntualmente J. L. Tiene 29 años, es de complexión delgada y tez morena, nació en el Distrito Federal y tiene estudios de Administración. Hace seis meses se separó de su pareja (quien se quedó con su hijo) a la que abandonó por malos tratos e infidelidad. Presenta raspones, rasguños y moretones visibles en cara, brazos y antebrazos (las típicas heridas “defensivas”). Su rostro está tenso, los ojos llorosos, la mandíbula apretada y se retuerce las manos nerviosamente. Manifiesta su desconcierto al narrar que su relación, si bien había mostrado desde el noviazgo eventos violentos, se fue deteriorando paulatinamente, de modo que en cinco años se convirtió en un infierno. Dice que su pareja tiene un carácter “muy fuerte”, se enoja con facilidad, y escala rápidamente de los insultos y las humillaciones a la violencia física, representada principalmente por arrojarle objetos a la cara y propinarle rasguños, bofetadas, jalones de cabello y patadas. Su pareja le quitaba el dinero, le decía que no servía en la cama, destruía sus objetos personales, le fue separando de su familia y amigos, y ponía a su pequeño hijo en contra suya. En la última ocasión, que le llevó a dejar por fin la relación, le amenazó de muerte con un cuchillo; también amenazó con matar al niño. J. L. salió huyendo de casa y llamó desde su celular a una patrulla, misma que al llegar, le detuvo sin escuchar y sin percatarse de que era la víctima. A pesar de estar separados, dice que la violencia no ha terminado: sufre acoso de su ex-cónyuge, quien le llama a casa, al trabajo, y le manda correos electrónicos para insultarle; también le agrede física y psicológicamente cuando va por su hijo cada quince días, amenaza con mandarle matar y con demandar por abuso infantil para separarle definitivamente del niño […] J. L. ha perdido ya tres empleos por estas razones. Acudió un par de veces a levantar un acta a un Ministerio Público, pero se rieron y no le brindaron ningún apoyo. Actualmente dice sufrir insomnio y falta de apetito, sentir una profunda depresión, dificultad para concentrarse y mucho nerviosismo; llora con facilidad, y no sabe con quién hablar o a quién pedir ayuda, pues las pocas personas a quienes se ha acercado se han burlado y no le han creído. Reiterativamente piensa que lo mejor sería morir […].

Este es un testimonio de una persona que acude a terapia como único espacio de seguridad y credibilidad. Parecería el típico reporte de una mujer maltratada, como muchos que hemos escuchado, desafortunadamente. Contiene los elementos que suelen caracterizar a tantas víctimas de sus parejas: ejercicio de poder, falta de apoyos sociales, lagunas legales, aislamiento, violencia desde el noviazgo que aumenta y se cronifica con el tiempo, sentimientos de vulnerabilidad y desamparo, lesiones físicas, sufrimiento psicológico, etcétera.

Sin embargo, la sorpresa es que J. L. es varón.

Él pertenece a la clase media urbana capitalina, tiene estudios, igual que su ex-cónyuge, pero no encuentra apoyo en las instancias legales, ni sociales, ni familiares. Contó en terapia que de pequeño vio cómo su padre maltrataba psicológicamente a su madre, quien le enseñó que a las mujeres debe respetárseles y no agredirlas nunca. Él, amablemente, nos autorizó a reproducir su experiencia “[…] para que otros hombres que pasan por lo mismo sepan que no están solos […]”.

La razón para iniciar esta presentación con su testimonio es sensibilizar y mostrar a muchos incrédulos que los varones también pueden ser víctimas de la violencia doméstica, y que su sufrimiento es igual de legítimo y de preocupante que el de tantas mujeres que a lo largo de los años han vivido relaciones destructivas.

También pretendemos cuestionar el mito de que los agresores son siempre los varones y las mujeres las víctimas. Creemos que lo importante es luchar contra la violencia, provenga de quien provenga.

En este trabajo se presentan cifras provenientes de diferentes organismos gubernamentales que, al no estar coordinados, dificultan la comparación y seguimiento de las estadísticas; de hecho, no siempre coinciden entre sí. Todos ellos pueden ser consultados a través de sus páginas oficiales en Internet. Asimismo, se incluyen datos reportados por diferentes asociaciones civiles (que también se encuentran en la red: simplemente introduciendo el nombre de la instancia en el buscador) que se están abocando a la búsqueda de información en un intento por conocer, denunciar y analizar desde diferentes perspectivas este problema tan descuidado, mismos que pueden no coincidir con los oficiales. Se muestran también algunos estudios con muestras poblaciones que aportan formalidad y que, por cierto, apuntan en la misma dirección que las otras fuentes: la violencia en contra del varón existe, y los porcentajes de denuncias van en acelerado aumento. Finalmente, incorporamos testimonios como el que abre esta presentación y que se reproduce con pleno conocimiento informado y autorización del paciente, guardando siempre el más absoluto anonimato. Consideramos que éstos nos enriquecen y arrojan luz para aproximarnos y sensibilizarnos a las experiencias que sufren muchos varones en silencio. Abordar este complejo fenómeno social desde diferentes ópticas nos permitirá sumar elementos que coadyuven a que el lector se forme un juicio más justo.


Antecedentes

Como todos sabemos, la violencia es un fenómeno que caracteriza la época en que vivimos por sus altos niveles de incidencia. Según Huertas (en Pérez, 2006), en la actualidad, “cada año mueren más de 1.6 millones de personas en el mundo como consecuencia de actos violentos” (: 31). Pero, cuando estos ocurren dentro del hogar su invisibilidad puede ocasionar que la pareja viva años inmersa en una relación de violencia, convirtiéndose en un “estilo de vida” que suele irradiarse y perjudicar a todos los miembros de la familia, especialmente a los más vulnerables. Muchos países, sobre todo los más desarrollados, están preocupados actualmente por las muertes que año con año ocurren entre cónyuges o ex-cónyuges, aunque la pregunta es si el fenómeno se ha disparado o es que contamos con mejores sistemas de detección y registro, además de la mayor difusión e información de los medios de comunicación.

Por otro lado, se dice que la característica principal de la violencia doméstica es que se produce en el entorno cotidiano y hace que se repitan en el ámbito familiar las relaciones de poder de la sociedad; por ello, quien ejerce ese poder puede adoptar la violencia para mantenerlo, reafirmarlo o garantizarlo (Corsi, Dohmen, Paggi, Pluis, Loto y Yagupsky, 1994; Corsi, 1998).

La definición de CORIAC (1995), que es una de las más incluyentes, nos habla de modalidades de violencia física, sexual, psicológica o emocional, económica o financiera, social y objetal. Sin embargo, se empieza a hablar ya de una más: la violencia legal, consistente en el abuso de los apoyos legales para ejercer dominio y control sobre la pareja y los hijos.

Todas estas modalidades en la vida real suelen observarse mezcladas entre sí y presentarse durante el llamado Ciclo de Violencia, agudizándose conforme éste avanza (Walker, 1984; en Echeburúa, De Corral, Sarasua y Zubizarreta, 1998). A decir de los autores, este ciclo compuesto por la fase de acumulación de tensión, descarga aguda y luna de miel reconciliatoria, es típico de las relaciones violentas, aunque puede variar en su duración e intensidad.

Ahora bien, la creencia de la víctima, de que es responsable por provocar los episodios violentos, le puede llevar a la aparición de sentimientos de culpa y de baja autoestima cuando sus expectativas fracasan. Con el tiempo, es probable que el ciclo se vaya cerrando cada vez más, el maltrato sea cada vez más frecuente y severo, y la víctima se encuentre con menos recursos psicológicos para salir de esa relación. Por lo tanto, mientras más tiempo permanezca con la pareja abusiva, la probabilidad de que las consecuencias psicológicas se vuelvan crónicas es mayor, y en consecuencia, el pronóstico de la recuperación es más desfavorable (Zubizarreta, Sarasua, Echeburúa, De Corral, Sauca y Emparanza, 1994). Este círculo de violencia puede durar años, y para algunas personas, toda la vida.

De ahí que muchos teóricos se hayan dado a la tarea de intentar dilucidar porqué la gente reacciona violentamente, lo que en realidad tiene que ver con muchos factores. Los investigadores han postulado desde la agresividad innata, la familia de origen “disfuncional”, el aprendizaje de patrones interactivos violentos, las relaciones de género patriarcales, etcétera.

También se ha dicho que el ejercicio de la violencia doméstica tiene que ver con factores como las creencias previas, por ejemplo, creer que golpear es normal y se vale para resolver un conflicto. Otras variables estudiadas incluyen la baja autoestima, la falta de habilidades para expresarse, la ausencia de control sobre las emociones, el humor (al parecer las personas violentas tienen mayores niveles de enojo, hostilidad, miedo y depresión), la dependencia al alcohol, las tensiones en el empleo y con relación al dinero, y la soledad social. Sin embargo, parece más acertado pensar que la violencia es el resultado de la combinación de múltiples factores, más que de alguno operando individualmente, por lo que la elaboración de “perfiles” acerca de la víctima y el agresor resultarían poco adecuados por estigmatizantes (Stith y Rosen, 1990; Trujano, 1994; Corsi, Dohmen, Sotés y Bonino, 1995; Dutton y Golant, 1997).


Violencia

Cuando pensamos en “violencia doméstica”, generalmente nos remitimos a la idea de la mujer como víctima principal y del hombre como su agresor, pero es momento de reconocer que también existen varones victimizados a manos de sus parejas, sean estas homo, hetero o bisexuales, y ocurre aunque no necesariamente sean más débiles físicamente, ni ancianos, enfermos o dependientes económicos. De hecho, Williamson (1995) advirtió que desde 1975 Murray Straus, Richard Gelles y Susan Steinmetz, pioneros en la investigación sobre violencia doméstica, averiguaron a través de un estudio nacional (en Estados Unidos) que los varones podían conformar el 50% de las víctimas reales. También se ha señalado que ellas tienen la misma probabilidad de atacar físicamente a sus hombres, en contra del mito de que las mujeres sólo recurren a la violencia por autodefensa (Sacks, 2001).

Sin olvidar que las estadísticas en este tema suelen ser difíciles de comparar, que no existe coordinación entre las diferentes instancias gubernamentales y civiles, y que los parámetros también suelen ser distintos, lo que dificulta un seguimiento más preciso, podemos decir que, en general, algunos autores encontraron en 1997 que el 1% de las esposas maltrataba a sus maridos (Olamendi, 1997); para 1998 otros reportaron un 2% (Corsi, 1998); pero para el año 2006, podemos hablar de un 10% a un 15%, al menos en nuestro país, a partir de los siguientes hallazgos:

  • En México, según cifras oficiales del Centro de Atención a la Violencia Intrafamiliar (CAVI), que se pueden consultar en Internet, en el primer semestre de 1997, un 10% de las denuncias por maltrato fueron hechas por varones. Durante el año 2001 se observó un 6%, pero para el 2006 la cifra aumentó al 14% en la capital de la República. Este dato es sustentado también por el DIF (Desarrollo Integral para la Familia).
  • En Estados Unidos, el Instituto Nacional de Justicia y el Centro de Control y Prevención de Enfermedades hicieron en el 2005 un cálculo aproximado de 76.5% de mujeres maltratadas y 23.5% de varones agredidos. Sin embargo, como veremos más adelante, existen otras voces (como la Men’s Health Network en Internet) que aseguran que en ese país (y en otros considerados también altamente desarrollados) las cifras pueden estar ya en un 50% para cada uno. Cabe resaltar dos aspectos importantes: por un lado, que muchos varones aún no se atreven a denunciar, pero sí acuden a terapeutas y asociaciones civiles, por lo que es factible considerar una cifra negra similar a la que se observaba en muchas mujeres, lo que tendría que estudiarse. Por el otro, existen muchos combates mutuos, es decir, parejas con violencia cruzada que o bien no se denuncian, o se registra al miembro que acude a hacerlo. Y dado que hoy por hoy las mujeres tienen mayor credibilidad social, nuevamente es posible considerar que por ahora tenemos sólo la punta del iceberg. Al respecto por razones obvias, existe menos investigación.

De hecho, la Men’s Health Network, asegura que la violencia es alarmante, pero no exclusiva de un género, como mucha gente piensa. Los investigadores afirman que en nuestros días, hombres y mujeres abusan del otro casi con la misma frecuencia (Hoff, 1998).

Otros estudios llaman la atención acerca de que, mientras que la violencia cometida por el varón parece que se ha decrementado en un 6%, la ejercida por la mujer en contra de él ha tenido un incremento del 4% (Sussman y Steinmetz, 1998).

Este paulatino deslizamiento en las cifras, en las que las agresiones mutuas por un lado y las dirigidas hacia el varón por el otro, van en aumento, creemos que tiene que ver con la transformación de los roles de género estereotipado que está provocando, a su vez, una redefinición en la posición de los hombres y las mujeres frente al mundo.
Muchas personas actualmente parecen involucradas en la tarea de definir (conscientemente o no) nuevas reglas –por ahora no muy claras– en sus relaciones interpersonales, aunque los patrones culturales ancestralmente heredados obstaculizan esta búsqueda.

Aún así, la palabra “Mujer” ha variado su significado en las últimas décadas, incluyendo mucho más que la procreación, y la palabra “Masculinidad” ya no significa sólo “machismo”, sino que empieza a implicar una nueva posición que intenta ser más justa y equitativa. Pues así como las mujeres a través de la historia se vieron atadas a conceptos como sumisión, debilidad y dependencia, los hombres también han debido cargar con etiquetas como “fuerte”, “agresivo” y “dominante”.

Al respecto, resulta interesante notar cómo los cambios económicos reflejados en la incorporación de la mujer al campo laboral y el rápido incremento en el número de familias sostenidas por mujeres lesionó fuertemente la supremacía masculina basada en el poder económico (Ehreinreich, 1995). De hecho, muchas mujeres a partir de la posición que les confiere su aporte económico han llevado a cabo cambios en su relación de pareja, por ejemplo, en la distribución de tareas domésticas, cuidado de los niños y asignación de responsabilidades, buscando un equilibrio. Del mismo modo, muchos hombres se atreven a hablar de sus sentimientos, emociones y debilidades, y participan con gusto en actividades antes vetadas a su sexo y categoría de “machos” (Bly, 1992; Gutmann, 1993).

Desafortunadamente, esta transición tiene un lado oscuro, pues también está acarreando efectos colaterales no deseados, como el sentimiento de desvalorización de algunos hombres ante la autoridad perdida, y el resentimiento de algunas mujeres que ven la oportunidad de venganza (Trujano, Martínez y Benítez, 2002).

De hecho, como citan Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim (2003), existe “cierta tendencia, no inhabitual en los grupos feministas, a seguir centrándose en las actitudes denigratorias y en la discriminación, en vez de saludar los claros signos de cambio y estudiar la manera de que éstos se generalicen y se utilicen activamente” (: 118).

Existen investigadores que postulan la “teoría de la crisis masculina” fundamentada en la observación de que los hombres han perdido la certeza de su género y su sentido de identidad en un mundo en que las mujeres los están desafiando en todos los niveles, generando en algunos de ellos una fuente de conflictos, inseguridad y ansiedad, así como enojo y frustración. Por ejemplo, muchos quieren participar activamente en el cuidado de los niños, pero los rezagos de la cultura tradicional aún consideran a las madres las únicas aptas para esta tarea, especialmente si se trata de bebés. Al mismo tiempo, los medios de comunicación y el aparato de justicia continúan favoreciendo a las mujeres en este terreno, lo que, también es justo reconocerlo, constituye en muchos sentidos logros alcanzados por los movimientos feministas (Brittan, 1989).


Algunas estadísticas sobre violencia hacia la mujer

En España, según el Instituto de la Mujer (disponible en Internet), en el año 2000 los cálculos apuntaban a que casi 2 millones de españolas sufrían algún tipo de violencia en el hogar. 43 fueron asesinadas.

Durante el 2002 murieron 52 mujeres por violencia machista; en el 2003, 70 más; en el 2004, 72; en el 2005, 62. En el 2006 sumaron 68, y hasta junio del 2007 se han contabilizado 32.

El II Informe Internacional de Violencia contra la Mujer del Centro Reina Sofía, desde España, reportó que durante el 2003 fueron asesinadas por sus parejas o ex-parejas 94 mujeres en el Reino Unido, 53 en Hungría y 23 en Finlandia. También 1037 en Estados Unidos. Esta instancia llama la atención acerca de que, de acuerdo a su estudio, únicamente 23 países (17 europeos, 5 americanos y Japón) registran y hacen públicas sus cifras. El mismo Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia advierte que sus fuentes no son homogéneas, pues han debido recurrir a Ministerios del Interior, Fiscalías, Policía Nacional, Institutos Nacionales de Estadística, Poder Judicial y otros. Muchos países no tienen cifras oficiales. Otros no las hacen públicas (como Italia, Francia, Irlanda o Grecia). El estudio citado no incluyó a México, África ni Asia.

En México, al cerrar el 2004, el Instituto Nacional de las Mujeres informó que 2167 casos de mujeres maltratadas fueron atendidos en las 16 unidades del Distrito Federal.


¿Y los varones?

Aunque todavía es difícil tener estadísticas precisas que nos permitan contrastar los hallazgos y los esfuerzos de las diversas instancias parecen dispersos, los reportes (que por lo mismo deben tomarse con las reservas necesarias) dicen que (recordemos que esta información puede consultarse en las páginas web oficiales):

En México, de cada 7 hombres denunciados como agresores, 3 de ellos son en realidad las víctimas (Del Ángel, 2003). El Centro de Atención al Maltrato Intrafamiliar (CAMIS), en el D. F., recogió 5 testimonios de hombres maltratados entre 1998 y 1999. Todos eran de un nivel sociocultural bajo y con la firme creencia de que a las mujeres debe respetárseles siempre. En todos los casos las agresiones surgieron de ellas, y coincidieron en que, por diversas circunstancias, empezaron a obtener mayores recursos económicos que los maridos. Fueron frecuentes las humillaciones cuestionando su capacidad sexual y económica, y en tres de los casos los dejaron por sujetos con mayor poder adquisitivo. En Guanajuato, cifras recientes revelan que el 10% de las demandas corresponden a víctimas hombres: de las 41 presentadas, 17 de ellas demostraron violencia física y/o psicológica por parte de la esposa o compañera. De enero a agosto del 2002, hubo 23 denuncias por parte de varones en el Estado de Aguascalientes.

Como ya se mencionó, en el D. F. el CAVI (Centro de Atención a la Violencia Intrafamiliar) y el DIF (Desarrollo Integral para la Familia) observaron en 2001 un 6% de ataques domésticos denunciados por varones provenientes de sus mujeres, mismos que se incrementaron a un 14% en 2006.

También en el D. F., de enero a septiembre del 2002, fueron atendidos por violencia doméstica de sus cónyuges 234 varones, según cifras de las Unidades de Atención y Prevención de la Violencia Familiar (UAPVIF). En el 2003, el Consejo General del Poder Judicial en México informó de 7 varones muertos a manos de sus esposas. En el 2004, el Instituto Nacional de las Mujeres reportó que 73 varones fueron atendidos por malos tratos sólo en el D. F. En el 2005, en Veracruz se presentaron 56 denuncias de varones por malos tratos físicos y/o psicológicos en las Agencias del Ministerio Público Especializadas en Delitos Sexuales y contra la Familia. En el mismo 2005, de las personas atendidas por violencia familiar en las unidades de la Secretaría de Salud del Distrito Federal (SSDF), el 21.8% de las víctimas fueron varones. En el 2007, la Procuraduría General en el Estado de México aseguró que, en esa entidad, en los últimos años por cada asesinato de mujeres ocurren tres homicidios dolosos contra hombres, casi todos producto de problemas pasionales.


¿Y en el resto del mundo?

En Bolivia, de acuerdo a la Brigada de Protección de la Familia, se registraron 13 mil denuncias por maltrato doméstico durante el año 2004; más de 1000 eran de varones. En 2007, según la misma agencia gubernamental, se reportan 6 víctimas masculinas cada día.

En Perú, el Programa Nacional contra la Violencia Familiar y Sexual, señaló que las estadísticas indican una creciente proporción y vulnerabilidad de varones víctimas de violencia conforme aumenta su edad. Según datos del 2002, la principal persona agresora en el grupo comprendido entre los 18 a 59 años lo constituye la pareja conviviente o esposa.

En España, en el año 2000, fueron asesinados 44 hombres por sus esposas; 16 más en el 2002; 13 en el 2003. En el 2005 la cifra fue de 15. Pero, si contásemos a todos los varones muertos dentro del ámbito familiar por cónyuge, ex-cónyuge, novi@, hij@, padre/madre o pariente, sumaríamos 56, representando un 48.2% de la cifra total, según el Ministerio del Interior, Anuario 2005 (también disponible en Internet). En el mismo 2005, en Andalucía se registraron 2600 casos de varones maltratados por sus mujeres; y la Fiscalía de Madrid en el 2006 informó que se perpetraron sólo en esa Comunidad 2589 delitos de violencia cometidos por mujeres en contra de sus parejas. Esta información puede observarse también en la página web de la Fiscalía de Madrid o en las notas que publicara El País a través de Montero (2007) y Sinde (2007).

En Estados Unidos existe más investigación al respecto. De acuerdo a cifras de su Departamento de Justicia (Department of Justice Report on the Nacional Violence Against Women Survey, 1998) cada año más de 800 mil varones son víctimas del maltrato de sus mujeres. Datos de Washington apuntan que cada 37 segundos un hombre es herido por su compañera con pistolas, cuchillos u otros objetos, además de ser frecuentes sus lesiones por patadas, rasguños, mordiscos, jalones de cabello, etcétera (Hoff, 1998).

 

Hallazgos recientes en la investigación sobre varones
víctimas de violencia doméstica

Ahora bien, sacar a la luz que los varones también pueden ser objeto de la violencia de sus mujeres ha producido un giro en las investigaciones sobre el tema. Pues, si bien las estadísticas siguen mostrando una mayor violencia en contra de ellas, la duda estriba en si realmente es así o es que ellos tienen menor credibilidad social como víctimas y por lo tanto denuncian todavía menos que las mujeres. Al respecto, autores como Eloy Rodríguez (en Bernal, 2001) afirman que, en la actualidad, en Estados Unidos la cifra de muertes por violencia doméstica de hombres llega a ser mayor que el de las mujeres.

Ciertamente, pensamos que los hombres deben enfrentar aún mayores dificultades para que se les escuche, se les crea y se les apoye. Los testimonios que conocemos así lo confirman; y las observaciones de los psicólogos apuntan a que la violencia en contra de ellos sigue el mismo patrón que la ejercida contra las mujeres: algunas esposas maltratadoras se burlan en privado o en público del marido, lo intimidan y humillan, lo aíslan de familiares y amigos, le retienen el dinero, lo amenazan con suicidarse o dañar a sus hijos, le impiden trabajar o estudiar, lo chantajean con gritar pidiendo ayuda a los vecinos seguras de que les creerán a ellas; lo agreden físicamente de propia mano o recurren a terceros (a través de familiares, amigos o amantes) a quienes convencen de que el marido merece ser castigado (Del Ángel). Por su parte, Hoff (1999) agrega otros indicadores, como intentar vigilar y acaparar todo su tiempo, acusarlo constantemente de infidelidad, enojarse fácilmente, destruirle sus propiedades o cosas con más valor sentimental, pegarle, darle bofetadas, patearlo, morderlo, arrancarle cabello, rasguñarlo, amenazar con herirlo a él o a sus hijos y forzarlo a tener sexo contra su voluntad. En otras palabras, ellos también pueden sufrir violencia física, psicológica, sexual, financiera, social y objetal, como se muestra un poco más delante de este documento.

Steven Easton creó en 1993 una alianza (asociación civil) que aconseja a 400 hombres maltratados al año, y sus testimonios (que pueden conocerse a través de su página web en internet) reflejan un ciclo de violencia en las mujeres similar al de los hombres, con una elevación significativa en la escalada de episodios violentos, un síndrome de maltrato igual al de las mujeres y una gran dificultad para buscar ayuda y abandonar la relación (Hoff y Easterbrooks, 1999).

Investigaciones recientes en Estados Unidos afirman que cuando la violencia se mide en actos (frecuencia, diversidad) las mujeres resultan más violentas, pero cuando se mide en heridas los hombres suelen ser más violentos (Stets y Strauss, en Fiebert, 2001). Esto, sin embargo, puede estar cambiando. Cada vez más mujeres asesinan a sus maridos con armas de fuego (en Estados Unidos) o con arma blanca (en España) en un solo acto, debido quizás a que ante la desventaja física prefieren recurrir a un ataque contundente. Los siguientes son ejemplos de violencia física:

Por trece años, K. fue la abusadora. Ella mencionó que rompió las costillas de su esposo, arrancó mechones de su cabello, lo arañó, lo golpeó, le pegó con un bat de baseball y lo pateó. Él nunca regresó ningún golpe y nunca levantó cargos (Hoff, 1999: 4).

En Huesca […] una mujer de 44 años […] mató a su marido de 54 años clavándole un cuchillo de cocina, delante de un amigo de ambos […] (Monserrat, 2006: 27).

La tercera de las víctimas de este macabro uno de enero era un varón […] de 50 años, primera víctima mortal en Cataluña de la violencia doméstica, tras ser degollado con un bisturí por su compañera sentimental en Roses (Gerona) […] (Mascuñano, 2006: 24).

De hecho, en EUA, de 1990 a la fecha, el número de mujeres protagonistas de actos violentos se está incrementando de manera preocupante. Por ejemplo, la cifra de mujeres demandadas y condenadas por delitos graves ha aumentado el doble que la de los varones. Y por cierto, en el terreno de la impartición de justicia, muchas quejas de los hombres van en el sentido de que, al menos en ese país, la probabilidad de una sentencia condenatoria es mucho mayor para el género masculino que para el femenino; del mismo modo, ellos suelen recibir condenas más largas y enfrentarse a mayores obstáculos para gozar de atenuantes o de prerrogativas como la libertad condicional que ellas. Confesiones de mujeres agresoras muestran su seguridad y confianza de gozar de impunidad policial y social (Departamento de Justicia de Estados Unidos).

Adicionalmente, muchos varones confiesan sentirse violentados, humillados, amenazados y maltratados por sus mujeres, tal y como ellas se han sentido durante siglos. Los varones se quejan también de que algunos grupos feministas los siguen atacando “como si todos fueran el enemigo”, de la falta de credibilidad social de que ellos también pueden ser víctimas y del escaso apoyo legal con que cuentan. Citan por ejemplo, el caso de un terapeuta de Seattle que al ser agredido por su mujer llamó al 911 solicitando ayuda, pero al llegar la policía lo arrestó a él, a pesar de que era quien estaba herido. Otros varones confiesan que temen hasta discutir con su esposa, pues son amenazados con gritar pidiendo ayuda y ser acusados de maltrato exigiendo su detención, aunque sean ellos los que muestren los signos de violencia (Hoff y Easterbrooks; Olszewski, 1999). Y otros más se enfrentan en las comisarías a comentarios del tipo: “Ok, pero usted debe de haberle hecho algo a ella para que reaccionara así” o “¡Mire su talla (o su estatura), quizás ella sólo se defendía!” o “Pero si la arrestamos, qué pasará con los niños?” o “Por qué no le demuestra quién lleva los pantalones en casa?” (Padres por la Igualdad Parental, 2000).

En cuanto a diversos tipos de violencia de que son objetos los hombres, y contra la creencia popular, también pueden ser víctimas de violencia sexual, según el estudio de Mezey y King (1989) con 22 varones. Por supuesto, cuando el agente victimario es una mujer, la credibilidad es menor aún. Masters, Johnson y Kolodny desde 1988 documentaron la descripción hecha por Sarrel y Masters (1982) de los siguientes casos:

  • Un estudiante de Medicina de 23 años fue atado y después obligado a realizar el coito con una mujer que le amenazó con un bisturí.
  • Un hombre casado, blanco, de 37 años, fue obligado a realizar el coito por dos mujeres afroamericanas que le intimidaron a punta de pistola. El varón declaró haber pasado un miedo espantoso durante todo el lance.
  • Un camionero de 27 años, que durmió en la habitación de un motel junto a una mujer que acababa de conocer en un bar, despertó y se encontró amordazado, con una venda en los ojos y atado a la cama. Fue obligado a tener relaciones sexuales con cuatro mujeres diferentes, que le amenazaron con castrarle si no se desempeñaba adecuadamente (pudo sentir el contacto del filo de la navaja contra sus genitales).Fue retenido durante más de 24 horas y agredido sexualmente en repetidas ocasiones.


Con respecto a la modalidad de daño psicológico, Mezey y King mencionan que las secuelas emocionales observadas en varones víctimas de abuso sexual pueden comprender desde el cuestionamiento de su orientación sexual, confusión de necesidades emocionales con el sexo, vergüenza de género (es decir, desorientación y ansiedad en cuanto a la identidad masculina), comportamientos compulsivos múltiples (sexo, comida, trabajo, drogas, alcohol), síntomas físicos y emocionales (incluyendo fobias y disfunciones sexuales), enojo e irritabilidad, miedo irracional a mostrar vulnerabilidad, establecimiento de relaciones caóticas, pobre definición de sí mismo y distanciamiento afectivo, hasta el establecimiento de un patrón de victimización hacia otros (como cometer actos de exhibicionismo, realizar llamadas obscenas o actividades vouyeristas o llegar incluso a agredir a otras personas). Y, según los psicólogos de los servicios especializados en maltrato doméstico de las UAPVIF (México), los motivos de los hombres para no denunciar son idénticos a los de las mujeres atacadas: negación, vergüenza, esperanza de que no volverá a ocurrir, sentimientos de culpa, un amor idealizado, deseos de mantener unida a la familia, temor o no tener a dónde ir (Trujano, 2002; Del Ángel).

[…] un varón ha logrado que su novia sea condenada a ocho meses de prisión por maltrato y amenaza con un katana, la célebre espada japonesa […] un juzgado de Santander ha dictado la sentencia que condena a M. por maltratar a B., su novio, cuando le anunció que deseaba abandonar la casa que compartían […] (Pérez, 2006: 1).

Como se puede observar, en general, este tipo de violencia es similar a la que muchas mujeres sufren a manos de sus parejas, incluido el asesinato. La importancia de los testimonios para los profesionales involucrados y para la opinión general es poder acercarnos con mayor certeza al sufrimiento de las víctimas, pues escuchar su voz nos facilita romper con los estereotipos y las creencias preconcebidas. Por ello, existen ya varones que se han dado a la tarea de documentar casos en todo el mundo vía Internet, compartiendo sus experiencias (Hoff, 1999). De ahí que es posible ratificar que lo verdaderamente importante para nosotros es luchar en contra de la violencia, provenga de quien provenga.

Pero, al respecto no sólo existen testimonios de varones en asociaciones civiles, ONG’s y consultorios: tenemos también en la literatura especializada algunas investigaciones con muestras poblacionales, surgidas casi todas del ámbito académico universitario, que pese a su poca difusión enriquecen de manera formal lo que sabemos acerca de este tema. Es importante señalar que los hallazgos corroboran la información que hasta el momento se ha vertido en este trabajo.

Mencionaremos algunos de ellos que pueden también consultarse en el Informe Iceberg del 2001. Éste incluye estudios que abarcan de 1987 al año 2000, y sus muestran van de unos cientos hasta decenas de miles de personas (muestras representativas de países como EUA, Canadá, Reino Unido y otros).

Empezaremos con el trabajo de Fiebert (2004) presentando datos más actualizados (que los que pueden consultarse en el trabajo original de Fiebert de 2001). Este autor, al examinar hasta el 2004 un total de 244 estudios sobre violencia conyugal en todo el mundo, concluyó que las mujeres son significativamente más propensas que los hombres a expresar violencia, que el 29% reconocieron haber agredido a sus parejas en los últimos cinco años, y que tienen 3 veces más probabilidades de usar un arma que un hombre en el curso de un conflicto marital. Fiebert, es profesor de la California State University, Long Beach, Department of Psychology y muestra también resultados producidos a través de 147 investigaciones especializadas, 119 estudios empíricos y 28 análisis efectuados, lo que finalmente lo lleva al examen de más de 106,000 casos.

Por su parte, Murray Straus, de la Universidad New Hampshire, Laboratorio de Investigación de la Familia, presentó también su informe en 1999. En él analiza una muestra total de 653 estudiantes universitarios en sus relaciones de noviazgo durante los 12 meses anteriores. Entre sus principales hallazgos se encuentra que el 32% del total de las mujeres habían agredido a sus novios, y que la relación con antecedentes de otros tipos de crímenes fue más fuerte en las mujeres que en los hombres. Confirma también el ya conocido dato de que las mujeres son tan propensas como los hombres a agredir a su pareja.

Asimismo, tenemos el Informe Dunedin (1996), del Departamento de Justicia de EUA, realizado en Dunedin (Nueva Zelandia). En él se resumen 21 años de investigación siguiendo la vida de poblaciones de hombres y mujeres desde su nacimiento (años 70’s) y con la garantía de que no serían denunciados aunque confesaran haber agredido a sus compañer@s. Lo interesante de este trabajo es que contrasta la declaración de cada miembro de la pareja, lo que no es frecuente encontrar en la mayoría de los estudios, que suelen entrevistar a una sola parte. La muestra total estuvo compuesta por hombres y mujeres en la misma proporción, dando un total de 1020 individuos. Se investigó el ejercicio de violencia física y psicológica, observando una coincidencia de 70%-80% entre las versiones declaradas y las comprobadas. Entre los principales hallazgos se encuentran que el 37% de las mujeres manifestaron haber infligido malos tratos a su compañero, frente a un 22% de varones maltratadores. En otras palabras, las mujeres reportaron haber ejercido más violencia contra ellos y correlativamente los hombres aceptaron haber padecido más violencia que ellas. También se derivó la sospecha de que las mujeres se amparan en la improbable denuncia de los hechos y en la incredulidad policial e institucional hacia los malos tratos perpetrados por mujeres, lo que les crea la sensación de impunidad.

En 1994, Reena Sommer, de la Universidad de Manitoba, Canadá, recopiló datos de estudios de salud pública de su ciudad, Winnipeg, abarcando cuatro años y un total de 1257 personas al principio y 988 al final. Su trabajo incluyó evaluar la salud mental, el abuso de bebidas y el maltrato a la pareja. Entre sus principales hallazgos se encuentra la experiencia familiar de haber observado a la madre golpear al padre, lo que se perfiló como variable predictora del comportamiento violento en las mujeres con sus parejas; la autora también afirma que sus resultados contradicen los argumentos acerca de que las mujeres sólo atacan a sus parejas por autodefensa, ya que sólo el 10% de su muestra actuó en defensa propia.

Marilyn I. Kwong y Kim Bartholomew de la Simon Fraser University, y Donald G. Dutton de la University of British Columbia, Canadá, publicaron en 1999 un trabajo acerca de las diferencias de género en las pautas de violencia relacional en Alberta. Este estudio se había publicado mutilado en 1989, pues se eliminaron las respuestas de las mujeres que habían agredido a sus parejas. Posteriormente, en 1999, Kwong y Bartholomew reunieron los datos completos y los dieron a conocer. La muestra estuvo conformada por 356 hombres y 351 mujeres, y se preguntó a los participantes por los actos violentos perpetrados o sufridos durante el año previo al estudio. Aunque encontraron tasas similares de violencia de hombre a mujer (12.8% y 9.6%) y de mujer a hombre (12.3% y 12.5%), al investigar las diferencias por sexo en la notificación de sucesos de violencia observaron que ellas reportaron menores niveles de violencia sufrida que de violencia perpetrada. En su mayoría, los entrevistados que reconocieron la existencia de relaciones violentas relataron un patrón de violencia bidireccional, de pequeña intensidad, infrecuente y no físicamente lesivo.

Y Fontena y Gatica (recuperado en el 2007) ofrecen en latinoamérica un estudio de los factores sociales, culturales e individuales que influyen en el varón para que no denuncie a su pareja. Su abordaje estuvo sustentado en el paradigma fenomenológico cualitativo a través de grupos focales y entrevistas. Entre sus principales hallazgos se desprenden la ideología patriarcal de estereotipos rígidos del varón que los ubican como “los fuertes”, “proveedores”, “protectores”, etcétera, y que les evita denunciar que sus mujeres los maltratan porque eso significaría trastocar los esquemas establecidos. Los medios de comunicación se perfilaron también como perpetuadores de la imagen del varón-verdugo, negando la posibilidad de que ellos sean las víctimas en la difusión que hacen de informes, programas o estrategias de prevención de la violencia doméstica. Por último, mencionan la ignorancia legal y el prejuicio de las instituciones con relación a la atención del varón.
Como puede desprenderse de estos hallazgos, sería muy importante generar más investigación al respecto, especialmente en nuestro país. Sin embargo, cabe señalar que diferentes autores están ya trabajando en la reflexión y el análisis teórico de este fenómeno, como se verá más adelante.

 

¿Y qué dicen las mujeres?

Fiebert (en Hoff, 1999), subraya la poca investigación existente acerca de los motivos de las mujeres para violentar a su parejas, y describe un estudio (citado anteriormente) que llevó a cabo con 978 mujeres estadounidenses, de las cuales el 29% (n=285) admitieron haber ejercido violencia contra sus parejas. Además, las más jóvenes (alrededor de 20 años) fueron significativamente más propensas que las de mayor edad. Entre sus principales razones estuvieron yo sabía que no lo lastimaría y no creo que mis actos puedan lastimarlo. Fiebert y González (en Hoff, 1999), incluyen también: mi pareja no se daba cuenta de mis necesidades; quería llamar su atención, él no me estaba escuchando y estaba abusando verbalmente de mí. El trabajo de Fiebert (2001) muestra también el sistema de creencias característico de las mujeres que estudió, mismo que incluye: los hombres pueden protegerse bien y por ello no me preocupa ser físicamente agresiva; he comprobado que la mayoría de los hombres han sido educados para no pegar a una mujer y por eso no tengo miedo de que mi pareja responda cuando yo soy la agresora; como las mujeres somos iguales a los hombres, nosotras podemos expresar nuestra rabia mediante la agresión física; me siento más poderosa cuando me comporto agresivamente con mi pareja; me di cuenta cuando era pequeña de que podía agredir a mi hermano físicamente sin que éste me la devolviera.

De manera informal, hemos podido observar al repasar notas de periódicos españoles que narran asesinatos de hombres en manos de sus compañeras un dato curioso: en todas ellas, se le daba voz a la agresora, es decir, tanto la policía como los medios de información se detenían a preguntarles a ellas sus motivos. Las constantes fueron estaba harta de él y nunca me escucha. Esto llama la atención, porque cuando el varón es el agresor, normalmente no les preguntan razones, quizás por la persistencia y normalización del mito del hombre como agresor y, con ello, la naturalización del acto. Ciertamente, es necesaria mayor investigación al respecto.


Luchando contra los mitos tradicionales de género

La naturaleza socialmente heredada de los mitos tradicionales (hombre-fuerza, mujer-debilidad) ha favorecido durante años el recurso de la violencia entre los géneros. La adhesión a creencias como que las mujeres provocan e incluso disfrutan su victimización, y de que los varones son instintivamente agresivos, llevó a la rigidez de la concepción de la mujer-víctima y del varón-victimario. Por ello, pensar que el verdugo es siempre el varón, que ellas son el sexo débil, que la mujer no recurre a la violencia para solucionar un conflicto, que si una mujer agrede o asesina a su compañero es porque reacciona ante años de malos tratos y que los hombres son fuertes y pueden siempre dominar a una mujer, favorecen su silencio y perpetúan su victimización. Por lo visto, hace tanto daño el mito de la mujer desvalida como el del hombre impulsivamente violento.

De ahí que algunas investigaciones actuales se dirijan a estudiar las razones de este fenómeno, pues las explicaciones basadas exclusivamente en los rezagos de la sociedad patriarcal y en el ejercicio del poder masculino sobre las mujeres resultan a todas luces insuficientes.

Entre los factores que se pueden estudiar desde la perspectiva de género, se encuentran la errónea concepción de muchas mujeres acerca del significado de “empoderamiento”, mal entendido como abuso de poder, su necesidad de autoafirmación o simplemente sentimientos de rencor o revanchismo. Finalmente, se habla de una añeja idea (que tendría que estar rebasada), al parecer resabio de los años 60 y 70, que contempla las relaciones hombre-mujer forzosamente como la “guerra de los sexos” o, en otras palabras, la legitimización de la lucha, el combate y la concepción de que los hombres son el enemigo común.

Asimismo, existen autores que enfatizan que los mayores niveles de estrés que sufren muchas mujeres, las tensiones de su trabajo y el aumento en los consumos de tabaco, alcohol y drogas, parecen tener relación, al menos en parte, con el incremento de la violencia femenina (Olszewski). De hecho, hay quien afirma que los estudios con mujeres víctimas de maltrato muestran que la violencia masculina suele asociarse a estresores sociales (problemas económicos, desempleo, presiones sociales, etcétera), pero que la femenina no parece asociarse a ningún factor en particular (quizás sólo la petición de atención, tan “clásica”, que ha conseguido transitar desde las demandas de las mujeres con una gran adhesión a los estereotipos tradicionales del siglo pasado, hasta las más distinguidas representantes del siglo XXI).

Por su parte, Eloy Rodríguez (en Bernal) subraya elementos que incluyen el deterioro de la relación de la pareja y la incompatibilidad de caracteres que escala hasta llegar a los malos tratos, pero menciona también el aumento de la agresividad de las personas (para resolver conflictos) y la influencia de la publicidad (que enaltece cada vez más a la violencia).

En una visión integradora del tema, encontramos adicionalmente que el acceso al poder (sea económico, político o social) o simplemente la autoafirmación de ellas a través de otra relación sentimental las puede llevar a descargar rencores y a tomar revancha. Y se ha observado que muchas mujeres rompen con su relación de pareja al conseguir independencia económica, lo cual por supuesto es legítimo, pero llama la atención que en algunos casos la separación es precedida por una etapa de violencia hacia el varón y con mucha frecuencia por una lucha frontal por el poder. El abandono del marido en estas circunstancias puede afectar severamente su autoestima, pues su presencia en el hogar parece reducirse a su rol de proveedor.

También se ha argumentado en torno a lo injusto de la expectativa social de que los hombres acepten su responsabilidad sobre sus actos violentos sin escuchar explicaciones o excusas, pero cuando la mujer es la violenta, se le disculpa de muchas formas: está deprimida, sufre estrés, tiene el síndrome pre-menstrual o la menopausia, sufre traumas infantiles, etcétera. Al mismo tiempo, de las mujeres violentas no se asume que sean malas madres, pero los hombres sí se consideran un riesgo para toda la familia. Estos autores concluyen en la necesidad de aceptar y proteger a las víctimas masculinas igual que como se hace con las femeninas y que las mujeres golpeadoras deben pagar con el mismo rigor por sus actos. Por ello, deben desplegarse ayudas gubernamentales y sociales para ellos, si de verdad queremos una sociedad equitativa (Padres por la Igualdad Parental, 2000). De lo anterior se desprende que en este contexto el varón parece más desamparado que las mujeres, pues los apoyos civiles, gubernamentales y legales se han dirigido históricamente a protegerlas a ellas y no existen refugios para hombres maltratados, ni personal especializado, ni líneas de auxilio telefónico que le digan a un hombre qué hacer o a dónde dirigirse si él o su familia se encuentran en peligro. Al respecto, cabe aclarar que en México el Estado de Aguascalientes abrió recientemente el primer centro de apoyo para varones maltratados, hasta donde sabemos pionero en su tipo; aunque como menciona Rodríguez (Íd.) las pocas asociaciones que existen de hombres maltratados o divorciados no reciben ninguna subvención por considerarse que numéricamente no lo ameritan, o son escasas.


Nuevas formas de significar las relaciones

Intentando reflexionar de una manera global sobre el fenómeno que nos ocupa desde la perspectiva de género, podemos encontrar una tendencia a desenmascarar cómo la rigidez del discurso tradicional encorseta a hombres y mujeres en roles estereotipados que dictan las normas del deber ser de lo masculino y lo femenino. Este proceso ha desentrañado también las redes económicas, políticas y sociales –“lo personal es político”–subyacentes. De ahí lo valioso de las movilizaciones de mujeres que generaron un nuevo discurso feminista que puso el acento en las relaciones de desigualdad que justificaban la violencia masculina.

En el paisaje contemporáneo, ello nos lleva a pensar que la redefinición de los roles de género, la llamada “crisis masculina” y, en general, el momento histórico de transición en que parece que nos encontramos (Limón, 1997; 2005) pueden estar produciendo efectos desequilibrantes y desorientadores en muchas personas, especialmente en lo que se refiere a las relaciones de pareja, aunque sería sano reflexionar acerca de que también podrían ser muy positivos si nos movilizaran a la búsqueda de interpretaciones alternativas que nos permitan asumir relaciones más satisfactorias para todos. Quizás por esta razón son cada vez más los varones involucrados en la tarea de reestructurar el significado de la masculinidad aprendida y estereotipada, enfatizando en la posibilidad de reconsiderar la identidad social de los varones (CORIAC, 1996; Connell, 2003). Coincidimos en que ya no queremos “machos” golpeadores, pero tampoco es justo el sufrimiento de los varones victimizados; igual que no deseamos más mujeres sumisas y maltratadas, pero menos aún, violentas hasta el asesinato.

De ahí que estimemos imperiosa la necesidad de trabajar en nuevas propuestas encaminadas a abandonar las posturas inflexibles para permitirnos explorar la diversidad aun no conocida del género, para centrar nuestros esfuerzos en la construcción de nuevas relaciones (incluidas nuevas maternidades y nuevas paternidades), nuevos derechos y nuevos diálogos. El proceso se encuentra en marcha, así que podemos dejar atrás los discursos cerrados y las visiones en blanco y negro sobre las radicales diferencias de género y abandonar la rigidez de la mujer sumisa o la wonder-woman; el macho-agresor o el varón afeminado. Podemos intentar ahondar en el abanico de posibilidades de los tonos grises y en los enriquecedores puntos de contacto y complementariedad (Trujano y Limón, 2005).

En esta línea de ideas, un primer paso para trascender los estereotipos sería superar la idea de que existe sólo “una masculinidad”, en singular, y aceptar la variedad y fortuna inmersas en las diferentes formas de expresión de “ser hombre”, tal como hemos reivindicado el reconocimiento al derecho de la multiplicidad de formas de “ser mujer” (Bly, 1992; Kipnis, 1993; Trujano, 2002; Lomas, 2003).

Esta postura favorecería evitar nuevos o añejos fundamentalismos e intolerancias, que tan fácilmente derivan en formas sutiles o complejas de discriminación socialmente impuestos por los grupos hegemónicos, como sucede actualmente, por ejemplo, con los homosexuales. Abandonar las posturas inflexibles nos permitiría entonces ubicarnos en la posmodernidad y en el respeto a la pluralidad, pues bajo este análisis, muy probablemente, la disminución de la violencia tiene que ver con el cuestionamiento y la reflexión crítica de las estructuras sociales basadas en la díada poder-sumisión, y en la redefinición del significado de lo masculino y lo femenino, sobre todo si consigue darse dentro de un marco de absoluto respeto. De esta manera podríamos luchar unidos contra la violencia desde la misma orilla y no desde posicionamientos opuestos, como tradicionalmente se ha hecho (Thompson, 1993).


Nuevas masculinidades. Una alternativa

En los últimos años, las condiciones económicas, políticas y sociales están obligando de alguna manera a muchos varones a involucrarse en tareas antes consideradas femeninas. La incorporación de cada vez más mujeres al campo laboral ha llevado a muchas parejas a redefinir su asignación de roles dentro y fuera del hogar. Muchos jóvenes y no tan jóvenes están desafiando a sus grupos familiares y sociales, participando en el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos. Y es en este mundo cambiante y posmoderno que han surgido una serie de estudios dedicados al análisis de la multiculturalidad en todas sus variantes: género, etnia, diversidad sexual, etcétera. Entre ellos, los que abordan las Nuevas Masculinidades o Masculinidades Positivas han experimentado un creciente desarrollo, sobre todo en las Universidades de países como Canadá, España, Reino Unido, Holanda, Australia, Estados Unidos y otros, hasta llegar a Latinoamérica. La necesidad de que los varones trabajen en sí mismos, en sus nuevos discursos y sus nuevos posicionamientos es imperiosa, y las mujeres podemos y debemos ser parte de ese proceso.

El objetivo radica, principalmente, en la deconstrucción del paradigma de la normalidad de las sociedades patriarcales del mundo occidental que ha estado encarnado por la figura del hombre blanco, heterosexual y de clase media alta. Esto comporta, entre otros aspectos, investigar las relaciones entre varones, los elementos jerárquicos involucrados en las relaciones entre hombres y mujeres, el uso y la apropiación de espacios en función del género, el recurso de la violencia, etcétera; y, aunque existen diferentes formas de concebir el cambio, todos parecen coincidir en que, dado que la masculinidad es un proceso relacional, no se tendría que luchar contra las mujeres o el feminismo, tampoco contra los varones como “el enemigo público número uno”, podemos ya rebasar el estigma de los sexos en guerra, pues en este marco de referencia no se les vería como antagónicos, sino como miradas coincidentes en al menos dos puntos: 1) la necesidad de ampliar los conceptos de democracia e igualdad, y 2) la meta de construir nuevas explicaciones que les permitan transformar sus vidas de manera menos dolorosa desde la práctica de lo cotidiano, para forjarse nuevas identidades más flexibles y liberadoras.

Para conseguirlo, se han propuesto diversas líneas de acción: algunos autores mencionan la importancia de construir un nuevo modelo de virilidad basado en algunas premisas como la aceptación de la vulnerabilidad, la necesidad de aprender a expresar emociones y sentimientos, y de pedir ayuda y apoyo, desarrollar métodos no violentos para resolver los conflictos, y la aceptación de actitudes y comportamientos tradicionalmente etiquetados como femeninos, como elementos necesarios para un desarrollo integral (Eburn, 1996).

Otros subrayan la importancia de recuperar la fuerza masculina y transformarla en creatividad y sensibilidad. Y hay quienes consideran que lo importante es analizar el tema del poder y profundizarlo “hasta el dolor”. Otros más, sostienen que para que sea posible cambiar las relaciones entre los géneros antes tendría que trabajarse en cambiar la relación de los varones entre sí.

Como se puede observar, existen diversas propuestas acerca de cómo conseguir el cambio, pero en realidad lo importante es señalar la coincidencia de la mayoría de los diferentes movimientos masculinistas en la genuina preocupación por favorecer la equidad y por despreciar las jerarquías y el abuso del poder, el consenso por abandonar la violencia y por recurrir a la negociación, el acuerdo por superar las teorizaciones y aterrizar en lo cotidiano, la reivindicación de los sentimientos y las emociones sin ser cuestionado, la participación activa en la crianza de los hijos y la búsqueda de la cooperación en lugar de la competitividad (Lomas, 2003).

Afortunadamente, cada vez son más los grupos que trabajan en la construcción de Nuevas Masculinidades. El grupo de hombres de Sevilla en España, el Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias (CORIAC) en México, y muchos otros en países tan distantes como Brasil, Nicaragua, Finlandia y Estados Unidos, nos confirman que el cambio ya inició, pero que es un largo viaje en el que debemos navegar unidos. Creemos, por lo tanto, que la liberación de la mujer, unida al desarrollo de modelos masculinos positivos, constituyen la fuerza necesaria para construir una sociedad más saludable, íntegra, creativa, respetuosa y equitativa (Trujano et al., 2002; Trujano, en prensa).


Conclusiones

El momento actual nos lleva a reflexionar en el rumbo que queremos tomar con respecto a nuestras relaciones. El “empoderamiento” no debe entenderse como el abuso del poder, por lo que no tendría que pasar por la venganza ni por el sometimiento. Por el contrario, “el empoderamiento” tendría que entenderse como el control sobre la propia vida, la autoafirmación y la potencialización de los recursos y habilidades dirigidas a un proyecto de vida basado en el bienestar común. Por ello, invertir a los protagonistas en el ciclo de victimización solo perpetúa el dolor y el sufrimiento de la familia. Negar la existencia de los varones víctimas de la violencia doméstica es discriminación de género. Afortunadamente, muchas mujeres continúan trabajando cada día por la erradicación de la violencia; y cada vez más hombres comprometidos con los nuevos modelos de masculinidad, o masculinidad positiva (como algunos le llaman), están luchando, igual que ellas, por una nueva identidad y por nuevos comportamientos y actitudes más equitativos y respetuosos. Su esfuerzo es tan valioso como el de las mujeres. La tarea tiene que ser conjunta. Es por ello que considero que uno de los compromisos más apremiantes debería de ser oponernos a la violencia, provenga de quien provenga, así como buscar alternativas de vida más justas y satisfactorias para todos:

[…] la sociedad no tiene derecho a discriminar a una víctima de violencia doméstica debido a su género […] (www.batteredmen.com).

 

Bibliografía


BECK, U. y E. BECK-GERNSHEIM (2003). La Individualización. Barcelona: Paidós.

BERNAL, A. (2001). La cifra de hombres maltratados es similar a la de mujeres. En: http://www.diariodecanarias.com/maltratados007-eloy.htm.

BLY, R. (1992). Hombres de Hierro. México: Planeta

BRITTAN, A. (1989). Masculinity and power. New York: Basil Backwell.

CONNELL, R. (2003). Masculinidades. México: UNAM.

CORSI, J. (1998). “Abuso y victimización de la mujer en el contexto conyugal”. Violencia doméstica. México: CIDHAL-Centro para Mujeres.

CORSI, J., M. L. DOHMEN, P. PAGGI, L. E. PLUIS, S. LOTO y V. P. YAGUPSKY (1994). Violencia familiar. Barcelona: Paidós.

CORSI, J., M. L. DOHMEN, M. A. SOTÉS y L. BONINO (1995). Violencia masculina en la pareja. Barcelona: Paidós.

CORIAC (Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias, A. C.) (1995). “Inventario de conductas violentas”. Minicarpeta sobre el trabajo con violencia masculina. México.

CORIAC (Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias, A. C.) (1996). Carpeta de información. México.

DEL ÁNGEL, K. (2003). No sólo esposas: también hay maridos golpeados. En: http://www.contenido.com.mx/2003/abr/maridos_golpeados.htm.

DUTTON, D. G. y S. K. GOLANT (1997). El golpeador: un perfil psicológico. Barcelona: Paidós.

EBURN, M. (1996). Mother’s little helper. En: http://www.spirit.com.au/gerry/XY/xyf.htm.

ECHEBURÚA, E., P. DE CORRAL, B. SARASUA y I. ZUBIZARRETA (1998). “Mujeres víctimas de maltrato”. En: E. ECHEBURÚA y P. DE CORRAL (eds.), Manual de violencia familiar. Madrid: Siglo XXI.

EHREINREICH, B. (1995). “The decline of patriarchy”. En: M. BERGER, B. WALLIS y

S. WATSON, Constructing masculinity. New York: Routledge.

FIEBERT, M. (2001). Informe Fiebert. En: http://www.csulb.edu/~mfiebert/assault.htm.

FIEBERT, M. (2004). Estudios de otros países ponen de manifiesto niveles similares de violencia en ambos miembros de la pareja. En: http://www.amedirh.com.mx/apartados/articulos/art230604/violencimuj.htm.

FONTENA, C. y A. GATICA (recuperado en el 2007). La violencia doméstica hacia el varón: factores que inciden en el hombre agredido para no denunciar a su pareja. En: http://www.ubiobio.cl/cps/ponencia/doc/p10.4.htm.

GUTMANN, M. (1993). “Los hombres cambiantes, los machos impenitentes y las relaciones de género en México en los noventas”. Estudios Sociológicos del Colegio de México. México: COLMEX, 12 (33) (: 725-740).

HOFF, B. (1998). 25473 Washington men a year. En: http://www.vix.com/menmag/gjdv.htm.

Hoff. B. (1999). Why women assault: review of Fiebert, M. & González, D. College women who initiate assaults on their male partners and the reasons offered for such behavior. En: http://www.batteredmen.com/fiebertg.htm.

HOFF, B.; EASTERBROOKS, R. (1999). Ultrasensitive men and abusive relationships. En: http://www.vix.com/menmag/batultra.htm.

INFORME ICEBERG (2001). Estudios de otros países ponen de manifiesto niveles similares de violencia en ambos miembros de la pareja. En: http://www.amedirh.com.mx/apartados/articulos/art230604/violencimuj.htm.


INFORME DUNEDIN (1996). Findings about partner violence. En: http://www.ncjrs.org/pdffiles1/170018.pdf.

KIPNIS, A. (1993). Los príncipes que no son azules. Argentina: Vergara.

KWONG, M. y K. BARTHOLOMEW (1999). Diferencias de género en las pautas de violencia relacional en Alberta. En: http://www.fact.on.ca/Info/dom/kwong99.pdf.

LIMÓN, G. (1997). “Psicoterapia y postmodernidad; perspectivas y reflexiones”. Redes. Revista de Psicoterapia relacional e intervenciones sociales, Barcelona: Grupo Dictia/Paidós, II (1) (: 53-69).

LIMÓN. G. (2005). El giro interpretativo en psicoterapia. México: Pax.

LOMAS, C. (2003). ¿Todos los hombres son iguales? Barcelona: Paidós.

MASCUÑANO, C. (2006). “Asfixiada, acribillada y degollado: tres asesinatos domésticos en 180 minutos”. Periódico El País, México, 3 de enero (: 24).

MASTERS, W., J. JOHNSON y R. KOLODNY (1988). La sexualidad humana. México: Grijalbo.

MEZEY, G. y M. KING (1989). “The effects of sexual assault on men: a survey of 22 victims”. Psychological Medicine, 19 (: 205-209).

MONSERRAT, C. (2006). “Una mujer mata a su marido de una puñalada en Huesca”. Periódico El País, México, 11 de febrero (: 27).

MONTERO, R. (2007). “Nosotras”. Periódico El País, España, 20 de marzo. En: http://www.elpais.com/articulo/ultima/elpporopi/20070320elpepeiult-2/Tes.

MURRAY-STRAUS (1999). “Criminal history and assault of dating partners: the role of gender, age of onset, and type of crime”. En: http://www.unh.edu/frl/PR13.pdf.

OLAMENDI, T. P. (1997). “La violencia contra la mujer en México”. Fem, 171 (: 4-6).

OLSZEWSKI, P. (1999). Violent femmes. En: http://www.vix.com/menmag/violfemm.htm.

PADRES POR LA IGUALDAD PARENTAL (2000). En: http://www.geocities.com/papahijo2000/vif.html.

PÉREZ, A. (2006). “Violencia contra el hombre”. Crónica negra. En: http://www.findesemana.libertaddigital.com/articulo.php.

PÉREZ, R. (2006). “La violencia, problema de salud pública”. Periódico El País, México, 11 de abril (: 31).

SACKS, G. (2001). Domestic violence: a two-way street. En: http://www.batteredmen.com/batmaupin.htm.

SINDE, C. (2007). “Las mujeres cometieron más de 2,500 delitos de violencia contra hombres en Madrid durante el 2006”. Periódico Época 24 H, 22 de marzo. En: http://www.epoca.es/index.php?option=com_content&task=view&id=4377&Itemid=75.

SOMMER, R. (1994). Informe Reena Sommer. En: http://forever.freeshell.org/sommertc.htm.

STITH, S. y K. ROSEN (1990). Psicosociología de la violencia en el hogar. Madrid: Desclée de Brouwer.

SUSSMAN, M. y S. STEINMETZ (1988). Handbook of marriage and the family. New York: Plenumm Press.

THOMPSON, C. (1993). Ser hombre. Barcelona: Kairós.

TRUJANO, P. (1994). “Violencia y mujer”. El Cotidiano, 63 (: 42-50).

TRUJANO, P. (2002). “¿Masculinidad en riesgo o nueva masculinidad?”. Revista Psicología de la Universidad del Valle de México, 3 (: 3-11).

TRUJANO, P. “Mujeres golpeadas, hombres maltratados: tendencias actuales en la investigación sobre violencia doméstica”. Revista de Psicología y Ciencias del Comportamiento. En prensa.

TRUJANO, P. y G. LIMÓN (2005). “Reflexiones sobre la violencia, el género y la posibilidad de escuchar nuevas voces en psicoterapia”. En: G. LIMÓN (ed.), Terapias posmodernas. Aportaciones construccionistas (: 69-83). México: Pax.

TRUJANO, P., K. MARTÍNEZ y J. BENÍTEZ (2002). “Violencia hacia el varón”. Psiquis, 33 (4) (: 5-19).

WILLIAMSON, T. (1995). Hombres maltratados y violencia doméstica. En: http://www.redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/195/19500608.pdf.

ZUBIZARRETA, I., B. SARASUA, E. ECHEBURÚA, P. DE CORRAL, D. SAUCA y I.

EMPARANZA (1994). “Consecuencias psicológicas del maltrato doméstico”. En: E.

ECHEBURÚA (ed.), Personalidades violentas. Madrid: Pirámide.


1 FES-Iztacala, UNAM, trujano@servidor.unam.mx.