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Patriarcado y Violencia Masculina:
Crímenes de Muerte como Construcción Pública

Lourdes Bandeira1

¡Qué artes tenemos para el exterminio
y que ciencia para extirpar recuerdos!

Pablo Neruda, 1999

Resumen

El texto busca reflexionar una práctica de violencia específica: la violencia masculina sin fronteras, la cual mata y asesina, y que es ejercida por diversas masculinidades, en diferentes contextos socio-culturales, contra diferentes actores: mujeres, hombres y niños/niñas. Está estructurado en torno a premisas de la noción del sistema patriarcal tomada como moldura de significados, la cual posibilita comprender las desigualdades persistentes entre los hombres y las mujeres que guardan dichas prácticas de violencia masculina, motivadas, principalmente, por el pasaje de un patriarcado privado hacia un patriarcado público. Presenta una tipología de situaciones empíricas que reafirman los presupuestos de la existencia empírica de la violencia patriarcal–masculina.

 

Abstract

Patriarchy and male violence: death´s crimes as public construction

The article takes in consideration the practice of special male violence: the masculine violence without frontiers, that kill and murder. It is practiced by several masculinities, in different sociocultural contexts, against different actors: women, men and children. It is structured with the premise of a patriarchal system understood as meanings panel, that makes possible conceive the persistent inequality between men and women.

These masculine violence’s practices, motivated above all by the transition from a private to a public patriarchy. It presents a typology of empirical situations that reaffirm the presupposed of empirical reality of masculine-patriarchal violence.


Introducción

Por un lado, la difusión del discurso sobre la violencia contra la mujer viene siendo realizada con mucha competencia. Sus enunciados posibilitan su reconocimiento como un grave problema. Su institucionalización vía políticas públicas han producido cambios significativos en las legislaciones. Por otro lado, lo que no viene siendo asegurado es la disminución de la violencia masculina. Esa es cada vez más presente, independientemente de la condición socio-cultural de sus actores.

Partiendo de esa paradoja, este trabajo busca reflexionar, a partir de las redes de sentidos, sobre una práctica de violencia específica: la violencia masculina sin fronteras, la cual mata y asesina, y es ejercida por diversos masculinos, en diferentes contextos socio-culturales, contra diferentes actores: mujeres, hombres y niños/niñas. La violencia es aquí definida como todo acto que implica una ruptura con un vínculo individual y con los nexos sociales, cuyo empleo de fuerza/s –real o simbólica– causa la muerte del/la otro/a. Con esto, es negada la posibilidad de manutención de cualquier relación social que se instale por la interacción social, por el uso de la palabra, por el diálogo y por el conflicto2.

Se acentúa, a partir de esa definición, una lectura crítica y de negación de la idea que anuncia la violencia como enfermedad socio-mental –lo que favorece, en buena medida, las prácticas de la violencia masculina, las cuales matan– y que se apropia de artimañas jurídicas para no caracterizarla.

Este artículo está estructurado en torno de algunas premisas. La principal es la noción del sistema patriarcal, tomada como una moldura de significados, la cual posibilita comprender las desigualdades persistentes entre los hombres y las mujeres, motivadas principalmente por el pasaje de un patriarcado privado a un patriarcado público, como lo señaló Walby (1990).

Esta autora indica que tales cambios en el orden patriarcal fueron cuantitativos, es decir, expandir en intensidad la opresión contra las mujeres, y los nombra le degré du patriarcat. Son también cualitativos, caracterizados por los tipos de patriarcado definidos por las diversas acciones de violencia insertas en las estructuras e instituciones sociales, a ellos les nombra les formes du patriarcat.

Especificando la reflexión para la sociedad brasileña, se puede afirmar que la presencia de prácticas de violencia y, principalmente de la violencia masculina que existe desde siempre, puede ser identificada con el exterminio de los indios, la tortura y explotación de los esclavos, la desmesura de los colonizadores, extorsionando a los nativos, ahorcando, descuartizando y torturando a todos aquellos que osaban rebelarse. O sea, una violencia inmiscuida en las estructuras institucionales instaladas por los colonizadores sobre los colonizados (Lobo, 2003: 8).

Esas prácticas persistieron y se ritualizaron en las versiones del coronelismo, del “cangaço”, en las rebeliones internas, en las dictaduras y, hoy por hoy, siguen siendo actualizadas por el crimen organizado y, por ejemplo, por el Primer Comando de la Capital (PCC).

Este texto comprende dos momentos de reflexión, los cuales serán detallados a continuación, en torno de: 1) la espina dorsal de la violencia masculina, pensada a partir de la matriz conceptual de representación del sistema patriarcal, centralizada en los trazos que se exponen más abajo; 2) a partir de una base empírica y metodológica de la violencia masculina, elaborada a partir de una tipología compuesta por cinco situaciones consideras paradigmáticas.


Matriz conceptual

a) Críticar una visión monolítica y arcaica del patriarcado, es decir, pensar en la utilidad analítica de cómo la violencia masculina representa una expresión de persistencia y de dinámica del (neo)patriarcado, teniendo en consideración su capacidad de cambio y de adaptación en los nuevos tiempos y no constituyéndolo como un simple equivalente de la dominación masculina (Segato, 2003; Suárez, 2003). En otras palabras, se hace necesario considerar las dimensiones o los aspectos multiformes que el patriarcado asume, principalmente en sus manifestaciones simbólicas (Segato) y representativas, lo que ha posibilitado comprender la violencia masculina bajo la forma de una dicotomía estereotipada –el hombre agresor y la mujer víctima–, cuya imagen de la mujer indefensa es más atractiva a los discursos conservadores que el discurso feminista. Como enfatiza Suárez, parece evidente que la percepción estática del patriarcado, como siendo el orden eterno de dominación sexual, puede ofrecer usos estratégicos, marcando de forma deliberada el discurso sobre la violencia contra la mujer como un esfuerzo exitoso de obtener diversos tipos a favor, inclusive los políticos.

b) Al reducirse un fenómeno de carácter estructural –el patriarcado– a la expresión de indicadores individuales, con énfasis en la permanencia de papeles sexuales masculinos y femeninos, vivenciados como clichés, es decir, como papeles sexuales esteriotipados, se propicia la comprensión de una violencia dicotomizada, reproducida en la “violencia contra la mujer”. En tal sentido, pasa a ser considerada la esfera de las relaciones interpersonales, intersubjetivas y privadas, extensivas al conjunto de las relaciones sociales más amplias. Las primeras desaparecen en su extensión y entendimiento en los espacios públicos. Pues las interacciones son “substituidas” por la violencia masculina (crímenes de honra, de venganza, de pasión), al desplazar las acciones violentas de los espacios privados para colocarlas (ofrecerlas) a la convivencia en el espacio público. O sea, la violencia más dicotimizada pasa a ser más evidente que la presencia de los conflictos interpersonales, siendo aquella que rompería con el vínculo interactivo. A final, el hombre violento, al adecuarse a la desarticulación de la virilidad que le es dirigida por lo modelos sociales (y que en general son reforzados por imágenes correspondientes) reafirma la representación de su propia víctima, identificada con el papel de “criatura frágil y sin defensa”. En ese entendimiento, se restringen los esfuerzos de considerar el sistema de estructuras y de relaciones sociales de la cultura patriarcal, la cual reposa sobre el patriarcado privado, en el cual el trabajo doméstico constituye su estructura dominante (caracterizado por la apropiación individual de las mujeres en la familia y su exclusión de los espacios públicos).

A su vez, el patriarcado público, cuyas instituciones públicas (el Estado) y el trabajo asalariado representan sus estructuras más significativas, implica la apropiación colectiva de las mujeres por la segregación y por su condición de subordinación en la esfera pública. Ambos constituyen polos de un continuum (Walby) que, entrelazados, colocan a la mujer como la víctima preferencial de su marido/compañero.

c) En los estudios sobre la violencia masculina se ha considerado insuficientemente las relaciones entre hombres y mujeres y las mediaciones recurrentes entre el patriarcado y sus expresiones en las conductas individuales masculinas. Esta “desconsideración” es reductora, a su vez, y acaba por producir una especie de caricatura de la violencia masculina. En esa caricatura acaban por aparecer dos personajes: por un lado, un hombre con baja escolaridad, con parcos recursos económicos, que ante la menor provocación (generalmente fundada en los celos) se vuelve violentamente contra la mujer. Por otro lado, una mujer víctima, receptora casi pasiva de la violencia masculina. En otras palabras, se trata de la conjugación de un patriarcado privado y de un patriarcado público, investidos de las dimensiones estructurales –del Estado y de la cultura–, materializadas en las actividades de naturaleza económica, por medio de la división sexual del trabajo: doméstico, destinado a las mujeres, y asalariado, destinado a los hombres. Las relaciones de poder entre estos personajes se hacen presente en las prácticas de la violencia y de la sexualidad (Tremblay, consultado en 2005).

Todas esas dimensiones estructurales del patriarcado interaccionan unas con otras, dándoles diferentes formas y significados, en el sentido de mantener desigualdades entre hombres y mujeres. A pesar de la presencia significativa de las mujeres en los espacios públicos, en la sociedad civil, su condición de vulnerabilidad ante la violencia masculina, relacionada con un patrón de sexualidad y de cultura de la “sumisión”, no ha desaparecido.

d) Se parte de la premisa de que la violencia masculina es un problema relacional. Este se refiere, especialmente, al acceso desigual a los diversos recursos del poder y de las negociaciones que están presentes en el interior de una relación conyugal (tales como destreza, capacidad de comunicación, status personal, autoridad, toma de decisiones), de las características del medio social (símbolos, organización de lo cotidiano, prácticas sociales, referencias, creencias, cultos) y de las formas que asumen los controles sociales (peleas, leyes, castigos, represión, disimulación). O sea, se identifica una acentuada eliminación, disminución o exclusión de la perspectiva relacional entre los masculinos y los femeninos en los recientes análisis. Esto tiende a dificultar la comprensión de las causas de la violencia masculina, en el escenario del orden patriarcal, como también tiende a comprometer la fuerza y la legitimidad de la formación discursiva feminista sobre el análisis de la violencia contra las mujeres (Segato; Suárez). Se debilita la autoridad del discurso feminista, ya que mujeres y hombres no logran reconocer sus subjetividades, ni sus experiencias en las interacciones cotidianas, ni en las narrativas producidas. En el límite, está comprometida la competencia del discurso feminista en lo que se refiere a la formulación de políticas públicas y propuestas de intervención social.

e) El primer trazo de la violencia masculina, vista bajo el ángulo de la dinámica intrapsíquica, se da en torno de la insidiosa tendencia a destruir la identidad (autónoma) del sujeto femenino. Ese sujeto femenino, mediante la internalización compulsiva y brutal de un ideal masculino (buen marido, padre afectivo, hombre trabajador) es obligada a formular para sí un proyecto con identidad incompatible con su condición y con sus propiedades en cuanto sujeto, pero compatible con el ideal masculino de referencia. Con eso se crea un foso, el cual intenta traspasar el sujeto femenino a costa de su posibilidad de felicidad, e incluso de su equilibrio emocional y psíquico.


La base empírica y metodológica de la violencia masculina

Votre agresseur se sert de la connaissance intime qu’il a de vous,
de ce que vous avez lui confié et le retourne contre vous.

La base empírica y metodológica fue elaborada a partir de una tipología compuesta por cinco situaciones paradigmáticas, esto quiere decir que se trata de algunos casos en que “cada caso es un caso”, pero en que, paradójicamente, “cada caso NO es ya más un caso”3. Al final, cada caso representa muchas centenas de otros casos, los cuales ocurren, regularmente, en la vida cotidiana con personas semejantes, en lugares similares y con sufrimientos y dolores iguales. De esta forma, cada caso no es más sólo un caso, dada su frecuencia y recurrencia en los medios de comunicación. Entonces, se constituyó la muestra basándose en casos de ejemplo, observados y retirados de periódicos, a partir de 200 de ellos. Esta tipología comprende:

1° Crímenes de venganza asociado a perversión sexual. El caso de Maria Claudia: el empleado afrodescendientes que asesina brutalmente a una joven de 23 años, después de violarla. Situación de rechazo amoroso y socio-racial. Presencia exacerbada del sexismo, lo cual caracteriza las relaciones sociales, de modo general, en la sociedad. En el caso presente, la necesidad de afirmación de una virilidad exacerbada: el joven empleado intentaba compensar su condición de relegado social y económico, además de su condición racial/étnica, fuertemente rechazada por la joven blanca de clase media, y que acaba ejerciendo su venganza (Correio Braziliense, 2004).

2° Crímenes de pasión/honor masculino. Se trata del caso de dos homicidios: asesinato a martillazos de Bienvenida por el marido, alegando celos; intento de asesinato de Roseni Miranda, por el marido, el cual acabó por asesinar al profesor Elídio José de Oliveira Gonçalvez, supuesto amigo de su mujer, alegando traición y macula de honor. Las dos situaciones alegan el deshonor masculino, provocadas, generalmente, por una crisis de celos y por el amor mórbido, sino patológico, con relación a la mujer-compañera. Crímenes directamente vinculados al ethos de la virilidad masculina. Los celos indican la locura de la pasión masculina (être fou d’amour). La noción de crímenes pasionales presuponen que el amor, por naturaleza, se traduzca en un deseo de dominación, y se justificaría por un empeño masculino sobre el cuerpo y la vida de la mujer. El acto pasional –matarse por amor–, según Alcántara (2003), caracterizado como crimen pasional era una categoría presente en el ámbito del Derecho brasileño, vigente en el código penal desde 1890, cuando los criminales pasionales eran pensados como “criminales ocasionales”, vistos como personas, en general, de buen pasado, los cuales cometían el crimen en un acceso de desesperación y de infelicidad, movidos por los celos o por el adulterio. Lo que demarcaba la especificidad del crimen pasional era, de hecho, ser pensado por los integrantes del medio jurídico a partir de la idea de irresponsabilidad penal” (: 110-1). Con la promulgación del Código Penal de 1940 hubo un cambio de significado de lo que sería un crimen pasional dentro del campo jurídico. Aún, según la misma autora, los individuos, que fueron categorizados como autores de tensos hechos impulsados por la “emoción” o la “pasión”, ya no eran considerados exentos de responsabilidad criminal. Según Correia (en Alcántara, 2003: 23):

[…] la pasión deja de ser un elemento que contribuye a la ‘tesis’ de irresponsabilidad del criminal y pasa a ser motivo de disminución de la pena […] se construye, en el universo jurídico, otra idea, esta se da en el caso de que el prisionero puede haber reaccionado con violencia, emoción provocada por la víctima o por “motivo de relevante valor moral o social”.


A partir de ahí surgió el alegato de la legítima defensa del honor y de la dignidad. De esa manera es que los operadores del derecho se apropiaron de la práctica extralegal de la legítima defensa del honor, en crímenes pasionales; lo cual no está en desuso en el derecho, aún después de la ascensión del movimiento feminista. Se puede preguntar si esa “práctica jurídica” no caracterizaría la manutención del poder patriarcal ya institucionalizado4. De esta manera concordamos con la caracterización del crimen pasional de Jimeno (2004: 23):

[…] se define por la presencia del término pasional que remite al campo semántico en el cual se inscribe la acción, cuyas unidades primarias son el vínculo amoroso, la emoción y la ruptura violenta y se constituyen al mismo tiempo en denominaciones de la secuencia […] Del proceso de la relación y los hitos de significado de ella misma y de su desenlace, casi inevitable en la violencia.

3o. La complicidad generacional en la transmisión de la socialización violenta. En esta situación resalta el padre que da un revolver a su hijo de 14 años y lo incita a ayudarlo a matar a otro hombre, su desafecto. Se trata de una socialización violenta con transmisión intergeracional. Asentada en la reafirmación y en la competencia del ethos masculino presente entre los iguales y entre los no iguales (la competencia y la rivalidad que se establece entre los hombres de status similares y de status diferentes). Aquí cabe acentuar la conveniencia de enfatizarse la naturaleza de las relaciones o de las sociabilidades que ocurren entre los hombres y sus representaciones competitivas, ya sea entre iguales o entre desiguales. Es decir, las relaciones violentas entre hombres, en general, son antecedidos por conflictos, abrigados en el machismo y en el sexismo. Como destacan Suárez y Bandeira (1999), es necesario dar importancia a la naturaleza de las interacciones sociales establecidas entre los hombres. Las interacciones sociales violentas, las cuales son traspasadas por el padre al hijo, con el aprendizaje material del ejercicio de la violencia, caracterizan el valor atribuido al código hegemónico de honor y de vergüenza traducidos por el dictado popular: “hombre que es hombre (léase, que es macho) no lleva problemas a casa”. Esto niega entre los hombres cualquier posibilidad de convivencia relacional. Al respecto vale destacar también lo que plantea Alcántara (2003: 122):

[…] la dimensión psíquica y emocional de lo masculino, regida por la resolución del complejo de Edipo, sigue en general una fórmula violenta que contribuye a disociar, en los jóvenes de sexo masculino, los elementos de la sexualidad y de la afectividad, pues el joven sufre un proceso de violentación que tiene como autor al padre autoritario, celoso y competitivo, y como cómplice a la madre omisa o sumisa.

4o. Enfrentamiento de los ethos masculino. Un adolescente de 16 años asesina al padre por causa de la violencia que éste practicaba contra la madre. Otro joven de 12 años asesina al padrastro por el mismo motivo. Juegos competitivos entre masculinos, rechazo de la virilidad masculina que deshumaniza a la madre. Violencia masculina que deshumaniza doblemente, pues los dos adolescentes no soportaron presenciar las violencias y el sufrimiento practicados por el padre y el padrastro contra la madre. En general, el hombre violento consigue persuadir a la mujer de que le pega porque ella lo merece, porque ella tiene alguna culpa. ¡La idea de la internalización de la culpa a la cual las mujeres son tan vulnerables! ¿Por qué las mujeres no “se van”, en estas situaciones de violencia? Pregunta insistente por parte de los agentes policiales. Como si fuese tan sencillo partir. Las mujeres tienen miedo de la falta de recursos, de la independencia económica, de la perdida de los derechos sobre los/las hijos/hijas, y muchas veces por amor. Las mujeres agredidas están enredadas o retenidas” por una especie de dependencia, que saben cuan maligna es, pero que, paralelamente, les da algún tipo de placer. Dependencia de la cual ella tiende a no soportar la pérdida. Los relatos son ricos en este sentido. Zebrinska (2004) compara esta situación al vicio por el cigarro, en el que el/la fumante sabe que hace mal, pero no consigue abandonarlo. Como bien afirma Welzer-Lang (1992: 32): Aucune femme n’aime être battue! A semejanza de las entrevistas realizadas por el autor, también se detecta que muchas mujeres atestiguaron que aprecian los juegos sexuales con connotaciones sadomasoquistas, por lo tanto, comprenden perfectamente la diferencia entre estos juegos y las situaciones y prácticas de violencias. El niño, preso en su condición ontológica masculina tiende más fácilmente, por la socialización, a someterse y a asimilar los trazos violentos y autoritarios del padre, reproduciéndolos en su vida adulta (Alcántara, 2003).

5o. Crímenes de la tierra arrasada o la oscilación entre el amor y el odio. Hombre que asesina a su mujer de 25 años, a su hijo de 2 años y a su hija de 4 años, y después del triple asesinato se suicida. Otro hombre, que asesina a cinco personas de su familia –cuyo nombre de familia es Inocentes–, inclusive la mujer; deja apenas vivo a su hijo y aún afirma: “Yo soy el salvador de mi hijo” (Jornal Pequeno, 2006). Homicidios-suicidio que eliminaron a la familia entera. La exacerbada libertad individualista que el hombre occidental contemporáneo usufructúa lo lleva a apropiarse del/de la otro/a y, al mismo tiempo, se atribuye el poder de eliminar el colectivo familiar. En otras palabras, haciendo a otras personas parte de sí mismo. Esa violencia masculina, la cual destruye el corpus familiar, que destruye una futura generación, radicaliza la condición de barbarie en la civilización. Enamorarse de sí mismo caracterizaría un narcisismo fálico, pero en este caso se transfiere al objeto amado –mujer e hijos– esa condición y, súper investido, se torna todopoderoso frente a los demás sujetos –de nuevo, mujer e hijos– que, en general, humildes y sumisos acaban siendo las presas y víctimas de esa particular pasión amorosa y de la muerte. Se trata, por lo tanto, de una situación de auto centralidad, de un individualismo narcisista, donde el individuo se fija en su patología disociándose de cualquier expresión de relación con los demás miembros de su entorno. Hay que considerar el modo en que las personas se relacionan y establecen vínculos en el ambiente familiar, la existencia de reductos sociales modernos con valores individualistas que conviven con valores predominantemente patriarcales/tradicionales, lo cual provoca movimientos contradictorios – unos, en dirección al cambio y, otro, en dirección a la preservación–, léase destrucción (Mireya, 2004). La autoridad y el poder masculino siempre son sacudidos, desestabilizados o debilitados por los cambios que vienen ocurriendo en la vida de las mujeres, lo que disminuye sensiblemente la inseguridad de las mujeres y aumenta la de los hombres.

Por lo tanto, desde la perspectiva de la manutación de una sociedad patriarcal “[…] son los hombres los que aún detentan el control del poder en la sociedad y, por consiguiente, tienen tendencia a tiranizar las relaciones con las mujeres” (Alcántara, 2003: 122).

 

A manera de conclusión

Por último, vale acentuar que el concepto de patriarcado adquirió nuevos sentidos:

[…] la falta de correspondencia entre las posiciones y las subjetividades de los hombres y de las mujeres –dentro de ese sistema articulado, pero no enteramente consistente, produce y reproduce un mundo violento. Ese efecto violento resulta del mandato moral y moralizador de reducir y aprisionar a la mujer en su posición subordinada, por todos los medios posibles, recurriendo a la violencia sexual […] (Segato: 144-5).

Pero, desde un punto de vista relacional, hay cambios en marcha. ¿Por qué estas situaciones pueden ser consideradas paradigmáticas?

Dentro de las discusiones sobre las experiencias y configuraciones prácticas de las masculinidades hay una “tendencia de crisis”, la cual está operando transformaciones substanciales en las relaciones entre hombres y mujeres. Esta tendencia revela cambios en las masculinidades, y es en ese sentido también que, una vez más, la postulación de la violencia masculina estancada en el orden patriarcal se torna una problemática de reflexión: justamente, aquello que no mudó, o sea, lo que aún permanece como dominante en la propia masculinidad (la supremacía de la heterosexualidad sobre la homosexualidad, de la raza blanca sobre las otras razas, etcétera.).

En otras palabras, concluyendo, el núcleo central de esa violencia es el hecho de que la misma es ejercida, ante todo, por la imperiosa tendencia de destruir la identidad del otro, es decir, de destruir la identidad del sujeto femenino.

Ese sujeto mujer, a su vez, por medio de la internalización compulsiva y brutal de un ideal de lo masculino –marido, compañero, enamorado o amante, formador de la familia– es obligada a formular, para sí misma, una imagen (y quizás) un proyecto amoroso e identificatorio, aunque incompatible con las intenciones relacionales del masculino.

Paradójicamente, el narcisismo de ese sujeto masculino, a partir de su idealización de lo que debe ser mujer-esposa y familia, intenta y, al no garantizar su posibilidad de felicidad, mata por “amor/pasión”. Intenta (al entregar un revólver al hijo y al ayudarlo) matar a otro hombre. Un adolescente mata al padre y el otro mata al padrastro debido a violencias practicadas por ellos contra su madre. Otros hombres eliminan, matan, destruyen no sólo a la mujer, sino al conjunto de su familia (Costa, 1984).

Bibliografía

ALCÁNTARA, Regina Maria Soares (2003). “Mata-se por amor? Um estudo psicanalítico dos chamados crimes passionais”. En: Sonia LOBO (org.), Violência: um estudo psicanalítico e multidisciplinar. Fortaleza: Edições Demócrito Rocha.

COSTA, Jurandir Freir (1984). Violência e psicanálise. Rio de Janeiro: Graal.

FONSECA, Cláudia (1999). “Quando cada caso NÂO é mais um caso”. Revista Brasileira de Educação, ANPED, RS, 10, Ene/Feb/Mar/Abr.

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LOBO, Sonia (org.) (2003). “Uma apresentação”. En: Violência: um estudo psicanalítico e multidisciplinar. Fortaleza: Edições Demócrito Rocha.

SEGATO, Rita Laura (2003). Las estructuras elementales de la violencia. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires.

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SUÁREZ, Mireya (2003). Provocando la reflexión sobre el discurso “violencia contra la mujer”. Brasilia: mimeo.

TREMBLAY, Manon. Le système patriarcal à la base des inégalites entre les sexes. En: http://sisyphe.org/imprimer.php3 ?id_article=1080, consultado el 18 de octubre de 2005.

WALBY, Sylvia (1990). Theorizing Patriarchy. Oxford/Cambridge: Basil Blackwell.

WELZER-LANG, Daniel (1992). Les hommes violents. Paris: L´Harmattan.

ZEBRINSKA, Nathalie (2004). La Guerre secrète, vaincre la violence conjugale. Paris: L’Harmattan.


Hemerografía

Correio Braziliense (2004), diciembre.

Jornal Pequeno (2006). São Luis, 26 de mayo.


1 Profesora Titular del Departamento de Sociología de la Universidad de Brasilia (UnB), lourdesmbandeira@yahoo.com.br.

2 Ese concepto de violencia se basa en la formulación de Sposio de 1998.

3 A partir de Cláudia Fonseca: “Quando cada caso NÂO é mais um caso” (1999) adoptamos esas dos expresiones para, análogamente, evidenciar que aunque se trate de una tipología observada a partir de la realidad, y no de tipos ideales, es siempre difícil pensar que la realidad se restringe a esa tipología sugerida.

4 Ver el trabajo reciente de Silvia Pimentel, 2003.