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Alicia Estela Pereda Alfonso1
Los años treinta coinciden con la definición
de un proyecto de Estado, de corte nacionalista, orientado a la modernización
del país que alentó la migración interna acelerando
el crecimiento de las ciudades. Los discursos amorosos desempeñaron
una “acción pedagógica” para reforzar la dominación
masculina, presentando como naturales ciertas formas de concebir las relaciones
de género, cuando la presencia de las mujeres en los escenarios
citadinos comenzaba a otorgarles nueva visibilidad. En las entrevistas el “respeto” adquirió distintos significados según el sexo de las y los usuarias/os. Para ellos, evocó la figura de una imagen venerable ante quien se colocaron en una posición contemplativa afectando negativamente el ejercicio de la sexualidad y resultando en el desconocimiento de las mujeres como sujetos de deseos e iniciativas. En cambio, ellas debían “darse a respetar”, expresión que comprende un variadísimo repertorio de comportamientos, para alcanzar una posición legítima. Sin embargo, esta exigencia implicaba someterse a la auscultación de los demás, tornándolas más vulnerables, especialmente, cuando las condiciones del contexto abrían las puertas del hogar para que ellas trabajaran, estudiaran o participaran en política.
Abstract
During the
1930s, the endorsement of a nationalist model of state development, aimed
at the modernization of the country, stimulated the process of industrialization,
which accelerated rural-urban immigration, the growth of major cities,
and the incorporation of women to the labor market. While the women’s
presence in the cities made them more visible, “love discourses”
played a pedagogic role that reinforced male domination by naturalizing
certain conceptions about relationships between genders. The empirical
sources are columns from “women’s” magazines, “romantic”
songs, and interviews with people from both sexes. The interviews
show the word “respect” referred to different meanings according
to the sex of the interviewee. For men, the word respect evoked the image
of a venerable figure against which they adopted a contemplative position,
which negatively affected their sexuality and prevented the recognition
of women as subjects of desires and initiative. Conversely, women had
to “gain respect” by displaying a varied repertoire of behaviors
to reach a legitimate position. However, this requirement implied their
subjection to others’ scrutiny, making them more vulnerable, especially
when the context was opening the doors of their homes and offering them
opportunities to work, to study, and to participate in politics. Introducción
Para responder a esta pregunta, analicé los discursos amorosos procedentes de distintas fuentes. Una revista de las llamadas “femeninas”, denominada La Familia, que circuló desde 1931 hasta 1972. Asimismo, las composiciones del “género romántico”, forma de canción que comenzó a consolidarse en México a fines de los años veinte del siglo pasado (Moreno Rivas, 1986). Por último, realicé entrevistas con enfoque biográfico con personas de ambos sexos que hubieran radicado en el Distrito Federal durante ese periodo.
El
contexto socio-histórico y la producción de sentido La producción y circulación de estos discursos tuvo como marco un fenómeno que se verificó en América Latina a comienzos del siglo XX y, más específicamente, en la década de los años treinta en México: la migración interna que implicó el arribo de nuevos pobladores a la capital de la República (Romero, 1976). En una primera etapa, este proceso obedeció a la búsqueda de seguridad personal a consecuencia de la Revolución de 1910 (González Navarro, 1974). Sin embargo, la recesión mundial de 1929 estimuló un proyecto económico orientado a la sustitución de importaciones que alentó nuevos desplazamientos humanos hacia los principales centros del país (De la Peña, 1983). De este modo, la industrialización y la modernización favorecieron la irrupción de las masas campesinas en las ciudades. Esto trajo como consecuencia “no sólo el acrecentamiento de las clases populares sino la aparición de un nuevo modo de existencia de ‘lo popular’” (Martín Barbero, 1987: 170). Así, surgió una cultura donde “las masa encontraron reasumidas, de la música a los relatos en la radio y el cine, algunas de sus formas básicas de ver el mundo, de sentirlo, de expresarlo” (Íd.). Cabe interpretar, entonces, la tarea de los medios de comunicación, como una verdadera “acción pedagógica” (Bourdieu y Passeron, 1998) que acompañó este proceso de modernización, tanto económica como de las formas de pensamiento y comportamiento, ofreciendo representaciones de sí mismos y de los nuevos escenarios de interacción a los recién llegados a las ciudades.
Las
condiciones de reconocimiento del sentido El estudio
del cancionero permitió acotar los rasgos de las figuras de “amante”
y “amada”, así como las características de la
relación entre ellas. A su vez, el análisis de las formas
de ejercicio de poder permitió establecer una distinción
entre estos personajes según que el amante adoptara una posición
subordinada o “equipotente” con respecto a la enamorada. De
esta ubicación depende que el protagonista masculino de las canciones
de amor refiera a una relación “gozosa” o “sufriente”. El
vínculo gozoso Coincide con la representación de la amada como “visión” ante la cual sólo resta postrarse como “devoto” con la esperanza de alcanzar un estado de superación espiritual. Por razones de espacio me limitaré a ofrecer unos pocos ejemplos de cada caso. Así, en Divina Mujer de Jorge del Moral, el enamorado dice: “Como una dulce visión/ te apareciste ante mí/ y fuiste una ensoñación/ la más hermosa que vi”. Y más adelante agrega: “Tú en mi corazón/ has dejado un suave perfume de flor/ y yo pronunciaré como una oración/ tu nombre diré”. Otra versión similar aparece en A tus pies, de Agustín Lara, donde desde el título se establece la relación entre las posiciones de “la visión” y “el devoto”.
El
vínculo sufriente En este caso, el protagonista también aparece en una posición subordinada. Pero, a diferencia del “devoto”, él no escoge esta ubicación voluntariamente, resulta arrojado en ese lugar cuando el erotismo se transforma en amor. Entonces, él descubre la incertidumbre que entraña cualquier vínculo intersubjetivo porque experimenta la ausencia de certezas con respecto a los sentimientos de la amada (Paz, 1994). Así, vive la relación amorosa con zozobra y anticipa una catástrofe que, al producirse, confirma sus miedos. A modo de ejemplo cito algunas estrofas de Mía nomás, de Agustín Lara, que ilustra lo dicho: “Yo quisiera que nunca me dejes/ que nunca te alejes de mí”. Y más adelante agrega: “Que rasgue tu pecho/ la queja de mi alma como una oración/que no me traiciones/ que me lleves dentro como una obsesión”.
En definitiva,
a través de una construcción dicotómica que apela
a las categorías de “la visión” y “la
hechicera”, con su contraparte en “el devoto” y “el
hechizado”, las canciones ponen a disposición de las/los
usuarias/os un lenguaje que actualiza la separación entre las buenas
y las malas mujeres. La reiteración de esta distinción “natural”
y, por lo tanto, “conocida y aceptada por todos”, permite
excluir los cuestionamientos a estas formas arbitrarias de construir la
diferencia sexual o de rechazar cualquier opción amorosa distinta
de la heterosexual. A su vez, el
cancionero consagra la escisión entre amor y erotismo, los cuales
adquieren una valoración distinta. El segundo es peligroso, amenazante,
desbocado. Pero puede emplearse como motor de una relación estable,
la conyugal, donde cada individuo concreta un proyecto personal a largo
plazo (Giddens, 1995). Precisamente,
a este potencial parece orientarse el discurso de la revista por medio
de una serie de procedimientos. El primero consiste en convertir a las
figuras de amante y amada en papeles concretos: esposo y esposa. Luego,
identifica otros roles que se definen por contraposición con estas
figuras. Aparecen “la soltera”, y su versión peyorativa,
“la solterona”; también, “la suegra”, con
una carga negativa que la publicación intenta suavizar asignándole
un lugar que comparte con la madre: subrogar la autoridad masculina para
garantizar la reproducción del orden de género. Por último,
destaca “la separada”. Todas están ubicadas del otro
lado de una distinción que se concreta a partir del estado civil.
Así, la proximidad o lejanía de la figura masculina y de
la institución matrimonial está directamente relacionada
con la obtención de prestigio social y respeto. Lo expuesto
anticipa el siguiente paso de este tránsito por el cual el amor-pasión
brinda su energía al amor-romántico (Giddens, 1995). Una
vez identificados los personajes, aparecen relacionados entre sí
por un vínculo legitimado por la Iglesia y/o el Estado: el conyugal.
Por último, el material hemerográfico ofrece una categoría,
“moderno”, que al ser empleada como adjetivo para referirse
a una concepción de la temporalidad presente, cobra el carácter
de un criterio para distinguir entre tres versiones del personaje femenino
que pone a disposición de sus lectoras: “la mujer”,
“la mujer moderna” y “la muy moderna”. La primera
constituye la norma y medida contra la cual confrontar el desempeño
de las mujeres de carne y hueso quienes, al calor de los nuevos tiempos,
comienzan a mostrar su presencia en el trabajo, en el estudio y en la
participación política. En esta trilogía, el justo
medio, “la mujer moderna”, representa la posición ideal
dado que supone el ingreso al mundo público conservando los atributos
esenciales de la feminidad y previene contra los excesos de la “muy
moderna”. A semejanza de la publicación, las personas entrevistadas mencionan la división público/ privado a través de las ideas y prácticas relacionadas con la división sexual del trabajo. De este modo, describen los papeles que les corresponden en virtud de su sexo con expresiones que remiten a las categorías de “proveedores” para ellos y “reproductoras” para ellas. Sin embargo, desde la perspectiva de las entrevistadas, el trabajo extra-doméstico tomó el carácter de un acto heroico, de una cruzada contra los padecimientos hogareños incrementados por el alza en el costo de la vida a raíz de procesos inflacionarios durante la década de los años treinta, o bien, se vinculó con ideales que permitieron enfrentar la intransigencia de los “seres queridos”, encarnados en las figuras de padres y esposos. De esta manera, el deber para con los demás o para consigo mismas, bajo la forma de una vocación, atenuó un posible cuestionamiento a la autoridad masculina. Porque aportar dinero para el sostenimiento del hogar no implicó confrontar a los varones. En cambio, ofreció un nuevo ropaje para interpretar las aspiraciones femeninas orientadas al logro de metas personales –que, como consecuencia no deseada, podrían alentar o estimular la búsqueda de autonomía– bajo el signo de la vocación de servicio y la entrega a la familia.
De manera recurrente,
en todos los relatos apareció el vocablo “respeto”
como expresión de un valor que debía concretarse en las
relaciones interpersonales.
2) El respeto
como violencia simbólica. Para los varones entrevistados, la primera acepción evocó la figura de la mujer en general, una imagen venerada de sus años juveniles que no necesariamente tuvo correlato de carne y hueso; en cambio, reunía los rasgos de “la visión” de las canciones de amor. Al recordarla, ellos se colocaron en la posición del “devoto” que sólo aspiraba a la contemplación. Esta imagen apareció reñida con la valoración otorgada a las mujeres con quienes entablaron relaciones en la cotidianidad. Especialmente, en el caso de los varones solteros quienes utilizaron este modelo para descalificar a las parejas y, de ese modo, explicar sus preferencias por ese estado civil.
1) la forma en que deben actuarse los roles, 2) el modo en que ciertas clases de individuos juegan efectivamente esos roles.
De este modo,
el género aparece como un ordenador social pero, a la vez, es una
categoría de análisis que pretende dar cuenta de una dimensión
específica de la desigualdad, aquélla que consagra la dominación
masculina con base en la construcción social de la diferencia biológica
y anatómica entre los sexos. Al referirse al género, como sustento de la dominación masculina, Pierre Bourdieu (1996: 28) señala:
Al retomar la pregunta inicial, cabe afirmar que los discursos amorosos que circularon en la ciudad de México durante la década de los años treinta, ejercieron un poder de violencia simbólica entre los usuarios al enfatizar, por un lado, la distinción entre categorías de mujeres a través de la respetabilidad; por el otro, al legitimar la autoridad masculina para ubicarlas a ambos lados de esa distinción que significaba el reconocimiento o el rechazo sociales. Además, por varias razones, esta acción pedagógica difusa se transformó en un ejercicio de violencia simbólica contra los varones y las mujeres. En primer lugar, porque bajo el ropaje del respeto privilegió una sola vía para construir las identidades de género consagrando conocimientos de sentido común que presentaban la dominación masculina, la distinción público/privado y la división sexual del trabajo que deriva de ella, como natural y, por lo tanto, como incuestionable. En segundo lugar, porque las expresiones coloquiales analizadas responsabilizaron a las propias mujeres por la obtención de un reconocimiento que, a la postre, obstruía las posibilidades de autodeterminación de ellas mismas.
BOURDIEU, P. y J-C. PASSERON (1998). La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. México: Fontamara. BOURDIEU, P. y L. WACQUANT (1995). Respuestas. Por una antropología reflexiva. México: Grijalbo. DE BARBIERI, T. (1996). “Certezas y malos entendidos sobre la categoría género”. En: Laura GUZMÁN STEIN y Gilda PACHECO OREAMUNO (comps.), Estudios Básicos de Derechos Humanos IV. San José de Costa Rica: Instituto Interamericano de Derechos Humanos. DE LA PEÑA, G. (1983). “Notas sobre las relaciones entre el campo y la ciudad de México”. IV Encuentro Hispanoamericano de Científicos Sociales. Madrid-Toledo: Información Docta. GIDDENS, A. (1995). La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas. Madrid: Cátedra. GONZÁLEZ NAVARRO, M. (1974). Población y sociedad en México (1900-1970). México: UNAM. LAURÍA, A. (1964). “‘Respeto’, ‘Relajo’ and Inter-Personal Relations in Puerto Rico”. Antropological Quarterly, 37 (2) (: 53-67). MARTÍN-BARBERO, J. (1987). De los medios a las mediaciones. Comunicación, cultura y hegemonía. Barcelona: Gustavo Gili. MORENO RIVAS, Y. (1989). Historia de la música popular mexicana. México: CONACULTA-Alianza. PAZ, O. (1994). La llama doble. Amor y erotismo. México: Seix Barral. PEREDA, A. (2003). Hasta que la muerte nos separe. Discursos y narrativas amorosas en el nacionalismo mexicano. México 1927-1940. Tesis de Maestría en Estudios Latinoamericanos. Facultad de Filosofía y Letras. México: UNAM. PIÑA, C. (1988). “La construcción del ‘sí mismo’ en el relato autobiográfico”. Revista Paraguaya de Sociología, 71 (: 135-76). ROMERO, J. L. (1976). Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Buenos Aires: Siglo XXI. SENNETT, R. (2003). El respeto. Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdad. Barcelona: Anagrama. VERÓN, E. (1996). La semiosis social. Fragmentos de una teoría de la discursividad. Barcelona: Gedisa. Anexos Anexo I. La construcción del objeto amoroso a través de las canciones. Anexo II. Clasificación de artículos de la revista por tema y por año. Anexo III. Información sobre las personas entrevistados. 1 Universidad Pedagógica Nacional. Unidad Ajusco, alipereda@yahoo.com. |
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