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Identidades de género, sexualidad
y violencia sexual

Joaquina Erviti1
Roberto Castro
Itzel A. Sosa-Sánchez

Resumen

La violencia sexual pone de manifiesto las relaciones jerarquizadas entre los géneros, así como las correspondientes formas de resistencia o sumisión que las enfrentan. La sexualidad masculina se ejerce en un contexto de relaciones de poder que les favorecen, en un contexto de desigualdad de género. Ante esto, es necesario profundizar en el papel que juegan las identidades de género en la sexualidad masculina y en la definición de lo que socialmente los varones consideran como violencia sexual. En este estudio nos propusimos explorar los mecanismos sociológicos que facilitan la reproducción de determinados esquemas de percepción y apreciación en torno a la sexualidad y la violencia sexual. Para ello se realizó un estudio cualitativo, durante 2004, en instituciones médicas, educativas y jurídicas, en dos entidades federativas del centro de la república mexicana. A través de entrevistas en profundidad a 69 profesionales varones (médicos, profesores y abogados) se indagó en torno a sus percepciones sobre la sexualidad, la masculinidad y la violencia sexual. El análisis interpretativo de las entrevistas muestra que los entrevistados ponen en juego un conjunto de nociones que legitiman el maltrato ejercido en la práctica institucional médica y legal (y aún más allá de estos ámbitos) sobre las mujeres víctimas de violación. Estas nociones conceptualizan a la violencia sexual como “natural” y, en buena medida, “responsabilidad” de las propias mujeres. Contribuyen, así, a invalidar e incluso penalizar las decisiones de las mujeres que acuden en busca de servicios médicos y/o legales ante una circunstancia de violencia sexual. La trascendencia de estos hallazgos estriba en que se trata de actores sociales que juegan un papel central en la producción y reproducción de patrones de percepción que, a su vez, refuerzan las prácticas de desigualdad y de violencia de género.

 

Abstract


Sexual violence uncovers both the hierarchical relationships between the sexes, and the corresponding forms of resistance elicited thereby. Male sexuality takes place within a favorable context of power relationships and gender inequity. It is necessary to further study on the role that gender identities play in male sexuality. It is also needed to study the definition of what males consider sexual violence. In this study our aim is to explore the sociological mechanisms that facilitate the reproduction of certain schemes of perception and appreciation around male and female sexuality and sexual violence. We conducted a qualitative study on 2004, in judicial, medical, and educative institutions in Mexico. We completed 69 in-depth interviews, applied to male professionals (doctors, teachers, and lawyers). Findings show that interviewees use a set of notions and preconceptions that legitimize the maltreatment exerted in medical and judicial institutions on women who have been sexually abused and are there in search of some medical or legal support. These notions portray a vision of rape as something “natural” or something which is “responsibility” of women. The relevance of these findings lies in the fact that doctors, teachers and lawyers are social actors who play a crucial role in the production and reproduction of patterns of perception of rape and sexual violence, which, in turn, reinforce gender violence and practices of gender inequality.

 

Introducción

La violencia sexual es un fenómeno que pone de manifiesto las relaciones desiguales entre los géneros en el ámbito de la sexualidad. En ella se expresan determinadas formas de ejercer la dominación, así como las correspondientes formas de resistencia o sumisión que las enfrentan. Las desigualdades de género operan dentro del contexto de otros tipos de desequilibrio de poder (basados en la raza, la riqueza, la edad, etcétera) e interactúan con ellos.


Hablar de sexualidad sociológicamente obliga a ir más allá de los contenidos biológicos de la misma para incorporar en el análisis aquellos aspectos del orden social y de género que visibilizan el campo donde las prácticas sociales en torno a la misma son producidas. Desde sus comienzos, los estudios de género han insistido en la necesidad de estudiar el papel de las relaciones de poder en los encuentros sexuales y en las posibles negociaciones y contextos en que estos encuentros ocurren (Population Council, 2001; Vigarello, 1999). En este sentido, se ha sugerido que existe una relación entre las actitudes, mitos y creencias sobre la sexualidad con las identidades de género y la violencia sexual. Ello explicaría, como veremos en seguida, la exposición diferencial de varones y mujeres a prácticas sociales marcadas por desequilibrios de poder, “riesgosas” y en ocasiones mediadas por la violencia (física, simbólica, sexual, psicológica, etcétera).

 

Identidades genéricas, prácticas sexuales y discursos sociales

El orden social de género hegemónico se funda en la construcción de prácticas y discursos sociales e identidades de género opuestas y excluyentes: masculino-varón femenino-mujer, asociando las diferencias en referencia al cuerpo (Connell, 1997b; Lagarde, 1997; Oudshoorn, 2004; Moore y Schmidt, 1999) 2. Esta construcción binaria y dicotómica tiene distintas repercusiones sobre la valoración/desvalorización de un género sobre el otro, fincado en la “naturaleza”, y contribuye a legitimar las relaciones de dominación existentes en este campo (Bourdieu, 2000).


Se sabe que los condicionamientos de género en los varones (y en las mujeres, en tanto el género es una categoría relacional) contribuyen, a su vez, a reproducir determinados atributos asociados con estereotipos masculinos, lo cual dificulta el establecimiento de intercambios más equitativos no sólo con las mujeres sino con otros varones (Figueroa, 2001). Las prácticas sociales y discursivas están enmarcadas en contextos sociales y legales específicos dentro de los que “adquieren sentido”. Como otras formas de violencia ejercida sobre las mujeres, la violencia sexual en México goza de una relativa tolerancia social, al mismo tiempo que resulta altamente estigmatizante para quienes son víctimas de ella. La estigmatización contribuye a obstaculizar la discusión (“de eso no se habla”) y favorece el desarrollo de un clima social que no debate su existencia. Estamos entonces frente a un contexto en el que la violencia contra las mujeres es constitutiva de las estructuras sociales sin mayor cuestionamiento. Su existencia, por tanto, se expresa en los marcos normativos y simbólicos (Ramírez, 2005), y es internalizada por los individuos bajo la forma de un habitus que articula la tolerancia e incluso la banalización social de la violencia ejercida sobre las mujeres.

 

Orden social y violación

Hablar de los distintos tipos de violencia de género que experimentan las mujeres hace necesario visibilizar el papel que juegan las estructuras sociales en la producción y reproducción de la violencia en general y de la violencia sexual en particular. El funcionamiento de tales estructuras es tan eficiente que, en un orden social basado en la dominación masculina, las desigualdades de poder entre los géneros no sólo han sido legitimadas, sino incluso erotizadas, lo que constituye una clara expresión de la violencia simbólica en juego (Bourdieu).


Bárbara Watson (2002) sostiene que el fenómeno de la violación es variable en tiempo y espacio. Ciertas evidencias apuntan a que esta práctica tiende a no existir en sociedades matrilineales y donde hay una valoración diferente acerca de la mujer. La hipótesis es que la dinámica de género en culturas matrilineales reduce significativamente la imagen del hombre como un “ente sexual” y, de esta manera, la autoridad de la heterosexualidad masculina se ve también reducida, lo que disminuye el potencial de dominación masculina y, por tanto, el riesgo de la violación. La autora señala que el modelo madre-hijo que domina en occidente y que recalca la necesidad de separar al hijo de la madre y de lo “femenino”, puede favorecer el abuso hacia las mujeres, al tiempo que, en las culturas patriarcales, la victimización de las mujeres en mayor o menor medida se ha constituido como una manera de adquirir legitimidad y autoridad masculina. Esto sugiere que la violación es un comportamiento inducido por las culturas patriarcales, en las que se instituye como una forma de manifestar la hombría, y en donde predomina la noción de que las relaciones sexuales requieren de la dominación masculina frente a una resistencia femenina3.


En el caso específico de México se estima que en promedio cada 4 minutos una niña o mujer es violada4. Sin embargo, resulta difícil saber la incidencia de la violencia sexual en tanto que pocas víctimas denuncian este delito ante las autoridades correspondientes, lo que se articula con un marco legal inadecuado para la prevención y el castigo de la violencia sexual contra la mujer. Al respecto, la legislación vigente en muchos estados contraviene los estándares internacionales en materia de derechos humanos ya que, por ejemplo, las sanciones para algunos abusos están en función de la “castidad” u “honorabilidad” de la víctima5. Un indicador de la permisividad existente frente a la violación en este país es la sentencia emitida apenas en 1994 por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en la que se dictaminó que las relaciones sexuales forzadas en el matrimonio no constituían “violación” sino tan sólo el “ejercicio indebido de los derechos conyugales”6. Lo anterior, aunado a las actitudes displicentes de las autoridades públicas hacia las víctimas de violación, contribuye a desincentivar las denuncias de violación (Human Rights Watch, 2006).


En este contexto, un área que ha permanecido prácticamente sin investigar en este país se refiere al papel que juegan las identidades de género en la construcción social de la sexualidad masculina y en la definición de lo que socialmente los varones consideran como violencia sexual. Es necesario saber más acerca del papel que los profesionales que laboran en instituciones sociales normativas juegan en la reproducción del orden de género y de las prácticas sociales vinculadas con la sexualidad y la violencia sexual. Es necesario también aportar información acerca de las percepciones que los varones tienen de las mujeres y de sí mismos, en tanto sujetos sexuales. En la investigación de la que aquí damos cuenta partimos del supuesto de que tales percepciones son cruciales en el caso de actores colocados en posiciones clave (maestros, médicos, abogados) por el papel que juegan en la reproducción de los esquemas de percepción y apreciación dominantes. Tal es el objetivo de este trabajo: explorar los mecanismos sociológicos que facilitan la reproducción de determinadas percepciones, normas y valores en torno a la sexualidad y la violación en cuatro grupos de varones profesionales.


Metodología

Se realizó un estudio cualitativo, durante 2004 y 2005, en instituciones médicas, educativas y jurídicas, públicas y privadas, así como en organizaciones civiles (ONG’s) en dos entidades federativas del centro de la república mexicana7. Los dos instrumentos básicos de recolección de información fueron las guías de entrevistas en profundidad y los cuestionarios sociodemográficos de información básica. A través de entrevistas en profundidad a 69 varones (profesionales médicos, profesores, abogados y activistas sociales) que trabajaban en estas instituciones, se indagó en torno a las percepciones dominantes sobre la sexualidad, la masculinidad y la violencia sexual8.


Obtenidos los permisos institucionales, se explicó a los profesionales los objetivos del proyecto y se enfatizó en que la participación era voluntaria, estrictamente confidencial, y anónima. En varios casos la entrevista se logró después de más de dos intentos ya que la cancelación de último momento o la inasistencia a la cita fue común a lo largo del trabajo de campo (especialmente con los profesionales médicos pertenecientes a instituciones de segundo nivel)9. Para la selección de los participantes se realizó un muestreo teórico10. Se puso especial énfasis en conformar una muestra de informantes que contaran con diversas características sociodemográficas y profesionales entre sí.

Durante la realización de las entrevistas se solicitó el consentimiento de los participantes para grabar la conversación asegurándoseles que en cualquier momento que ellos quisieran la grabadora podía ser apagada. Paralelamente se llevó un diario de campo que permitió hacer anotaciones acerca del contexto de la entrevista, así como de la comunicación no verbal que se estableció durante la misma. Muchos participantes continuaban ampliando explicaciones en torno a la conversación sostenida, una vez apagada la grabadora.

Las entrevistas, grabadas y transcritas en su totalidad, fueron sistematizadas mediante el software Atlas/Ti. Para la codificación de las entrevistas se buscó fragmentar el material según los temas identificados como claves en la guía de entrevista: roles y normas de género, sexualidad, violación. La interpretación de los textos de las entrevistas se sustentó después de sucesivas lecturas de cada testimonio privilegiándose el método propuesto por la teoría fundamentada (Glaser y Strauss, 1967). Durante este proceso se puso particular atención en identificar las metáforas dominantes, así como en oír y diferenciar voces contradictorias y disonantes. Ante la diversidad de los discursos obtenidos en campo, se identificaron las regularidades empíricas, las ambivalencias y las contradicciones que emergieron durante esta fase y sobre las cuales se procedió a realizar un análisis más profundo.

Perfil de los participantes

La edad media de los 69 participantes en el estudio fue de 44 años (al igual que la mediana). El rango de edad de los participantes fluctuó entre los 22 y los 70 años de edad. El 61% eran casados y el promedio de hijos fue de 2. El 25% trabajaba únicamente en instituciones privadas, el 23% en instituciones públicas, mientras que el resto (52%) en ambas. Los participantes tenían en promedio 17 años de práctica profesional mientras que la tercera parte (29%) tenía hasta 10 años de ejercicio profesional, el 39% de 11 a 20 años, el 20% tenían ejerciendo entre 21 y 30 años, y sólo el 10% tenía más de 30 años de ejercicio profesional. El 46% de los participantes laboraba en instituciones médicas, uno de cada cinco laboraban en instituciones educativas y 17% en instituciones jurídicas. Del total de participantes uno de cada siete trabajaba en organizaciones sociales (ONG’s) vinculadas con temáticas relacionadas a la salud y los derechos reproductivos. Todos los entrevistados contaban con licenciatura y el 48% contaba con al menos una especialidad y/o maestría. Los entrevistados forman un grupo mayoritariamente católico.


Hallazgos y discusión

El análisis interpretativo de las construcciones discursivas de los entrevistados permite advertir la existencia de diversos mecanismos sociales (y profesionales), que contribuyen a la naturalización de las identidades de género y las asimetrías en las relaciones de poder, legitimando prácticas sociales que en la esfera de la sexualidad normalizan, erotizan e incluso naturalizan la violencia sexual, banalizándola y favoreciendo un contexto de permivisidad social ante la misma.


Sexualidad y uso de metáforas

A lo largo de las construcciones discursivas de los entrevistados emergen nociones que aluden a una sexualidad dicotómica (masculina–femenina/incontrolable-controlable/activa-pasiva), “naturalizada”. Estas nociones describen a un orden social en el que los hombres aparecen como agentes sexualmente activos, mientras que a las mujeres se les asigna un rol en donde continuamente deben “resistir” los “embates” de los varones, evitando los encuentros sexuales:

Yo les he dicho (a las alumnas) aquí, “¿saben qué?, es bonito el amor, es bonito el noviazgo pero no se dejen manosear, no se dejen encuerar, no se dejen sobre-estimular porque en esa situación uno es como un volcán en una erupción, ya nadie los detiene. Por ejemplo, uno es como un caballo que está desbocado, ya desbocado nadie lo detiene”. Se perdieron principios, se perdieron riesgos, se perdió todo. Entonces es muy importante, pues, hablarle así a los alumnos (…)11. Chuscamente a veces les digo “¿saben qué, muchachas? Aunque sientan deben portarse como Cuauhtemoc, aunque sientan que se están quemando no suelten el tesoro” (E002, profesor: 472-500)12.

“Uno es como un caballo que esta desbocado”, “como un volcán” son metáforas que continuamente aparecen y que hacen referencia al carácter incontenible de los impulsos sexuales masculinos, los que, al ser naturalizados, adquieren un fundamento que discursiva y simbólicamente los convierte, en tanto fenómenos naturales, en incuestionables y gobernados por una lógica de inmutabilidad. Son también relevantes las metáforas “ya desbocado nadie lo detiene”, “y volcán en una erupción”, ya que, ubicadas en el contexto de un discurso emitido en los espacios de autoridad (médica, educativa, legal, etc.), forman parte de un proceso de descripción autorizada del mundo que contiene varios mensajes disciplinarios. Ambas metáforas expresan presupuestos socialmente compartidos acerca de la sexualidad masculina “agresiva” que una vez “sobre-estimulada” es imparable, advirtiendo a su vez de las posibles consecuencias de la “sobre estimulación” sexual de los varones. Estas construcciones discursivas disciplinan en ambos sentidos a varones y a mujeres, centrando el mensaje en los “peligros” de sobrestimular a los varones y en la “resistencia” que deben tener las mujeres ante esas “explosiones” de sexualidad masculina. Por su parte, la frase “aunque sientan que se están quemando no suelten el tesoro” (“consejo” dirigido a las muchachas) refleja el disciplinamiento genérico que se reproduce en las instituciones normativas. La expresión “complementa” la primera parte del testimonio, en tanto que alude a la contención/resistencia (en términos de mandato y expectativa social) que las mujeres deben tener sobre su sexualidad, sus cuerpos e incluso sobre su placer, con la finalidad de “resguardar” el “tesoro” (la virginidad), estando siempre “bajo control” sea éste social (vigilancias y restricciones externas impuestas a las mujeres) o personal (interiorizando el control social ejercido sobre sus cuerpos como “autocontrol”).

Estos discursos dejan entrever construcciones simbólicas en las que emerge una sexualidad naturalmente “animal” y agresiva que se vincula a la construcción de la identidad masculina. Esto se repite en otros testimonios:

(…) los hombres estamos en una lucha, estamos en un Coliseo romano en donde todos los hombres tenemos que pelear a ver quién es el mejor proveedor, quién es el mejor, el que domina más (E001, profesor: 170-174).

Los hombres estamos en una lucha… en un Coliseo” hace referencia a un orden social que espera (y promueve) que los hombres constantemente demuestren “serlo” y lo acrediten mediante una actitud “de lucha” (agresiva) en las distintas situaciones donde deben mantener un rol de “dominio”.

La pretendida “falta de capacidad” para controlar no sólo los impulsos sexuales, sino lo “masculino”, es un recurso que se usa para explicar distintos comportamientos masculinos13. Por el contrario, en todos los niveles, “lo femenino” o aquello que alude a “lo femenino” se presenta en los discursos sociales como lo factible de ser “controlado” e incluso lo que requiere de ser controlado (Martin, 1991). En este sentido, en los discursos de los entrevistados (actores en posiciones de autoridad) emergen imágenes y metáforas autorizadas que reproducen las representaciones dominantes acerca de lo “masculino” y lo “femenino”, que se traduce simbólica y socialmente en posibilidades diferenciales de control (interno y/o externo), y que se expresa de manera específica en el control y el autocontrol en el ámbito de la sexualidad (Freud, 2000).

Como veremos ahora, las metáforas expresadas en los testimonios de los entrevistados (citados como prácticas de enseñanza y “disciplinamiento” en sentido foucaltiano) (Foucault, 1992 y 1978) reflejan14 la manera en que se piensa sobre la sexualidad y el cuerpo masculino, la reproducción, y lo que es definido como “ser varón”/“ser mujer”, lo que a su vez se va a relacionar con las imágenes y creencias que algunos participantes de este estudio tienen frente a un fenómeno como la violación.

 

Erotización de la violencia

Las nociones e imágenes presentadas en la sección anterior, referidas a una sexualidad masculina “inherentemente” agresiva15, facilitan la identificación del fenómeno de la violencia sexual como “natural” y “primitiva”, y en buena medida “responsabilidad” de las propias mujeres. Ello se vincula con la erotización de la violencia, en tanto forma de expresar “exitosamente” masculinidad, dominación y poder. Los discursos de los participantes evidencian una articulación de estereotipos relacionados con la identidad y la sexualidad masculina que contribuyen a que socialmente se piense que “cualquier” hombre es un agresor sexual en potencia:

H. Yo considero que cualquier varón puede ser un agresor.
E: ¿Por qué?
H: Porque, voy otra vez sobre el machismo, se sienten propietarios, tal vez, de la mujer con la que viven o de las mujeres con las que se rodea esta persona, entonces yo pienso que cualquier persona puede ser un agresor, el porqué está difícil (explicarlo) (E024, abogado: 657-672).

Al explicar que cualquier varón puede ser un agresor, el entrevistado hace referencia al sentido de “propiedad” y de “derechos” sobre las mujeres que los varones creen (y manifiestan) tener sobre las mujeres del entorno. Más aún, el entrevistado desliza el concepto de machismo, al tiempo que mantiene su significado en el terreno de lo sobrentendido, lo cuál se explica sólo porque al hablar da por sentado que comparte con la entrevistadora los mismo códigos interpretativos. Esta noción acerca de los hombres como agresores sexuales en potencia es “explicada” en los testimonios como resultado de la “estimulación” de los varones:

P: ¿Cualquier hombre podría ser un agresor sexual?
R: Sí, hasta yo, sí, todo depende de los estímulos que le des. Una persona borracha, drogada o algo así. En base a eso supongo que las hay peores y yo supongo que nos saca el animal. Yo soy igual de animal que todos, yo soy igual de animal que todos, unos lo demuestran más, y no porque yo sea muy bueno, pienso que soy más orgulloso, más vanidoso, es eso nada más, cualquiera de nosotros puede agredirlas a ustedes (las mujeres). Y por qué lo son, bueno, si no es por efectos de drogas y alcohol… yo creo que todos podemos ser agresores sexuales (E015, profesor: 363-370).

Socialmente la “estimulación” de los varones en los discursos se presenta como posible “detonante” de una agresión sexual. Bajo esta lógica, se desarrolla la noción de que “todos” los varones pueden “ser agresores sexuales” en el supuesto, socialmente compartido y reproducido por estas autoridades, de que “dentro” de cualquier hombre hay un “animal” factible de ser “sacado” a través de la “estimulación”. Y ¿qué significa “estimular” en este contexto? La respuesta está relacionada con las imágenes estereotipadas que emergen en los discursos en torno a las características (vinculadas en general a comportamientos) de las “posibles víctimas” de agresiones sexuales (y a su consiguiente responsabilización del hecho):

P: ¿Cualquier mujer puede ser objeto de una agresión sexual o hay mujeres más vulnerables a sufrir un ataque?
R: Bueno, yo creo que todos nosotros, cualquier mujer puede ser, pero no tanto, algunas que cubren ciertos requisitos. Una, su vestimenta puede ser muy provocativa, sabemos que eso es vanidad de ustedes16 y es seguridad de ustedes . Se sienten bonitas, les gusta y se sienten bien, para ti, pero hay veces que le suben tanto, se ven tan bonitas o tan atractivas sexualmente que excitan al hombre y lo excitan mucho. Y no todos nos controlamos igual (E015, profesor: 415-426).

En las construcciones discursivas de los entrevistados, se hacen coexistir la noción de que cualquier mujer, e incluso cualquier persona, puede ser víctima de una agresión sexual, con otra en la que “cubrir ciertos requisitos” incrementa ese riesgo. La frase final del testimonio –“y no todos (los hombres) nos controlamos igual”– alude al supuesto social (que ya hemos analizado antes en este documento) bajo el cual se sobreentiende (porque es del conocimiento de todos) que no todos los varones se “controlan” ante los “estímulos”. En este marco, el adjetivo “provocativa” justifica en términos sociales la agresión hacia la mujer, convirtiéndola discursivamente en la responsable de su agresión. Bajo esta lógica de la responsabilización de la mujer frente a las agresiones cometidas por los varones también se articulan los testimonios en los que se hace referencia a que cualquier hombre puede convertirse en un agresor sexual si se le “presenta” la “oportunidad”:

P: ¿Qué características tiene un agresor sexual? ¿Cualquiera puede ser un agresor sexual?
P: Sí, cualquiera, desde mi punto de vista cualquiera puede ser uno, desde el señor que se le presenta la oportunidad de abusar de una anciana y que en otro momento no se hubiera hecho, o no sé algunos amigos que ven pasar una chica a deshoras de la noche o que se yo cualquiera pues, no es privativo de que digan no pues “con estas características” por tanto es un agresor sexual (E019, apoyo jurídico: 104-122).

El testimonio es sumamente revelador, por cuanto confirma que, desde el punto de vista de los entrevistados, la posibilidad de convertirse en un agresor sexual radica no tanto en las características psicológicas de ciertos varones, sino en causas externas a ellos: o bien en los atributos “provocativos” de sus víctimas, o bien en las “oportunidades” que se les presentan de agredirlas. Emerge, entonces, la noción de que una persona normal puede ser un agresor sexual “de oportunidad”. Esto hace necesario profundizar sobre lo que los entrevistados consideran una “oportunidad” para agredir sexualmente a una mujer. Sobresale que estas “oportunidades” sean definidas en los discursos aludiendo a las restricciones y limitaciones de movimiento, en espacio y tiempo, al que las mujeres son socialmente sometidas como parte del disciplinamiento del “ser mujer” (“algunos amigos que ven pasar una chica a deshoras de la noche”). Bajo esta lógica, la violación puede ser sociológicamente conceptualizada como un dispositivo de disciplinamiento bajo el cual las mujeres víctimas de violación son aquellas que “se lo merecen” o “se lo buscan”, por estar en el lugar y en el momento no “apropiados”, o por “exponerse” con actitudes o comportamientos no “adecuados” o socialmente “mal vistos”, es decir actuando como sujetos libres. Así, en los discursos emergen nociones que justifican la violencia ejercida sobre “ciertas” mujeres a las que se les ha asignado una identidad estigmatizada (“putas”, “locas”, “poco serias”).

La relevancia de estos hallazgos estriba en el hecho de que estamos frente a discursos autorizados, es decir, emitidos por varones en posiciones de autoridad, y por tanto con enormes posibilidades de perpetuar esta visión de las cosas. Estamos frente a formas de ver el mundo que están destinadas a ser reintroducidas en el mismo mundo social del que han sido tomadas, pero con la fuerza de la autoridad. No importa, entonces, que estos actores no promuevan abiertamente la violación desde su práctica profesional, o que incluso se muestren cautos o críticos frente a esta forma de agresión. La descripción que ellos hacen corresponde también a una prescripción, inconciente, implícita, que no es producto de una deliberada mala fe, pero no menos real y efectiva. Por tanto, corresponde a un ordenamiento del mundo donde socialmente se justifica, “tolera” y hasta cierto punto se promueve la existencia de prácticas sociales mediadas por la violencia. Sobresale que las reacciones frente a una agresión sexual y la posición que se toma frente a la violación varían, en los discursos de los participantes, en función de si se trata de una agresión a una mujer desconocida o “conocida” (familiar o incluso amiga), ya que, en la distancia o en lo abstracto resulta (al menos en el terreno discursivo) más fácil identificar a la víctima de una violación (sobre todo si no es familiar) como la responsable y /o “culpable” de la misma.

Emerge también en los discursos una temática que amerita una mayor profundización y que en este momento nos limitaremos a identificar: la vinculación entre “agresión sexual” y el “forzar”:

P: ¿Cómo es un agresor sexual?
R: Es alguien que fuerza, las fuerza a ustedes (las mujeres) (E015, profesor: 363-364).

P: Desde tu percepción ¿qué características, o quién puede ser un agresor sexual?
R: Pues todo el que forzara a una persona a tener… desde el acoso sexual, el acoso tal vez no llegue a implicar el contacto genital, porque desde ahí ya es una agresión física o sexual (E019, apoyo jurídico: 104-111).

Esta relación de la agresión sexual con el “forzar” a alguien resulta relevante en tanto conlleva implícitamente la noción de hacer algo en contra de la voluntad o sin el consentimiento de una de las personas involucradas. En un contexto marcado por desigualdades de poder y en el que se producen imágenes rígidas acerca de los roles sociales que los varones y las mujeres pueden y “deben” asumir ¿qué se entiende por forzar? Esta pregunta adquiere sentido si se visibilizan las expectativas sociales acerca del rol “conquistador” de los varones en el que se promueve que éstos insistan y “convenzan” a las mujeres de tener relaciones sexuales. Por otro lado, se espera que las mujeres ante esta continua presión de los varones resistan y no den señales de desear el encuentro, so pena de ser definidas como “fáciles”. Una identificación así daña su imagen social y su reputación dado que, al tiempo que las margina y subordina, las vulnera, en tanto simbólicamente se las relaciona con los “sujetos” sobre los cuales socialmente se acepta y promueve ejercer violencia.

 

“Distorsiones sociales” en el “juego de la seducción”

Lo antes mencionado, condiciona los esquemas de percepción y apreciación que los varones ponen en juego para “seducir” a las mujeres, así como para interpretar las “señales” ante una posible “negativa” por parte de ellas:

Yo no bebo, por ejemplo, pero pongamos que vamos a beber. Y tú con tu sonrisa y todo me dices que no, pero con tu sonrisa me dices que sí. Me dices que no de palabra, pero con tu sonrisa y tu comportamiento me dices que sí me aceptas o así lo interpreto yo, puedo hacerlo. Si tú no me paras, si tú no me dices algo que me ponga en mi lugar, claro, de acuerdo al nivel, a mí nada más con que me digan “¿Sabes qué?, párale a tu carro” ya con eso bastó, porque a mí me da vergüenza, pero otras personas, yo creo que hay personas muy tercas, que pueden estar esperando otra cosa, ustedes (las mujeres) marcan el límite de nosotros, ustedes nos dicen hasta donde no y hasta donde sí. Ahora, que nosotros lo entendamos es una cosa y que nosotros lo captemos porque vamos a haber algunos que lo vamos a captar, pero hay otros que nos viene valiendo (E015, profesor: 450-472).

Porque vamos a haber algunos (hombres) que lo vamos a captar pero hay otros que nos viene valiendo” hace referencia a la existencia de cómo el respeto de los límites expresados (referidos a una negativa) por las mujeres, frente a las presiones de los hombres para tener relaciones sexuales, dependen de que los varones los “capten” y decidan darle importancia (nos viene valiendo) a la decisión expresada por las mujeres. Es relevante la expresión “nos viene valiendo” que alude a la falta de valor (por lo menos discursivamente) que se le otorga a los deseos/derechos expresados por las mujeres en un contexto de relaciones desiguales de poder en donde los conceptos de elección y decisión parecen ser conceptos eminentemente “masculinos”, definidos y asignados en el campo discursivo y práctico a los varones, mientras que se promueve socialmente que decidir y elegir en “femenino” (“ustedes deciden”) discursiva y prácticamente sea cuestionado (incluso materia objeto de interpretación). Este testimonio sugiere la existencia de un orden social de género, que promueve en los varones la “interpretación” de lo que se considera “mensajes” ambiguos en el que se está favoreciendo implícita y explícitamente la presión (que puede llegar a ser acoso) por parte de los varones (aunque ésta presión se trivialice presentándola como “terquedad” o perseverancia). En este marco la presión, el acoso y la violencia pueden estar siendo percibidas y apreciadas (por los varones) como un “juego” de seducción entre varones y mujeres, dentro del cual se da por sentado que los varones tienen que “convencer” a la mujer para acceder a tener relaciones sexuales. Esta lógica se sustenta en el supuesto de que las mujeres no pueden ni deben expresar abiertamente su deseo sexual, pues la subordinación de la que son objeto les impone también como código de expresión la timidez y el recato sexual para no ser consideradas “fáciles”. Así se explica que socialmente se promueve que un “no” en femenino pueda ser interpretado en masculino como un consentimiento disimulado, es decir, propio de la condición femenina.

Las consecuencias prácticas de estos esquemas de percepción y apreciación dominantes son devastadoras para las mujeres pues se colige que si ellas consienten, aún disimuladamente, entonces son responsables de lo que les pasa. No sorprende que el propio refranero popular mexicano contenga una síntesis de esta visión del mundo cuando dicta que “el hombre llega hasta donde la mujer quiere”. Esto da lugar a la construcción social de las mujeres como responsables de las agresiones sexuales de que son objeto, dado que las prácticas de “seducción” se articulan bajo el supuesto socialmente compartido de que las mujeres “marcan el límite” y son las que “dicen (a los varones) hasta donde no y hasta donde sí”. Emerge, así, un entramado complejo de creencias y mitos que permiten socialmente cuestionar la “credibilidad” de las mujeres que expresan y/o denuncian haber sido violadas, lo cual tiene diversas consecuencias en el ejercicio profesional de los varones entrevistados, y distintas repercusiones sobre el trato que se les da a las víctimas de violación en espacios e instituciones médicas y legales. Desde esta perspectiva no es difícil entender la existencia de estereotipos que promueven no sólo la trivialización sino la erotización de la violación como un acto que “secretamente las mujeres desean” y hasta “disfrutan”.

 

Mecanismos disciplinarios en los discursos sobre la práctica profesional

Lo expuesto en los apartados anteriores sugiere de inmediato que las construcciones discursivas analizadas pueden tener un impacto directo sobre las prácticas sociales específicas del campo profesional al que pertenecen los agentes sociales, en torno a la violación y los procesos de denuncia de la misma. En efecto, en los discursos de los entrevistados emergen expresiones y reacciones que aluden al orden social de género vigente en su práctica profesional cotidiana, y evidencian cómo este orden es el que provee elementos para interpretar las circunstancias y los eventos que tienen lugar en las interacciones que establecen en su entorno profesional.

Los hallazgos muestran que los varones situados en posiciones clave dentro de instituciones de control social juegan un papel central en la reproducción de nociones específicas acerca de la sexualidad, las identidades de género y la violación, participando así, activamente, en la legitimación y reproducción social de estas nociones desde la autoridad que les confiere su campo profesional respectivo.

Existe una amplia variedad de dispositivos sociales que producen y dotan de sentido a las nociones sobre violación, y en cuyo mantenimiento juegan un papel central distintos grupos profesionales y de “expertos”. Los discursos de los participantes muestran que en su desempeño profesional los entrevistados despliegan y activan un conjunto de prenociones y mitos que legitiman el maltrato ejercido en la práctica institucional médica y legal (y aún más allá de estos ámbitos) sobre las mujeres víctimas de violación. Ello se articula bajo el “desprestigio/reputación social” de la mujer y condiciona la credibilidad y la culpabilización de las mujeres en torno a la propia violencia de la que son objeto, en espacios socialmente reconocidos como “neutros” y “profesionales”.

Resalta que (sobre todo, en el grupo de los profesores) emerjan interpretaciones que explican la existencia de la violencia e incluso de la violación como resultado de un proceso histórico-social que tiene su origen en Conquista:

En general los casos de que he sabido y eso porque no están conscientes de la responsabilidad pues se dan los embarazos y la que sale bailando con la más fea es la mujer, la niegan, la abandonan y el varón se desentiende. Te quiero mencionar una cosa a la mejor esto podría ser como una especie de herencia, como fue la Conquista llegaron los españoles y se adueñaron así a lo bruto de las inditas y somos resultado, producto de un mestizaje y no las llegaron a enamorar, a cortejarlas, las poseyeron a lo animal, peor que a lo animal porque los animales actúan por instinto pero ellos eligen con quienes se va a aparear. Sin embargo, ahí las tomaron por asalto, así a lo brusco y nosotros somos producto de ahí. Menciono esto porque usted me acaba de decir que le hable de porqué la reacción, porque esto siento que es una especie de herencia cultural de un mestizaje (E002, profesor: 288-307).

Sobresale que en estos discursos producidos en su mayoría por los profesores participantes se conceptualice a la violación como el resultado de una herencia cultural (y no ya como un impulso natural) producto del mestizaje, lo que al mismo tiempo traslada la responsabilidad a un “otro” externo.

Por su parte, en las construcciones discursivas de los varones que laboran en instituciones jurídicas aparecen argumentos que permiten cuestionar la existencia de la violación. Esto se “sustenta” aludiendo a la existencia de un “consentimiento implícito” por parte de las mujeres que se articula con la falta de credibilidad ante lo que las mujeres dicen y denuncian. Siguiendo esta lógica, las mujeres mediante “señales” y/o mensajes previamente interpretados por los varones “acceden” a los encuentros sexuales dado que, se presume, las mujeres están dotadas de una fortaleza física particular en las piernas que hace “imposible” violarlas. Bajo estos supuestos, expresados en los discursos de los participantes, sólo es posible tener relaciones sexuales con una mujer si ésta accede:

A una mujer de aproximadamente 51 kilos de peso un hombre no le puede abrir las piernas con nada a la mujer, forzándola así sin un mecanismo, nada, así hablando… de hecho la moralidad ha quedado también en desuso y pues es la mujer la que tiene que decir que no, ella es la responsable, porque a un hombre ponle una mujer desnuda y nunca te va a decir que no, por eso es cosa de la mujer, porque el hombre no se puede contener (E031, abogado: 1396-1414).


Un testimonio como éste cuestiona la existencia de la violación y de las relaciones de poder que dan lugar a coerciones (físicas, simbólicas, psicológicas, etcétera) que median en ocasiones en los encuentros sexuales. También sugiere que si una mujer “se dejó” abrir las piernas es porque “quería” o porque accedió. Esta noción, expresada en los discursos de los entrevistados, evidencia la existencia de una lógica que permite prácticas sociales y profesionales de “incredulidad” ante las denuncia de violación. Es relevante que la noción de “imposibilidad de violar” a una mujer fuera en diversas ocasiones expresada discursivamente por los participantes abogados:

A mí me decía un maestro: “cuando pasa este tipo de delitos (se refiere a la violación), tienes que hacer muchísimas preguntas (…)” porque supuestamente físicamente o biológicamente, nos explicaba bien los términos cuando ya en la técnica se señala violación, es muy difícil sin el consentimiento de la mujer, o sea (….) porque las mujeres al momento de abrir sus piernas y cerrarlas, tienen mucha fuerza en esto de la abertura (E020, abogado: 1360-1415).

Resalta que en el discurso anterior se sugiera la necesidad de enfatizar una actitud de incredulidad, desde una posición de poder y autoridad jurídica y/o legal ante las denuncias de violación (“tienes que hacer muchísimas preguntas”). Esta continua reafirmación del cuestionamiento de la credibilidad de las mujeres (en tanto sujetos subordinados) ante las denuncias de violación se sustenta en el supuesto de que tener relaciones sexuales “es muy difícil sin el consentimiento de la mujer”, aludiendo a la fuerza que las mujeres tienen “al momento de abrir sus piernas y cerrarlas”. Sin embargo, atribuir una fuerza extraordinaria a las piernas de las mujeres sugiere una contradicción remarcable respecto a la identidad e imaginarios sociales de cómo son y deben ser los cuerpos femeninos y los masculinos, dado que la construcción de la noción del “sexo débil” alude precisamente a una diferencia en los atributos de fortaleza física respecto al “sexo fuerte”. Debido a esto, sobresale que en los discursos sobre violación se resalte la fortaleza física de las mujeres y que ésta “imposibilite” violar a las mujeres en tanto que una de las principales representaciones de la mujer como el “sexo débil” tradicionalmente las conceptualiza como “débiles” físicamente hablando.

Por el contrario, la representación de los hombres alude constantemente al vigor y a la fortaleza física de sus cuerpos, así como a su capacidad de controlar sus emociones y de proceder “racionalmente”. Resulta del todo relevante que en la práctica profesional de estos actores se cuestionen estas representaciones y aún se inviertan en el caso específico de los discursos sobre violación.

Dado que en los discursos recolectados el consentimiento femenino se presenta como una cuestión central en la definición de violación, resulta indispensable rastrear los elementos con los que estos varones profesionales construyen estas nociones. Es relevante el testimonio aportado por un abogado en relación a la violación de una menor de 12 años de edad por parte de su padrastro, en tanto revela la complejidad de los procesos sociales mediante los cuales se “determina” y define si ocurrió o no una violación:

No fue una violación en estricto sentido ya que durante el juicio la chica continuamente le preguntaba al enjuiciado públicamente ‘¿qué, mi mamá es mejor en la cama o qué?’, entonces, es obvio que la chica sí quería y que no fue obligada, es decir que no hubo violencia y para que sea una violación tiene que haber violencia física, imagínate ¿quién va a ir a la visita conyugal?, es lo que yo me pregunto, ¿la mamá o la hija? (E033, abogado: 17-25).


“No fue una violación en estricto sentido” hace referencia a la existencia de consentimiento argumentando que “no fue obligada, es decir que no hubo violencia”. Bajo esta lógica, el entrevistado invisibiliza el contexto en el que dicho “consentimiento” tiene lugar, así como las relaciones desiguales de poder y las distintas formas de violencia (no sólo física) que operan en las interacciones y prácticas sociales. Sobresale que queden excluidas otras formas de violencia y/o coerción existentes, lo que restringe la definición de la violación a la variable “violencia física”. Es común que en las construcciones discursivas de casi todos los profesionales entrevistados no se cuestionen las desigualdades de poder y las relaciones de poder que median las “negociaciones” (o la ausencia de las mismas) en las relaciones sexuales. También es relevante la ausencia generalizada de discursos que aludan a posturas más críticas frente a los discursos “hegemónicos” sobre sexualidad y violación. Esto es más significativo si se toma en cuenta que estos discursos profesionales (y las variaciones que, según el campo profesional, implica) se construyen en los procesos continuos y dinámicos de formación y capacitación profesional, y en la práctica e interacciones profesionales.

Lo antes mencionado (las imágenes e ideas acerca de la violación, el “consentimiento”, la sexualidad, las identidades de género y las posibles víctimas) forma parte de una lógica que articula visiones del mundo social y que tiene repercusiones sobre las prácticas profesionales en contextos institucionales específicos que permean el ejercicio profesional. Esto es particularmente relevante en el caso de los profesionales médicos y en los abogados, en tanto que son actores sociales que intervienen directamente en los procesos que se derivan a partir de una denuncia de violación. Este contexto condiciona las respuestas no sólo individuales sino institucionales que existen para afrontar los casos de violación.

Entre los abogados y los médicos es relevante la creencia de que las mujeres “usan” la violación como un “recurso”17. Este “recurso” sería usado básicamente con dos objetivos: para tener acceso legal a un aborto, o como “venganza” en contra de los varones:

(…) cuando pasa este tipo de delitos (violación), tienes que hacer muchísimas preguntas… para tratar de descalificar el hecho de la relación, porque tú puedes descalificarla, tú haces las preguntas para llevarla a cabo, para que reconozca que fue con su consentimiento y nada más lo hizo por venganza a él (E020, abogado: 1395-1425).

Sobresale que en términos jurídicos, aparentemente, como parte de los procedimientos principales se busque la “descalificación del hecho” “instando” a la mujer que denuncia una violación que reconozca que fue con su consentimiento y nada más lo hizo por venganza a él. Bajo esta lógica las mujeres son conceptualizadas no sólo como “problemáticas” sino como mentirosas.

En el caso de las instituciones médicas la violación en su vinculación con el aborto es aún más compleja debido al doble estigma que representa y al hecho de que existe la creencia de que las mujeres “mienten” para acceder a un aborto legal. Esto permite cuestionar la pertinencia de los abortos aún en caso de violación y constituye un obstáculo más para acceder a un aborto seguro en caso de violación:

(…) actualmente la legislación ha cambiado un poco, aquí tenemos una obligación en los casos específicos de violación y ya me tocó a mí, aquí no me ha tocado, pero lo que es en el Hospital G. nos empezamos a ver vulnerables ante esta situación, tuvimos recién un caso que realmente nosotros no tenemos porque llegar a bajar el switch al final de cuentas, si un juez te dice o te traen una orden y te dicen: “tienes que hacer un aborto”, pues serás un juez, pero yo no puedo dispararle a nadie, o sea, que porque fue un caso de violación, pues sí, pero es un ser humano, o sea, ya ahí ya, o sea, no porque haya sido por lo que haya sido, no quiere decir que tú tengas que quitarle la vida a alguien, entonces nos hemos visto un poquito presionados de en realidad porque ya han llegado órdenes de jueces aquí que te dicen que tienes que interrumpirlos, y embarazos un poquito ya grandecitos, entonces ha venido nuestra oposición, entonces dicen: “es que la ley dice y tienes la obligación, además es una orden de un juez”, pero es una orden que queda todavía muy vaga, que si nosotros jugamos con eso definitivamente tenemos argumentos necesarios para no hacerlo (E064, médico: 380-423).


Nos empezamos a ver vulnerables” hace referencia a dos cuestiones centrales. Una es la predisposición de algunos actores a reprobar la práctica del aborto, y ante la cual los médicos se perciben como vulnerables; la otra es la falta de reconocimiento del derecho a interrumpir un embarazo, aún en el caso de violación. Este contexto, si bien no siempre invalida el derecho legal de una mujer a acceder a un aborto seguro por violación, sí obstaculiza su libre ejercicio. En este sentido, afirmar que “tenemos argumentos necesarios para no hacerlo” hace referencia a este contexto social en el que se cuestiona la existencia de la violación por una parte y en donde se apoya la normatividad hegemónica en la que se conceptualiza al aborto como un “atentado” contra la vida (dispararle a alguien). Al respecto, los testimonios hacen referencia a la búsqueda de un distanciamiento (por parte de los médicos) de los casos de embarazos por violación:

Aquí ha habido muchos (abortos por violación), pero usualmente nosotros o personalmente yo evito todos esos casos y los canalizan con otro (E063, médico: 841-843).


Es preciso señalar que el contexto y el orden social dificultan la búsqueda de ayuda médica y legal para denunciar las violaciones. De esta manera se evidencia cómo las estructuras sociales y jurídicas con frecuencia más que un apoyo plantean una amplia lista de obstáculos que se recrudecen más cuando se intersectan con otras variables como son la clase social y la etnia, entre otros.


Conclusiones

Los testimonios analizados a lo largo de este trabajo sugieren la existencia de distintos mecanismos sociales que legitiman las desigualdades sociales en el ámbito de la sexualidad, y que se reproducen activamente en el campo profesional y en las prácticas profesionales de actores sociales ubicados en posición de autoridad, como los médicos, los maestros y los abogados18. Es esta dimensión estructural de las relaciones hombre/mujer la que permite visibilizar la violencia sexual ejercida sobre las mujeres como lo que realmente es: un problema político (Sau, 2001).

Bajo el orden social de género hegemónico se construyen y legitiman prácticas y discursos sociales en referencia al cuerpo (Lagarde; Oudshoorn; Moore y Schmidt). En este proceso de construcción (continua y dinámica) las mujeres y los varones internalizan la mirada masculina y la constitución de los hombres como sujetos y de las mujeres como objetos, lo que se experimenta como un elemento integral del orden “natural” de las cosas (Uhlmann y Uhlmann, 2005). Sin embargo, esto no quiere decir que en este proceso no existan resistencias y cuestionamientos por parte de los actores sociales.

En el contexto de este orden social de género es de resaltar el papel de las metáforas. El poder de éstas radica en que ayudan a mantener vigentes y a reproducir los estereotipos sociales heterosexistas y de género desprendidos de una cultura patriarcal19. Lo que hace significativas a las metáforas es el modo en que un aspecto de la experiencia es vigorizado por otro, constituyéndose en un reflejo de la realidad a través de otra realidad (Radley, 1993), naturalizando situaciones sociales que no presentan directamente una “naturaleza” pre-existente, sino que ayudan a su construcción, generando información que la constituye. Desde esta perspectiva, las metáforas no sólo pueblan los discursos sino que los organizan, estructurando su lógica interna y sus contenidos, expresando determinadas representaciones de la realidad que aluden a visiones de mundo muy específicas. Las metáforas permiten acceder a lo no dicho en los discursos por lo que constituyen un importante vehículo para el análisis social (Lizcano, 2006).

Tal como lo hemos mostrado en este artículo, las metáforas en torno a la sexualidad masculina permiten evidenciar los procesos que contribuyen a naturalizarla y aportan elementos simbólicos para justificar la agresividad como elemento constitutivo de una masculinidad exitosa y de una identidad sexual masculina donde la violación difícilmente es reconocida como tal. En este contexto se generan espacios sociales que promueven la existencia de mecanismos de desinhibición que facilitan los ataques sexuales en contra de las mujeres y la culpabilización de las víctimas (Hill y Fisher, 2001; Human Rights Watch, 2006)20. En el proceso de culpabilización de las víctimas juegan también un papel central los estereotipos, en tanto constructos no sólo descriptivos sino también prescriptivos.

La forma en que son construidas culturalmente tanto la identidad masculina como la masculinidad21 crea espacios de legitimidad para conductas coercitivas. La coerción sexual ejercida por los varones sobre las mujeres aparece como una de las cristalizaciones más evidentes de las relaciones sociales de dominación por género y en donde la sexualización22 y la erotización de la violencia juegan un papel determinante (Manzelli, 2005)23.

Es notable que en los discursos de los entrevistados aparezca la violación como resultado no sólo de una identidad de género –“así somos los varones”– sino como parte de una identidad nacional –“así somos los mexicanos”. Al respecto, se ha señalado que en las culturas mestizas, debido a complejos procesos históricos, se ha forjado una cultura de la violación que se ha instituido como un instrumento de legitimación de la superioridad masculina (Palma, 1990). Bajo esta perspectiva, conceptualizar la violación como una práctica de identidad nacional (Fuller, 1997) constituiría una forma de inscribir la continuidad de las desigualdades de género no sólo en un orden corporal sino en un orden nacional que engloba símbolos fundantes e “incuestionables”. Bajo esta misma lógica, se encuentra inscrita la continuidad del machismo en los discursos de los participantes en este estudio, aludiendo a una división simbólica fincada en un orden corporal (Viveros, 1999) en el que lo opuesto al macho sería la representación de un cuerpo domesticado y castrado, y en el que se espera que los “machos” ejerzan y reivindiquen su dominio.

Estas prácticas sociales y discursivas están enmarcadas en contextos sociales y legales específicos, en cuya constitución juegan un papel importante los campos profesionales. Como hemos mostrado aquí, un contexto de género restrictivo y fundado en una doble moral sexual contribuye a la generación de mitos en torno al “juego de la seducción” que pueden favorecer la incidencia de violaciones. Este entorno facilita la violación y su minimización social (Scutt, 1992), inclusive desde los espacios institucionales y profesionales dotados de estatus de autoridad y prestigio. Profesiones como la medicina, la abogacía y la docencia estarían contribuyendo a la reproducción de un habitus que articula la tolerancia social hacia la violencia de género ejercida sobre las mujeres. La definición social de la violación y el cuestionamiento de su existencia pueden ser vistos como un mecanismo social de adecuación al orden hegemónico, obstaculizando la producción de nuevas dinámicas de género y de percepciones liberadoras sobre la violación, así como de nuevas estrategias sociales para erradicarla.

La existencia de las nociones en torno a la sexualidad y la violación que hemos documentado aquí influyen en el trato que reciben las mujeres en ámbitos profesionales específicos y supuestamente “neutros”. Las definiciones y valoraciones sociales producidas en torno a la violación, así como las identidades de género no sólo permean las legislaciones vigentes24, sino también repercuten en la puesta en práctica de las mismas. La trascendencia de los hallazgos presentados en este trabajo estriba en que se trata de actores sociales que juegan un papel central en la producción y reproducción de patrones de percepción y apreciación que, a su vez, refuerzan las prácticas de desigualdad y de violencia de género, tal como ha sido sugerido por otros autores (Juliano, 2002). Sólo el reconocimiento de la violación como un asunto político permitirá ubicarla en el centro del debate por el reconocimiento de los derechos de las mujeres.


Agradecimientos

Este trabajo se inscribe en el proyecto “Significados de la reproducción y el aborto en hombres”. Agradecemos el apoyo financiero otorgado por el CONACyT y las facilidades de las autoridades para el acceso a las instituciones de salud, educación y jurídicas. Especialmente expresamos nuestro agradecimiento a los profesionales que aceptaron participar en el estudio y nos cedieron parte de su tiempo.

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1 Doctora Joaquina Erviti, Doctor Roberto Castro y Maestra en Ciencias Itzel A. Sosa-Sánchez, del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, Universidad Nacional Autónoma de México, Correspondencia: erviti@servidor.unam.mx.

2 Connell (1997a) señala que el género es una encarnación social, lo que al ser vinculado con la estructura social hace evidente que los cuerpos son tanto agentes como objetos de la práctica social.

3 Se ha señalado una menor incidencia de la violación en culturas que se caracterizan por una mayor equidad entre los sexos (sexual), que coexiste con la noción de que los sexos son complementarios; y en donde se valora y considera a las mujeres como figuras centrales en la continuidad social (Watson, 2002). Por su parte, Rich ha señalado que la violación es una forma de terrorismo masivo en donde los difusores de la supremacía masculina transfieren la culpabilidad a las mujeres en tanto “provocadoras” del suceso al dejar de ser castas o “estar en el momento y lugar no adecuados” es decir, “comportándose como sujetos libres” (Rich, 1996).

4 Pese al importante subregistro de las denuncias de violación, las estimaciones señalan que entre 120,000 y 130,000 violaciones ocurren anualmente en México (Human Rights Watch, 2006).

5 Sin embargo, estas actitudes no son exclusivas de los sistemas legales mexicanos. Ver Calavitta, 2001; Scutt, 1994 y Pandjiarjian, 2004.

6 Dicha sentencia señalaba que las relaciones sexuales forzadas entre cónyuges sólo constituían violación cuando eran realizadas “contra natura” es decir “fuera de las normas permitidas para la procreación”. Fue hasta noviembre del 2005 que la Suprema Corte revocó lo antes mencionado, estableciendo que las relaciones forzadas entre cónyuges sí constituyen una violación (Human Rights Watch, 2006).

7 En este trabajo hemos optado por centrar nuestro análisis en los maestros, médicos y abogados, y dejar para futuras publicaciones el análisis de los integrantes de ONG’s.

8 Este estudio es parte de un proyecto más amplio titulado los significados de la reproducción y el aborto en varones profesionales. Es relevante que la violencia sexual (en particular la violación) emergiera durante el trabajo de campo, dado que inicialmente no se contempló a la violencia sexual como un tema central en las entrevistas en profundidad. Sin embargo, al preguntar acerca del derecho al aborto en casos de violación, se obtuvieron respuestas que hicieron necesario profundizar más en el tema en entrevistas posteriores.

9 El trabajo de campo es particularmente difícil en contextos sociales jerarquizados, en donde se busca acceder a los estratos altos de tales jerarquías. Como lo hemos documentado en otras partes, el poder es constitutivo de los datos que se producen (Castro y Bronfman, 1999).

10 Este tipo de muestreo no específica un número determinado a seleccionar de antemano, sino que la selección y el número de participantes está en función de la saturación teórica (Glaser y Strauss, 1978).

11 El símbolo (…) hace referencia a un corte de edición, los puntos suspensivos… indican un silencio del entrevistado durante la elaboración de su discurso.

12 Entrevista 002, profesor: línea 472-500.

13No deja de ser llamativo, por lo demás, que esta noción de lo masculino como tendencia incontrolable resulte totalmente opuesta a la otra noción que también, pretendidamente, caracteriza a los varones: la racionalidad, la capacidad de mantener las emociones bajo control, etcétera.

14 Las metáforas expresan las apuestas y luchas de los diferentes grupos sociales que intentan alterar o mantener las representaciones de la realidad “transmitidas en las categorías del lenguaje, que son, al mismo tiempo, categorías de pensamiento” (Martín, 1998:36).

15 Respecto a la sexualidad masculina, Figueroa (2001) ha señalado que en general la sexualidad de los varones se caracteriza por: ser una sexualidad violenta y vivida como fuente de poder, ser homofóbica, ser vivida como obligación, ser una sexualidad centrada en los órganos genitales y en el coito como principales fuentes de satisfacción y, así mismo, ser una sexualidad “irresponsable” en tanto los varones no “deben” responder por sus consecuencias.

16 La entrevistadora es una mujer, por lo que el ustedes se refiere a “las mujeres” incluyendo a la entrevistadora.

17 Si bien esta posibilidad existe en algunos casos, lo notable es que los profesionales entrevistados adopten dicha posibilidad como punto de partida en su quehacer profesional.

18 “El acuerdo inmediato de un habitus genérico con un mundo social cubierto de asimetrías sexuales explica como las mujeres pueden entrar en connivencia con –y eventualmente defender y justificar activamente– formas de agresión que las victimizan como la violación” (Bourdieu y Wacquant, 2005: 245).

19 Como un ejemplo en este contexto, el análisis realizado por Emily Martín (1991) ha mostrado cómo las células se tornan actores que interpretan las fantasías y realidades heterosexistas desprendidas de una cultura patriarcal. Por ejemplo, ella cita cómo se representa a los espermas como “valientes viajeros” o “sobrevivientes” mientras que los óvulos son representados como “el premio”. El trabajo de Martín invita a investigar cómo son construidas genéricamente las funciones biológicas, lo que fortalece la tendencia a naturalizar lo social, lo material y lo corporalmente experimentado, pese a que son construcciones que reflejan desigualdades sociales de género.

20 Ryan (2004) sugiere que los elementos cognitivos que tienen los varones fomentan las violaciones, en tanto les brindan una sensación de aprobación y ayuda en la planeación de sus violaciones.

21 Retomando planteamientos sobre el género de Scott (1996) y de la definición de masculinidad de Connell (1997a), Arilha (1999) define a la masculinidad hegemónica como una configuración de prácticas que encarnan y legitiman el patriarcado garantizando la posición de dominación a los varones y la de subordinación a las mujeres.

22 Asumiendo que la sexualización de los dualismos femenino/masculino es un proceso no sólo descriptivo sino también normativo que a su vez produce jerarquías y estereotipos (Olsen, 1990; Lamas, 1998).

23 Hird (2001) sugiere, a partir de un estudio con adolescentes, que la coerción opera a través de una heterosexualidad “normal” que emplea dicotomías discursivas sobre feminidad y masculinidad. “Ramera”/“ángel” y otro tipo de dicotomías que proveen una sobre simplificación de las formas complejas que son usadas para negociar sentimientos complejos hacia la propia sexualidad y hacia las expectativas de involucrarse en distintos grados de actividad heterosexual.

24 Vigarello (1999) sugiere como necesario visibilizar, en las decisiones jurídicas en torno a la violación, el cuestionamiento que dichas decisiones hagan de las relaciones de poder entre los sexos. Esto es importante en el caso de México dado que en este país la violación no es considerada por el sistema de impartición de justicia como un delito de orden mayor y se le minimiza frente a otros delitos u agresiones.

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