Trabajo sexual masculino y factores de riesgo en la adquisición de VIH/SIDA en Xalapa, Veracruz*


por Rosío Córdova Plaza

Resumen

A partir de las condiciones que han favorecido un aumento de los trabajadores sexuales masculinos en la ciudad de Xalapa, tales como la migración campo-ciudad y la alta concentración de población estudiantil, este trabajo examina la manera en que los protocolos culturales que sustentan el modelo imperante de sexualidad, condicionan ciertos usos del cuerpo. Tales prácticas corporales se conforman en puntos de anclaje para la definición de los sujetos. Igualmente, se abordará el problema de esta población como de alto riesgo para contraer VIH.

Introducción

México ocupa el tercer lugar en el continente americano de casos reportados de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), sólo después de Estados Unidos y Brasil. No obstante, si consideramos la tasa de incidencia anual, ocupamos el décimo cuarto puesto y el sitio setenta y dos a nivel mundial (CONASIDA, 2000). De acuerdo con la clasificación desarrollada por ONUSIDA, en nuestro país ocurre una epidemia de tipo concentrado. Esto significa que la prevalencia de infección por VIH se ha difundido con gran rapidez en ciertos grupos de la población, sin extenderse a todos los sectores (CONASIDA, 2000). Los grupos con mayor prevalencia son el de hombres que tienen sexo con otros hombres, el cual alcanza un 15 por ciento, y el de usuarios de drogas inyectables, con seis por ciento1.

      La concentración de la prevalencia entre la población homo y bisexual, sobre todo durante los primeros años de la epidemia, convirtió a los grupos de hombres que practican el homoerotismo en foco de atención y satanización públicas al considerarlos la población huésped del virus por excelencia en razón de sus prácticas eróticas. El pánico inicial estigmatizó las relaciones entre hombres e hizo emerger y/o recrudecer acciones de persecución y violencia (Brito, 1993). Este hecho ha influido para sacar a la palestra de las discusiones una actividad que hasta ese momento había estado bastante invisibilizada: la prestación de servicios sexuales brindados por varones a otros varones.

      Sin embargo, el trabajo sexual masculino es un fenómeno tan antiguo como el practicado por mujeres y en otras épocas fue quizá tan aceptado y público como éste último (Boswell, 1980:65 ss; Dover en Schifter y Aggleton, 1999; Sennet, 1997), pero la fuerte tendencia homofóbica de la sociedad cristiana, agudizada hacia el siglo XII, hizo del homoerotismo una práctica condenada y relativamente oculta (Boswell, 1980). En México, se encuentran algunas referencias a esta actividad para la Colonia (Gruzinski, 1986) y también durante el Porfiriato, cuando se denunciaba que los clientes visitaban burdeles y casas de asignación para tener sexo con hombres travestidos o eran solicitados por prostitutos en el Zócalo durante las madrugadas (Bliss, 2001:52-3). La medicalización decimonónica del cuerpo da cuenta del nexo conceptual que ha existido desde larga data entre “enfermedad” y prostitución, pues se afirmaba que era del dominio público que muchos sodomitas arrestados por “comportamiento escandaloso” sufrían de sífilis, cuya adquisición –suponían médicos tan afamados a principios del s. XX como Roumagnac– se debía a prácticas homosexuales. A principios de los años veinte, la policía reportaba que la Plaza Mayor era frecuentada por traficantes de droga, afeminados y sodomitas, quienes competían con las mujeres por la clientela masculina (Bliss, 2001:90).

      Por añadidura, en las últimas décadas el fenómeno ha cobrado una nueva dimensión al expandirse de forma importante y cobrar mayor visibilidad. Podemos atribuir este crecimiento a causas diversas, que se relacionan directamente con la modernidad: la concentración de la población en las urbes, que favorecen tanto la movilidad y el anonimato sociales, como la pobreza y las altas tasas de desempleo (Moya y García, 1999:127). A esto se suman factores culturales que han propiciado una mayor tolerancia hacia tipos de conductas diferentes, apoyada en el ideal del respeto a las libertades y los derechos individuales, que podemos explicar como resultado de ese impulso civilizatorio del que habla Elias (1994).

      Empero, hablar de trabajo sexual masculino continúa involucrando severos tabúes porque alude a una serie de transgresiones con respecto a las convenciones sociales sobre el género, la sexualidad y el deseo (Altman, 1999). En un espacio donde la sexualidad “correcta” se basa en un modelo masculinista agresivo, predador y multidirigido, que otorga valor diferenciado a los papeles sexuales insertivo/activo y receptor/pasivo, de acuerdo con una categorización más amplia sobre los sistemas de género (Córdova, 2003), las prácticas homoeróticas cuestionan el orden y las jerarquías sociales. Como ha sido señalado por Altman (1999), al desestabilizar las estructuras de los papeles sexuales se suele caer en la tentación de considerar al comercio sexual realizado por varones como una simple transacción económica, carente de otros significados sociales. Por otro lado, el trabajo sexual masculino involucra diferentes formas de transgresión al modelo hegemónico de sexualidad –de suyo heterosexual, basado en el amor romántico, con prácticas corporales excluyentes y asimétricas– que ponen en tela de juicio las concepciones sobre el cuerpo, el género y el deseo, ubicándolo en la parte más marginal de los márgenes: el sexo se compra y se vende, los usos del cuerpo se traslapan, las jerarquías se diluyen y trastocan, las identidades inventan otros puntos de anclaje (Córdova, 2003).

      En este contexto, las cifras estadísticas respecto al SIDA en México hasta el año 2000 corroboran la idea de una epidemia concentrada en ciertos grupos de riesgo: 86.7 por ciento de los casos acumulados en el país eran resultado de la transmisión sexual, y de ellos, 61.8 por ciento corresponden a varones que tienen sexo con otros varones y el 38.2 por ciento a heterosexuales, el 90.3 por ciento son hombres y el 9.7 por ciento mujeres, aunque la proporción nacional de 9 a 1 cambia por entidad federativa (CONASIDA, 2000). Sin embargo, en los últimos años se observa una tendencia a la disminución sostenida en la prevalencia del grupo de varones que observa prácticas homoeróticas y un aumento en la transmisión heterosexual.

      Siguiendo estas ideas, el presente trabajo intenta examinar la manera en que el discurso hegemónico sobre la sexualidad induce algunas concepciones respecto a las prácticas sexuales, que colocan a un determinado sector de población masculina que sostiene relaciones homosexuales dentro del circuito del sexo comercial en situaciones de alto riesgo para la adquisición del VIH-SIDA en la ciudad capital del estado de Veracruz.

      Según datos de finales de 2003, la entidad ocupa el cuarto lugar en México, con un total de 5,675 casos acumulados desde 1981 hasta noviembre de 2003; el 58% ha fallecido, concentrándose en las ciudades de Veracruz, Xalapa, Orizaba, Poza Rica y Coatzacoalcos. La epidemia se encuentra entre las veinte primeras causas de mortalidad en la región y su contagio ocurre principalmente por transmisión sexual (Diario AZ, 1-12-03)2.

      La información de campo que se presenta fue recabada en el marco de un estudio de mayor envergadura sobre las especificidades del trabajo sexual masculino en la capital veracruzana en diversos periodos entre los años de 2000 y 2002. En el transcurso de la investigación, además de la observación sobre terreno en las zonas de oferta de servicios y de la realización de un sinnúmero de conversaciones no grabadas, se aplicaron treinta entrevistas a profundidad, abiertas y semidirigidas, tanto en el lugar de trabajo como en diferentes cafés o bares donde se dio cita a los sexoservidores. Los entrevistados no recibieron pago alguno por conceder las entrevistas.

Orden de sexualidad y condiciones del trabajo sexual en Xalapa

En la localidad de estudio existen condiciones particulares que han propiciado el incremento del fenómeno del sexoservicio masculino de una manera significativa. Por un lado, Xalapa es una ciudad de carácter cosmopolita y tolerante como resultado de concentrar desde hace más de medio siglo la mayor parte de la vida científica y artística del estado, debido a la presencia de una de las más grandes universidades del país, la Veracruzana. Por el otro, al ser ciudad capital, es un foco de atracción para la población rural que se desplaza del campo a la ciudad en busca de mejores opciones de vida.

      Dado que la economía de la ciudad gira principalmente en torno al sector servicios, la planta industrial está apenas desarrollada. Las dos principales fuentes de empleo son el aparato burocrático del gobierno estatal y el sector educativo, donde se concentra el campus más grande de la Universidad Veracruzana, la Escuela Normal Superior del estado, la Universidad Pedagógica y varios centros privados de educación superior. Esto ocasiona que exista una amplia oferta de fuerza de trabajo estudiantil para el sector servicios en empleos temporales o de medio tiempo, además de una creciente población migrante desde las áreas rurales, lo que eleva el índice de desempleo en la localidad.

      A esta situación podemos sumar los cambios culturales con respecto al tratamiento de la homosexualidad –que se aprecian, por ejemplo, en los medios masivos de comunicación–, la ampliación de los umbrales de tolerancia hacia el ejercicio público de prácticas antes perseguidas y la ausencia de una legislación al respecto en el municipio, han contribuido a la propagación de servicios sexuales, ya sea en la vía pública en la forma de trottoirs de travestís y mayates, en los centros nocturnos de diversiones o en las llamadas “clínicas de masajes” que se hallan ampliamente publicitadas en los diarios locales. Por añadidura, se encuentra un número indeterminado de lugares para gays, como galerías, cafés, discotecas o bares, donde regularmente se ofrecen sexoservicios. El resultado es una diversidad de tipos de trabajadores y de modalidades de servicios ofrecidos en la ciudad (Córdova, en prensa).

      Asimismo, entre los sectores populares de la población del centro de Veracruz, los protocolos culturales que sustentan las prácticas homoeróticas indican que la homosexualidad es una “enfermedad” de etiología vaga e imprecisa, o un problema de nacimiento que puede ser resultado de haber sido concebida/o durante el período menstrual de la madre; incluso se piensa que puede provenir de haber nacido durante la fase lunar denominada “luna tierna” (de nueva a cuarto creciente) en el caso de los varones. Sin embargo, la mayoría de los entrevistados ofrece causas inespecíficas para explicar la orientación homosexual, o se concreta a expresar que “así lo quiso Dios”3. A veces, se dice que es posible detectar tal inclinación desde temprana edad en los varones, cuando el infante se muestra afeminado o excesivamente delicado, no así entre las niñas quienes pueden gustar de los juegos rudos sin que esto evidencie una futura tendencia a ser “machorras”, término con el que se hace alusión a las lesbianas, pero que también incluye a mujeres que ofrecen aspecto o comportamientos masculinos.

      En la región, como es común en el resto de América Latina, impera el modelo de sexualidad masculinizado que concibe los deseos de los hombres como cargados de urgencias que requieren satisfacción inmediata. Esta forma de entender los deseos varoniles favorece el hecho de que la condena social hacia conductas homosexuales ocupando el papel concebido como “activo” sea relativamente ligera y poco estructurada (Lancaster, 1999; Derrick, 2001; Cáceres, 2003). Si bien es cierto que tales comportamientos no son aprobados, no existe sanción social efectiva que vaya en detrimento del transgresor. Atrás de tales apreciaciones es posible encontrar la idea de que el varón no se demerita en términos de su hombría mientras continúe en ejercicio del rasgo marcado en este modelo de sexualidad, es decir, el papel “dominante” durante la cópula se mantiene incólume en tanto que continúa siendo el penetrador y no el penetrado, lo que puede entenderse como “[…] un juego de dominación que divide simbólicamente al mundo en vencedores y vencid[o]s” (Rodríguez, 1997).

Tipos de trabajadores

Encontrarse involucrado en el circuito de sexo comercial no permite automáticamente que alguien se asuma como trabajador sexual. Para ello se precisa, por un lado, del reconocimiento de que se está ofreciendo un servicio específico por el que se recibe un pago, ya sea en efectivo o en especie, y, por otro, de cierta constancia en su ejercicio, de manera que se torne una actividad regular gracias a la cual se satisfacen algunos o todos los requerimientos económicos del individuo. En este sentido, se puede participar en el circuito sin una clara conciencia de que se está ejerciendo algún tipo de prostitución.

      Existen variados factores en el trabajo sexual que permiten agrupar a los trabajadores en diversas categorías. La primera gran diferenciación se puede establecer en función de la personificación de género que exhiban los sujetos, es decir, entre aquellos que intentan ofrecer características femeninas mediante la indumentaria, el empleo de prótesis, maquillaje y actitudes, a quienes se les denomina “vestidas” o travestís, y los que observan o exacerban los rasgos masculinos, llamados “mayates”. Este aspecto es el rasgo más conspicuo en la asunción de una identidad por parte del trabajador, a partir del cual manifiesta su pertenencia a un grupo, el reconocimiento de su orientación sexual y la manera en que define sus propias conductas4.

      Asimismo, de esta diferenciación derivan características específicas que les son asociadas, como la ocupación de un espacio geográfico exclusivo para cada categoría, ya sea en la vía pública (trottoirs) o en centros de diversiones y “clínicas de masajes”, además de cierta especialización en los servicios ofrecidos que condiciona el tipo de clientela a la que se dirigen.

      Otro aspecto importante en esta clasificación es el referente al tiempo dedicado a realizar la actividad, pues mientras que para algunos el sexoservicio es una ocupación de tiempo completo y su única fuente de ingresos, otros la ejercen de manera intermitente o esporádica, ya sea porque tengan otra forma de allegarse recursos o porque es una manera de satisfacer deseos homosexuales, involucrándose en relaciones homoeróticas en espacios marginalizados de la esfera social en la que se vive, dado el carácter oculto y casual que puede revestir este tipo de relaciones.

Mayates

El término utilizado para designar a los trabajadores sexuales que ofrecen servicios a varones jugando el llamado papel activo, es el mismo empleado para todo participante en una relación homoerótica que ocupa dicha posición, “mayate”, el cual es un nahuatlismo que hace referencia a los escarabajos estercoleros en una clara alusión al coito anal. En Xalapa, a lo largo del circuito formado por cinco cuadras y el parque central, conocido como la “putivuelta”, se congrega la población de servidores que están a la búsqueda de clientes, sobre todo los fines de semana y los días de cobro. Este es un lugar reservado exclusivamente a los “mayates”, donde no solamente se conviene la prestación de los servicios a cambio de una cantidad determinada de dinero, sino que inclusive pueden llevarse a cabo en las zonas más obscuras después de medianoche. Lo más común, sin embargo, es desplazarse a algún hotel de los llamados “de paso” de los que se ubican en el mismo centro de la ciudad o bien en las salidas de las carreteras o, incluso, utilizar el automóvil del cliente5.

      Los “mayates” deben exhibir un aspecto masculino y se dedican principalmente a atender a homosexuales reconocidos, aunque también pueden dar servicio a los llamados “tapados”, es decir, varones aparentemente heterosexuales, con frecuencia casados y con hijos, que desean mantener ocultos sus deseos hacia personas de su mismo sexo. Los entrevistados oscilan entre los 16 y 33 años y entienden que ésta es una ocupación temporal cuyo éxito entre la clientela es directamente proporcional a la juventud, la figura bien conformada y las habilidades profesionales. Se ha calculado que el número de sexoservidores de este tipo que ofrecen sus servicios con relativa constancia en el parque central es de aproximadamente cincuenta personas, de entre los cuales se han aplicado diez entrevistas a profundidad, tanto en el lugar de trabajo como en diferentes cafés o bares donde se ha citado a los trabajadores.

      Dado que los “mayates” representan la figura masculina por excelencia del comercio sexual, suelen autodefinirse como heterosexuales o, quizá, como bisexuales, pero nunca como homosexuales:

“Yo más bien me considero bisexual… me gustan hombres y mujeres. Tal vez me gusta más el sexo con un hombre porque, desde el punto de vista del erotismo, estás con un hombre que puede ser afeminado o bien digamos muy masculino, es más erótico ser dominante con alguien que parece ser también muy masculino” (Richard, 21 años)6.

      Como parte del éxito de los “mayates” depende de su imagen de “macho”, una constante en sus relatos es la insistencia en que ocupan siempre la posición “activa” durante el ejercicio de su trabajo, es decir, siempre son o bien los penetradores o bien los que son estimulados manual u oralmente:

“Yo soy activo. Pasivo no, nunca lo he intentado. Bueno, lo intenté una vez, porque pagan más, y la verdad duele y no me gustó y por eso opto por lo otro. Ahorita en lo que me he prostituido por aquí, siempre lo he hecho como activo” (Antonio, 23 años).

      Aseguran que jamás aceptan ocupar la que se considera posición “pasiva”, es decir, ser o bien los penetrados o bien los feladores, pues esto equivaldría a afeminarse como lo hacen sus clientes, manifestando su desprecio hacia los homosexuales, sobre todo a los del tipo más “loca” o “loca torcida”, es decir, los más afeminados. Un rival laboral dice de ellos:

“[Los mayates] son gente que se anda prostituyendo en la calle. Es gente que está en busca del dinero fácil. Viven en un mundo donde quieren aparentar lo que no son. Ellos hablan de nosotros los travestis como las locas y las atrevidas. Y nosotros, a su vez les decimos ‘pinches tapados, reprimidos’” (La Güicha, no quiso revelar su edad).

      Sin embargo, los relatos también cuestionan esta inflexibilidad en los papeles sexuales, pues llega a aparecer la aceptación de proporcionar al cliente la llamada “ida y vuelta”, término con el que se conoce la penetración mutua, con la aclaración que siempre es otro y no el entrevistado el que la permite:

“Algunos cuates de por aquí que se dicen muy machitos, que ellos no permiten que se los atornillen7 y que no, que no. Pero bien que uno se da cuenta, pues muchos clientes te piden ¿no?, que te doy tanto por la ida, pero tanto más por la vuelta… y pus la lana o porque bien que les gusta… pues le entran” (Luis, 19 años).

      Esta insistencia en el discurso es fácilmente explicable si consideramos que el modelo de sexualidad hegemónico privilegia la penetración como el aspecto dominante en la relación sexual. Por añadidura, la pretensión de hipermasculinidad y la negativa a aceptar un papel “pasivo” puede ser también un mecanismo para incrementar el precio del servicio.

      Todos los entrevistados sin excepción han manifestado razones económicas para dedicarse al trabajo sexual. Sin embargo, algunos aseguran haberse iniciado en tal actividad por “conocer el ambiente” o por “diversión”. Aprecian que es una forma de “ganar dinero fácil” que les permite mantener su consumo de alcohol y de drogas, pues el empleo de marihuana, cocaína y anfetaminas no es raro entre la población:

“Yo soy hombre. Lo que hago, lo hago por conseguir dinero fácil y ese dinero lo ocupo para mis gastos que tengo, por ejemplo de ahí sale para pagar la renta, la comida y cosas así… y de ahí mismo sale para comprarme mi droga. A mi me gustan las mujeres y me llaman la atención ellas. Lo que hago en el parque no es que me guste y que sienta yo placer. Más bien lo estoy agarrando como costumbre para ganar dinero, pero placer no siento. A mí me llaman la atención las mujeres” (Daniel, 24 años).

“En realidad no es que me guste esto, sino lo hago como una forma de conseguir dinero y pues… no es que me guste, pues yo en realidad ni sabía nada de esto; lo que pasa es que en una ocasión, hace como cuatro años, fui al parque y ahí conocí a un señor que primero empezamos a platicar sanamente y después, como yo le empecé a platicar que tenía problemas y que necesitaba dinero en ese momento, él me empezó a platicar de… que pues si yo me prestaba para estar con él, él me podía ayudar económicamente. En un primer momento rechacé todo, o sea, no me decidí a andar así. Pero pues… después me fue a buscar a donde yo vivía y esa vez estaba yo más necesitado que la primera y fue cuando accedí a lo que me pidió, así fue como me inicié en esto. El quería tener relaciones conmigo, pero él tomando el papel de mujer y pues eso fue todo y luego hubo penetración porque era lo que él me pedía para poder darme lo que yo necesitaba. Y ya después, como yo no he tenido un oficio fijo y pues me gusta el dinero fácil, fui de vuelta al parque y me encontré a otra persona y me sugirió lo mismo y luego esta persona tenía amigos y me presentó con ellos y les presto, por así decirlo, este servicio” (Hugo, 33 años).

      La insistencia en el desempeño del papel “activo” parece ser un punto de anclaje en la narrativa de este tipo de trabajadores del sexo, tanto por la función que puede jugar para la constitución de una identidad, como porque guarda correspondencia con las normas culturales para el género masculino, las cuales dictan que la sexualidad de los varones debe ser activa, agresiva y predadora. Esta manera de encarar la dominación simbólica del principio masculino sobre el femenino se reproduce, al menos en el discurso, en la asignación dicotómica de los papeles sexuales al interior de la relación homoerótica.

Vestidas

El tipo de trabajador denominado “vestida” es aquél que ofrece sus servicios travestido, acentuando los rasgos femeninos mediante el maquillaje, el vestuario, el peinado y el uso de prótesis externas, y exacerbando la feminidad de su conducta. La población entrevistada oscila entre los 21 y los 49 años, lo que parece indicar que su vida en activo es más larga que la de los “mayates”. Varios de ellos manifiestan usar terapias hormonales para lograr el adelgazamiento de la voz y la disminución del vello corporal, mientras que otros prefieren el uso de inyecciones de aceite de cocina para lograr el aumento en el volumen de senos, nalgas y piernas:

Haz de cuenta que yo era niño 8 y empiezo a tomar hormona… te cambia todo, te empieza a salir el busto y entonces en la universidad pues era un escándalo, al grado de que una vez en cuarto semestre me dio clases una maestra que no me había dado nunca y pregunta algo y yo le contesto y dice “¿cómo te llamas?”, para ponerme mi participación. Y ya le digo “me llamo fulanito de tal”. Y dice “ah, tú eres el famoso”… Sí. O sea, toda la zona universitaria sabía que yo tragaba hormonas… luego me vestía [de mujer] y me iba a la biblioteca así, cuando ya empecé a vestirme que llevaba como medio año tomando hormonas… Cambié mucho entonces (Stephanie, 24 años).

      El área exclusiva de trabajo de estos sexoservidores se ubica al norte de la avenida que sale por un extremo a la carretera que va al Distrito Federal y por el otro la que lleva al puerto de Veracruz, donde se halla un corredor comercial que va desde la ciudad de Xalapa hasta la vecina localidad de Banderilla, en el cual se concentra una zona de hoteles de paso, bares y otros centros de diversiones nocturnas. Esta localización es de vital importancia para captar a la principal clientela de los travestís, constituida por los conductores de los camiones de carga que transitan hacia ambos puntos de destino. Los travestís, al igual que los “mayates”, también suelen atender a la población de “tapados”.

Mis clientes pues son personas que yo las conozco en la calle y no sé qué oficio tengan o a qué se dediquen. Aquí en Circunvalación 9 pasa mucha gente. Muchos traileros, carros particulares, incluso gente que pasa caminado (Yazmín, 24 años).

      Sin embargo, podemos encontrar una diferencia fundamental en cuanto a las motivaciones de los clientes por contratar sus servicios. En el caso de los “mayates” es la búsqueda de rasgos más masculinos, mientras que la inclinación de la clientela por los travestís implica el contacto con un cuerpo de varón con apariencia de mujer. Algunos de los ocho participantes en las entrevistas pertenecientes a esta categoría, afirman que los “tapados” prefieren involucrarse con “vestidas” porque les causa menos conflictos para pretender que no sostienen relaciones homosexuales, de manera que se parapeta una virilidad más acorde con los valores aceptados.
Los travestís entrevistados aseguraron tener un “alma de mujer en cuerpo de hombre” y sólo sentirse cómodos, seguros y deseables en ropas femeninas. Asimismo, ninguno de ellos manifestó haber recurrido a cirugías de cambio de sexo ni estar en disposición de hacerlo:

Yo no mutilaría parte de mi cuerpo para sentirme mujer porque no lo necesito… yo para sentirme mujer creo que debes tener alma de mujer independientemente de tu sexo para poder vivir como tal. Primera, no necesito mutilarme para sentirme tal, que no me hace mujer, creo que no, digo me corto un dedo, me corto un pie y no me hace mujer eso o este hombre se corta el pene y no va a ser mujer por eso. Esa sería una razón. Segunda, porque lo que te cortan, porque la forma que te hacen es una forma de vagina… pero eso no es una vagina, no te haces mujer. El día que a mí me dijeran: “¿sabes qué? por ahí vas a poder menstruar”, porque yo jamás en mi vida voy a menstruar, jamás en mi vida voy a tener un orgasmo y mucho menos voy a poder parir […] Entonces eso no es una vagina, es un hueco con forma de vagina, es un pene mutilado con forma de vagina, pero eso no es una vagina, ni te hace mujer. Una vagina menstrúa, tienen un orgasmo y puede parir. Que a mí me digan: “te vamos a operar pero de ahí vas a sacar… vas a dar vida”, entonces sí lo haría, cosa que a la fecha no se ha podido hacer. Y en tercera, no lo haría porque creo en Dios y es ir en… yo sé que voy en contra… voy en contra de todo… (Viridiana, 21 años).

      Asimismo, los usos corporales establecen una demarcación simbólica que refuerza la posición identitaria al tratar de asumir el papel “receptivo” durante la relación sexual y evitar en lo posible la manipulación de sus genitales por parte de los clientes. Este rechazo, sin embargo, algunas veces es ignorado porque existen compradores que solicitan al trabajador travestido que asuma la posición “activa”, ofreciendo más dinero por el servicio.
Sexoservicio y SIDA: participantes asumidos y no asumidos.

      Un aspecto de primera importancia para entender la magnitud del riesgo de contraer VIH/SIDA entre la población que se dedica al sexo comercial, se relaciona con el tipo de inserción de los sujetos en el circuito y con la conciencia que tenga cada uno de su propia participación. Aquí encontramos individuos que hacen de él su única actividad remunerada y quienes la realizan de forma intermitente o esporádica, según sus requerimientos económicos y la mayor o menor posibilidad o interés de dedicarse a alguna otra labor que implique percibir un ingreso.
Aunque existen variaciones en lo tocante a la propia apreciación de los individuos, generalmente la dedicación completa a este tipo de actividad hace que el trabajador se considere a sí mismo como un profesional del comercio sexual, competente en su oficio y sujeto a ciertas normas en el desempeño de su labor. Ello implica la fijación y defensa de un territorio, el establecimiento de reglas mínimas de convivencia y cooperación, el manejo de códigos de interacción con los clientes y con la policía, y la toma de precauciones para proteger la salud.

[Tu zona] te la respetan, porque viene otra chica y le dices “mira, ¿sabes qué, m’ija?, aquí tú no puedes trabajar porque tú no eres de aquí… es más, a ti no te ha costado lo que nosotros hemos hecho… de andar de arriba para abajo tratando de que nos den un lugar en donde trabajar… hablar con las autoridades”. Y no tiene caso de que venga otra, se pare junto de mí, se la lleve el cliente, le haga algo ella por allá y luego vengan y me dicen “estaba parada junto de ti y tú vas para arriba” y me lleven a mí presa… no tiene caso. Entonces les hablo a las chicas y se tienen que ir (Roxy, 49 años).

      En tales circunstancias, el cuidado para involucrarse en prácticas más seguras es mayor y l@s entrevistad@s aseguran el empleo constante del condón tanto para realizar el coito como para el sexo oral, como una vía para evitar el contagio tanto de VIH, como el de otras infecciones de transmisión sexual (ITS):

Siempre me pongo [condón] y siempre ando trayendo uno en mi cartera para cualquier cosa que se ofrezca. Solamente una vez me pidieron que lo hiciéramos sin condón, pero no quise y él terminó aceptando. No aceptaría, es una cosa que ya tengo definida y no lo haría, porque, pues como te digo, uso condón y la última vez que me hice un examen para detectar el SIDA tiene como año y medio, pero ya no lo he hecho y tengo que cuidarme porque tengo familia (Hugo, 33 años).

Siempre, siempre uso condón cuando se trata de una penetración o cuando lo hago oral, porque cuando lo hago con la lengüita luego les huele y sabe feo, pero lo uso por mi seguridad y por la de mi cliente, porque luego no sabes si el enfermo es él y hay que prevenirse, ¿no? (Vanesa, 35 años).

      A veces, el empleo del preservativo está determinado por el tipo de prácticas, pues algunas se consideran más peligrosas para determinado tipo de ITS y no para otros. Generalmente, el coito es apreciado como una actividad de alto riesgo para la transmisión del SIDA, mientras que se estima que la felación y la masturbación pueden favorecer el contagio de infecciones como la gonorrea o los condilomas:

[Uso] condón siempre, aunque muchos no quieran… pero yo les digo “no” o les digo “dame el dinero” y yo voy y compro condones. Pero siempre la seguridad ante todo. Aunque no tanto cuando usan la boca, no, porque lo malo pues es para ellos. Y, bueno, cuando te tocan… me refiero a que muchas veces se ponen ellos lubricante y luego ya después del lubricante se llevan la mano a sus genitales y pues cualquier cosa… no sé […] los condilomas, por ejemplo, así puede ser una vía de trasmitirse. Y pues yo observo mucho y de esta forma los uso, los envuelvo. O sea sicológicamente tengo que saber trabajar bien al cliente, trabajar en todos los aspectos, en sacar dinero y que el rollo erótico sea mínimo (Richard, 21 años).

      Sin embargo, algunos testimonios no siempre parecen confirmar las prácticas seguras, aún entre aquéllos que se definen como trabajadores sexuales:

Yo no he tenido una relación de alto riesgo, no… Bueno, tal vez todas no, pero aquí sin condón… no considero yo haber tenido alguna de alto riesgo, porque también observo a las personas con las que voy, porque no me voy con todas, o sea no con la persona que llega y me dice… aunque me diera dinero, cuando yo me doy cuenta a veces de que… no sé hay varias cosas… los dientes, los ojos… pues lo que pasa es que yo los miro a los ojos porque… bueno se da uno cuenta cuando una persona está enferma… bueno al menos yo me doy cuenta. Yo tengo un amigo que es infectólogo… de hecho yo estuve viviendo con él, es gay, es infectólogo y él me regaló dos libros, dos atlas visuales de fotos de pacientes infectados con VIH; y él me dijo: ‘Sabes que… cuando tu tengas sexo acuérdate de estas fotos’. Además de que a mí siempre me gusta informarme desde la secundaria, la preparatoria, cuando había conferencias de VIH a mí me gustaba mucho y saber mucho sobre el tema” (Benito, 22 años).

Pues en momentos de una borrachera, no te voy a negar que lo he hecho sin condón, ya sabes, tomada pues te vale y cobro la misma cantidad (Vanesa, 35 años).

Sin condón no presto nada, también para el oral. [Entre los clientes] no falta quién rechace el condón, pero uno trata de explicarles ¿no? “Yo te puedo decir que no estoy enferma, tú me puedes decir lo mismo ¿cómo me vas a creer tú a mí o cómo te voy a creer yo a ti? Mejor lo usamos o no trabajo”. Las primeras veces que yo empecé a trabajar me arriesgaba yo a no usar el condón por dinero, pero ya después en las reuniones que hemos tenido, ahí nos van abriendo los ojos y viendo situaciones de otras personas que se han enfermado, ahí es donde uno dice “si, hay que cuidarse” (Yazmín, 24 años).

      Por su parte, aquéllos para quienes el trabajo sexual no es una actividad de tiempo completo y se insertan de manera intermitente, acostumbran considerarla como un complemento a sus ingresos y pueden o no verse a sí mismo como sexoservidores. En estos casos, parece existir una mayor confianza entre la población en su propia habilidad para saber detectar el estado de salud de los clientes. La limpieza, la apariencia sana y los indicadores de clase (por ejemplo, la ropa de calidad o estar en posesión de un auto) se interpretan como signos de buena salud sexual10.

      En el extremo del contínuum encontramos un número indeterminado de jóvenes varones que mantiene relaciones sexuales con otros hombres sin asumirlo como una actividad generadora de ingresos. Algunos jóvenes de sectores populares a veces sostienen vínculos de este tipo con personajes identificados como gays, que se hallan dispuestos a gastar en ellos a cambio de servicios sexuales, casi siempre ocupando la posición “activa”, a cambio de algún tipo de pago en especie, el cual puede adoptar la forma de regalos o bien la invitación a ingerir alcohol o drogas, además de dinero en efectivo. Al ser interrogados al respecto, estos jóvenes no consideran que estén ejerciendo ningún tipo de comercio sexual sino que afirman que es sólo “por relajo”, “por desmadre”, porque son “bien gruexos”:

“El cuate ese es puto; pero es buena onda y buena gente. A mí la otra vez me invitó a cotorrear11 y se mochó chido, pero luego… ya sabes… ya quería pa’ sus tunas12 y pues me hice güey y ahí nos vemos” (Chori, 19 años).

“A estos cuates siempre los vamos taloneando13, son chotos, me los presentó un cuate y nos invitan seguido a chupar y pagan todo. De aquí nos vamos a la casa del ruco porque se van a mochar con unos jalones de coca que ya compró el otro y está chida; y pues… ya sabes, ya pedo y pacheco te vale madres, te empiezan a acariciar bonito y te la maman chido, y además nos invitan a tragar y nos dan dinero. Luego nos dan que 50 o hasta 100 pesos porque te dejes y nos dan pa’l taxi” (El Nato, 20 años).

Algunos reaccionaron sorprendidos al considerar desde un ángulo comercializado una práctica que, desde el modelo dominante de sexualidad, reafirmaría su hombría en varias direcciones, al confirmar la supremacía del falo: por un lado, la creencia en que la sexualidad masculina agresiva y urgente requiere de satisfacción constante sin que tenga significado social el sexo del otro; asimismo, la idea complementaria de que el “choto” o “medio hombre” tiene que pagar para satisfacer su deseo de ser poseído por el “hombre completo”:

¡Ay cabrón!, yo creo que no, porque no lo hago seguido y sólo lo hago por desmadre, y para sacarles lana, pues tienen un chingo y de que lo aproveché otro, pues mejor yo (Baldo, 26 años).

Ésta es una población difícil de abordar y cuantificar precisamente porque no asume su relación con el circuito de sexo comercial, en tanto su discurso sostiene la idea de que su inserción es resultado de un deseo de diversión o por tener acceso a algún tipo de satisfactores materiales. Por añadidura, al no ser concientes de las prácticas en las que se están involucrando, tampoco lo son de los riesgos que pueden correr en la adquisición del SIDA o de otra clase de infecciones de transmisión sexual. La disociación entre prácticas e identidades contribuye a crear las llamadas “protecciones imaginarias”, las cuales favorecen que los individuos tiendan a ignorar su vulnerabilidad porque no se reconocen a sí mismos o a sus parejas como pertenecientes a un grupo de riesgo (Manzelly y Pecheny, 2003).

Sí, siempre sacas algo, si no es dinero es droga. Como yo, que cuando no tengo trabajo los ando estafando, y la lana y la droga están primero para cotorrear. Pero, bueno, en eso nunca me había puesto a pensar, que en el “cotorreo” pueda pescar algo (Baldo, 26 años).

      En términos generales, parece existir una relación directamente proporcional entre el reconocimiento de un individuo de estar inmerso en el sexo comercial y las precauciones que toma para prevenir una posible exposición al VIH u otras ITS. Así, a menor conciencia, mayor es el riesgo. Tal como afirma Douglas, “los resultados de las investigaciones muestran que los individuos tienen un fuerte, aunque injustificado, sentido de inmunidad subjetiva” (en Hoffe y Dockrell, 1995, la traducción es mía).

Discusión

Existen importantes diferencias entre los involucrados en el circuito del sexo comercial que deben ser tomadas en cuenta al considerar una intervención en materia de prevención a la salud sexual. Entre ellas, elemento fundamental para comprender los papeles, los comportamientos y las motivaciones de los actores sociales en el fenómeno del trabajo sexual, es la manera en que conciben su propia práctica, al mismo tiempo que esa categorización forma parte definitoria de su identidad como sujetos. En este tenor, las circunstancias en las que se insertan los individuos en la mercantilización del sexo, la forma en que la asumen, su posición socioeconómica, las presiones de los grupos de pares y de la sociedad más amplia, así como la conformación de las identidades sexuales son factores que pueden condicionar los riesgos en relación a la adquisición del VIH-SIDA y otras infecciones de transmisión sexual.

      Cabe señalar que la operación mercantil no siempre se presenta de manera clara para todos los participantes en relaciones sexuales a cambio de beneficios económicos, en dinero o en especie. Las fronteras entre lo que puede ser categorizado sin lugar a dudas como comercio sexual y lo que entraña otro tipo de vínculos no siempre es tan nítida ni para quien lo practica, ni para quien lo estudia. Es importante, entonces, fijar límites operativos que guíen la investigación en el sentido de definir cuáles de entre toda la gama de experiencias sexuales comercializadas se van a considerar como trabajo sexual y cuáles no. Pero, más importante aún es tratar de entender un fenómeno que puede representar una alternativa laboral para un número creciente de jóvenes excluidos de las oportunidades del mercado de trabajo de la economía formal, que ven en el sexoservicio una opción atractiva para la obtención de ingresos.

      La percepción de los peligros para la salud está directamente relacionada con la manera en que los involucrados se autoidentifican y conciben su propia práctica, pues en la medida en que se definen como trabajadores sexuales parecen observar una mayor constancia en el uso del condón y un mayor rechazo a aceptar relaciones de alto riesgo. Esta preocupación va disminuyendo de manera proporcional a la conciencia de estar participando en el circuito de sexo comercial y parece encontrarse casi ausente entre aquellos varones que manifiestan estar a la búsqueda de diversiones. Esto parece confirmar la idea de que más que grupos de riesgo, lo que existe son conductas de riesgo (Monsiváis, 2000), las cuales deben ser identificadas para poder reorientar políticas de prevención realmente eficientes (Brandt, 2000). Ello requiere del (re)conocimiento de la plasticidad de las conductas y concepciones sobre la sexualidad y del diseño de estrategias diferenciadas en función de la población específica a la que se dirigen.

      En esta dirección, es necesario atender los protocolos culturales sobre el género, el cuerpo y la sexualidad que dan soporte al ejercicio del trabajo sexual entre varones, porque condicionan tanto la evaluación social hacia tales actividades como la propia autodefinición de los sujetos, determinando la tolerancia o el rechazo, la marginación o inclusión de los individuos y la atención o ignorancia de los riesgos a la salud.

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* Doctora en Ciencias Antropológicas. Investigadora del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana, México.

1 Compárense estas cifras con la prevalencia de la población adulta de entre 15 y 49 años, que es del 0.28 por ciento.

2 En el estado, la relación de hombre y mujer es de 5.2 a 1, en tanto que las personas de 15 a 44 años constituyen el grupo más afectado con el 76.9% de los casos registrados en adultos; los grupos quinquenales que contribuyen con el mayor porcentaje son el de 20 a 24, 25 a 29 y 30 a 34 años con el 18.8%, 18.3% y 16.4%, respectivamente (ib.).

3 Para una revisión de las diferentes conceptualizaciones etiológicas de la homosexualidad, véase Boswell, 1985:49 ss.

4 Perlongher (1999) denomina a estos tipos “prostitución viril” y “prostitución travesti”.

5 Algunas de estas ideas y testimonios pueden encontrarse también en Córdova, en prensa.

6 Los nombres de los entrevistados han sido cambiados para garantizar su anonimato.

7 Atornillar: penetrar.

8 Se refiere a que tenía apariencia masculina.

9 Nombre de la avenida en cuestión.

10 Creencias similares son reportadas en trabajadores sexuales londinenses por Joffe y Dockrell, 1995.

11 Cotorrear: divertirse en el “ambiente”.

12 Querer pa’ sus tunas: satisfacer sus deseos.

13 Talonear: sacar dinero.