Trabajo
sexual masculino y factores de riesgo en la adquisición de VIH/SIDA
en Xalapa, Veracruz*
Resumen A partir de las condiciones que han favorecido un aumento de los trabajadores sexuales masculinos en la ciudad de Xalapa, tales como la migración campo-ciudad y la alta concentración de población estudiantil, este trabajo examina la manera en que los protocolos culturales que sustentan el modelo imperante de sexualidad, condicionan ciertos usos del cuerpo. Tales prácticas corporales se conforman en puntos de anclaje para la definición de los sujetos. Igualmente, se abordará el problema de esta población como de alto riesgo para contraer VIH. Introducción México ocupa el tercer lugar en el continente americano de casos reportados de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), sólo después de Estados Unidos y Brasil. No obstante, si consideramos la tasa de incidencia anual, ocupamos el décimo cuarto puesto y el sitio setenta y dos a nivel mundial (CONASIDA, 2000). De acuerdo con la clasificación desarrollada por ONUSIDA, en nuestro país ocurre una epidemia de tipo concentrado. Esto significa que la prevalencia de infección por VIH se ha difundido con gran rapidez en ciertos grupos de la población, sin extenderse a todos los sectores (CONASIDA, 2000). Los grupos con mayor prevalencia son el de hombres que tienen sexo con otros hombres, el cual alcanza un 15 por ciento, y el de usuarios de drogas inyectables, con seis por ciento1. La concentración de la prevalencia entre la población homo y bisexual, sobre todo durante los primeros años de la epidemia, convirtió a los grupos de hombres que practican el homoerotismo en foco de atención y satanización públicas al considerarlos la población huésped del virus por excelencia en razón de sus prácticas eróticas. El pánico inicial estigmatizó las relaciones entre hombres e hizo emerger y/o recrudecer acciones de persecución y violencia (Brito, 1993). Este hecho ha influido para sacar a la palestra de las discusiones una actividad que hasta ese momento había estado bastante invisibilizada: la prestación de servicios sexuales brindados por varones a otros varones. Sin embargo, el trabajo sexual masculino es un fenómeno tan antiguo como el practicado por mujeres y en otras épocas fue quizá tan aceptado y público como éste último (Boswell, 1980:65 ss; Dover en Schifter y Aggleton, 1999; Sennet, 1997), pero la fuerte tendencia homofóbica de la sociedad cristiana, agudizada hacia el siglo XII, hizo del homoerotismo una práctica condenada y relativamente oculta (Boswell, 1980). En México, se encuentran algunas referencias a esta actividad para la Colonia (Gruzinski, 1986) y también durante el Porfiriato, cuando se denunciaba que los clientes visitaban burdeles y casas de asignación para tener sexo con hombres travestidos o eran solicitados por prostitutos en el Zócalo durante las madrugadas (Bliss, 2001:52-3). La medicalización decimonónica del cuerpo da cuenta del nexo conceptual que ha existido desde larga data entre “enfermedad” y prostitución, pues se afirmaba que era del dominio público que muchos sodomitas arrestados por “comportamiento escandaloso” sufrían de sífilis, cuya adquisición –suponían médicos tan afamados a principios del s. XX como Roumagnac– se debía a prácticas homosexuales. A principios de los años veinte, la policía reportaba que la Plaza Mayor era frecuentada por traficantes de droga, afeminados y sodomitas, quienes competían con las mujeres por la clientela masculina (Bliss, 2001:90). Por añadidura, en las últimas décadas el fenómeno ha cobrado una nueva dimensión al expandirse de forma importante y cobrar mayor visibilidad. Podemos atribuir este crecimiento a causas diversas, que se relacionan directamente con la modernidad: la concentración de la población en las urbes, que favorecen tanto la movilidad y el anonimato sociales, como la pobreza y las altas tasas de desempleo (Moya y García, 1999:127). A esto se suman factores culturales que han propiciado una mayor tolerancia hacia tipos de conductas diferentes, apoyada en el ideal del respeto a las libertades y los derechos individuales, que podemos explicar como resultado de ese impulso civilizatorio del que habla Elias (1994). Empero, hablar de trabajo sexual masculino continúa involucrando severos tabúes porque alude a una serie de transgresiones con respecto a las convenciones sociales sobre el género, la sexualidad y el deseo (Altman, 1999). En un espacio donde la sexualidad “correcta” se basa en un modelo masculinista agresivo, predador y multidirigido, que otorga valor diferenciado a los papeles sexuales insertivo/activo y receptor/pasivo, de acuerdo con una categorización más amplia sobre los sistemas de género (Córdova, 2003), las prácticas homoeróticas cuestionan el orden y las jerarquías sociales. Como ha sido señalado por Altman (1999), al desestabilizar las estructuras de los papeles sexuales se suele caer en la tentación de considerar al comercio sexual realizado por varones como una simple transacción económica, carente de otros significados sociales. Por otro lado, el trabajo sexual masculino involucra diferentes formas de transgresión al modelo hegemónico de sexualidad –de suyo heterosexual, basado en el amor romántico, con prácticas corporales excluyentes y asimétricas– que ponen en tela de juicio las concepciones sobre el cuerpo, el género y el deseo, ubicándolo en la parte más marginal de los márgenes: el sexo se compra y se vende, los usos del cuerpo se traslapan, las jerarquías se diluyen y trastocan, las identidades inventan otros puntos de anclaje (Córdova, 2003). En este contexto, las cifras estadísticas respecto al SIDA en México hasta el año 2000 corroboran la idea de una epidemia concentrada en ciertos grupos de riesgo: 86.7 por ciento de los casos acumulados en el país eran resultado de la transmisión sexual, y de ellos, 61.8 por ciento corresponden a varones que tienen sexo con otros varones y el 38.2 por ciento a heterosexuales, el 90.3 por ciento son hombres y el 9.7 por ciento mujeres, aunque la proporción nacional de 9 a 1 cambia por entidad federativa (CONASIDA, 2000). Sin embargo, en los últimos años se observa una tendencia a la disminución sostenida en la prevalencia del grupo de varones que observa prácticas homoeróticas y un aumento en la transmisión heterosexual. Siguiendo estas ideas, el presente trabajo intenta examinar la manera en que el discurso hegemónico sobre la sexualidad induce algunas concepciones respecto a las prácticas sexuales, que colocan a un determinado sector de población masculina que sostiene relaciones homosexuales dentro del circuito del sexo comercial en situaciones de alto riesgo para la adquisición del VIH-SIDA en la ciudad capital del estado de Veracruz. Según datos de finales de 2003, la entidad ocupa el cuarto lugar en México, con un total de 5,675 casos acumulados desde 1981 hasta noviembre de 2003; el 58% ha fallecido, concentrándose en las ciudades de Veracruz, Xalapa, Orizaba, Poza Rica y Coatzacoalcos. La epidemia se encuentra entre las veinte primeras causas de mortalidad en la región y su contagio ocurre principalmente por transmisión sexual (Diario AZ, 1-12-03)2. La información de campo que se presenta fue recabada en el marco de un estudio de mayor envergadura sobre las especificidades del trabajo sexual masculino en la capital veracruzana en diversos periodos entre los años de 2000 y 2002. En el transcurso de la investigación, además de la observación sobre terreno en las zonas de oferta de servicios y de la realización de un sinnúmero de conversaciones no grabadas, se aplicaron treinta entrevistas a profundidad, abiertas y semidirigidas, tanto en el lugar de trabajo como en diferentes cafés o bares donde se dio cita a los sexoservidores. Los entrevistados no recibieron pago alguno por conceder las entrevistas. Orden de sexualidad y condiciones del trabajo sexual en Xalapa En la localidad de estudio existen condiciones particulares que han propiciado el incremento del fenómeno del sexoservicio masculino de una manera significativa. Por un lado, Xalapa es una ciudad de carácter cosmopolita y tolerante como resultado de concentrar desde hace más de medio siglo la mayor parte de la vida científica y artística del estado, debido a la presencia de una de las más grandes universidades del país, la Veracruzana. Por el otro, al ser ciudad capital, es un foco de atracción para la población rural que se desplaza del campo a la ciudad en busca de mejores opciones de vida. Dado que la economía de la ciudad gira principalmente en torno al sector servicios, la planta industrial está apenas desarrollada. Las dos principales fuentes de empleo son el aparato burocrático del gobierno estatal y el sector educativo, donde se concentra el campus más grande de la Universidad Veracruzana, la Escuela Normal Superior del estado, la Universidad Pedagógica y varios centros privados de educación superior. Esto ocasiona que exista una amplia oferta de fuerza de trabajo estudiantil para el sector servicios en empleos temporales o de medio tiempo, además de una creciente población migrante desde las áreas rurales, lo que eleva el índice de desempleo en la localidad. A esta situación podemos sumar los cambios culturales con respecto al tratamiento de la homosexualidad –que se aprecian, por ejemplo, en los medios masivos de comunicación–, la ampliación de los umbrales de tolerancia hacia el ejercicio público de prácticas antes perseguidas y la ausencia de una legislación al respecto en el municipio, han contribuido a la propagación de servicios sexuales, ya sea en la vía pública en la forma de trottoirs de travestís y mayates, en los centros nocturnos de diversiones o en las llamadas “clínicas de masajes” que se hallan ampliamente publicitadas en los diarios locales. Por añadidura, se encuentra un número indeterminado de lugares para gays, como galerías, cafés, discotecas o bares, donde regularmente se ofrecen sexoservicios. El resultado es una diversidad de tipos de trabajadores y de modalidades de servicios ofrecidos en la ciudad (Córdova, en prensa). Asimismo, entre los sectores populares de la población del centro de Veracruz, los protocolos culturales que sustentan las prácticas homoeróticas indican que la homosexualidad es una “enfermedad” de etiología vaga e imprecisa, o un problema de nacimiento que puede ser resultado de haber sido concebida/o durante el período menstrual de la madre; incluso se piensa que puede provenir de haber nacido durante la fase lunar denominada “luna tierna” (de nueva a cuarto creciente) en el caso de los varones. Sin embargo, la mayoría de los entrevistados ofrece causas inespecíficas para explicar la orientación homosexual, o se concreta a expresar que “así lo quiso Dios”3. A veces, se dice que es posible detectar tal inclinación desde temprana edad en los varones, cuando el infante se muestra afeminado o excesivamente delicado, no así entre las niñas quienes pueden gustar de los juegos rudos sin que esto evidencie una futura tendencia a ser “machorras”, término con el que se hace alusión a las lesbianas, pero que también incluye a mujeres que ofrecen aspecto o comportamientos masculinos. En la región, como es común en el resto de América Latina, impera el modelo de sexualidad masculinizado que concibe los deseos de los hombres como cargados de urgencias que requieren satisfacción inmediata. Esta forma de entender los deseos varoniles favorece el hecho de que la condena social hacia conductas homosexuales ocupando el papel concebido como “activo” sea relativamente ligera y poco estructurada (Lancaster, 1999; Derrick, 2001; Cáceres, 2003). Si bien es cierto que tales comportamientos no son aprobados, no existe sanción social efectiva que vaya en detrimento del transgresor. Atrás de tales apreciaciones es posible encontrar la idea de que el varón no se demerita en términos de su hombría mientras continúe en ejercicio del rasgo marcado en este modelo de sexualidad, es decir, el papel “dominante” durante la cópula se mantiene incólume en tanto que continúa siendo el penetrador y no el penetrado, lo que puede entenderse como “[…] un juego de dominación que divide simbólicamente al mundo en vencedores y vencid[o]s” (Rodríguez, 1997). Tipos de trabajadores Encontrarse involucrado en el circuito de sexo comercial no permite automáticamente que alguien se asuma como trabajador sexual. Para ello se precisa, por un lado, del reconocimiento de que se está ofreciendo un servicio específico por el que se recibe un pago, ya sea en efectivo o en especie, y, por otro, de cierta constancia en su ejercicio, de manera que se torne una actividad regular gracias a la cual se satisfacen algunos o todos los requerimientos económicos del individuo. En este sentido, se puede participar en el circuito sin una clara conciencia de que se está ejerciendo algún tipo de prostitución. Existen variados factores en el trabajo sexual que permiten agrupar a los trabajadores en diversas categorías. La primera gran diferenciación se puede establecer en función de la personificación de género que exhiban los sujetos, es decir, entre aquellos que intentan ofrecer características femeninas mediante la indumentaria, el empleo de prótesis, maquillaje y actitudes, a quienes se les denomina “vestidas” o travestís, y los que observan o exacerban los rasgos masculinos, llamados “mayates”. Este aspecto es el rasgo más conspicuo en la asunción de una identidad por parte del trabajador, a partir del cual manifiesta su pertenencia a un grupo, el reconocimiento de su orientación sexual y la manera en que define sus propias conductas4. Asimismo, de esta diferenciación derivan características específicas que les son asociadas, como la ocupación de un espacio geográfico exclusivo para cada categoría, ya sea en la vía pública (trottoirs) o en centros de diversiones y “clínicas de masajes”, además de cierta especialización en los servicios ofrecidos que condiciona el tipo de clientela a la que se dirigen. Otro aspecto importante en esta clasificación es el referente al tiempo dedicado a realizar la actividad, pues mientras que para algunos el sexoservicio es una ocupación de tiempo completo y su única fuente de ingresos, otros la ejercen de manera intermitente o esporádica, ya sea porque tengan otra forma de allegarse recursos o porque es una manera de satisfacer deseos homosexuales, involucrándose en relaciones homoeróticas en espacios marginalizados de la esfera social en la que se vive, dado el carácter oculto y casual que puede revestir este tipo de relaciones. Mayates El término utilizado para designar a los trabajadores sexuales que ofrecen servicios a varones jugando el llamado papel activo, es el mismo empleado para todo participante en una relación homoerótica que ocupa dicha posición, “mayate”, el cual es un nahuatlismo que hace referencia a los escarabajos estercoleros en una clara alusión al coito anal. En Xalapa, a lo largo del circuito formado por cinco cuadras y el parque central, conocido como la “putivuelta”, se congrega la población de servidores que están a la búsqueda de clientes, sobre todo los fines de semana y los días de cobro. Este es un lugar reservado exclusivamente a los “mayates”, donde no solamente se conviene la prestación de los servicios a cambio de una cantidad determinada de dinero, sino que inclusive pueden llevarse a cabo en las zonas más obscuras después de medianoche. Lo más común, sin embargo, es desplazarse a algún hotel de los llamados “de paso” de los que se ubican en el mismo centro de la ciudad o bien en las salidas de las carreteras o, incluso, utilizar el automóvil del cliente5. Los “mayates” deben exhibir un aspecto masculino y se dedican principalmente a atender a homosexuales reconocidos, aunque también pueden dar servicio a los llamados “tapados”, es decir, varones aparentemente heterosexuales, con frecuencia casados y con hijos, que desean mantener ocultos sus deseos hacia personas de su mismo sexo. Los entrevistados oscilan entre los 16 y 33 años y entienden que ésta es una ocupación temporal cuyo éxito entre la clientela es directamente proporcional a la juventud, la figura bien conformada y las habilidades profesionales. Se ha calculado que el número de sexoservidores de este tipo que ofrecen sus servicios con relativa constancia en el parque central es de aproximadamente cincuenta personas, de entre los cuales se han aplicado diez entrevistas a profundidad, tanto en el lugar de trabajo como en diferentes cafés o bares donde se ha citado a los trabajadores. Dado que los “mayates” representan la figura masculina por excelencia del comercio sexual, suelen autodefinirse como heterosexuales o, quizá, como bisexuales, pero nunca como homosexuales:
Como parte del éxito de los “mayates” depende de su imagen de “macho”, una constante en sus relatos es la insistencia en que ocupan siempre la posición “activa” durante el ejercicio de su trabajo, es decir, siempre son o bien los penetradores o bien los que son estimulados manual u oralmente:
Aseguran que jamás aceptan ocupar la que se considera posición “pasiva”, es decir, ser o bien los penetrados o bien los feladores, pues esto equivaldría a afeminarse como lo hacen sus clientes, manifestando su desprecio hacia los homosexuales, sobre todo a los del tipo más “loca” o “loca torcida”, es decir, los más afeminados. Un rival laboral dice de ellos:
Sin embargo, los relatos también cuestionan esta inflexibilidad en los papeles sexuales, pues llega a aparecer la aceptación de proporcionar al cliente la llamada “ida y vuelta”, término con el que se conoce la penetración mutua, con la aclaración que siempre es otro y no el entrevistado el que la permite:
Esta insistencia en el discurso es fácilmente explicable si consideramos que el modelo de sexualidad hegemónico privilegia la penetración como el aspecto dominante en la relación sexual. Por añadidura, la pretensión de hipermasculinidad y la negativa a aceptar un papel “pasivo” puede ser también un mecanismo para incrementar el precio del servicio. Todos los entrevistados sin excepción han manifestado razones económicas para dedicarse al trabajo sexual. Sin embargo, algunos aseguran haberse iniciado en tal actividad por “conocer el ambiente” o por “diversión”. Aprecian que es una forma de “ganar dinero fácil” que les permite mantener su consumo de alcohol y de drogas, pues el empleo de marihuana, cocaína y anfetaminas no es raro entre la población:
La insistencia en el desempeño del papel “activo” parece ser un punto de anclaje en la narrativa de este tipo de trabajadores del sexo, tanto por la función que puede jugar para la constitución de una identidad, como porque guarda correspondencia con las normas culturales para el género masculino, las cuales dictan que la sexualidad de los varones debe ser activa, agresiva y predadora. Esta manera de encarar la dominación simbólica del principio masculino sobre el femenino se reproduce, al menos en el discurso, en la asignación dicotómica de los papeles sexuales al interior de la relación homoerótica. Vestidas El tipo de trabajador denominado “vestida” es aquél que ofrece sus servicios travestido, acentuando los rasgos femeninos mediante el maquillaje, el vestuario, el peinado y el uso de prótesis externas, y exacerbando la feminidad de su conducta. La población entrevistada oscila entre los 21 y los 49 años, lo que parece indicar que su vida en activo es más larga que la de los “mayates”. Varios de ellos manifiestan usar terapias hormonales para lograr el adelgazamiento de la voz y la disminución del vello corporal, mientras que otros prefieren el uso de inyecciones de aceite de cocina para lograr el aumento en el volumen de senos, nalgas y piernas:
El área exclusiva de trabajo de estos sexoservidores se ubica al norte de la avenida que sale por un extremo a la carretera que va al Distrito Federal y por el otro la que lleva al puerto de Veracruz, donde se halla un corredor comercial que va desde la ciudad de Xalapa hasta la vecina localidad de Banderilla, en el cual se concentra una zona de hoteles de paso, bares y otros centros de diversiones nocturnas. Esta localización es de vital importancia para captar a la principal clientela de los travestís, constituida por los conductores de los camiones de carga que transitan hacia ambos puntos de destino. Los travestís, al igual que los “mayates”, también suelen atender a la población de “tapados”.
Sin embargo, podemos encontrar una diferencia fundamental
en cuanto a las motivaciones de los clientes por contratar sus servicios.
En el caso de los “mayates” es la búsqueda de rasgos
más masculinos, mientras que la inclinación de la clientela
por los travestís implica el contacto con un cuerpo de varón
con apariencia de mujer. Algunos de los ocho participantes en las entrevistas
pertenecientes a esta categoría, afirman que los “tapados”
prefieren involucrarse con “vestidas” porque les causa menos
conflictos para pretender que no sostienen relaciones homosexuales,
de manera que se parapeta una virilidad más acorde con los valores
aceptados.
Asimismo, los usos corporales establecen una demarcación
simbólica que refuerza la posición identitaria al tratar
de asumir el papel “receptivo” durante la relación
sexual y evitar en lo posible la manipulación de sus genitales
por parte de los clientes. Este rechazo, sin embargo, algunas veces
es ignorado porque existen compradores que solicitan al trabajador travestido
que asuma la posición “activa”, ofreciendo más
dinero por el servicio. Un aspecto de primera importancia para entender la
magnitud del riesgo de contraer VIH/SIDA entre la población que
se dedica al sexo comercial, se relaciona con el tipo de inserción
de los sujetos en el circuito y con la conciencia que tenga cada uno
de su propia participación. Aquí encontramos individuos
que hacen de él su única actividad remunerada y quienes
la realizan de forma intermitente o esporádica, según
sus requerimientos económicos y la mayor o menor posibilidad
o interés de dedicarse a alguna otra labor que implique percibir
un ingreso.
En tales circunstancias, el cuidado para involucrarse en prácticas más seguras es mayor y l@s entrevistad@s aseguran el empleo constante del condón tanto para realizar el coito como para el sexo oral, como una vía para evitar el contagio tanto de VIH, como el de otras infecciones de transmisión sexual (ITS):
A veces, el empleo del preservativo está determinado por el tipo de prácticas, pues algunas se consideran más peligrosas para determinado tipo de ITS y no para otros. Generalmente, el coito es apreciado como una actividad de alto riesgo para la transmisión del SIDA, mientras que se estima que la felación y la masturbación pueden favorecer el contagio de infecciones como la gonorrea o los condilomas:
Sin embargo, algunos testimonios no siempre parecen confirmar las prácticas seguras, aún entre aquéllos que se definen como trabajadores sexuales:
Por su parte, aquéllos para quienes el trabajo sexual no es una actividad de tiempo completo y se insertan de manera intermitente, acostumbran considerarla como un complemento a sus ingresos y pueden o no verse a sí mismo como sexoservidores. En estos casos, parece existir una mayor confianza entre la población en su propia habilidad para saber detectar el estado de salud de los clientes. La limpieza, la apariencia sana y los indicadores de clase (por ejemplo, la ropa de calidad o estar en posesión de un auto) se interpretan como signos de buena salud sexual10. En el extremo del contínuum encontramos un número indeterminado de jóvenes varones que mantiene relaciones sexuales con otros hombres sin asumirlo como una actividad generadora de ingresos. Algunos jóvenes de sectores populares a veces sostienen vínculos de este tipo con personajes identificados como gays, que se hallan dispuestos a gastar en ellos a cambio de servicios sexuales, casi siempre ocupando la posición “activa”, a cambio de algún tipo de pago en especie, el cual puede adoptar la forma de regalos o bien la invitación a ingerir alcohol o drogas, además de dinero en efectivo. Al ser interrogados al respecto, estos jóvenes no consideran que estén ejerciendo ningún tipo de comercio sexual sino que afirman que es sólo “por relajo”, “por desmadre”, porque son “bien gruexos”:
Algunos reaccionaron sorprendidos al considerar desde un ángulo comercializado una práctica que, desde el modelo dominante de sexualidad, reafirmaría su hombría en varias direcciones, al confirmar la supremacía del falo: por un lado, la creencia en que la sexualidad masculina agresiva y urgente requiere de satisfacción constante sin que tenga significado social el sexo del otro; asimismo, la idea complementaria de que el “choto” o “medio hombre” tiene que pagar para satisfacer su deseo de ser poseído por el “hombre completo”:
En términos generales, parece existir una relación directamente proporcional entre el reconocimiento de un individuo de estar inmerso en el sexo comercial y las precauciones que toma para prevenir una posible exposición al VIH u otras ITS. Así, a menor conciencia, mayor es el riesgo. Tal como afirma Douglas, “los resultados de las investigaciones muestran que los individuos tienen un fuerte, aunque injustificado, sentido de inmunidad subjetiva” (en Hoffe y Dockrell, 1995, la traducción es mía). Discusión Existen importantes diferencias entre los involucrados en el circuito del sexo comercial que deben ser tomadas en cuenta al considerar una intervención en materia de prevención a la salud sexual. Entre ellas, elemento fundamental para comprender los papeles, los comportamientos y las motivaciones de los actores sociales en el fenómeno del trabajo sexual, es la manera en que conciben su propia práctica, al mismo tiempo que esa categorización forma parte definitoria de su identidad como sujetos. En este tenor, las circunstancias en las que se insertan los individuos en la mercantilización del sexo, la forma en que la asumen, su posición socioeconómica, las presiones de los grupos de pares y de la sociedad más amplia, así como la conformación de las identidades sexuales son factores que pueden condicionar los riesgos en relación a la adquisición del VIH-SIDA y otras infecciones de transmisión sexual. Cabe señalar que la operación mercantil no siempre se presenta de manera clara para todos los participantes en relaciones sexuales a cambio de beneficios económicos, en dinero o en especie. Las fronteras entre lo que puede ser categorizado sin lugar a dudas como comercio sexual y lo que entraña otro tipo de vínculos no siempre es tan nítida ni para quien lo practica, ni para quien lo estudia. Es importante, entonces, fijar límites operativos que guíen la investigación en el sentido de definir cuáles de entre toda la gama de experiencias sexuales comercializadas se van a considerar como trabajo sexual y cuáles no. Pero, más importante aún es tratar de entender un fenómeno que puede representar una alternativa laboral para un número creciente de jóvenes excluidos de las oportunidades del mercado de trabajo de la economía formal, que ven en el sexoservicio una opción atractiva para la obtención de ingresos. La percepción de los peligros para la salud está directamente relacionada con la manera en que los involucrados se autoidentifican y conciben su propia práctica, pues en la medida en que se definen como trabajadores sexuales parecen observar una mayor constancia en el uso del condón y un mayor rechazo a aceptar relaciones de alto riesgo. Esta preocupación va disminuyendo de manera proporcional a la conciencia de estar participando en el circuito de sexo comercial y parece encontrarse casi ausente entre aquellos varones que manifiestan estar a la búsqueda de diversiones. Esto parece confirmar la idea de que más que grupos de riesgo, lo que existe son conductas de riesgo (Monsiváis, 2000), las cuales deben ser identificadas para poder reorientar políticas de prevención realmente eficientes (Brandt, 2000). Ello requiere del (re)conocimiento de la plasticidad de las conductas y concepciones sobre la sexualidad y del diseño de estrategias diferenciadas en función de la población específica a la que se dirigen. En esta dirección, es necesario atender los protocolos culturales sobre el género, el cuerpo y la sexualidad que dan soporte al ejercicio del trabajo sexual entre varones, porque condicionan tanto la evaluación social hacia tales actividades como la propia autodefinición de los sujetos, determinando la tolerancia o el rechazo, la marginación o inclusión de los individuos y la atención o ignorancia de los riesgos a la salud. Bibliografía AGGLETON, Peter (ed.), (1999). Men Who Sell Sex.
International Perspectives on Male Prositution and HIV/AIDS. Philadelphia:
Temple University Press. * Doctora en Ciencias Antropológicas. Investigadora del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana, México. 1 Compárense estas cifras con la prevalencia de la población adulta de entre 15 y 49 años, que es del 0.28 por ciento. 2 En el estado, la relación de hombre y mujer es de 5.2 a 1, en tanto que las personas de 15 a 44 años constituyen el grupo más afectado con el 76.9% de los casos registrados en adultos; los grupos quinquenales que contribuyen con el mayor porcentaje son el de 20 a 24, 25 a 29 y 30 a 34 años con el 18.8%, 18.3% y 16.4%, respectivamente (ib.). 3 Para una revisión de las diferentes conceptualizaciones etiológicas de la homosexualidad, véase Boswell, 1985:49 ss. 4 Perlongher (1999) denomina a estos tipos “prostitución viril” y “prostitución travesti”. 5 Algunas de estas ideas y testimonios pueden encontrarse también en Córdova, en prensa. 6 Los nombres de los entrevistados han sido cambiados para garantizar su anonimato. 7 Atornillar: penetrar. 8 Se refiere a que tenía apariencia masculina. 9 Nombre de la avenida en cuestión. 10 Creencias similares son reportadas en trabajadores sexuales londinenses por Joffe y Dockrell, 1995. 11 Cotorrear: divertirse en el “ambiente”. 12 Querer pa’ sus tunas: satisfacer sus deseos. 13 Talonear: sacar dinero. |
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