Una diversidad que explorar…

por Salvador Cruz Sierra & Guitté Hartog

 

Introducción


Por la riqueza de sus aportes y para cuestionar al orden social heterosexista, homofóbico y misógino en el cuál estamos inmersos todas y todos, dedicamos el segundo número de  LA MANZANA  al tema de la diversidad sexual. Con la preocupación de difundir desde el ámbito académico algunas herramientas de análisis y de reflexión que permiten cuestionar las bases mismas del patriarcado, hemos seleccionado algunos textos que reflejan el carácter ecléctico y la pluralidad de los trabajos realizados en este campo del conocimiento.

      Explorar el mundo de la diversidad sexual, o las diversidades sexuales del mundo, nos permite no solamente cuestionar la homofobia como tal, sino varias de las otras formas de intolerancia o de deslegitimación que viven las personas que no cumplen con las expectativas del modelo hegemónico de lo deseable socialmente. En una sociedad intolerante, no solamente pierden las personas discriminadas a las cuales se les niega el derecho a desarrollar su pleno potencial como humano, sino que es a toda la sociedad a la cual se priva de las diversas contribuciones valiosas que podrían aportar las personas discriminadas, si hubieran podido contar con las condiciones mínimas para su expresión. Cada vez que negamos a una mujer el derecho de desarrollar su pleno potencial científico por un conjunto de condiciones culturales y estructurales, pierde la ciencia. Cada vez que negamos a las personas homosexuales el derecho de existir, de ser reconocidas como valiosas, de expresar sus afectos, retrocede la humanidad.

      Este número quiere abrir puertas, sacar del closet, quitar los velos que protegen y esconden personas y realidades humanas juzgadas como peligrosas y vergonzosas para la mirada violenta de la intolerancia patriarcal. Encerrados en los prejuicios y en el miedo se oprimen los cuerpos y los deseos. ¿Cuál es la diferencia entre que una mujer tenga que esconder su cuerpo para no ser violada o golpeada en la calle, deba tapar su vientre embarazado para no perder su trabajo, y que una persona homosexual o travestí tenga que quedarse encerrada en el closet para no ser rechazada, discriminada o golpeada hasta la muerte? Para todas las minorías o grupos marginados se trata del mismo combate, de la misma búsqueda de poder ser orgullos de lo que son profundamente, siendo diferentes, pero compartiendo un mismo proyecto pacífico de felicidad, a la vez personal y colectivo. Sin embargo, para lograr cambios socioculturales profundos, se necesita más que la buena voluntad de la gente bien intencionada. En este sentido, a través de este segundo número de LA MANZANA queremos alimentar los cuestionamientos y reflexiones desde el punto de vista de los estudios sobre las masculinidades respecto a los frenos culturales que existen para que las diversidades –más que crear disonancias– contribuyan al proyecto de construir sociedades más democráticas e incluyentes.

Diversidad y masculinidad

Los estudios sobre masculinidad han reconocido la diversidad de formas en que un sujeto puede asumir su condición de género y, por ello, en un sentido se habla de “masculinidades”, Sin embargo, parece que aún falta mucho trabajo en construir puentes y elaborar más diálogo entre los estudios de género, particularmente sobre la masculinidad y los estudios sobre sexualidad, especialmente los estudios lésbico-gay, queer o de la diversidad sexual.

      Pensar en el desarrollo teórico sobre masculinidad sin un análisis profundo sobre uno de los elementos centrales que constituyen a la masculinidad dominante, como es la catexis (Connell, 2003) o el deseo sexual, y las implicaciones que este aspecto tiene no sólo para los hombres en concreto sino en la forma en que se configura y opera el género en el sistema de relaciones sociales, es obviar y menospreciar un aspecto fundamental.

      Los estudios que abordan las expresiones de la sexualidad fuera de la norma heterosexual, o al menos los que salen de su forma más convencional, posibilitan no sólo comprender que existen diversas formas de ser y de vivir la sexualidad, sino que permiten conocer, a través de las rupturas y quiebres de la sexualidad hegemónica, las formas en que se configuran las relaciones entre un sistema que marca el orden social basado en la sexualidad de las personas y un sistema que determina las relaciones sociales de poder, es decir, de género (Scott, 1997).

      Tanto el sistema de género como el de la sexualidad, en su entretejimiento y delgada frontera que los separan, ubican a los sujetos en determinadas posiciones sociales y con determinadas posibilidades de ejercicio de poder, de reconocimiento y de valor social. Ambos sistemas, en combinación, permiten identificar las relaciones entre grupos sociales, las posiciones sociales y subjetivas que cada sujeto puede ocupar en el entramado social, así como las funciones de éstos para garantizar la reproducción del sistema que pone a unos en condiciones de mayor ventaja sobre otras/os, específicamente me refiero al sistema asimétrico de género, a la llamada dominación masculina.

      Para avanzar teóricamente en los estudios sobre las masculinidades es importante, por una parte, conectar los aspectos que en el campo de la sexualidad tienen en común las diversas masculinidades, y por otra parte, poner atención a los aspectos problemáticos de la masculinidad. Un punto importante de abordar, a modo de estrategia para el cambio, es el de hablar sobre los costos que implica para los hombres el asumir la posición de privilegio social. De forma particular resulta importante reflexionar sobre nuevas maneras de abordar la condición masculina que posibiliten una verdadera transformación en las relaciones de género, esto es, partir de los daños que causa la condición masculina en la salud e integridad física, así como en la vida sexual y emocional de los hombres, en las limitaciones que se tienen para expresar sentimientos, para ser cariñosos, para asumir diversos riesgos, para evitar vivir con miedos, para privilegiar la cercanía con otras/os, entre otros aspectos, como estrategia para generar el cambio interno.

      Al parecer, es una realidad el hecho de que los hombres tienen poca capacidad para valorar su vida y protegerla, es decir, los hombres arriesgan y descuidan su vida, al menos así lo muestras las estadísticas sobre mortalidad masculina. Situación que nos plantea elaborar nuevas aproximaciones al trabajo con los hombres. El hecho de que los hombres sientan culpa por la violencia, abuso o explotación que ejercen contra otros, particularmente mujeres, niños o ancianos, desgasta, destruye e impide adquirir una autoconciencia de por qué razón se llega a provocar daño a otros y, por ende, la búsqueda de una solución que frene tales relaciones destructivas. Asimismo, es poco pertinente el visualizar a los hombres como los malos de la película, donde se estereotipa con gran facilidad y se le señala exclusivamente a “ese” lo que la otra parte no reconoce de sí misma. Por ello, no es ni la culpa ni el ver al hombre como al enemigo lo que llevaría a una transformación en las relaciones de género, sino en observar y reconocer las desventajas de atender los daños y sufrimientos que causan, a hombres y mujeres, las subjetividades que han sido conformadas por los sistemas sociales de explotación, dado que hombres y mujeres somos productos del patriarcado.

      Quizá uno de los costos más apremiantes de la masculinidad en una sociedad heterocentrista es la homofobia. No vista exclusivamente en términos de considerar enfermos, pecadores o delincuentes a los homosexuales, que en sí mismo ya es un costo muy alto, sino también por consecuencias que trae aparejadas y que afectan a la sociedad en su conjunto.

      Dentro de las consecuencias de la homofobia para los propios hombres se encuentra el terror de contener en sí mismos aquello que consideran lo más deplorable, repugnante, objeto de burla y castigo, como es justamente lo que representa la homosexualidad y los homosexuales, particularmente los más afeminados, lo que obliga a la mayoría de los varones a vivir una vida escindida y con férreo apego a una vaga y mítica idea de lograr “representar” a cabalidad lo que debe ser un “hombre de verdad”. Otros hombres establecen relaciones destructivas y desgastantes con sus congéneres basadas en la competencia, la agresión y la homofobia y, por ende, con un empobrecimiento emocional.

       Para otros hombres resulta complicado el asumir su deseo homoerótico, adoptar una identidad gay o incluso desempeñar un determinado rol sexual, mostrando con ello que lo que está en juego es su posición y jerarquización en la sociedad y la dominación de lo masculino sobre lo femenino, lo que en sí mismo conlleva una naturaleza sexista y misógina.

      Las formas de vida no heterosexual, y por supuesto no las relaciones exclusivas hombre-mujer, que se construyen bajo un sistema de dominación masculina o patriarcal margina y segrega a las y los transgresores de la norma de género, pero no los excluye de sus propios efectos sexistas. Es decir, que gays, lesbianas, chichifos, mayates, traileras, fems, vestidas o bisexuales, en alguna medida, también participan en el mismo sistema dicotómico y asimétrico de género.

      En las relaciones de pareja de personas del mismo sexo también se reproducen los modelos masculino-femenino de la sociedad heterosexista, o simplemente se somete el uno al poder del otro. En el menor de los casos se es cómplice o beneficiario indirecto de los privilegios que otorga el sistema de género, sean estos dos hombres o dos mujeres.

      El caso particular de la prostitución masculina resulta paradigmático en el sentido de que da cuenta de la forma en que algunos hombres que asumen una identidad heterosexual se posicionan en términos simbólicos en el lugar de lo masculino, y representan en su interacción con el gay u homosexual al “hombre de verdad”, pero que en este acto social se establece un juego que permite, en esta relación intersubjetiva, por una parte, establecer con otros sujetos masculinos una lucha de poder entre iguales, lo que en sí mismo puede despertar un particular erotismo; pero también invertir las posiciones y pasar en términos simbólicos y prácticas concretas, en muchos casos, a ocupar el lugar de lo femenino, sin mediar en ello ningún elemento de reflexión o cuestionamiento de su autoconcepto o autopercepción.
Por otra parte, se obvian las relaciones homoeróticas por ambos interactúantes, que representan una mala copia de los arquetipos masculino y femenino de la sociedad heterosexista –o mejor dicho, que evidencian la artificialidad de la relación lineal entre cuerpo, deseo y género– al escenificar el juego de la seducción y del deseo erótico reencarnando en cuerpos masculinos sentidos simbólicos asociados a posiciones, signos y roles masculinos y femeninos. Es decir, que en este acto social se olvidan de que ambos partícipes representan masculinidades marginadas, al menos por el simple hecho de que finalmente se trasgrede en la cotidianidad el orden de género. Y que, por supuesto, va más allá de que dos hombres o dos mujeres se amen o tengan sexo en la privacidad, clandestinidad o en el ocultamiento, es decir, de que la importancia reside en la trasgresión al modelo hegemónico de la sexualidad masculina y al orden social heterosexista, homofóbico y misógino.

       Ante este panorama, se hace necesario mantener una reflexión y discusión constantes sobre el sentido de qué es ser o hacerse gay. ¿Qué significa ser gay en nuestra sociedad? ¿Qué implicaciones personales y sociales tiene el asumir o no una identidad gay? Interrogantes que aún falta responder, pero que de principio las ponemos en la mesa para invitar al diálogo colectivo. Sin lugar a dudas, son muchos los puntos que hay que debatir y de vital importancia el avance que se tenga en esta materia.

      El reto tanto teórico como político es lograr avances significativos en el esclarecimiento de lo que somos como personas, ciudadanos y sujetos deseantes, pero también implica pensar hacia donde ir. Por ello se torna fundamental la necesidad de identificar hasta dónde la conformación de identidades sexuales de carácter político ha llevado a las minorías sexuales, y a su vez a la sociedad en su conjunto, a cambios y transformaciones que concreten mejores formas de vida entre las personas, sin, por supuesto, caer en la normalización que reproduce el orden social asimétrico que pretendemos destruir, y mucho menos invisibilizar la diversidad de maneras de ser y de vivir la sexualidad de hombres y mujeres.

       Resulta por ello muy ilustrador visualizar el caso concreto de la experiencia sobre la conformación de las identidades gay y la integración social en un país latinoamericano, como es el caso de Colombia; que si bien representa un caso particular también puede compartir elementos con las experiencias de otros países del continente. Particularmente, el ejercicio de la sexualidad que cada individuo tiene derecho a realizar debe implicar a su vez un ejercicio de respeto y aceptación de las decisiones personales de los otros, de las diferencias y de la diversidad.

      Las diferencias en cuanto al deseo sexual, estilo de vida e identidades deben ser reconocidas tanto en lo privado como en lo público, para ello se requiere de espacios y recursos institucionales, legales y espirituales que garanticen los derechos de hombres y mujeres heterosexuales y no heterosexuales, situación que lleve a la integración colectiva y hacia el bien común, y a utilizar la democracia como un recurso que permita la solución de conflictos, un apego a las leyes, un respeto a las diferencias y que en su conjunto lleve al bien común.

CONCLUSIÓN

La revista LA MANZANA en este número se ha ocupado de recopilar algunos artículos que abordan las temáticas aquí tratadas. Para tal efecto, la presente edición cuenta con aportaciones de destacados especialistas en los estudios de género y de la sexualidad, que desde diversas disciplinas, como la antropología, la literatura, la sociología y la psicología, y desde diferentes perspectivas teóricas, como el feminismo y los estudios queer, se han conjugado para invitarnos a la reflexión y al análisis sobre temas sociales de relevancia tanto teórica como política.

      David M. Halperin, retomando las reflexiones críticas de Foucault sobre la sexualidad y la identidad gay, reitera la fuerza transformadora de estos conceptos, pero advierte del peligro de caer en un dogmatismo que estereotipe lo que significa ser gay o lesbiana. Se reitera la importancia de la autocrítica y de abrir la puerta a la pluralidad y a la multiplicidades de las identidades gays. Reclamando el derecho al placer fuera de la heteronormatividad y de una visión de la sexualidad como una noción médica-biológica-naturalista, el autor invita al reto de construir, inventar y recrear la pluralidad de las identidades gays.

       José Miguel Segura Gutiérrez en su texto plantea claramente como el mérito y el reconocimiento a la diferencia es parte esencial de la construcción de una sociedad democrática. En este sentido, las diferentes minorías, incluidas las sexuales, buscan que se reconozca su derecho a la existencia por parte de la cultura mayoritaria. Para contraponerse a la visión patriarcal e intolerante de los “salvadores del mundo” que tienen un gran poder político, el desarrollo de una cultura de la cooperación, la justicia y la solidaridad constituye un paso esencial para lograr una transformación social a favor de una sociedad plural e incluyente.

      Rosío Córdova Plaza, a través de su investigación sobre el trabajo sexual masculino y factores de riesgo en la adquisición de VIH/SIDA en Xalapa, Veracruz, da la palabra a los trabajadores sexuales y a los que de vez en cuando reciben compensaciones por servicios sexuales con otros hombres en esta región. Sus testimonios muestran diversas motivaciones, prácticas y niveles de identificación profesional que están relacionadas con la percepción del riesgo de contraer el VIH/SIDA y con el uso del condón como medida preventiva.

      En su artículo, Héctor Domínguez Ruvalcava narra la negociación simbólica entre homofobia y deseo de virilidad entre algunos de los héroes revolucionarios mexicanos tal como están sugeridos en la novela clásica El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán. De manera simbólica, la erotización del cuerpo de los héroes y la homosociabilidad de los revolucionarios se matizan a través de una exaltación por una pasión viril hacia la patria que hace de la homofobia una condición necesaria a la higiene nacionalista.

      Finalmente, en su conferencia, María Jesús Izquierdo retoma los costos ocultos de la masculinidad y de la feminidad en un sistema patriarcal, así como lo difícil y necesario que es escapar a él para encontrar la felicidad. La autora evidencia cómo el feminismo no es la lucha de las mujeres en contra de los hombres y tampoco una guerra de los sexos, sino un paso obligado para cuestionar el sexismo que causa daño a los hombres y a las mujeres pervirtiendo nuestros deseos sexuales y amorosos en un juego de dominación-sumisión, volviendo políticas nuestra intimidades más profundas.

      Esperamos que ustedes disfruten tanto como nosotros esa probadita de trabajos de gran calidad académica.

Referencias

CONNELL, Robert (2003). Masculinidades, México: PUEG-UNAM.
SCOTT, Joan (1997). “El género: una categoría útil para el análisis histórico”, en: Marta LAMAS, El género: La construcción cultural de la diferencia sexual. México: PUEG-UNAM/Porrúa.