El cuerpo del héroe. Homofobia y homosociedad en El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán1


por Héctor Domínguez Ruvalcava
The University of Texas at Austin

 

Al llegar a San Antonio, Texas, en su periplo hacia Sonora, donde se pondrían a las órdenes de los jefes de la División del Norte, Martín Luis Guzmán y Alberto Pani fueron recibidos en la estación del ferrocarril por José Vasconcelos, quien al verlos empezó a lanzar voces de júbilo celebrando el éxito de Francisco Villa en la toma de Ciudad Juárez. “¡Ahora sí ganamos! ¡Ya tenemos hombre!” (35). Los éxitos militares del mítico guerrillero es tema de numerosas narrativas históricas encargadas de hacer visible el tejido simbólico que compone la patria revolucionaria. En su entusiasmo épico coronado de proclamas que enardecen a las masas a ajusticiar a los enemigos públicos, los discursos revolucionarios depositan en los cuerpos masculinos una serie de virtudes que en vez de sustentarse en los valores éticos de la rebelión se materializan en una especie de erotismo bélico, donde el genio militar se traduce como cuerpo que seduce, embiste, fecunda, penetra, según hemos de descubrir constantemente en la descripción de los hechos de guerra a lo largo de la novelística de la revolución.

      La exclamación de Vasconcelos en la estación de San Antonio frente a sus sorprendidos visitantes es una garantía de que la justicia histórica se cumple, la patria materializa su imagen –o es imaginada en el sentido de Benedict Anderson– como cuerpo poseído por el héroe. “Tenemos hombre” habría entonces de llevarnos a un acto erótico mítico de engendrar la patria. Lejos de comprender estas imágenes bajo un correcto pudor retórico que todo lo alegoriza, me interesa destacar el entusiasmo de Vasconcelos y sus visitantes como los índices de una sociedad homofílica. En El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán encontramos un narrador autobiográfico que nos presenta una visión íntima del escenario armado. Narrar la revolución para esta novela se visibiliza en la superficie descriptiva como un narrar los contactos entre los cuerpos de esos hombres que engendran la patria. Más acá de la alegorización que nos remite al cuerpo abstracto patria, lo que se observa es un intercambio afectivo cifrado en la mirada de los hombres hacia los hombres. El narrador de El águila y la serpiente está al tanto de presentarnos la imagen del héroe como un cuerpo deseable, es decir como un cuerpo construido desde una mirada que exhibe su admiración por los próceres en términos de veneración. Si bien podría hablarse de una mirada piadosa hacia el ícono sagrado, lo que resulta de esta veneración es más bien una exaltación por sus atributos viriles y, por lo tanto, una erotización de la mirada.

[…] Pani admiraba ya a Obregón y se sentía atraído por el temple autoritario del Primer Jefe. Por Obregón, desde luego, su simpatía era tanta que de él llevaba entonces en la cartera un retrato en tarjeta postal […] y a menudo, rebosante de sincero patriotismo, lo sacaba para mirarlo, mientras decía:
–Con tres hombres así, ¿a dónde llegaría México? (35-36).

      La veneración de Pani por Obregón se desliza de la imagen del retrato al símbolo de la patria. La noción de la patria se presenta como destino del entusiasmo y la imagen de Obregón como elemento que media entre Pani y aquélla. La relación trópica entre Obregón y la patria la establece el deseo por la imagen autoritaria que nos remite al “tenemos hombre” de Vasconcelo y que erotiza al nivel del propio léxico la relación entre los héroes y los que los significan como tal.

      Para Bajtín, el héroe se encuentra al centro de la mirada del narrador, esto es, su comprensión y construcción como héroe depende de la voz que lo focaliza (13). El héroe aparece desde el fuera que lo establece como centro del deseo. Así, el advenimiento del héroe llega a efectuarse por la mirada del otro que lo representa. El mecanismo que podemos observar en la construcción de la imagen heroica de Obregón nos permite reconocer que el deseo del héroe es el deseo de su autoridad y su hazaña, que van inscritos en esa imagen conservada en la cartera. La aparición del concepto de patria aparece entonces como una vía de escape a la fascinación por la virilidad. Se trata de una alegorización que restablece el plano de las esencias antes de que la homofobia culpabilice la veneración. La patria entonces suspende el deseo que claramente había definido la mirada hacia el héroe, cumpliendo entonces con los requerimientos de la homofobia nacionalista de los revolucionarios que habríamos de rastrear en todas las expresiones de repudio a lo extranjerizante que a menudo se han manifestado con respecto a los amaneramientos de los oligarcas del porfiriato. La escritura de El águila y la serpiente (1928) se efectúa en el contexto de una de las más acaloradas polémicas en torno a la cultura revolucionaria cuyos protagonistas –a saber, los poetas del grupo de la revista Contemporáneos por un lado y los del grupo de los estridentistas, novelistas y pintores de la revolución, por el otro– argumentan en torno al nacionalismo y el antinacionalismo, donde lo nacional se asocia a la virilidad y lo antinacional al afeminamiento. La novela de Martín Luis Guzmán respondería a esta polémica en términos de exaltación de la virilidad nacional, para lo cual no podría evitar el deslizamiento de una mirada homofílica.

      Un deseo de lo viril que se suspende sin plantearse como una consumación es, entonces, un deseo acorralado por el pánico homofóbico. Así, la ley simbólica que en Martín Luis Guzmán ha de entenderse como la nación homofóbica impone su limitación a cualquier sugerencia erótica en la descripción del cuerpo masculino, dando como resultado una nacionalización del erotismo, un traslado del cuerpo del héroe al cuerpo abstracto de la patria, tal como puede leerse en frases como: “retozaban los misteriosos resortes de la nacionalidad” (40) o “el corazón iba bailándonos de gozo conforme las raíces de nuestra alma encajaban como en algo conocido, tratado y amado durante siglos” (40). Tales expresiones son parte de la descripción de Pani y Guzmán mientras cruzan el río Bravo hacia Ciudad Juárez para entrevistarse con Francisco Villa. La emoción de estas frases describe un encuentro con la nación, sin embargo, el verbo retozar y la penetración gozosa a que se refieren, nos devuelven al plano del erotismo. El deslizamiento iniciado desde la erotización del cuerpo del héroe hasta la erotización del cuerpo de la patria completa un ciclo de transfiguraciones donde desear al héroe para copular con la patria cumple con un proceso de condensación, es decir, son dos imágenes yuxtapuestas de un mismo acto deseante.

      En esta alegorización que trianguliza héroe, patria y narrador, la descripción del cuerpo como presencia táctil nos brinda momentos de estrecha relación entre los hombres. La homosociedad de los revolucionarios se mantiene en el umbral de un goce nunca nombrado y siempre visibilizado como mera eventualidad sensitiva. Al llegar al cuarto donde se han de entrevistar con Villa, el personaje y narrador Martín Luis Guzmán describe el acercamiento como sigue: “[…] yo, a invitación del guerrillero, me había sentado ya en el borde del catre, a un dedo del cuerpo que lo ocupaba. El calor de aquel lecho penetró mi ropa y me llegó a la carne […]” (45).

      Mientras que el cuerpo representado en el retrato de Obregón produce un proceso de alegorización que termina por erotizar al héroe y la patria por igual, en este momento presencial del cuerpo de Villa, la concreción carnal del héroe no parece traer consigo ningún escape emblemático. Se trata de la materialización de un cuerpo que se desea y se teme, un cuerpo cuya significación fluctúa entre la admiración y el peligro. Así, el narrador describe al guerrillero como un “jaguar a quien pasábamos la mano acariciadora por el lomo, temblando de que nos tirara un zarpazo […]” (46). Cuerpo temido y deseado vienen entonces a reiterarnos el umbral que suspende el deseo sin consumarlo. La frase de Vasconcelos “ya tenemos hombre” vuelve a la mente del personaje-narrador tras esta entrevista con Villa, ahora despojada de la alegoría de la patria, como indicadora de un cuerpo producido en la liminalidad que en esta novela va a definir al deseo.

      Dicha liminalidad, como hemos visto, se describe en esta narrativa ya sea como un momento de erotización y fuga emblematizante del cuerpo del héroe o ya sea como el espacio del peligro y atracción ante su presencia. En ambos casos, lo que observamos es la construcción de una estrategia para no llegar a la consumación del deseo, lo cual va a llevarnos a plantear que la narrativa de El águila y la serpiente se basa en una economía de la producción infinita del deseo del héroe, como si fuera una búsqueda interminable de desvíos para nunca llegar al objeto del deseo. Esto es, nunca llegar a denotarlo como tal. Nombrarlo es el modo de terminar con el deseo, puesto que nombrarlo haría posible su movimiento contrario, su abyección o su condenación. De esta manera, mantenerse en la liminalidad del deseo se hace a condición de mantenerse dentro de los marcos de la ley social que dicta la homofobia como condición necesaria de la higiene nacionalista.

Nombrar la sexualidad, según se entiende en los pronunciamientos de las políticas de identidades sexuales, tiene el sentido de definir los cuerpos según sus prácticas privadas, agruparlos bajo el criterio defensivo en contra de la segregación realizada por la norma heterosexual dominante. De ahí se han producido las clasificaciones de homosexual, lesbiana, bisexual, transexual o transgénero que se manifiestan como posiciones de lucha por el respeto a estilos de vida alternativos. Los cuerpos de los hombres de El águila y la serpiente no se proponen como identidades sexuales sino que se deslizan por debajo de las definiciones. Prácticas que escapan al nombre, se trata de lo que Marjorie Garber llama “Latin bisexuality”, con lo cual se refiere a las prácticas homoeróticas hechas por hombres que no por ellas dejan de considerarse a sí mismos heterosexuales (30). Al no plantearse en el terreno de las identidades alternativas, el deseo por el héroe expresado en la novela de Guzmán parece orientarse hacia la consolidación de la imagen viril, por lo tanto podría leerse como una homofilia virilizante y no como una política de grupos excluidos.

      La fuga de Villa de la cárcel de Tlatelolco es uno de los episodios de la novela de mayor relevancia con respecto a esta atracción homofílica por el héroe. Carlitos Jáuregui, su secretario, conoció al guerrillero en el juzgado cuando fue a transcribir su interrogatorio. Le dice Jáuregui a Guzmán: “[l]o que sí conservaba idéntico era el toque de ternura que asomaba a sus ojos cuando me veía. Esa mirada que se grabó en mí de modo inolvidable, la descubrí desde la primera ocasión en que el juez me encargó de asentar en el expediente las declaraciones que Villa iba haciendo […]” (164). Días después, desde las rejas, Villa lo aborda para interrogarlo sobre su semblante triste y le promete sacarlo de sus penas. Jáuregui busca a Villa diariamente e incluso no puede dormir preocupado de no ser capaz de corresponderle. En todo el episodio, un doble discurso hace visible y a la vez encubre una atracción entre Villa y Jáuregui. Las miradas y las expresiones de cariño de Villa hacia Jáuregui, quien a lo largo de toda la novela será tratado en diminutivo, son el marco de una fuga que da inicio a una relación que va a mantenerse por todos los años de lucha armada.

       La intimidad entre hombres de El águila y la serpiente escapa al juicio homofóbico a través de un silencio bajo el cual el cuerpo parece actuar sin acotaciones. La mirada y el tacto no han sido codificados como signos del pecado nefando sino como modos de ocio equiparables al vicio, el relajo, la fiesta, según lo describe Guillermo Núñez Noriega en su trabajo etnográfico sobre el homoerotismo rural del norte de México (209-210). El idilio de Villa y Jáuregui aparece como una especie de lealtad íntima emergida al calor de las peripecias de la guerra. Las hordas de los soldados revolucionarios, parecen entregarse ciegamente a la excitación propiciada en el vaivén del peligro y la euforia. Martín Luis Guzmán ha sido informado de las fiestas multitudinarias que organiza el general Carrasco durante la ocupación de Culiacán y se dirige a buscar el sitio. Al llegar, dice:

[…] tropecé con algo –al parecer con las piernas de un cuerpo recostado contra la pared– y me fui de bruces hacia el lodo. Pero al extender los brazos en el curso de la caída, mis manos, abiertas en anticipación del suelo, dieron milagrosamente en la ropa de otro cuerpo, al que me agarré. Este segundo cuerpo estaba a pie firme, según noté en seguida, y fue a sus piernas a lo que me mantuve asido mientras mis rodillas se posaban en el lodo con fresca blandura. Mi salvador invisible pareció entender lo que me pasaba, pues sentí una mano fuerte que me cogía por la axila, que me ayudaba a enderezarme y que, por último, me soltaba un instante para convertirse en brazo echado sobre mis hombros, brazo cariñoso, brazo que me apretaba el cuello con inesperado afecto, sensación que se desvaneció en mí en el acto para resolverse en la de un olor humano desagradabilísimo y a vueltas con el tufo del mezcal. Entonces hice un vigoroso movimiento para soltarme de aquel cuerpo que se me juntaba; pero como el brazo me sujetó con mayor fuerza, y al mismo tiempo una puerta de la acera de enfrente dejó escapar un rayo de luz, me torné inmóvil. El que me abrazaba dijo:
–¡Anda, pos y que te me queres ir! […] (95-96).

      Por más de dos horas el hombre desconocido estuvo asido de Guzmán. Al igual que en la relación de Jáuregui y Villa, lo corporal aparece sin precisarse, transcurre en la penumbra sin definirse. Se trata de una pura corporalidad, de una serie de circunstancias en las que suceden los contactos, los afectos no son más que expresiones furtivas, y los signos que acaso llegaran a articularse al respecto no pasan de descripciones de actos accidentales o irresponsabilizados en la torpeza de la embriaguez. Es en esta composición delirante donde hemos de encontrar el trasfondo de una negociación simbólica entre homofobia y deseo de la virilidad, las dos caras de la nación que han sido imaginadas a través del cuerpo del hombre.

Bibliografía

Bajtin, Mijail (1982). Estética de la creación verbal. Trans. Tatiana Bubnova. México: Siglo XXI.
Garber, Marjorie (2000). Bisexuality & the Eroticism of Everyday Life. New York: Routledge.
Guzmán, Martín Luis (1928). El águila y la serpiente. Madrid: Compañía Iberoamericana de Publicaciones.
Núñez Noriega, Guillermo (1999). Sexo entre varones. Poder y resistencia en el campo sexual. México: Miguel Ángel Porrúa-El Colegio de Sonora-UNAM.


1 Este trabajo es un extracto del libro From Sensuality to Bloodshed: Modernity and the Nation in Mexican Representations of Masculinities, en prensa.