Los costos ocultos de la masculinidad

María Jesús Izquierdo
Universidad Autónoma de Barcelona


Hay una canción con el tema que quiero tratar aquí, cuya letra dice: “si yo te alcanzara el sol y las estrellas, mejor no, porque si te los alcanzo no te va a caer nada bien, el sol te va a quemar, las estrellas te van a deslumbrar, o sea, que mejor no te alcanzo todo eso que me pides” y acaba diciendo “eres una interesada”. El tema fundamental es cómo el hombre le razona a la mujer: “me estás pidiendo muchas cosas, que te van a sentar horriblemente mal si te las doy y, además, qué interesada eres”. Diría que esta canción resume el drama de la masculinidad y muestra la cara oculta del patriarcado, ese sistema de relaciones que hace que cuando tomas un periódico lo único que ves es hombres tomando decisiones importantes, y mujeres referidas a servicios de carácter sexual o de otro tipo; esa constante tiene que ver con la organización patriarcal de la sociedad. Es una cara del patriarcado que muestra que los hombres que se ajustan al patrón de la masculinidad dominante no ganan en todos los terrenos, sino que hay algunos en los que pierden, no hay victorias totales y avasalladoras en la vida. Cada victoria entraña algún tipo de pérdida y, por lo tanto, me interesaría hablar desde ese otro lado.

      Qué sentido tiene que una mujer le diga a los hombres cómo los ve: “te voy a explicar todo porque parece que no te enteras, chico”. Esta disposición a hablar sobre el tema podría indicar una pretensión de superioridad, suponer que yo tengo mejor visión, en tanto que mujer, que el hombre para hablar de sí mismo. Pero, podríamos pensar en otros términos: se puede establecer un diálogo con esos seres humanos que adoptan la posición hombre en un sistema de relaciones, y ese diálogo tiene algo que ver con las posibilidades de cambio.

      Claro, podríamos organizar el análisis presentando a los hombres como un sujeto social discriminador, explotador, violador. En ese caso el análisis se agota, aunque no digo que no deba hacerse. Y aquí estaríamos formulando un proyecto político que consistiría en hacer que los hombres dejen de tener poder, para que las mujeres ocupen una posición de poder, y esto es así si nos centramos sobre todo en el hombre como un sujeto que discrimina, que explota, que viola, que daña, que maltrata, etc.

      Hay otro camino, sin embargo. Cabría la posibilidad de que las mujeres, cuando dialogamos con los hombres sobre la cuestión de la masculinidad, lo hagamos mostrando que las mujeres podemos ser concebidas como un sujeto histórico universal1. Qué quiere decir esto, que nuestra particular posición de opresión y explotación en unos terrenos tan particularmente sensibles para todo ser humano, como la explotación y el sometimiento, que está asociada a la actividad de cuidar a la vida humana, podría tal vez ponernos en la posición de sujeto histórico universal. Nos encontramos en una posición estructural que nos permite señalar cuestiones relacionadas con la mejora de la vida de los seres humanos, más allá de esas categorías opuestas y enemigas que son la categoría mujer y la categoría hombre.

      Tal vez en un sistema de relaciones que está presidido por la explotación y por la opresión, los sujetos explotado tienen una visión del sistema de relaciones que aporta bienestar no para sí mismos, sino para la comunidad en su conjunto; esto significaría que nos tomamos como sujeto histórico universal. Aquí diferiría de la posición de que el sujeto político universal pueda dar cuenta de cualquier aspecto de la vida humana. Sino que es universal en el sentido de que podemos adoptar el punto de vista general para ciertos aspectos, que podrían ser, solamente, los relativos a las condiciones de producción y cuidado de la vida humana, y el impacto que tiene en ciertos sistemas de relaciones sobre la imposibilidad de tener cuidado de la vida humana.

      En ese sentido, creo que podemos realizar una crítica a las acciones de los hombres, no considerándolas propiamente la actividad de un sujeto consciente, sino la actividad y producto social efecto del poder. Esto implica ofrecer una visión de los hombres no como sujetos, sino como objeto del patriarcado. También significa que cuando hablamos de mujeres y hombres no estamos hablando de entidades que existen a priori y que bajo ciertas condiciones se oprimen y dañan, sino de un proceso de construcción de subjetividades que da como resultado la emergencia de dos categorías sociales –no me estoy refiriendo a categorías biológicas–, siendo la una el hombre y la otra la mujer. Examinándolo en estos términos, si el hombre y la mujer son efectos de poder, las acciones del hombre y la mujer son expresión de la falta de un sujeto en la acción. Falta de un ser que decida conscientemente lo que hacer de su vida, pura expresión del poder que le ha construido, repetición de un sistema de relaciones que le ha constituido, que ha construido su propia subjetividad e incluso la capacidad de expresar lo que siente o la discapacidad de expresar lo que siente, desea, etcétera. Incapaz incluso de plantearse los deseos como algo propio, sino más bien como algo fuera del control del hombre y de la mujer. La mujer, como sujeto político universal, evidencia que hombres y mujeres son objetos del patriarcado.

      Otra premisa que permitiría concebir a la mujer como sujeto histórico universal –fijaos que voy a decirle a los hombres que nosotras somos el sujeto histórico, ya veremos si nos lo aguantáis… o nos lo tenéis que aguantar– es que el análisis de la opresión y de la desigualdad hombre-mujer se presenta no en términos de unas dañadas y otros dañadores, sino en que la estructura misma favorece, posibilita y alimenta el sufrimiento en el explotador y la explotada, en el opresor y la oprimida. En la misma medida en que podemos referirnos al patriarcado como sistema de explotación, de opresión de un colectivo respecto de otro colectivo, constituyendo categorías que podríamos asimilar a las de la clase social en cuanto al modo de relación patriarcal, podremos trazar un discurso donde se señale qué efecto de las estructuras sufre el dominador. No puede ser feliz; tendría que poder, pero no adquiere condiciones para el desarrollo personal, para la interrelación con aquellos de su grupo de sexo y con aquellas del grupo del otro sexo.

      Desde esta perspectiva se estaría en condiciones de realizar un análisis crítico, que permitiera que tanto la mujer como el hombre recuperaran la agencia, entendiendo como agencia la posibilidad humana de reflexionar sobre la índole de su conducta, las consecuencias de lo que hace, las formas en que se puede comportar y las soluciones alternativas a perseguir un fin. A mí me parece que habría dos caminos, uno sería “soy maravillosa y perfecta”, “maravilloso y perfecto”, y el otro algo tan sencillo como “quiero disfrutar de la vida”. Vamos a montar un sistema de relaciones, problematizando el existente, de manera que nuestro objetivo claro, transparente, visible directamente, sea que queremos estar bien. En qué condiciones va a ser eso posible. De los caminos posibles observo dos; y estoy haciendo una reducción.

      El uno se fundamentaría –creo que lo hemos usado mucho las feministas y por lo tanto me incluyo entre quienes lo hemos usado– en la culpa: “qué malos lleguéis a ser, qué espantosamente malos, vais a ir al infierno de la igualdad, de la justicia y la democracia de cabeza, si continuáis siendo así de malos como sois”. Y con esto ocupamos una cómoda posición de juez. Entonces quién cae en la cesta de los buenos, y quién cae en la cesta de los malos. Me interrogo sobre los efectos que tiene examinar la opresión, la dominación, la violación, el maltrato, en términos de una película de buenos y malos, donde las nuevas inquisidoras enviamos al infierno de la justicia a los malos y espantosos hombres. Apelar a la culpa activa un resorte psíquico peligrosísimo. La culpa no busca felicidad, la culpa busca castigo.

      Cuando se activa el sentimiento de culpa en un individuo o una colectividad, la paradoja es que la búsqueda de la realización del castigo por ser tan malo va por caminos bien tortuosos. Una forma de conseguir el castigo –quien tenga criaturas que educar lo sabe perfectamente– es profundizar en el daño, ser peor todavía, “a ver si finalmente me castigan de una vez”. Habéis visto que hay una especie de espiral en los niños o niñas cuando no se les pone límite; si simplemente se les dice que son malos, pero no se les pone límite, entonces buscan ser castigados. Y hemos observado que cuando los castigas y dices: “hasta aquí”, “vete a tu habitación”, “no veas la tele”, “no te voy a dar la paga de esta semana”, etcétera, vuelve a reinar la calma y la criatura vuelve a comportarse con suavidad, cariño, etcétera. Así pues, no creo que sea una buena estrategia apelar al sentimiento de culpa en los hombres; es un camino enormemente destructivo y enormemente perverso, ya que la culpa pretende que la búsqueda de la felicidad pase por el castigo. Es el modelo católico y no sé si el modelo de otras religiones. Para ir al cielo, que es la felicidad absoluta, de momento me machaco sin parar y, después de machacarme, al cielo. Porque se establece una relación positiva entre machacarte, destrozarte la vida, renunciar a tus deseos, e ir al cielo de la felicidad eterna. No sugeriría que este fuera el camino y por lo tanto, no alimentaría una manera de hablar a los hombres desde mi posición estructural de mujer en términos de “sois unos malos, malandrines, y vais al infierno de la justicia, la igualdad, etcétera”.

      Sugeriría, en cambio, que el discurso se construyera despertando en los hombres el deseo de ser felices y la posibilidad de que eso en alguna medida se realice. La felicidad absoluta ya sabemos que no es posible, pero podemos vivir momentos de felicidad, procurando que sean repetidos, y soportar las penalidades intermedias entre momento y momento de felicidad. Éste puede ser un discurso que haga de la mujer sujeto histórico universal, es decir, alguien capaz de hacer una propuesta que no se refiera solamente a los intereses sectoriales de las mujeres sino a los intereses de la colectividad, tanto hombres como mujeres. Es más, colocarse en la posición de ese sujeto lleva a la disolución de las categorías de género –que no a afirmarlas–, a la pérdida de pertinencia de la masculinidad o la feminidad, para que gane pertinencia la posibilidad de que cada ser humano devenga sujeto de su vida. Que exprese las cualidades como un hecho individual, y no simplemente como un hecho estructural. Que cada cual exprese su diversidad de tal modo que categorías como hombre o mujer no sean adecuadas para clasificarnos, porque la enorme diversidad de posibilidades en cada uno de los colectivos haga del todo imposible la clasificación. De hecho, lo que permite esa clasificación es la existencia de relaciones estructurales entre uno y otro grupo, y no una diferencia intrínseca tal entre las mujeres y los hombres que justifique clasificarnos, a las unas y a los otros, en dos categorías diferenciadas de género.

      Voy hacer una revisión al panorama teórico y luego veré cómo interpreto lo que he leído, escrito por los hombres, sobre masculinidad. Intentaré ser lo más breve posible, pero querría situar esto antes de abordar el tema de los costes ocultos de la masculinidad.

      Diríamos que hay una primera aproximación donde el movimiento feminista, el primer feminismo, el sufragismo, lo que está persiguiendo es la realización del ideal liberal de un sujeto autónomo, independiente, al que no se le oponen barreras para su realización. Por lo tanto, se está omitiendo el peso de las circunstancias sociales en la constitución de la subjetividad, y se está formulando el problema de la desigualdad de la mujer en términos de barreras externas que se imponen a la realización de la igualdad, barreras que son básicamente legales. Se busca la supresión de las barreras legales, y permitir que cada cual organice su vida como mejor le parezca. El feminismo reelabora sus planteamientos y da constancia de que esa visión liberal tiene una falla y ésta es que ignora el peso de las circunstancias en la construcción de la propia subjetividad, de tal manera que una persona no pierde su autonomía porque haya barreras exteriores si no que se construye como sometida, por tanto, las barreras son también internas. Sus deseos son los deseos de un ser sometido, y no puede pensar más que desde ese lugar. Adicionalmente, una segunda crítica señala que la pura supresión de barreras legales no garantiza la igualdad, aún en el supuesto de que el hombre y la mujer tuvieran las mismas oportunidades, la carrera por la igualdad, por la libertad, por un lugar en el mundo, arranca en dos posiciones distintas. La mujer arranca diez kilómetros más atrás, y debido a esos obstáculos llega en paralelo, pero con diez kilómetros de retraso. Van a la misma velocidad, pero como el punto de partida es distinto, llegan a distinto punto.

      Por lo tanto, el movimiento feminista revisa sus planteamientos –sabemos que éste es diverso, estoy simplificando– y hace un nuevo planteamiento: que la igualdad a la que nos referimos no es de oportunidades sino de resultados. Quiere decir que a los desiguales no se les puede tratar igual, porque si se les tratara de igual modo, con los mismos recursos y condiciones de vida, no van a obtener los mismos resultados, van a obtener unos resultados menores. De tal manera que la lucha contra la discriminación implica discriminar, tratar desigual a los desiguales. Paralelamente a ese camino se señala la posibilidad de que al exigir igualdad respecto de los hombres, las mujeres están perdiendo su diferencia, y lo que se está haciendo es masculinizarlas, puesto que se presenta al varón como un modelo universal, como lo único posible.

      Es aquí donde aparece el feminismo que ha venido en llamarse de la diferencia, que en unos países ha tenido más preeminencia que en otros. Básicamente vendría a reclamar la inclusión de lo femenino en el mundo, del modo de ver, modo de valorar, modo de ser femenino en el mundo.

      La verdad que yo estoy poco esperanzada respecto de esta opción de reclamar la diferencia. Si aceptamos que la mujer y el hombre son efectos de poder, lo que se nos presenta como diferencia hombre-mujer es el efecto de un sistema de opresión. Lo que llamamos feminidad es la construcción de una subjetividad de sometido y lo que llamamos masculinidad la construcción de una subjetividad de sometedor, de explotador. No es que vaya a discutir la existencia de una diferencia intrínseca varón-mujer; luchemos contra la desigualdad y si somos diferentes se verá. Pero, lo que ahora vemos no son diferencias, es la desigualdad. Eliminemos la desigualdad y veamos si afloran las diferencias; luchemos contra la desigualdad. Para empezar diría que las mujeres caemos en la trampa que han caído los países occidentales examinando el planeta, de tal manera que ciertos grupos de mujeres blancas, de países occidentales con un cierta relevancia social o sus equivalentes en cualquier país, dicen hablar en nombre de la mujer, cuando sólo hablan en nombre de sí mismas. En ese hablar refiriéndose a la generalidad mujeres se oculta la desigualdad entre las mujeres.

      Algo sospechoso que he captado en mi propio país es que cuando se habla de relaciones laborales se presta mucha atención, por ejemplo, a la cuestión de la discriminación salarial, es un tema central cuando se denuncian las condiciones de trabajo de las mujeres. No digo que el tema no sea pertinente, que lo es, pero lo que es llamativo es que si examinamos la diferencia salarial por segmentos de población trabajadora encontramos que las diferencias más elevadas se producen precisamente entre las que hablamos sobre las mujeres. Estamos discriminadas salarialmente, las más discriminadas somos las que tenemos ingresos más altos, y aquí estaríamos tomando la voz de todas las mujeres para defender nuestros propios intereses. No digo que se haga con mala fe, pero no hay nada más magnífico que no tener mala fe cuando se hace un uso abusivo de los demás, porque no hay mala conciencia, y no te lo tienes que plantear.

      La desigualdad hombre-mujer es estructural, y hay desigualdad entre mujeres. Desde la idea de esa generalidad mujeres podemos salir a las calles a luchar por la desigualdad hombre-mujer y, posiblemente, esa demanda apela a cada una de nosotras no importa nuestra condición social, económica, etcétera. Si vencemos en esa lucha por adquirir los derechos de los hombres, cuando regrese a casa qué voy a llevar en el bolsillo, y cuando regrese una campesina de Chiapas qué va a llevar en el bolsillo cuando ha conseguido esa igualdad respecto a los hombres de su etnia. Pues no exactamente lo mismo que llevo yo en el bolsillo. Pero, la cara la hemos dado las dos igual, y hemos cobrado por darla las dos igual, pero a casa no regresamos con los mismos bienes. Porque no hay un hombre universal, hay un hombre en Chiapas, otro hombre que es obrero, otro hombre que está en el paro y otro hombre que es ministro. Si vivo al lado de un ministro, yo quiero ser ministra, no desde luego campesina de Chiapas, mi sueño no es ser como un hombre campesino de Chiapas, me parece que no. Por bonitas que sean las diferencias étnicas, no voy a pensar en eso, me parece que no. Por lo tanto, se hace relevante la desigualdad entre las mujeres, y eso significa: “oye, no me digas que la mujer es una esclava para el hombre, porque se me queda como cara de tonta cuando me dices eso, porque yo soy literalmente tu esclava, a mí me han comprado de verdad y me han vendido, y tú dices ser esclava, pues no acabo de entender si es la misma esclavitud, si vale la categoría esclava igual para ti que para mí”. Esta discusión es relevante.

      Y en este punto voy a iniciar el tema de la masculinidad.

      Podemos abordar el sexismo construyendo una categoría imaginaria de opresor que sería como proyectar sobre el otro todo aquello que no podríamos soportar en nosotras mismas. A veces sospecho de cuando hacemos una narración de nuestras cualidades en términos de ternura; y dado el entorno en que defendemos que somos tiernas, pues como que me confundo mucho. Estamos proyectando fantasmas sobre el otro, en aspectos que rechazamos en nuestra propia subjetividad. Digo yo: “cómo voy a ser tierna, si me están explotando cada día”, pues no queda mucho espacio para ternura, y digo yo: “cómo va ser una tierna si tiene que cuidar de sus viejos y los de su marido, y eso le impide tener una carrera profesional”. No sé de donde va a sacar la ternura para cuidar viejecitos encantadores, más bien va a estar como rabiosa ¿no? Es atrapante, es una trampa esa historia de proyectar sobre el otro. ¿El otro es el enemigo?, yo sugerirá más bien –y ahí me sumo a una sugerencia de Kristeva, que levantó ampollas– que el sexismo está en cada una y cada uno, y que la lucha es contra el patriarcado y el sexismo, no contra los productos del patriarcado y del sexismo.

      Kristeva lo dice en estos términos:

[…] pienso en primer lugar en una desdramatización de la lucha a muerte entre los sexos, no en nombre de su reconciliación, el feminismo ha tenido por lo menos el mérito de hacer aparecer lo que tiene de irreductible, de mortífero incluso, el contrato social [mata, el contrato actual social, la actual manera de organizar las relaciones sociales, es asesina], sino para que su violencia [es decir, la violencia de esa lucha] opere con el máximo de intransigencia en el interior de la identidad personal y sexual en sí, no en el rechazo del otro.

Qué significará eso; que si se me pide que hable para hombres lo que les voy a decir no es que son malos, sino que me voy a plantear porqué me gustan hombres de más envergadura, que me agarren fuerte cuando bailamos, que me lleven en un carro grande, aunque luego diga que en realidad los bienes materiales pues como que no me interesan, les pida la lana y les impulse a que intenten conseguirla, y cosas de este tipo. Ahí está la lucha, y posiblemente la construcción imaginaria del hombre. Es una manera de proyectar fuera la furia y la rabia que me despierta que me gusten los hombres como armarios y no los recogiditos, que me daría menos disgusto si la cosa se pone negra, porque claro, si son recogiditos, chiquitines, repartiendo leña pues igual no cobro tanto, y a lo mejor cobro menos.

      Tenemos la capacidad de examinar el sexismo en términos de un sistema de explotación, de opresión, de violencia, que construye dos categorías, opuestas y enemigas. Y a la vez que se construye una teoría de esta naturaleza, examinamos a cada ser humano más bien como producto, como construcción de ese sistema. Por lo tanto, consideramos que el primer enemigo que tenemos las mujeres es nuestra manera de ponernos ante los hombres, más que los hombres mismos. Muchas veces proyectamos sobre el hombre cualidades que desearíamos que el hombre tuviera: que sea así de fuerte, de viril, de poderoso, que me abrace con tanta fuerza que me apachurre… Y me mata, ¡claro! O bien, proyectamos en él cualidades que no aceptamos en nosotras mismas.

      Vayamos ya a la masculinidad, he hecho un recorrido seguramente sesgado, no espero que se entienda de otro modo. Al revisar qué dicen los hombres de la masculinidad, lo que observo como una idea claramente dominante es que el sexismo genera sufrimiento en los niveles de la subjetividad de los hombres; sí que hay un mensaje en el sentido que produce sufrimiento a nivel subjetivo. Hay menos referencias, en cambio, a la estructura misma de las relaciones sociales y sexuales, y cuando se hace mención al patriarcado no se habla de la explotación. Entiendo como explotación una transferencia sistemática de recursos de las mujeres a los hombres que hace que cuando un hombre acaba su vida está en mejor posición social, mientras que una mujer está devaluada. Y el hombre llega a la conclusión que mejor 2 de 25 que una de 50, mientras que para una mujer de 25 más vale uno de 50 que dos de 25. ¿Que qué quiere decir eso?, pues algo muy sencillo: en el trayecto de los 25 a los 50 años, la mujer ha sido explotada y el hombre se ha beneficiado de la explotación a la que está sometida la mujer. Se reconoce la relación estructural y se reconoce que la naturaleza de esta relación es de explotación.

      Pero, de repente, se plantea que como los hombres son muy buenos, entonces van a mirar. Porque: “no hay derecho, pobres mujeres, no se puede aceptar su situación” –obviamente estoy ridiculizando. No me despierta la más mínima confianza que una persona luche porque los demás están mal, me fío más de la gente que lucha porque ella misma está mal. Ha de haber un modo de entender que la estructura patriarcal de las relaciones produce daños no sólo en términos subjetivos, sino en términos de condiciones de trabajo, condiciones de intercambio, por lo tanto en todo ese ámbito material de la producción de existencia, y no sólo a las mujeres, sino también a los hombres. Y lo que creo es que sería muy interesante que los hombres narraran por qué la posición de ganador de pan no les gusta, narraran por qué el hecho de que su salario sea para una familia y la mujer gane menos que un salario individual les causa daño, no los beneficia. “¿Qué daño me produce todo eso y cómo es que no puedo llorar, y cómo es que no puedo expresar mi ternura, y cómo es que no puedo abrazar en público a un niño y ocuparme de las papillas? Pues claro que es relevante todo eso. Pero eludir la dimensión estructural del sexismo… como feminista me desencuentra con los hombres sensibles la escasa atención que prestan al patriarcado y a las relaciones de explotación y dominación que caracterizan a ese sistema.

      He leído entre los textos y algunos me han parecido muy interesantes, y me han enseñado cosas. Por ejemplo Matthew Gutmann tiene un libro que se llama Ni macho ni mandilón que examina las masculinidades en la ciudad de México, y lo que viene a señalar es qué tan contradictoria es la cuestión de la masculinidad. Haciendo una panorámica de lo que se verbaliza en los recuentos que se hacen de lo que es la masculinidad y de las prácticas, una cosa es lo que la gente dice que es masculinidad y otra cosa es su práctica cotidiana como varón, qué hace. Hay una disyunción entre una y otra, y nos hemos inventado un macho mexicano y luego aparece un señor con un niño en brazos, y uno como que no acaba de computar la posibilidad de ese hombre abrazando a un niño, cuidándolo mientras se ocupa de su tienda de abarrotes o de lo que sea.

      Otra manera de problematizar la masculinidad es el ejemplo que nos ofrece Willis, en su libro Aprendiendo a trabajar. Pone en cuestión esa idea tan burguesa de que el estereotipo de la masculinidad consiste en que el hombre es racional y la mujer es emocional. Lo que se examina en ese libro es que los hombres se forman; la formación del obrero es también la formación de un tipo de macho, que desprecia la reflexión, desprecia la razón, desprecia el cálculo, desprecia la capacidad de enfriar los sentimientos antes de hacer. Ese desprecio alimenta una cierta categoría de hombres. Los que van a ser obreros alimentan la irracionalidad, la falta de cálculo, la espontaneidad, que afloren de manera automática los sentimientos, los deseos. Cualidades que por otra parte se supone que son las femeninas, eso de que pensamos poco y que actuamos desde el corazón. En cambio, en el proceso de constitución de otras masculinidades, asociadas a la clase dominante, el control de las emociones es fundamental y la razón también.

      Por lo tanto, hay textos escritos por los varones que nos hacen ver que no hay tal cosa llamada masculinidad como un universal que se puede aplicar a cada hombre, que hay masculinidades en función de la clase, y que por lo tanto el mero separar razón de emoción no nos vale para entender nada, más bien para complicarlo todo. Añadiría, por otra parte, que la relación entre un hombre y una mujer, que puede ser una relación de opresión sexual, tiene distinta naturaleza, no es exactamente la misma cuando cursan clases sociales. Sabemos que, contrariamente a lo que se dice de la mujer bonita en esa película que protagoniza Richard Gere –que siendo prostituta llegará a conseguir que un hombre rico sea bueno, generoso y se realice en el trabajo, y ella vista maravillosamente, por qué no decirlo–, un hombre se comporta de distinto modo con la mujer de su propia clase y con la mujer de otra clase. Sin embargo, una mujer de clase inferior puede aspirar a que un hombre manifieste interés erótico por ella, convirtiéndola en una especie de sumidero de su pasión, pero es poco probable que la piense como madre de sus hijos. Inversamente, un hombre de clase inferior en su relación con una mujer puede adoptar ciertas actitudes bravuconas, hasta que descubra que ella es de clase superior, que está en unas condiciones socioeconómicas distintas; de repente el supuesto objeto erótico ya no lo es, cambia inmediatamente.

      Pero hay una cosa en las reflexiones que se hacen que me ha dado la impresión de que hay una táctica –no digo que sea consciente, que esto quede muy claro– muy parecida a la que usan los empresarios frente a los trabajadores. La usan los hombres pensadores teóricos frente a las mujeres, consistente en: divide y vencerás. Si no hay la mujer y el hombre como sujetos políticos y en realidad hay una diversidad de hombres y mujeres, pues entonces cada hombre se relaciona con cada mujer a su modo. Como aspiran los empresarios a que ocurra, a quienes no les gusta nada la defensa de los derechos colectivos por parte de los trabajadores y hablan de trabajador en trabajador con la finalidad de que no se constituyan en grupo frente al otro grupo, así, parece haber la intención de disolver el colectivo político mujer frente al colectivo político varón. Claro, entiendo que para un hombre tiene que ser muy molesto encontrarse en la posición de afrontar que somos dos clases opuestas, en tanto que producto social, insisto. Y que esas clases opuestas impiden que aflore nuestra subjetividad.

      Es muy complicado lo que sugeriría, vamos a ver si sobrevivo al intento. Se trata de cómo hacer que cada ser humano se distancie de su posición estructural, en un esfuerzo de reflexión, para que pueda desmentirla con sus actos. Pero, para poder desmentirla con sus actos, no darle soporte en la cotidianidad social y en la lucha política, tiene que objetarla, rechazarla, abdicar de ella. Y para que lo haga, como decía hace un momento, tiene que hacer una narración de esa posición como desventajosa, no como mala –porque aquí no estamos hablando de ir al cielo, sino de ser felices en la tierra–, presentarla como desventajosa para el hombre. Claro, podría haber una resistencia: “pero oye, a mí de qué me hablas, si yo no soy patriarca de ninguna familia, si mi sexualidad es alternativa y el tipo de relaciones que establezco se separan de las que se supone generalizadas entre los hombres”; y aquí yo señalaría sí y no. Incluso para aquel hombre que ha establecido vínculos que no implican la explotación de mujeres, sí pueden implicarle la explotación de género por establecer relaciones con personas de su propio sexo, pero repitiendo el modelo ganador de pan-ama de casa, por lo tanto sometiendo a uno al poder del otro. Sus relaciones son de género: feminidad y masculinidad; aún cuando sean dos varones, ocupan el uno la posición masculina y el otro la femenina.

      Y hay un añadido que podríamos señalar, que el sexismo construye un sistema de estereotipos. El sexismo es un sistema de clasificación y los sistemas de clasificación estables son sencillos de aplicar. Se construyen estereotipos de lo que se puede pensar que es un hombre y una mujer y se aplican a quienes tienen anatomía de hombre o de mujer no importa que su posición de género contradiga el estereotipo. Por ello, aunque una mujer ocupe una posición estructural masculina se le trata como corresponde a la categoría social mujer. En el caso del hombre ocurre lo mismo, aunque un hombre no explote a ninguna mujer en sus relaciones cotidianas, aunque no ocupe socialmente la posición masculina, recibe la consideración social de los que ocupan la posición masculina, y por ello se beneficia del sexismo. Esa anticipación de que dada nuestra apariencia ocupamos un lugar u otro en el mundo, da rendimientos a aquellos a los que se les equipara a quien ocupa el lugar de poder. Si en México una persona tiene apariencia de güerita, hasta que no se descubra que es una falsa güerita se va a ver beneficiada. Si se descubre que en realidad no es una güerita, a pesar de ser rubia y con ojos azules, perderá instantáneamente la consideración social, pero en principio queda la sospecha: “a ver si meto la pata y sí que es una güerita y no una falsa güerita”.

      Eso significa que sí da rendimiento el sexismo para todo ser humano con apariencia de hombre en una sociedad patriarcal. Por lo tanto, no vale decir: “me he salido del sistema de relaciones y por lo tanto a mí no me metes en este embrollo”; nadie se puede salir de ese sistema de relaciones, ni las mujeres, porque en la medida en que se le reconoce como mujer, inmediatamente van a caer sobre ella ciertas cosas. Por ejemplo, que sus palabras tengan menos valor que las de un hombre en equivalencia. Por ejemplo, que va a aceptar no triunfar social o políticamente porque para las mujeres eso no es importante, o que no le va a importar ganar dinero, etcétera. Así pues, nos aporta ventajas, de cara a una política transformadora, darnos cuenta de cómo se construye el estereotipo, y en qué medida se distancia de la persona. Porque eso nos permite ver hasta qué punto el sistema daña cada subjetividad. Pero, dado el estereotipo, beneficia estar de lado del opresor, se saca rendimiento, de entrada te van a dar unas ventajas. Y si estás del otro lado, de entrada te las van a restar.

      Consideremos aspectos relevantes de la estructura social, patriarcal, pero leídos desde otra visión, no desde la visión de cuánto pierden las mujeres, sino de qué hace de los hombres la estructura social patriarcal y por qué hemos de suponer que es causa de sufrimiento para los hombres. Vamos a leer lo de siempre, pero desde otro lugar. Por qué no sospechar que produce daños a los hombres. Aquí coincido con ciertos aspectos de la postura de Connell. Él pone atención en dos dimensiones estructurales, la productiva y la libidinal a la cual llama catexis. En cuanto a la estructura libidinal, vemos cómo se estructura el deseo de las personas cuando están en un régimen patriarcal. No niego de ningún modo la diversidad de posiciones de cada uno de nosotros y nosotras, pero si podemos decir que si hay patriarcado y que hay mujeres y hay hombres, hay ciertas regularidades bastante dominantes. Con todo y que no se es mecánicamente mujer de un sólo modo y mecánicamente hombre de otro modo, pero hay ciertas tendencias a la repetición de esos modos.

      Cuando me referí al principio a la canción de “eres una interesada”, la letra a nadie le extraña, hay una cierta familiaridad. De ahí, nadie piensa que cada una de las mujeres sea una interesada o que lo sea todo el rato, a veces sí y a veces no. Pues bien, desde el punto de vista de la estructura libidinal, diremos que el deseo mueve a la acción y no a la razón. Por lo tanto, es enormemente importante la estructura libidinal, tenemos dos formas de ponernos ante el deseo y de actuar, de hacer que el deseo se realice. Son dos dimensiones de lo mismo, y doy por descontado que nos movemos desde los deseos, no desde las razones. A veces las razones nos ayudan a modificar los deseos, eso es cierto, pero no es la razón por sí misma la que nos mueve, el deseo se estructura libidinalmente en forma de un complementario hombre-mujer. Cuál es la imagen por excelencia del hombre en el deseo, lo sabéis: la del cazador; el hombre va de caza, y tanto es así que nos hemos construido un mito, que no sostienen las evidencias científicas, el mito del hombre cazador que andaba por ahí en plan pecho lobo, fuerte, fornido, su arco y su flecha. Y a cazar comida, porque si no la mujer y los niños se morían de hambre, y tan luego regresaba a casa les daba de comer; de ahí: “papá te debemos la vida y el bienestar”. Este mito del hombre cazador tiene que ver con el imaginario erótico del hombre, no con una realidad pasada. Hasta donde llegan nuestros conocimientos, los seres humanos sólo obtenían la proteína animal procedente de pequeños animales roedores e insectos, y procedente de las piezas que cazaban otros animales, y por lo tanto éramos carroñeros, nos comíamos lo que dejaban otros animales cuando cazaban; y luego cazábamos cosas a la medida de nuestras fuerzas, o sea cosas chiquitinas, y que no tuviera mucho problema; por lo tanto no hay ese cazador, y eran las mujeres quienes se ocupaban de la alimentación y cuidado de las criaturas. “Hombre, por favor, baja del pedestal ¿no te quedas como relajado ante la idea de que no tienes que andar por ahí con un arco y las flechas y saltando sobre mamuts?”. Como que uno se queda más a gusto ¿no?, qué agobio ir a la caza del mamut con lo grandes que son y mal genio que tienen.

      Y la señora, cuál sería la imagen de la señora en lo libidinal. Pescadora: “a ver si pesco un tío de dinero, a ver un cuate que tal y que cual”. Pero ves que es cosa tremendísima lo de la pescadora, cómo hace para atrapar a los hombres. En el anzuelo se pone a sí misma como cebo y hace que el pez que anda por ahí medio despistado con cara de bobalicón se la coma. De tal manera que lo que estoy señalando es que, en el lugar del deseo, el uno existe porque existe la otra, la otra existe porque existe el uno; si no existiera ese cazador en búsqueda de la presa, no tendría sentido esa señora parpadeando dulcemente esperando que llegue el pez imbécil y… se la coma; no habría lugar. Para él ella es una pieza que cobrar, para ella él es un pez bobalicón. Quiero rescatar la idea de que en esa pescadora que está sentada esperando que la saquen a bailar, a que la llamen por teléfono, hay una persona que se ofrece como víctima propiciatoria del patriarcado y que esa ofrenda en la que se realiza el patriarcado la hace queriendo. No sin querer; queriendo. Quizá hay hombres que vayan con arco y flechas, pues no digo yo que no, hay de todos los colores, pero si las mamuts tenemos muy mal genio, pues como que se van a hartar de ir con el arco y las flechas. Si las mamuts nos organizamos para evitar los asaltos, pues como que va a hacer más complicado eso de ir de cazadores por la vida.

      Otro aspecto de esa unión de las dos caras es que el hombre es activo y la mujer es pasiva. Qué quiere decir esto, ¿que la mujer no hace nada y el hombre lo hace todo? No, quiere decir que el hombre se concibe actuando para realizar sus deseos siendo en principio el deseo, deseo de una mujer. Hay que aclarar que estamos hablando del sistema que hace posible el patriarcado, no de las diferentes posiciones de masculinidad o de feminidad, en modo alguno estoy suponiendo que todas son iguales, que todas hacen posible el patriarcado. Y la mujer es pasiva. Pero qué quiere decir ser pasiva, que la realización de sus deseos depende de que consiga activar a otras personas, fundamentalmente a los hombres. Hay un chiste tremendamente dramático, porque sabéis qué los chistes son el lugar donde hablamos claro, hay una política de la corrección del lenguaje que impide que la gente hable claro, que impide que el hombre hable claro de lo que quiere, porque como lo van a acusar de machista pues se calla y entonces no hay modo de negociar con él. Si habla claro a lo mejor hay un lugar de encuentro: “oye, pues ni lo sueñes, esto no y lo otro sí”, pero si son criptomachistas que hablan suave y lindo y no hablan de lo que quieren de verdad, no hay manera de entenderse. Entonces qué ocurre, que la mujer en esta posición intenta que el hombre haga lo que ella quiere. Como decía, hay un chiste que indica el fondo dramático de esa posición, donde un hombre es usado por una mujer para sus fines, y donde una mujer manipula al hombre para que haga lo que no tiene ganas de hacer que es el siguiente: “–Pero Pepe, cómo es que golpeas así a tu mujer. –Pues yo no lo sé, pero ella sí”. Claro, en el contenido manifiesto, hay una denuncia de maltrato, pero contiene una advertencia, cuidado con pretender que se manipula a los hombres.

      Ante el clima político de la relación hombre o mujer, la que no lo asume se construye una fantasía omnipotente de que a los maridos hay que llegarles con doblez, manipularles. Ya se sabe, le preparas una comidita bien, le sonríes con: “que guapo eres”, pellizquito en la nalga, y ya lo tienes como una moto, dispuesto a lo que haga falta. Pues sí y pues no; a veces sí, y a veces no. Esa actividad manipuladora se puede girar en contra de la propia mujer de tal manera que el hombre la destroce y el hombre mismo no pueda contestar por qué la ha destrozado. Porque la manipulación lleva por unos derroteros difícilmente controlables. En el nivel de lo erótico hay una construcción de imaginarios que es explosiva, es una bomba de relojería donde la mujer es un objeto de posesión y no un sujeto deseante, y donde el hombre es un sujeto deseante al que no se desea poseer.

      ¿Qué problema supone que el hombre tome a la mujer como objeto de deseo?, pues decía Freud que cuando tomas lo otro, sea quien sea lo otro, como objeto de deseo, se produce un empobrecimiento de la libido. ¿Qué quiere decir esto? Que se pierde capacidad de proteger la propia vida y los propios intereses. Que cuando quieres al otro, que cuando el otro o la otra es tu objeto de deseo, pierdes la capacidad de proteger tu vida. Si podemos resumir qué posición ocupan los hombres en la estructura social, en términos de funciones, podemos decir que más o menos están en los grupos de los provisores, cazadores con arcos y flechas. Más bien del pesero atestado de gente y sudores, ver si consigue encontrar el empleo, y luego a defender la patria, el hogar, el lugar donde viven sus seres queridos. O sea, que en el lado del deseo, amar a la otra se traduce en un empobrecimiento libidinal. ¿Dónde veo que esto es verdad?, en que los hombres son contraindicados para la vida de los hombres. Si examinamos la causa de muerte no natural o por enfermedad más frecuente, ésta se produce entre hombres, de los unos en sus relaciones con los otros; es decir, ese hombre que se sale de casa a luchar, a defender, tiene poca capacidad para concebir su vida como algo valioso, y protegerla. Una cara del sexismo es que causa daño a las mujeres y también a los hombres, la otra cara es que los hombres protegen mal su vida. El hecho de ese modelo de mujer objeto de deseo, en el hombre significaría –estoy interpretando a Freud, pero lo dice casi así– un empobrecimiento de su libido. La energía de que dispone no la aboca a cuidar de sí mismo, sino a cuidar de aquello que ama; porque aquello que ama es suyo: “mía o de nadie”.

      Si podemos hablar de la mujer, no siempre, pero es bastante frecuente entre las mujeres tener una posición en el deseo de carácter narcisista. Desea ser deseada. Los hombres habrán vivido la experiencia, si miran a mujeres –no digo que todos las miren–, de algo espantoso, el puro vacío, el puro vértigo de mirar si la mujer te mira, y ver que lo que está mirando es si la miras. ¿No habéis sentido eso nunca? ¿Y no habéis sentido que es como el puro vértigo de caerte en el vacío, cuando la otra mirada no expresa atención hacia ti, sino atención a que pongas atención a ella? ¿No habéis notado la diferencia? Insoportable. Mira qué bien, porque si el uno se empobrece, la otra se enriquece. Qué ocurre, la mujer no invierte sobre el hombre, invierte sobre sí misma y adquiere los bienes del hombre para enriquecerse más todavía, enriquecerse más libidinalmente. Eso es el pedir la luna, las estrellas, abrigos de visón, etcétera, para ser más grande, más rica, más bella. El hombre quiere tener, la mujer quiere ser.

      Esa es la cara oculta de la relación donde el hombre es ganador de pan y la mujer es ama de casa, esperando que el hombre traiga el mamut a casa cuando sale de cacería. Este es un aspecto del problema, y uno adicional es directamente una tragedia que vivimos hombres y mujeres. No igual, el sufrimiento de la mujer es mayor, o en todo caso de otro tipo, pero no renuncio a advertir el sufrimiento de los hombres, a ser sensible al sufrimiento de los hombres. Esa concepción de la sexualidad donde una se ofrece: “Pepe, soy tuya”, y el otro dice: “Eres mía”, y cuanto más tuya y más mía, más contentos están los dos, es un modelo de relación que contiene violación y acoso sexual. ¿Y eso por qué?, porque ahí no hay ser humano, ni hombres ni mujeres, capaces de mantener conciencia de que quien tienen delante es un sujeto deseante. Si quien tiene delante no se comporta como sujeto deseante y se presenta como objeto de deseo, no hay subjetividad ni humana ni divina capaz de no confundir a quien se presenta como objeto de deseo con una cosa.

      Para que no se produzca esa confusión se requiere que aquélla que es tu objeto de deseo sea a su vez sujeto deseante. Le brillen los ojos del deseo, le duelan las manos del deseo de acariciarte, y no simplemente espere a que tú la acaricies, sino que no pueda soportar un minuto más sin tocarte, sin abrazarte, sin lamerte.

      El modelo de relaciones patriarcales crea condiciones de imposibilidad para que el hombre vea a la mujer como un ser humano y, viéndola sólo como un objeto de deseo, no pueda verla como un ser humano que tiene pretensiones, que tiene deseos, que tiene aspiraciones que llevar a cabo. Cuál sería el escenario de relación social que pudiera construir subjetividades que no fueran en un caso depredadoras, y en el otro objeto de depredación, condiciones en que fuera compatible desear y ser deseado. Cuál es el problema que tenemos. Lo que decís muy claro: los hombres no os ponéis a tono ante una mujer deseante, da como agobio, somos hasta patéticas cuando deseamos. Al menos algunos han conseguido vencer esa barrera y todo eso que han ganado. Pero, en general el hombre se pone más activo como cazador, cuando la presa es difícil, y mantiene el deseo cuanto más frustrado el deseo está.

      De manera que se da la paradoja de que el dominante no consigue sus objetivos y eso es lo que le hace desear. En cambio, la dominada obtiene goce, goce en el sentido de que él tiene que hacer cosas para que ella le haga caso, tiene que traer mamuts a casa y tiene que acariciarla y tiene que mirarla, y tiene que darle conversación después del encuentro erótico del sábado por la noche, por que si no le hablas y le comentas la jugada después de hacer el amor, pues ella no se deja la siguiente vez. Entonces hay que atenderla, no se qué, no se cuánto…

      Sabéis que en este momento, cuando se habla de cuán horribles son los hombres, hay dos temas que afloran constantemente: uno se refiere a la violación y el acoso sexual, y otro es el maltrato en el ámbito doméstico.

      Por el momento sólo dejo apuntado el tema de la violación. Un modelo de relación donde se concibe a la mujer como objeto, e incluso hay un sistema de sanciones sexuales para una mujer que desea, está construyendo la posibilidad de la violación. La violación no es más que un punto en el continuo de prácticas normales, la violación no es un fenómeno anormal. Es lo normal exacerbado, es la expresión abierta de que la mujer es una cosa a la cual poseer. La expresión abierta y la primera estadía es ese sujeto que dice que su necesidad es: “Pepe tómame”; que no hay ningún problema con decirle a Pepe que te tome y de hecho es muy rico, pero que siempre te tome… Si mi felicidad depende de tenerte, para preservarla te tengo que controlar, y en la violación se busca esa sensación de control; de ningún modo placer, felicidad. Pues no sé, alguna vez tendrás tú ganas de tomarle ¿no? A veces serás tú la que no pueda más del deseo de acariciarle, de abrazarle, de poseerle, de verle entregado en tus brazos. La violación es normal en un sistema patriarcal que construye ese tipo de subjetividades. Desde el primer encuentro de un hombre con una mujer, éste anuncia esa posibilidad y en la relación normal está encubierta, está escondida.

      El segundo aspecto haría referencia a la estructura social. Los hombres, en los libros sobre la masculinidad, apelan a la generosidad con las mujeres –prefiero que sean egoístas–, y dicen que no hay derecho, por principio de justicia la mujeres deberían ganar lo mismo que los hombres, las jornadas laborales ser adecuadas, el trabajo doméstico estar repartido de un modo más equitativo. Gracias por una generosidad que, yo no dudo de ella, puede ser genuina. Pero esa generosidad implica superioridad y eso ya no me gusta tanto; eso de que tú me cedas ese espacio como cuando me cedes el asiento en el pesero, como que me agobia, porque si dejas de ser generoso pues se acabó la suerte, mi bienestar y mi malestar dependen de ti.

      Qué tiene de malo ser ganador de pan, pues significa que entraña un compromiso social de renunciar a tu propia vida para defender la vida de tu familia, entraña un sistema de relación y de poder innegable, puesto que tus ingresos van a ser los determinantes para sostener el conjunto de tu familia, y entraña la dependencia económica y material que tus hijos y tu mujer tienen respecto de ti. Por qué soportar una carga tan pesada, por qué no compartirla. Además, en esas condiciones no puedes contestar una pregunta básica en cualquier ser humano: ¿esta gente está conmigo porque me quiere o porque traigo la lana a casa? No puedes contestarla, dirías: “pues, sí”. Pues no. Para que puedas contestar esa pregunta la relación de un hombre con una mujer ha de ser libre, y si hay dependencias económicas ya no cabe otro tipo de libertad: la emocional. No dudo que también hay dependencias emocionales que no tienen que ver con la dependencia económica. Pero, si no hay independencia económica…

      De donde sigue la paradoja de que si el patriarcado presenta la prostitución como la peor amenaza para la mujer, yo señalaría que no hay relación hombre-mujer en el patriarcado que no sea prostituida. Es por esto que –lo vi en un programa de tele mexicano, lo vi en algún lado– una prostituta le decía a una mujer decente que la diferencia entre la prostituta y la decente es que la decente se vende al mayoreo y la prostituta de a poquitos, no se vende entera sino de a trocitos, de a ratitos, y la mujer decente se vende de por vida. En un caso la relación es un intercambio mercantil formalizado, abiertamente pagando una cantidad; en el otro el intercambio es informal, dando medios de vida, para que se compre su abrigo y esté contenta y se abra de piernas que es de lo que se trata.

      Esta sería la narración de cómo ese sistema que da poder al hombre en el ámbito público es un regalo podrido. El poder, cuando no es democrático, es un regalo podrido. Por lo tanto, cabe la posibilidad de que el hombre, no sólo porque sea generoso, decente y ético, esté comprometido con el cambio en interés propio –también es cierto que creo que pese al impacto en nuestras subjetividades del sistema de dominación, hay más decencia de la que cabría esperar. Por qué conviene a sus intereses acabar con esta situación. Sabéis que el feminismo hizo suyo o creó un eslogan que me ha parecido de extraordinaria lucidez: “lo personal es político”, lo que tú te crees que es tu vida privada única y exclusiva expresa el sistema de relaciones que exceden el ámbito de lo íntimo. Creo que cabría plantearse como objetivo, asumiendo que lo personal tiene un contenido político, aspirar a denunciar ese contenido político y luchar para conseguir que lo personal no sea político. Asumir que cuando una mujer y un hombre se miran con deseo, se miran con deseo y nada más; que cuando una persona tiene hijos, expresa su amor a través de los hijos y nada más, que cuando un hombre o una mujer se preocupan por levantar los medios de vida para los dependientes que les rodean, reconocen que fue cuidada o cuidado y que algún día será viejo y por lo tanto hay un intercambio entre generaciones.

      Si asumimos que no tenemos vida personal, porque está politizada, cabría que pensemos, algún día, que cuando un hombre y una mujer tienen un hijo expresan amor, que cuando se acuestan, se retuercen, se besan, expresan deseo la una del otro; que cuando dos hombres o dos mujeres se juntan, cada uno expresa sus deseos, a su manera están expresando subjetividades únicas intransferibles. Hoy, lo que lleva a una mujer a la cama se parece demasiado a lo que lleva a otra mujer a la cama, por eso lo personal es político. Se trata de conseguir que sea poco transferible la experiencia del amor en cada uno de nosotros porque es un particular. La lucha contra las condiciones estructurales de un sistema de relaciones que maneja nuestros sentimientos como ningún otro, puede facilitar que la relación cara a cara, interpersonal, exprese radicalmente la diversidad y pienso que es ese el objetivo. Que cada cual pueda expresar su subjetividad en su relación con los demás y no su posición en un sistema de dominación.


1 Cf. con Lukacs sobre su noción de sujeto universal.