La Ayuda a Hombres en Violencia Conyugal: del Control Social al Cambio Personal y Social

Pierre Turcotte
Universidad Laval

Traducción al español
Tatiana Sanhueza

Resumen

Desde la experiencia quebequense, este artículo propone una reflexión sobre la evolución de la comprensión de la violencia masculina y de los modos de intervención que se desprenden de ella.  Históricamente, de un asunto privado de mujeres golpeadas la violencia conyugal pasó a ser un problema social y jurídico. Una vez reconocida la necesidad de impedir la violencia masculina hacia las mujeres queda la necesidad de desarrollar modelos de intervención que van más allá del control social y que permitan a los hombres cambiar tanto sobre el plan personal como social. Una mayor comprensión de los procesos de la socialización masculina, así como la necesidad de incorporar una perspectiva humanista, son consideradas aquí como elementos clave para potencializar las intervenciones con los hombres que ejercen la violencia.

Palabras Clave
Masculinidad, género, violencia conyugal, intervención, trabajo social.

 

Considerando su importancia, la violencia conyugal constituye un problema social reconocido desde hace poco tiempo. En efecto, la violencia hacia las mujeres en el núcleo de la pareja pasó de una situación considerada como concerniente a la vida privada a una problemática en la cual la sociedad y el Estado deben actuar. Particularmente, su carácter criminal hoy día es claramente establecido, no siendo atenuado el hecho que ella tenga lugar en la intimidad conyugal. En ese contexto, políticas sociales y medidas judiciales fueron establecidas con el objetivo de proteger mejor a las mujeres víctimas de violencia. La investigación sobre soluciones a este problema ha generado otro cuestionamiento: ¿cómo apoyar mejor a estos hombres que tuvieron gestos violentos hacia su cónyuge en un proceso de cambio eficaz que, principalmente, busque el cese del actuar violento y el desarrollo de relaciones más armoniosas? Las investigaciones y las prácticas evolucionaron considerablemente desde que la intervención a hombres en este contexto fuera parte integral de una respuesta colectiva a la violencia conyugal. No obstante, este tipo de práctica suscita todavía varios debates sobre el plano de las filosofías de intervención que las sustentan y que influencian las modalidades de aplicación.

Este texto quiere ser a la vez una mirada retrospectiva sobre la constitución del discurso social sobre la violencia conyugal y una reflexión sobre la evolución de una de las respuestas sociales que han aportado a eso: la intervención hacia hombres con comportamientos violentos. No se trata de un trabajo que se replantee lo que ya se ha construido sino de una contribución a la comprensión del discurso, actualmente en emergencia sobre las respuestas sociales a la violencia masculina. Esta reflexión apunta a hacer visibles prácticas ya implementadas que muestren el cambio que se puede realizar en estos hombres quienes participan en programas terapéuticos. En el plano sociológico, estas prácticas suscitan el cuestionamiento de ciertas dimensiones problemáticas de la masculinidad y la emergencia de nuevas normas de géneros más igualitarias que pueden construirse.

El presente artículo apunta a presentar una reflexión teórica sobre una perspectiva actualmente en emergencia de los servicios de ayuda a los hombres en violencia conyugal. Para hacer esto, nosotros presentaremos primero una mirada retrospectiva sobre la lectura social de lo que se ha nombrado en Quebec la violencia conyugal, resultante históricamente del movimiento social de las luchas de las mujeres por su emancipación. En el plano de la intervención hacia los hombres, ilustraremos cómo la criminalización de la violencia conyugal se traduce primero en una lógica de control social, para luego transformarse en una perspectiva centrada no solamente sobre el cese del comportamiento violento, sino sobre todo, en el cambio personal y social apoyándose en un cuestionamiento de la masculinidad tradicional.

 

1. La violencia conyugal: un problema social resultante de la esfera política

El movimiento de emancipación de mujeres provocó grandes cambios en nuestra sociedad, sobre todo desde su reconocimiento jurídico pleno y total. Citamos, entre otros, el derecho al voto de las mujeres, el libre acceso a la contracepción, la igualdad en derecho entre los sexos como principio inserto en la Carta de Quebec de derechos y libertades, así como modificaciones importantes en materia de leyes civiles; la Ley sobre el matrimonio y la Ley sobre el patrimonio que rige los derechos de los esposos sobre los bienes del hogar.

Es también en esta línea que la violencia conyugal es identificada como un problema social producto de las luchas contra la violencia hacia las mujeres en los años 70 y su definición fue primero de tipo sociológica. A partir de la frase la vida privada es política, el movimiento de emancipación de mujeres, asociado a otros movimientos sociales de defensa de derechos, obtuvo en América del Norte y en Quebec en particular, la judicialización de infracciones cometidas por los hombres hacia las mujeres en contexto conyugal.

Consiguiendo que las agresiones entre hombres y mujeres en la vida privada (la vida doméstica) sean tratadas según las mismas reglas que las de la vida pública, el movimiento de mujeres hizo de la violencia conyugal un concepto ilustrador de las desigualdades de poder en las relaciones sociales de sexo. El fenómeno social de «peleas del hogar» pasó de problema doméstico vivido por esposas en el hogar (Martel, 1994) al estatus de problema social en el que las mujeres son víctimas en tanto que mujeres (Larouche, 1987). El movimiento de mujeres, luchando para obtener la aplicación del Código criminal sin distinción en cuanto a los vínculos entre agresores y victimas puso en marcha el tratamiento judicial de los casos de agresión entre esposos. Haciendo que lo que principalmente está en juego de las relaciones hombres/mujeres se inscribiera en el proceso de criminalización. La reivindicación política por el respeto de los derechos de las mujeres condujo a la constitución del fenómeno: «mujeres golpeadas» en problema social. Así, la violencia conyugal tuvo como respuesta estatal el control social penal. Se entiende por control social penal la puesta en aplicación de procesos judiciales por lo cual un juez determina a través de un proceso si hay culpabilidad; él impone una pena a esta persona reconocida culpable de transgredir una norma sancionada por una legislación penal. Recordemos aquí que la noción de control social es la concepción normativa de control social: ella se define como el conjunto de acciones específicas para actuar sobre la conformidad a una norma y el manejo de la desviación (Horwitz, 1990). La norma que está en juego en la violencia conyugal es la desigualdad entre hombres y mujeres.

En Quebec dos formas de control social fueron puestas en aplicación: la sociojudicialización, habiendo sido la forma de respuesta social privilegiada. Además del control social penal (la criminalización) se utilizó lo que Horwitz (1990) llama el control social terapéutico, a saber, una instancia de manejo de los problemas sociales, la mayor parte del tiempo eficaz, que se funda sobre saberes disciplinarios como la criminología, el trabajo social y la psicología. El «control social terapéutico» puede actuar sin que hubiera judicialización de un acto, por ejemplo, la derivación de esposos con comportamientos violentos a instancias de grupos terapéuticos. La forma terapéutica de control social puede igualmente ejercerse paralelamente a la judicialización, como en el caso de la psiquiatría legal, sea en materia de evaluación, sea todavía de tratamiento en lugar de otra sanción. Esta distinción entre las dos formas de control social propuesta por Horwitz permite diferenciar lo que es del orden judiciario de lo que es del orden terapéutico. (Turcotte, 1996)

En Quebec asistimos en los años 1980-1990 al reconocimiento oficial del problema por la implantación de un proceso de sociojudicialización de la violencia conyugal por el Estado, haciéndose así un problema socio-penal:

El Ministerio de Asuntos sociales presenta el problema como el de mujeres violentadas definidas como una clientela-objetivo... En cuanto a ellas, los ministerios de la Justicia y del Solicitador general [definen el problema] como un crimen implicando a un transgresor y una víctima. La causa del problema está, sin embargo, situado en las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres. Son los comportamientos y actitudes criminales de los esposos agresores que se vuelven la fuente del problema y el blanco de las intervenciones. (Lavergne, 1998 : 383)

Apoyándose, entre otros, en autores que contribuyen a los estudios sobre los hombres como Germain Dulac en Quebec y Jim O'Neil, Joseph Pleck, Ronald Levant, William Pollack, Glen Good y Gary Brooks en los Estados Unidos, quienes toman en consideración la socialización de género en las intervenciones hacia los hombres, siendo posible explorar las relaciones entre esta socialización de género en los hombres, la problematización del comportamiento social de los hombres y el tipo de ayuda a ofrecerles. Este procedimiento, puede igualmente ayudar a acotar en los intervinientes los principales juegos personales y profesionales que implica considerar la socialización en sus intervenciones hacia los hombres. Jean Bélanger, fue el primer interviniente en Quebec, en subrayar la importancia de tener en cuenta la socialización masculina en la intervención hacia los hombres con comportamientos violentos y así pues la necesidad para los intervinientes y las intervinientes de considerar los efectos de su propia socialización en su intervención. (Bélanger y L'Heureux, 1993)

Si bien los hombres constituyen una clientela en riesgo elevada para varias problemáticas sociales como el suicidio, la violencia conyugal, las toxicomanías, nosotros constatamos que pocos hombres consultan los servicios de ayuda. En Quebec, Dulac (1997), Dulac y Groulx (1999) y Tremblay (1996, 2000) ilustraron que, principalmente a causa de la socialización de género, los hombres no parecen percibir rápidamente los problemas que viven. Y aún cuando toman conciencia prefieren no consultar sino como última instancia debido a una crisis personal o relacional (Turcotte, Dulac, Lindsay, Rondeau y Turcotte, 2002) o de una imposición exterior (Turcotte, 2002). Además, la falta de recursos o de su inexperiencia a la manera en la que los hombres piden la ayuda, serían factores importantes en la calidad y el mantenimiento de la relación de ayuda para los hombres. (Dulac, 1997)

Comprobando en efecto, luego de mi participación en investigaciones sobre la demanda de ayuda de los hombres (Dulac, 1997; Turcotte y col., 2002), que un vínculo muy fuerte puede ser establecido entre la socialización de los hombres y su comportamiento concerniente a la búsqueda de ayuda. Pude constatar en mi propia práctica de trabajador social con hombres que tienen problemas con comportamientos violentos en contexto conyugal, que la forma en la que se percibe y comprende el comportamiento de estos últimos tiene una incidencia directa sobre la intervención. Así, el hecho de entrar en relación de ayuda con un cliente en el que el comportamiento está inscrito en un problema social construido en las relaciones sociales de género (hombre/agresor, mujer/victima, por ejemplo), determina considerablemente no sólo el tipo de intervención según si es hombre o mujer sino igualmente la posibilidad de jugar un rol positivo o no en el cambio orientado únicamente en la modificación del comportamiento violento.

Nosotros podemos cuestionar la existencia de grupos de tratamiento para esposos con comportamientos violentos, tanto en el plano de la etiología social (la problematización de comportamientos humanos) como en el plano de la respuesta social (la ayuda psicosocial y la judicialización). La Política de intervención en materia de violencia conyugal adoptada por el Gobierno de Quebec en 1995, por ejemplo, da muy poco lugar a la explicación de la violencia masculina más que para afirmar que los hombres son responsables de su violencia y que los servicios de ayuda para agresores deben ser orientados a esa responsabilidad. Una mejor comprensión de la fuente de estos comportamientos, puede llevar a una intervención más eficaz y a estrategias de promoción de nuevas normas de comportamiento e identidad para ayudar a los hombres a prevenir sus comportamientos violentos hacia otros así como hacia ellos mismos.

 

2. Deconstruir la violencia masculina para superarla

Lo que se entiende por violencia conyugal es una construcción social que criminaliza una de las formas de violencia hacia las mujeres en nuestra sociedad y que ese problema se inscribe en la lógica del control social. Respecto de esto, nosotros hemos visto que la criminalización de la violencia conyugal fue la respuesta principal a un fenómeno hasta ese momento tolerado por la sociedad.

En relación a la intervención hacia los agresores, la puesta en aplicación de esta judicialización o referencia a terapia, se concretiza a través de dos sistemas: social y judicial. La concomitancia de la judicialización de los «hombres violentos» (referido al sistema penal) y de la intervención social (terapia de grupo) crea lo que se llamó en Quebec la sociojudicialización de los agresores en violencia conyugal (Morier y colaboradores, 1991). En reemplazo a la concomitancia, algunos hablan de la complementariedad, si se tiene en cuenta las orientaciones gubernamentales de 1986 (ministerio de la Justicia y del Solicitador general) que favorecen justamente una intervención de tipo sociojudicial o sociojudiciaria. Los intervinientes sociales prefieren hablar de concomitancia para remarcar su autonomía en relación al sistema judicial.

La definición generada del problema, adoptado en Quebec (Ministerio de la Salud y Servicios sociales, 1987) –hombres agresores y mujeres víctimas– indujo primero una respuesta social rígida dividida según el género y traduciéndose concretamente en servicios impuestos para cada género: servicios de protección para las mujeres y servicios sociojudiciales de readaptación para los hombres. Por otro lado, introduciendo la noción de clientelas particulares, la política gubernamental de 1995 permitió desarrollar otros tipos de servicios, reflejando mas largamente las violencias en la pareja. Así la mesa de concertación en violencia conyugal de Montreal produjo recientemente capsulas accesibles en Internet dirigidas a sensibilizar a la población sobre las realidades particulares (hombres victimas, violencia conyugal vivida por lesbianas y mujeres sordas) (Mesa de concertación en violencia conyugal de Montreal, 2009). Además, como lo explica Ferraro (1988), la violencia es sobretodo conocida y explicada en retrospectiva, a saber, a partir de sus consecuencias. El discurso desarrollado para hablar de la violencia conyugal se ha basado primero sobre el testimonio y la experiencia vivida por las víctimas, siendo dado que los primeros servicios fueron implementados para ellas.

Es adecuado interrogarse si ese discurso da bien cuenta de toda la complejidad del problema vivido por los actores o, si no es pertinente para comprender mejor todas las dimensiones de la problemática de la violencia para poder a la vez «deconstruir» mejor esta violencia y así, superarla. Una mejor toma de consideración de todas las dimensiones del problema permite comprender mejor el origen social de esta violencia a fin de evitar psicologizar el problema (simplificar todo a problemas personales, por ejemplo), o de biologizar (ver a todos los hombres como violentos «por naturaleza»).

Como Ferraro (1988), nosotros creemos que es pertinente desarrollar un discurso explicativo sobre la violencia, enriquecido de la experiencia de personas que la ejercen y no solamente de quienes la subsisten. En este sentido, es pertinente explorar y documentar el conocimiento de este problema tomando en consideración explicaciones que puedan estar en la fuente de la violencia ejercida por los hombres, principalmente los factores inhibidores de la solicitud de ayuda y la socialización masculina (Dulac, 1997b, 2001); las limitaciones ligadas a la integración de roles de género socialmente prescritos (Brooks, 1998; Pleck, 1989) o el conflicto de roles de género (O'Neil, 1982), un pasado familiar disfuncional (Dutton, 1996), el miedo a la intimidad (Bélanger, 1998; Dutton y Browning, 1988), etc. Por ejemplo, Dutton (1996) exploró sobretodo el pasado familiar y particularmente la relación padre-hijo para comprender el comportamiento violento. Este autor había ya evocado el miedo a la intimidad de los hombres (Dutton, 1988) como uno de los factores explicativos de la violencia doméstica masculina. En efecto, la investigación sobre la intervención hacia los esposos con comportamientos violentos es abundante en lo que concierne a la eficacia y el impacto de los programas terapéuticos (Edleson, 1996; Edleson y Grusznski, 1988; Lindsay, Ouellet y Saint-Jacques, 1993; Rondeau, Brochu, Lemire y Brodeur, 1999); según la categorización de los hombres con comportamientos violentos y de su personalidad (Gondolf, 1988; Holtzworth-Munroe y Stuart, 1994), pero muy pocas investigaciones toman en consideración la socialización de género de los hombres para comprender la violencia masculina en contexto conyugal.

Puede parecer asombroso de querer comprender los comportamientos de agresores en violencia conyugal, tomando en consideración la socialización de género de los hombres. Sin embargo, desde el comienzo de los años 1980, el grupo Emerge de Boston, el primer grupo de hombres en implementar un servicio de ayuda para los hombres que tienen comportamientos violentos hacia su cónyuge, adoptaba esta perspectiva. Emerge explicaba en efecto que la violencia de los hombres hacia las mujeres tenía en su fuente la socialización de los muchachos de ser agresivos. Los valores sociales sexistas y patriarcales alentaban la dominación de los hombres sobre las mujeres y estos valores se mantenían en las instituciones sociales como la familia, la escuela y los medios de comunicación (Adams y McCormick, 1982). Los pioneros de la intervención hacia los esposos con comportamientos violentos eran muy explícitos en cuanto a la construcción de la violencia a través de la educación de los muchachos y, principalmente, el aislamiento de los hombres. Es decir, el efecto simbólico que tuvo en el espíritu la criminalización de la violencia conyugal.

 

3. La ayuda ofrecida a los hombres en violencia conyugal: responsabilizar con el objeto de proteger a las víctimas

La actual política gubernamental de Quebec en materia de violencia conyugal da un lugar central a la socialización sexista como causa de la subordinación de numerosas niñas y mujeres en la explicación de la violencia conyugal; igualmente, la transmisión a través de instituciones y leyes, valores de desigualdad entre hombres y mujeres:

La violencia conyugal se perpetúa a través de las generaciones por la mediación de la socialización sexista. A su vez, la socialización sexista aumenta la tolerancia social hacia la violencia conyugal. (Ministerio de la Salud y Servicios Sociales y col., 1995:22)

Una mejor comprensión de la forma en la que opera esta socialización sexista en los hombres puede llevar a una intervención más eficaz a través de una percepción diferente de los clientes, tanto sobre el plano del discurso social como sobre el plano de la prestación de servicios de ayuda: «ayudar a cambiar» o «forzarlos» a responsabilizarse. Se comprendió a través de numerosos estudios y luchas feministas que, la socialización de género, tiene efectos devastadores en numerosas mujeres, que las fuerzan a integrar, en las relaciones sociales de género, el rol de oprimida (o de victima). Se conoce mucho menos las consecuencias en los hombres, a pesar de los privilegios que ellos obtienen de la integración del rol de opresor. El acento está más bien puesto en la denuncia del comportamiento y en la responsabilidad del agresor.

La Política gubernamental considera que los hombres con comportamientos violentos tienen una dinámica de negación de sus gestos y emprenden un proceso sin motivación personal profunda. Asimismo, ella parece dudar de la eficacia a largo plazo de esta intervención social. Por consiguiente, la intervención hacia los esposos que tienen comportamientos violentos, impulsada por esta política, está orientada, primero y ante todo, que se hagan responsables de sus agresiones, con el objeto de la protección de las víctimas:

La intervención hacia los esposos violentos debe apuntar que los agresores se responsabilicen frente a sus actitudes, sus palabras y sus comportamientos violentos. Ella debe hacerse en complementariedad con el trabajo efectuado hacia las víctimas y los niños. La promoción de relaciones igualitarias y exentas de dominación entre hombres y mujeres debe ocupar un lugar central. Un seguimiento sistemático [...] permitirá verificar la eficacia del tratamiento recibido [...] De ese seguimiento depende, en buena parte, la seguridad y la protección de las víctimas. (Ministerio de la salud y Servicios sociales y col., 1995:54)

A partir de este análisis, la intervención hacia «cónyuges violentos» se situó en el paradigma del control social, lo que tuvo por resultado de ceñirse primero a una interpretación moral de la interacción hombres/mujeres en el núcleo de la pareja. Esta lógica de control social marcada con el sólo objetivo de la «responsabilidad de los agresores», impuso una intervención hacia los «esposos violentos» orientada ante todo, sobre la responsabilidad de los «agresores» en vista de la protección a las «victimas». Esta lógica estaba ya inscrita en las Orientaciones ministeriales de 1992 sobre la intervención hacia los «cónyuges violentos» y favorecía intervenciones de tipo confrontación: asegurarse de parar el actuar a través de una prescripción exigente de la parte del interventor, sin consideración de los procesos de toma de consciencia del cliente. Un interviniente de primera línea en violencia conyugal hacia los hombres, Jean Bélanger, explica así el enfoque utilizado en los inicios de la intervención en los años 1980:

Como hombre, no se veía como parte involucrada del problema. Es decir, que las personas quienes venían a nuestros grupos eran los verdaderos hombres violentos (sic); pero no se veía eso todavía sobre una base muy individual. No se veía eso en términos de socialización. Se intervenía según una serie de características que tocaban a los hombres violentos y se partía desde esas características. Además se trataba de desarticular los procesos de protección que esos hombres pusieron, como la negación, obligándoles a reconocer su violencia. (Bélanger, 1999)

Murphy y Baxter (1997) señalan que, en los programas de intervención hacia los esposos con comportamientos violentos, la actitud de confrontación directa e intensa de terapeutas hostiles y críticos hacia los clientes, tiene por efecto aumentar involuntariamente las defensas del cliente y de reforzar la creencia de este último respecto que las relaciones humanas están basadas sobre la influencia coercitiva. Los autores sugieren que las estrategias terapéuticas orientadas hacia una actitud comprensiva y sostenedora entre el cliente y el terapeuta aumentan la motivación y la buena disposición del cliente al cambio.

 

4. Del cambio personal al cambio social

4.1. Los hombres como seres humanos pueden cambiar

Tomamos por postulado de base que un hombre es primero y ante todo un ser humano teniendo una tendencia innata que se dirige a desarrollarse y a actuar de manera racional. De acuerdo con el filósofo Taylor, esta premisa de base sugiere que los hombres, en tanto que seres humanos...

tienen una suerte de inhibición natural, innata, a matar o a herir a otro, una inclinación a ayudar al que está herido o amenazado. Las raíces del respeto a la vida y a la integridad humanas parecen sumergirse en esta profundidad y relacionarse con la tendencia casi universal de otros animales de no atentar a la vida de los de su especie. (Taylor, 1988:17)

Nuestro postulado se inscribe en los modelos humanistas del trabajo social (Payne, 1991), en el que los principios se apoyan principalmente en las investigaciones clínicas de Rogers (1996) y Maslow (2006). Rogers emite, en efecto, la hipótesis seguida de sus observaciones y de sus investigaciones, que el ser humano posee la capacidad inherente de desarrollarse positivamente tanto para él mismo...:

Yo formulo la hipótesis que este fundamento es algo que el ser humano comparte con el mundo animal. Eso hace parte del proceso vital de todo organismo sano. Se trata de la capacidad del organismo de recibir informaciones a cambio que le permiten ajustar continuamente su comportamiento y sus reacciones de manera de alcanzar la más grande plenitud posible. (Rogers, 1996:250)

...como para su especie...:

Hay entre las personas que se vuelven más abiertas a su experiencia personal un común denominador fundamental en la elección de valores. Esta orientación común en la elección de valores es tal que ella contribuye al desarrollo de la persona misma, al desarrollo de otros en el núcleo de la comunidad y en la supervivencia así como en la evolución de la especie. (Rogers, 1996:252)

Lo que Rogers entiende por «las personas que se vuelven más abiertas a su experiencia personal» es el resultado del proceso de recuperación, con base en la relación de ayuda, de sus cualidades humanas de base quienes pudieron ser puestas entre paréntesis en reemplazo de la angustia o el sufrimiento.

Hay posiblemente en nosotros, en tanto que especie, ciertos elementos que tienden a asegurar nuestro desarrollo interno y que serían elegidos por todos los individuos si éstos tuviesen verdaderamente la libertad de elegir. (Rogers, 1996:252)

Esta posición en cuanto a la naturaleza esencialmente positiva de los hombres, Rogers la aplicó en sus principios de la intervención centrada en el cliente.

Uno de los conceptos más revolucionarios que haya salido de nuestra experiencia clínica es el aumento del reconocimiento que el centro, la base más profunda de la naturaleza humana, las capas más interiores de su personalidad, el fondo de su naturaleza «animal», que todo eso, es naturalmente positivo, es fundamentalmente socializado, dirigido hacia adelante, racional y realista. (Rogers, 1968:74)

Esta concepción de Rogers se inscribe, por otro lado, en el sentido de los resultados de los trabajos de Maslow (1972) –concerniente a la tendencia positiva innata de los seres humanos– quien buscaba verificar las potencialidades del ser humano. Se trata de una posición ontológica, de una elección estratégica apoyándose más en la potencialidad que en la patología.

Este procedimiento reposa sobre las implicaciones y las hipótesis como la confianza en la preferencia de la mayoría de los individuos por lo que es sano [...] y que ellos prefieren la salud a la patología [...] El suponer que el individuo quiere ser plenamente humano más bien que enfermo, sufriente o muerto [...] Cuando nosotros, psicoterapeutas, descubrimos un deseo de muerte, un deseo masoquista, un comportamiento autodestructor, aprendimos a suponer que esto es «patología» en el sentido donde la persona misma, si aprende a conocer una situación más sana, preferiría alejar a su sufrimiento. (Maslow, 2006:36)

Es lo que explica Payne (1991) cuando subraya que varios principios de la psicología humanista, desarrollados primero por Rogers alrededor de su enfoque centrado sobre el cliente, se apoyan en los conceptos de «auto-actualización» y de «potencial humano» de Maslow. Como lo indica Payne (1991), la teoría de base de Maslow supone que toda motivación a actuar parte de la necesidad de la persona de desarrollarse. En efecto, los trabajos de Maslow (desde sus primeras investigaciones en psicología comparada hasta sus conclusiones en psicología fundamental) tuvieron por objeto la búsqueda de la especificidad de la naturaleza humana.

El ser humano es hecho así, él está impulsado a buscar una plenitud de Ser siempre más grande, es decir, está impulsado hacia lo que la mayoría de la gente denomina los valores positivos, hacia la serenidad, la bondad, el coraje, la honestidad, el amor, el altruismo. (Maslow, 1972:176)

De su lado, Rogers explica que es a través de sus observaciones clínicas que llega a la conclusión de la idoneidad de la tesis de Maslow, en cuanto a la naturaleza esencialmente positiva de los seres humanos (Rogers, 1968). Él admite no obstante, que esta observación es tan extraña a nuestra civilización y tan revolucionaria en sus implicaciones, que no puede ser aceptada sin que cada uno haga una verificación profunda tanto sobre el plano personal como clínico.

 

4.2 La socialización de género: un obstáculo importante en el desarrollo personal de los hombres

Si la naturaleza humana es esencialmente positiva, entonces ¿cómo nos podemos explicar la violencia? ¿Cómo aparece principalmente en los hombres? Nosotros elegimos considerar la socialización de género de los hombres como pista de respuesta ya que ella puede permitir comprender la construcción social de la violencia masculina. En efecto, nuestro punto de partida es reconocer en los hombres todas las cualidades humanas inherentes a los seres humanos, ¿cómo nos podemos explicar que la violencia aparezca en ellos?

La socialización de género es el proceso por el cual el individuo integra el « sexo social » (Mathieu, 1991), es decir, las normas culturales comportamentales e identitarias, culturalmente atribuidas a una persona de sexo masculino o femenino. Este proceso de diferenciacion social de los sexos, pretende forzar los individuos a adoptar roles cultural y socialmente definidos como siendo propios de cada sexo. La socialización de género lleva a los hombres, principalmente, a discriminar y a adoptar sólo las cualidades humanas dichas masculinas en oposición a las cualidades humanas dichas femeninas.

Para Kreiner, un militante pro-feminista e interviniente de la condición masculina con más de 25 años en los Estados Unidos (antiguo dirigente de la NOMAS- Organización Nacional de Hombres Contra el Sexismo, un colectivo masculino pro-feminista contra el sexismo, la homofobia y el racismo), la socialización de género de los hombres resulta producto de un proceso de integración del rol de opresor.

Los hombres han sido obligados a abandonar una gran parte de su humanidad (1), no toda, pero la mayoría de su humanidad, en provecho de ese rol que los impulsa a menudo a odiarse, a odiar a los otros hombres, a odiar a las mujeres y a veces a desahogarse en las personas que les son las más próximas. [...] En el nombre de su masculinidad, los hombres quienes rechazan hacer esto, de jugar ese rol de «matar o hacerse matar», son considerados débiles o son percibidos como no siendo enteramente hombres. [...] Además de no darle atención a la violencia de los hombres, se tiende a la idea que el rol masculino quiere decir ser dominante y superior y que la capacidad de matarse en nombre de su masculinidad es parte de este rol [...]. Este comportamiento comienza en una muy baja edad cuando se ensaya de golpear a los otros y de hacerse golpear por ellos, lo que se llama, entre comillas, «la violencia normal». Ella misma no es percibida como violencia. En efecto, ésta hace parte del rol masculino y de la sociedad violenta que instaura ese rol que lleva a la violencia. (Kreiner, 1999: nuestra traducción)

Los hombres serían así gratificados si ellos adoptan las primeras cualidades (reconocimiento, liderazgo, etc.), y penalizados (denigrados, aislados, incluso violentados) si ellos se adhieren a las segunda cualidades. Se deduce que el género, o sexo social, prescribe roles: el rol de opresor en los hombres y el de víctima en las mujeres. Las relaciones de dominación emanan de la atribución de un rol social particular (el rol de opresor en el «acuerdo de sexos» (2) para retomar la expresión de Goffman (2002) que tienen repercusiones destructivas sobre la vida personal de los hombres. Como lo recalca Monk (1997), la conformidad en el rol de opresor tiene repercusiones sobre la vida personal de los hombres: estos son los costos que los hombres deben personalmente pagar para adoptar ese rol.

Así como los hombres mantienen relaciones que son a menudo ligadas a cuestiones de poder jerárquico, ellos evitan generalmente encontrarse en situaciones de intimidad o de vulnerabilidad. A causa de su incapacidad de compartir emociones intensas con otros, no es raro que los hombres vivan en el aislamiento y tengan dolor a reconocer o a expresar sentimientos dolorosos. Porque esos sentimientos no son debidamente reconocidos y tomados en consideración, los hombres reaccionan a menudo en sus puntos débiles desarrollando todo tipo de malestares físicos o dirigiendo su violencia contra ellos mismos o hacia los otros. (Monk, 1997:130)

 

4.3 La socialización de género: fuente del lado sombrío de la masculinidad

Como el hombre es el sujeto humano quien, en la socialización de género, asumió el rol de opresor, puede ser difícil concebirlo como siendo víctima del proceso de socialización de género. Concebimos en efecto difícilmente, desde el punto de vista de las personas que hayan debido asumir el rol de víctima y lo que es más, hayan sido personalmente victimas de comportamientos de agresión, que el que agrede es un ser humano que ha debido alienarse de una parte de sus cualidades humanas para poder comportarse de tal manera.

Brooks y Silverstein (1995), en su revisión bibliográfica concerniente a las explicaciones dadas a los comportamientos disfuncionales de ciertos hombres, refieren varias hipótesis centradas en las normas identitarias y los roles de género productos de la socialización de los hombres, que proporcionan mensajes culturales que favorecen los comportamientos de agresión. Estos autores rechazan entonces la tesis del hombre tóxico (aberrant male), el cual reposa sobre la observación de comportamientos entre individuos desviados y expresa los déficits personales de algunas personas. Ellos prefieren examinar las normas de la masculinidad tradicional que prescribir comportamientos agresivos.

Brooks y Silverstein son en efecto de la opinión que los hombres que tienen comportamientos disfuncionales deben ser considerados responsables de sus actos. Estos autores creen sin embargo, que la solución a los comportamientos masculinos violentos, podría ser igualmente abordada en el plano societal, cuestionando las normas de la masculinidad tradicional. Para estos autores, los orígenes del lado sombrío de la masculinidad (violencia principalmente) no viene del hecho de una falta de socialización de algunos hombres, sino ellas son más bien nacidas de la adhesión a la normativa masculina, a saber los valores, actitudes y comportamientos que son aprendidos por los hombres a lo largo de su socialización en la cultura norteamericana. En este sentido, Brooks y Silverstein se apoyan en las normas de la masculinidad ya descritas por David y Brannon (1976, en Brooks y Silverstein, 1995), a saber la inclinación a poner el acento sobre la resistencia física, el estoicismo emocional, la agresión, la competición, el éxito y el logro y la huida a todo lo que pueda parecer femenino.

Así, explorar el «lado sombrío» de algunos comportamientos masculinos es, en parte, considerar la masculinidad como una construcción social y cultural y no como una esencia. Es cuestionar la masculinidad siendo social e históricamente construida y en el que los hombres heredan a lo largo de su socialización de género. Cuestionarla, es pues relativizarla para hacer aparecer las otras masculinidades, posibles o emergentes. También es tomar el mismo camino de la lucha contra la opresión interiorizada emprendida por las mujeres en su movimiento de emancipación que permite a los hombres salir de esta posición de género que los confina a roles que pueden ser inhumanos y destructores.

 

4.4 Los principios humanistas en intervención hacia los hombres en violencia conyugal

Según las conclusiones de la investigación de Rondeau, Brochu, Lemire y Brodeur (1999), la calidad del vínculo entre el terapeuta y el cliente puede tener una influencia importante y significativa en la eficacia de la intervención.

Es posible influenciar a los hombres y motivarlos a perseverar. Así, entre las seis variables que diferencian a los hombres que han terminado el programa de los que lo han abandonado, el desarrollo de una alianza terapéutica aparece como el factor más destacado o sobresaliente. Intervenir favoreciendo el compromiso del cliente, desarrollando su capacidad de trabajar sobre sus problemas y forjando con él un consenso sobre los objetivos de la terapia puede pues, obtener frutos. (Rondeau y col., 1999:132)

Los resultados de esta investigación, establecen claramente que la alianza terapéutica es uno de los factores determinantes en la perseverancia en terapia de esposos con comportamientos violentos, permite llevar una mirada a la vez más compleja y puede ser más optimista sobre la intervención con hombres en violencia conyugal, a pesar de la reticencia y la desconfianza de estos últimos hacia la ayuda terapéutica. Destacando la posibilidad que los hombres puedan cambiar, se vuelve posible el reorientar los objetivos de la intervención social, no esencialmente sobre el problema, sino más sobre la solución, es decir, sobre el progreso del cliente visto primero como una persona que quiere desarrollarse.

Recordemos para esto los principios humanistas desarrollados entre otros por Rogers. Como lo explica Salomé (2003) apoyándose en los principios rogerianos de la relación de ayuda, se trata en la relación y la finalidad terapéuticas de acoger primero al cliente como persona. Se trata del juego central de toda relación de ayuda, sea de favorecer en el otro el crecimiento independiente del problema que él (re)presenta y apoyándose sobre el potencial de cambio de la persona.

Si nosotros percibimos al otro como alguien estereotipado, ya diagnosticado y categorizado, encerrado en su pasado, nosotros contribuimos a confirmar esta hipótesis limitada. Si lo aceptamos como proceso inacabado, entonces hacemos lo que podamos para confirmar o ayudarle a realizar sus potencialidades. (Salomé, 2003:175)

En efecto, según Rogers, la premisa de base para que el proceso terapéutico genere un cambio en el cliente es la aceptación incondicional del cliente como persona por el terapeuta.

Conceptualizando el proceso de cambio de la personalidad en psicoterapia, supondré un conjunto óptimo de condiciones constantes que facilitan ese cambio [...] creo poder resumir esta condición en pocas palabras. A lo largo de la discusión, [...] admitiré que el cliente se prueba a sí mismo como que es plenamente aceptado. Entiendo por eso que cualquiera que sean sus sentimientos –temor, desesperanza, inseguridad, cólera– cualquiera que sea la manera en la que él considere su propia situación en ese momento, él percibe que está psicológicamente aceptado, tal cual, por el psicoterapeuta. Esto implica entonces una comprensión empática y una aceptación incondicional. Conviene igualmente subrayar que es la experiencia que tiene el cliente de esta aceptación que la hace óptima y no solamente el hecho de su presencia con el terapeuta. En todo lo que tendré que decir sobre el proceso de cambio, supondré como condición constante optima y máxima, la de ser aceptado. (Rogers, 1968:92-93)

Así, tener en cuenta los principios rogerianos de acogida y aceptación empática del cliente en la intervención de los que podríamos llamar los clientes «indeseables», a saber los hombres quienes se comportan de manera disfuncional (violencia, abuso, etc.), es quebrantar la objetivación de la relación que limita la intervención en una técnica de control social. Es ver primero al ser humano detrás el problema. Es hacer de la intervención clínica un acto de subjetivación: dos seres humanos quienes se reencuentran como sujetos y hacen que la intervención se vuelva un «vinculo social».

En la medida en que los problemas sociales son definidos como procesos de de-socialización, comporta ladestrucción de la capacidad de ser sujeto, el trabajo clínico se presenta como trabajo de co-construcción de sentido que nutre el intercambio simbólico necesario en la emergencia de un sujeto capaz de apropiarse de su existencia dándole un sentido. (Renaud, 1997: 155)

La intervención puede entonces centrarse no estrictamente sobre los comportamientos antes de ser modificados, persiguiendo objetivos y un procedimiento prescrito de antemano. Ella permite más bien dejar todo lugar al desarrollo de la persona en su proceso de querer cambiar. Haciendo que el interviniente se concentre no en la patología, sino sobre las potencialidades humanas del cliente. Poniendo el acento sobre el concepto de alianza terapéutica como proceso esencial al cambio, permite la actualización de los principios humanistas de la relación de ayuda, los desarrollados principalmente por Rogers, después redefinidos entre otros por Bordin (1994). Estos últimos, sitúan como condición central y necesaria (pero no necesariamente suficiente, según los autores), la relación entre el terapeuta y el cliente como ingrediente esencial al cambio. Así, a pesar de la precedencia en el discurso social público que rodea la problemática de la violencia conyugal, de inscribir la intervención social hacia esposos con comportamientos violentos en la lógica del control social, existe en los intervinientes un espacio de autonomía en cuanto a la percepción del cliente visto como actor responsable, haciendo elecciones, pues tiene el poder de elegir el cambio.

 

4.5 Más allá del cambio personal: nuevas normas de identidad de la masculinidad

Para un paso significativo de cuestionamiento de su violencia, el cliente masculino puede superar la simple modificación de un comportamiento: existe la posibilidad para él de crear nuevas formas de vivir su masculinidad y participar personalmente en la emergencia de una masculinidad más humana.

La criminalización de la violencia conyugal tuvo como consecuencia imprevista, la creación en Quebec de una larga red de recursos dirigidos específicamente a los hombres. Aunque esta red ofrece servicios para los hombres con comportamientos violentos, hace disponible una respuesta que interpela los intervinientes a ver a los clientes masculinos a la vez como transgresores de una norma social (la violencia hacia las mujeres) pero también como desviados de una norma identitaria de la masculinidad (pedir ayuda y cuestionarse ciertos aspectos problemáticos de la masculinidad, principalmente la utilización de la violencia para regular los conflictos). De acuerdo a un procedimiento significativo de cuestionarse su violencia, el cliente masculino puede superar la simple modificación de un comportamiento: de desviados de normas sociales que prescriben el respeto de la integridad de las personas y la igualdad entre hombres y mujeres, estos hombres se vuelven entonces desviados de la norma identitaria masculina que proscribe la solicitud de ayuda, la introspección y el acceso a su vulnerabilidad. Mas que una simple modificación de un comportamiento, hay acá una posibilidad para el cliente masculino de volverse actor de su proceso de cambio, de crear nuevas formas de vivir su masculinidad y de participar personalmente en el surgimiento de una masculinidad completamente humana. He aquí un ejemplo donde el cambio personal es directamente vinculado al cambio social. Un nuevo discurso social sobre la ayuda a los hombres en violencia conyugal está en emergencia, principalmente por el cuestionamiento de la etiqueta del «hombre violento». Esto permite de una parte, hacer la ayuda psicosocial más accesible a los hombres prisioneros de la violencia.

Esta etiqueta de «hombre violento» es en efecto un obstáculo suplementario para los hombres que tienen comportamientos de violencia en la decisión de comenzar un proceso de ayuda, además del hecho que para los hombres, pedir ayuda constituye una amenaza a su identidad de género. El mensaje principal, pudiendo mejor traducir las implicaciones de un enfoque que tiene en cuenta la opresión de género en los hombres, principalmente en violencia conyugal, es de transmitir la esperanza de cambio al cliente. La esperanza está permitida ya que los hombres cambian: ofreciéndoles las condiciones elementales de la relación de ayuda –principalmente las definidas y validadas por Rogers– los hombres logran seguir las diferentes etapas de desarrollo de la persona.

Es pertinente, por otro lado, como comenzaron a hacer después de algunos años un buen número de organismos comunitarios de ayuda a los hombres en situación de violencia, miembros de la asociación de recursos intervinientes de hombres violentos (ARIHV), quien cambió ella misma de nombre en reemplazo a corazón de hombre: una red de ayuda para una sociedad sin violencia, de poner fin al llamado «hombres violentos» y de hacer una clara distinción entre la persona (el hombre) y el problema (la violencia). Por ejemplo, los organismos CHOC (Centro para hombres opresivos e irritables) en Laval y GAPI (Grupo de ayuda a las personas impulsivas) en Quebec, modificaron su denominación de manera siguiente: CHOC: Encuentro de hombres en cambio, GAPI: un paso hacia la no violencia; el Grupo para hombres violentos del KRTB (Rivière-du-Loup) es cambiado por Trayectorias para hombres del KRTB, y CAHO (Centro de ayuda para hombres opresores) de Joliette se cambió a CaHo el Centro de ayuda para hombres de Lanaudière. Estos nombres tienen la ventaja de poner el acento más sobre la solución que sobre el problema, haciendo así el servicio menos estigmatizante.

 

CONCLUSIÓN

El fenómeno "mujeres golpeadas", en Quebec, se configuró como un problema social. L a violencia conyugal generó una respuesta social de tipo sociojurídica, concretizándose principalmente en servicios de ayuda para «hombres violentos». Estos servicios participaron en la solución de este problema social, primero en suscribirse en la definición generada del problema y en poner en aplicación los grandes objetivos de las políticas estatales, a saber la responsabilidad de los agresores hacia su violencia. Haciendo esto, primero se inscribieron en lo que Horwitz llama el control social terapéutico. Teniendo así desarrollado una experticia social específica, a saber una comprensión de la violencia a partir de los que la ejercen.

Una red de ayuda dirigida específicamente a los hombres es así constituida en Quebec. De las discusiones y debates concernientes a la mejor manera de ayudar a estos hombres al seno de esta red, emergió un cuestionamiento sobre las fuentes de la violencia masculina: la socialización de género constituyó una respuesta. Haciendo eso una lectura más compleja de la violencia conyugal se volvió disponible y la ayuda, primero de tipo clínica y centrada en la interrupción de los comportamientos violentos, se volvió de más en más social y fijada en el cuestionamiento de ciertos aspectos más problemáticos de la masculinidad.

El mensaje principal que puede mejor traducir las implicaciones de un enfoque que tiene en cuenta la socialización de género de los hombres, principalmente por una acogida respetuosa de la persona, de los hombres, en tanto que seres humanos, es que pueden lograr las diferentes etapas del desarrollo personal y redefinirse como sujeto masculino.

Es en este sentido que podemos observar que la intervención social en violencia conyugal hacia los hombres, constituye una contribución al cambio social en las relaciones sociales de género y aporta la esperanza de cambio no solamente personal para esos hombres sino también de cambio social para todos: la emergencia de una masculinidad completamente humana, respetuosa de sí y de otros.

 

NOTAS

(1) Kreiner refiere aquí el concepto de humanness (concepto en inglés) tal como es introducido principalmente por Maslow (1972) como concepto que explica la realización de todas las potencialidades humanas de la persona. Maslow sugiere que una persona sana es: «completamente humana» en lugar de su primer concepto de actualización de si. (Maslow, 1993)

(2) Prefiero aqui la expresion en ingles gender order (relaciones sociales de sexo) aunque Goffman hablaba de gender advertisements .

 

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